300

Recordad este día, valientes, pues nadie os lo podrá arrebatar jamás.
Leónidas

Eforos y aedos

De generación en generación, los aedos han sido los encargados de transmitir las historias de dioses y de héroes desde la época arcaica hasta nuestros días. Una de las aventuras que más ha llamado la atención es la confrontación entre persas y espartanos en el desfiladero de las Termópilas. Narrada con sobriedad por Herodoto, Frank Miller la recreó dos mil años después en su cómic “300”, y Zack Snyder la llevó al cine en el año 2006, bajo el mismo nombre.

A petición de Heiko, basilea del e-zine “Intruders”, Jocasta de Tebas dibuja un pequeño bosquejo intentando aclarar los errores, tópicos, realidades y secretos que rodearon a uno de los grupos más emblemáticos, poderosos y belicosos de la Hélade: la guardia espartana.

Los spartiati.

Los 300. Su entorno

Una de las escenas que se quedarán en la retina de los que fuimos a ver “300” fue la que Rodrigo Santoro, caracterizado como Jerjes -el Rey de Reyes persa- habla con Gerald Bulter, -el rey Leónidas-, sobre sentir su poder y su magnificencia. No nos cabe la menor duda de que el estupendísimo brasileño podría haber hecho gritar de placer al intrépido espartano, siempre y cuando éste hubiera aceptado sus pretensiones de arrodillarse ante él y reconocer su superioridad. Esta es, con diferencia, la escena de más contenido homoerótico de todo el filme; tras el estreno de la película, basada en el cómic homónimo de Frank Miller y dirigida por Zack Snyder, los blogs se llenaron de -desafortunados- comentarios sobre la homosexualidad de los griegos. Los chistes salpicaron de humor zafio un tema en el que prima el desconocimiento gracias al grandísimo trabajo que la Iglesia Cristiana ha realizado en la mente de los ciudadanos de a pie, llenando de sombras de pecado aquello que nuestros lejanos antepasados disfrutaron con plenitud y con satisfacción: el sexo.

¿Homosexuales? ¿Bisexuales? ¡Esto es Esparta!

Desde mi punto de vista, -profano de la Historia, aunque curioso por naturaleza-, reconozco que las lagunas con las que me he encontrado sobre el tema de la homosexualidad helena son apabullantes. La historia ha sido escrita por todo tipo de autores. Algunos han ensalzado la pasión de vivir griega y otros la han condenado, pero una cosa es segura: nadie se ha quedado impasible ante obras de arte como el Hermes de Praxíteles o el Apolo de Belvedere, que han perdurado en el tiempo y en la memoria colectiva como cánones de belleza masculina, divinidad esta última que ha gozado de los placeres de ambos sexos. Sin embargo, no ha sucedido lo mismo con el pensar y el actuar del mundo griego. La llegada del cristianismo y el fanatismo asociado a este movimiento monoteísta hirió de muerte a un pueblo que sólo cometió un pecado: ser fieles a sí mismos y a sus propias convicciones.

Sobre la tan traída homosexualidad de la Grecia Antigua, caben hacer una serie de puntualizaciones iniciales: es muy difícil entender la sexualidad de la época porque el ser social actual vive en una comunidad monoteísta, donde los buenos actos se premian con el Cielo y los malos, con el Infierno. Al contrario que en la doctrina católica, los dioses griegos poseían humores humanos, sentían los celos, la envidia, el odio y el furor igual que el habitante de la región más remota griega. Y así como su panteón era tan diverso como insólito, la vida cotidiana y su sentir estaba completamente influenciada por valores que ahora nos son casi extraños: el arrojo, la valentía, la amistad y el amor a la belleza. Para un griego -rasgo común en todos ellos- la belleza era la expresión máxima de la perfección. En la palestra, los hombres adultos contemplaban a los muchachos efectuando sus ejercicios gimnásticos, eligiéndolos para sublimar esa belleza en forma de relación donde el componente homoerótico era importante pero no fundamental. No podemos dejar que nuestro sesgo cultural impuesto por el cristianismo nos impida ver la relación entre el erasta y el erómeno (inspirador y oyente en la sociedad espartana) como algo más que un intercambio de fluidos entre dos hombres de edades diferentes. Aunque la generalización es un error en cualquier procedimiento, se puede decir que en la sociedad griega -como parte total- y en la espartana -como parte individual- se utilizaban este tipo de relaciones de forma pedagógica. No caben entonces expresiones del tipo “salir del armario” que tan populares se han hecho en nuestros días porque no existían armarios donde esconderse. Los atenienses, los tebanos, los cretenses y los espartanos poseían sistemas de educación basados en la relación entre un adulto y un muchacho. La palabra “peidofilia” o “amor a los muchachos” nace del vocablo paidos, “muchacho” y filia “amor”, pero no se puede extrapolar puesto que no había atentado hacia el joven. Quiere esto decir que los cortejos a la belleza de los efebos, los adolescentes, eran una parte más de la instrucción educativa, y como tales, tenían una serie de ritos y de formas de actuación y duraban hasta que el muchacho veía en su cuerpo el nacimiento del vello que lo convertía en hombre. Durante el tiempo que duraba dicho cortejo, los jóvenes aprendían retórica, filosofía, mitología… en definitiva, se creaba un ciudadano preparado para ser libre y defender la tierra que lo había visto nacer. Quizás eran más avanzados de lo que pudiera parecer a simple vista.

Esparta era sustancialmente diferente al resto de las ciudades-estado griegas contemporáneas. Aunque nada de esto sale reflejado -o al menos, de la cruda manera que se vivía en el 480 A.C.-, en la película 300, debemos entender cuáles eran las bases de la educación de una ciudad-estado que fue capaz de instruir a un grupo de hombres, que siguiendo a su rey, hicieron frente a un contingente de un millón de enemigos y murieron en una de las batallas más conocidas del Mundo Antiguo: la batalla de las Termópilas.

Agosto. 480. Esparta

La adaptación libre de la Batalla de las Termópilas por Frank Miller -guión y dibujo- y por Lynn Varley -color-, publicada en 1998 en USA, ha alcanzado en España la octava edición. En tapa dura, y a lo largo de 88 páginas, Miller narra con su habitual estilo la confrontación de los 300 espartanos y las fuerzas aliadas -una suma total de más de 1000 guerreros- apostados en el paso de las Puertas Calientes, un desfiladero que unía la zona de Beocia con el Atica, o lo que es lo mismo, el único paso que permitía llegar a Atenas.

Para quién haya disfrutado del cómic, las diferencias con la película son sensibles aunque no determinantes: al ser un film distribuido por la Warner, no se puede hacer un único enfoque sangriento a la historia, basándolo únicamente en lo que sucedió durante tres días en tan agreste paraje. El guionista y el director -a mi gusto con poco acierto- incluye una segunda trama donde la protagonista es Gorgo, la esposa del rey espartano. Como cabía esperar, se ignora completamente el hecho de que en Esparta existían dos reyes en vez de uno, dejándonos bien claro que es una adaptación libre del tema y no un repaso histórico de la sociedad espartana. Lo más sangrante es la potenciación del furor sexual del rey Léonidas -furor heterosexual, que quede bien claro-, olvidando una de las estructuras grupales fundamentales en la sociedad y educación de los guerreros spartiatas de la época: las systias.

Frank Miller comentaba en una publicación que cuando vio la película “los 300 de Esparta” -“El León de Esparta” se tituló en España-, filme rodado en 1962 se quedó tan impresionado que esa batalla pululó por su cabeza hasta que la plasmó en el papel. Adaptó libremente tanto el aspecto físico de Leónidas como su atuendo, y para el físico del indómito rey se basó en la estatua de bronce del dios Poseidón del cabo Artemisio -Museo Nacional, Atenas-, lo vistió con un coqueto taparrabos y lo cubrió con la habitual capa roja. Un casco adornado con un penacho ocultaba su cabello trenzado y, de las manos del autor, el espartano terminó encarnándose en Gerald Butler, de gran parecido físico al personaje.

300, aunque es una película fiel al argumento del cómic -Frank Miller ya viene de vuelta tras su éxito “Sin City”-, fue producida por los estudios Warner. Por tanto, el tema de la homosexualidad jamás sería tocado de forma directa, y en viñetas donde los muchachos aparecen desnudos -todos dormían juntos, dándose calor, como una gran piña, Leónidas junto a ellos-, en el celuloide los miembros viriles serán ocultados por sombras, cascos, lanzas y alguna que otra espada. Así como en Alexandros no llega a producirse el beso entre el monarca y su amigo Hephaistión, en esta ocasión Leónidas se despide de Gorgo con un festival de posturas en la cama, ignorando que los esposos espartanos cumplían sus deberes conyugales y luego se refugiaban en el calor de su systía, su grupo donde entraban cuando eran efebos y que no abandonaban hasta la edad de la jubilación, a los sesenta años.

No es que los guerreros de elite más poderosos de la antigüedad fueran todos homosexuales. Cuando un muchacho nacía en Esparta en el seno de una familia de spartiati -los nobles de la ciudad, por así decirlo- estaba asegurado que pasaría a engrosar las filas de los hóplitas, guerreros armados a pie, y moriría defendiendo su ciudad. Así, eran bañados en vino, porque se creía que el contacto con esta sustancia pondría en evidencia males físicos y mentales; si superaban esa prueba era entregado a su madre. Si fracasaban -la leyenda es cruel en este aspecto, para Esparta un niño era una inversión, no creo que se deshicieran de ellos de una forma alegre y despreocupada- eran arrojados desde el Monte Taigeto. Me inclino a pensar que eran abandonados.

Aunque la película está ambientada en verano, los inviernos solían ser duros, puesto que las condiciones de vida tampoco eran las más idóneas: no tenían canalizaciones de agua y la iluminación dependía de Apolo exclusivamente; se levantaban al alba y se acostaban temprano, carecían de ese estilo de vida despreocupado de los atenienses y su único objetivo era la supremacía militar. Esto era así porque los espartanos -se llamaban a sí mismos dorios, o descendientes de Herakles- constituían solamente el diez por ciento de la población de Esparta. Alrededor del veinte por cierto eran periecos, -habitantes de la ciudad que se dedicaban al artesanado y a la compra de productos-, y por último, los hilotas, o esclavos. Estos últimos eran botín de guerra tanto de la región vecina -Mesenia-, como de otras regiones conquistadas por los spartiati. Ni los hilotas ni los periecos eran considerados ciudadanos de Esparta, y por tanto, no tenían ni voz ni voto. Esto sí se ve en el filme, en lo que el narrador llama Krypteia. Consistía en un rito que los jóvenes espartanos realizaban, un acto de valor y de coraje que conseguía mantener bajo control a la masa mesenia, en una caza al hombre que desde nuestra sociedad cristiana la vemos como un genocidio, aunque curiosamente se repita siglo tras siglo, cambiando únicamente de actores. Desnudos, descalzos y sin comida, se forjaba así el auténtico guerrero, que disfrutaba mostrando las heridas en combate; un ser irrompible, tan decidido que sólo su presencia hace temblar a Demarato: “Peleáis con hombres libres” le dice a Jerjes, subido en su trono de oro y lleno de joyas. No tardará en darse cuenta de tamaña verdad.

El autor y el cineasta ignoran, como ya he dicho antes, las systias, no se ve ni en el cómic ni en la película momento alguno de educación homoerótica; Dos espartanos terribles se llevan de la madre llorosa al niño para hacerlo un hombre, un guerrero. Quizás se peca aquí de romanticismo, ese amor maternal que no se da en las mujeres espartiatas: al igual que los hombres, ellas también son adiestradas en deporte y música, futuras madres de espartanos. Se dice de ellas que sólo pueden hablar a los hombres porque son las únicas que los han parido. Realizan los ejercicios con los pechos descubiertos y los hombres las miran sin lujuria, puesto que no hay nada lascivo en ello. Están tan acostumbrados a verlas que no sienten el habitual deseo de lo oculto.

Llama también la atención la historia romántica, añadido de última hora que no se ve en el cómic. Gorgo trata de ayudar a su marido como una heroína actual, la trama sexual que se desarrolla entre ella y uno de los contrarios a la política de su esposo no cabría en las intrigas espartanas. Los hijos eran del estado, si una mujer no podía engendrar con su marido, se le concedía tener relaciones con otro hombre, ya que el fruto de esa relación sostendría la ciudad-estado como hoplita, como guerrero. Ellas soportaban las penurias con el mismo pundonor que sus compañeros, y la única vergüenza que no podría soportar una mujer era que su hijo -o su esposo- no volviera de la batalla “con su escudo o sobre él”.

Era común que los esposos no se conocieran a la luz del día, porque la novia era afeitada y vestida con ropas de muchacho y los contrayentes realizaban el acto sexual escondidos para evitar los malos espíritus. Al encontrar estos a dos amigos solazándose, no buscaban vientre donde anclarse, por lo que los dejaban yacer sin molestarlos. En una época donde la magia y la hechicería estaban a la orden del día, y donde los espartanos faltaron a una cita guerrera por estar celebrando unas fiestas en honor a Apolo Carneio -las fiestas carneias-, puede resultar chocante una actitud así, pero eran épocas donde se honraba a los dioses para alcanzar su favor. No cabía en esta sociedad el fanatismo religioso. Se convivía con los dioses, no se vivía para ellos, a pesar del marcadísimo fervor con el que se realizaban los cultos divinos. Debemos hacer hincapié en que Esparta no fue recordada por sus filósofos o sus artistas. Que era una potencia militar temida por toda Grecia y que la historia que narra “300” habla de esos hombres que se sacrificaron porque habían nacido para una batalla de tal envergadura. No se subyugaron a Jerjes por la sencilla razón de que no vivirían de rodillas, sino de pie. Y que si los persas avanzaban hacia Atenas, el estrecho de Corinto los pondría rápidamente con un pie en Esparta. Su hogar.

Termópilas. El paso a la gloria

Leónidas sabía que moriría en la batalla porque el Oráculo había sido claro: sólo la muerte de un león conseguiría darles la victoria. Así que junto a su guardia personal y marchando hacia el norte se encontró con tebanos, con tespios, con arcadios y con un contingente de lo más variopinto. Viéndolo, con su capa roja y su aspecto imponente, no nos cuesta entender por qué su guardia protegió su cadáver cuando Leónidas cayó, vestido con su panoplia de cuero y metal, o cubierto con un mínimo taparrabos como se ve en la película. No nos cabe duda que el rey debía ser tan impresionante como la historia nos ha permitido imaginar.

Avanzó y se apostó en el paso más estrecho. Por un lado, tenía la cordillera, por el otro, el mar. Su formación militar era tan compacta que los romanos se inspiraron en ella para crear la tortuga: el flanco era protegido por el escudo del compañero, la lanza sobresalía afilada entre los metales tatuados con símbolos mitológicos -Medusas, escorpiones, monstruos horripilantes-, o con la Lambda de Lacedemonia, la inicial que los hacía únicos. Su estrategia, soberbia en su simplicidad: corrían despavoridos haciendo pensar al enemigo que huían, luego se giraban, formaban la falange de forma compacta y empujaban con sus lanzas. No solían utilizar espadas -solamente cuando carecían de lanza, su arma preferida-, y el arco era ignominioso para ellos. Resistieron durante tres días el empuje de los persas. Pelearon de noche porque sus flechas oscurecieron el sol; cenaron en el Infierno porque fueron traicionados por un pastor que mostró a Jerjes un paso entre las montañas.

Murieron todos menos dos. Los tespios quisieron formar parte de la historia junto a ellos, quedándose hasta última hora. Y se hicieron leyenda.

Respecto a Jerjes, Rodrigo Santoro es la personificación literal del Rey de Reyes, cubierto de joyas e indecorosamente vestido que Frank Miller refleja en el cómic. Largas uñas, piercings, oro que cubre su musculatura y una voz de ultratumba encarnan lo que los espartanos jamás habían admitido en su sociedad. Licurgo, el legislador que escribió la Retra o Ley Espartana, abolió los lujos entre los spartiati -recordemos que esos eran únicamente los ciudadanos de Esparta-, y suponemos que el espíritu que emana de esa imagen es el de la corte decadente, hastiada de lujos y de placeres que un espartano jamás conocería porque estaban vedados para él. Es la antítesis de lo que significa Leónidas, el hombre que deja morir a sus súbditos por placer, el que los decapita sin pensar en las consecuencias porque tiene recursos suficientes como para dilapidarlos. La historia nos dice que Jerjes llegó a Atenas y la arrasó, pero que se encontró con una Hélade unida y en la batalla de Salamina la fuerza numérica sucumbió frente al empuje de aquellos que defendían lo que era suyo.

Nos cuesta imaginar que un grupo de hombres se sacrificaran en una batalla donde sabían que jamás vencerían. En el momento actual en el que se prima la cobardía frente a la valentía, una confrontación de estas características no deja impasible al lector, sea cual sea la época en la que viva. Pero, hay que reconocer que en una sociedad estructurada alrededor de el espíritu de su ciudad, donde el estado ha instruido al individuo como parte de un todo, desde la edad de siete años hasta los sesenta se forma parte de la milicia o del grupo, de la systia, la pertenencia al colectivo, la generación de amistades íntimas entre estos miembros forjando lazos tan indestructibles como perdurables, de respeto, sexualidad y entrega los convirtieron en un ejército que se movía como un solo hombre, que se enfrentaba a la muerte vestido y peinado -es famosísima la escena del espartano acicalando sus trenzas a los ojos del espía persa-, para la ocasión y entonando su grito de guerra, invocando a Ares y Enio, divinidades tan implacables y sangrientas como ellos mismos.

300 refleja una parte importante de lo que fueron, de lo que significaron y de lo que significó esa batalla. Sin embargo, no podemos evitar ir más allá, y referir algunos enlaces para conocer uno de los hechos más arriesgados y valerosos que, a ojos de la Historia, los convirtieron en héroes.

Fuentes bibliográficas

  • 300. Zack Snyder, 2006
  • 300. Frank Miller y Lynn Varley. Editorial Norma. 2007 (8ª edición)
  • Los nueve libros de la Hstoria. Herodoto. EDAF 2003
  • Historia National Geographic. Grupo RBA