ARES

… pero no le preguntaron nada, porque no se lo permitía el combate suscitado por el dios del arco de plata, por Ares, funesto a los mortales, y por la Discordia, cuyo furor es insaciable.
(Homero. La Iliada)

Eforos y aedos

De generación en generación, los aedos han sido los encargados de transmitir las historias de deidades y héroes desde la época arcaica hasta nuestros días. El más importante de todos ellos, Homero, recoge las aventuras de un grupo de dioses y de hombres que se enfrentan en la batalla más famosa de todos los tiempos, el asalto y destrucción de Ilión, también conocida como Troya. Gracias a él hemos sido capaces de imaginar y recrear la esencia divina, su grandiosidad y también su humanidad, y deleitarnos con pasajes épicos de una intensidad sobrecogedora.

Nosotras, Freya —diosa de los Hiperbóreos—, y Jocasta —reina de Tebas—, resumimos de la manera más respetuosa y humilde posible, estos y otros hechos de los dioses y los hombres que fraguaron el espíritu de esta ciudad.

La ciudad de las Siete Puertas.

El dios. Su entorno

De Ares y Eiris, divinidades gemelas nacidos en el seno del matrimonio del padre de los dioses Zeus y de su esposa —y también gemela— Hera, sabemos que adoran la batalla sangrienta y que están presentes en todos los conflictos bélicos. Y no es para menos: el propio nombre del dios refleja también su tendencia a la violencia —del griego areôs, furor bélico—, que esparce a la menor ocasión tanto en un bando como en el otro, sin favorecer a nadie en concreto. En cuanto a su hermana, su misión fundamental es la de animar las disputas entre los guerreros cuando estos pierden el ansia luchadora, fomentar los celos y difundir rumores; su nombre significa “discordia” y es la fiel compañera de la conflictiva deidad.

El aspecto de Ares es el de un hombre que ha superado la efebía. Con poblada barba y melena cayendo por su espalda, se le representa portando la panoplia habitual de un hoplita: escudo, coraza con casco y glebas, y lanza. Los metales elegidos para la confección de la vestidura son el oro para el casco y el bronce para el resto de las piezas. No suele ir montado a caballo aunque a veces se presenta en el campo de batalla subido en un carro tirado por sementales embridados con cintas de aureo metal. Sobre Eris, Homero nos cuenta que es pequeña en estatura y siempre acompaña a su bárbaro gemelo, aunque los gritos y la sangre la hacen crecer, ya que llega a tocar con su cabeza el cielo mientras camina por el lugar de la contienda.

El trono de Ares en la mesa olímpica es tan siniestro como el guerrero que lo utiliza: de bronce, tiene relieves de calaveras en sus listones y está tapizado con piel humana. Su lugar asignado es al lado de Apolo y frente a Afrodita.

El dios. Su origen

El lugar del nacimiento de este par de criaturas, odiadas tanto por sus progenitores como por el resto de parientes divinos —a excepción de Hades y Afrodita—, es Tracia. La divinidad, de origen arcaico —ya aparecía nombrada en las tablillas Lineal B—, es alumbrada en la región más alejada del cúmulo de ciudades estado del Peloponeso (Atenas, Tebas, Corinto, Micenas, Esparta). Se justifica así su tendencia a la barbarie y al conflicto, ya que ambos nacen en un lugar poblado de tribus guerreras (al norte del Egeo), de modos violentos y sanguinarios y adoradoras de la batalla.

Tracia también es el escenario de los amoríos adúlteros entre Ares y Afrodita, y es allí donde son sorprendidos en flagrante delito por Hefesto, el esposo engañado.

El señor del Cielo no se congratula con la descendencia que su celosa y posesiva esposa le concedió en el seno de su matrimonio. En palabras de Homero, Zeus maldice reiteradas veces el nacimiento de Ares, asegurándole que lo aborrece por haber heredado las características más nefastas de su madre y que si no fuera de su linaje no dudaría en mandarlo a las profundidades del Tártaro. Sus hermanastros Apolo y Atenea se refieren a él como “destructor de murallas”, “funesto a los mortales” y “homicida”, y aunque adora su cometido de instigar la batalla —sea cuál sea el método—, no es divinidad que suela mantener litigios con deidades o héroes. Sólo una vez se vio en la obligación de presentarse ante un tribunal, y fue a causa del asesinato de Helirrocio, hijo de Poseidón. La sentencia fue absolutoria ya que, para los magistrados, el padre vengó la afrenta de la violación de su hija Alcipe, y se cree que, como consecuencia de este hecho, al lugar se le pasó a denominar Areópago.

Ares prefiere saldar sus cuentas en el campo de batalla a hacerlo entre las paredes de un tribunal, tal es su ansia de sangre derramada.

El dios. Sus derrotas

Como combatiente, no siempre ha salido bien parado. Atenea, la diosa de la batalla justa, es su antagonista por excelencia, ya que ambos representan las dos caras del conflicto bélico (supervivencia frente a derramamiento de sangre injustificado). A causa de lo voluble de sus acciones (puede prestar ayuda a dos enemigos en la misma confrontación), Atenea lo hirió dos veces en la guerra de Troya. La primera, a través de Diomedes, que le clavó una lanza en el rostro, generándole un dolor tal que lo hizo gritar como si tuviera diez mil gargantas en vez de una. Ares contraatacó y hundió su lanza en el escudo de Atenea, pero ésta acertó a darle con un mojón de linde en el cuello, dejándolo tirado en el suelo. Revela Homero en este episodio su altura, siete yeguadas, y también la ira que provoca tanto en sus padres como el resto de parentela olímpica por sus actos depravados.

No es esta la única ocasión en que Ares muerde el polvo. Los gigantes Oto y Efialtes, —historia narrada por Dione a Afrodita en la Iliada—, decidieron conquistar el Olimpo y expulsar a sus moradores de él. Tomaron primero a Ares como rehén, lo encerraron en una tinaja de oro y lo abandonaron en el Tártaro durante trece meses. Sólo la actuación de Hermes lo liberó de tan cruel castigo, encontrándolo exhausto tras haberse pasado todo ese tiempo aullando y bramando. Heracles también lo hirió en el muslo (gracias a la ayuda de Atenea) cuando el dios se enfrentó al héroe tras la muerte de su hijo Cicno de Macedonia, famoso personaje que utilizaba los huesos y las calaveras de sus víctimas para construir un templo en honor a su padre, tras asaltarlos y robarles sus pertenencias.

Dioses amistosos. Descendencia

Muchos son los amoríos de Ares pero la mayoría tienen como origen la pasión desaforada del dios hacia doncellas, ninfas o deidades. La más importante fue la relación extramatrimonial (Ares jamás se casó) que mantuvo con Afrodita, diosa del deseo concupiscente, desposada en la época en la que nos referimos con Hefesto, dios de la Fragua. Afrodita y Ares se encontraban en el hogar del dios, Tracia, y allí consumaron repetidas veces su deseo carnal. Hefesto, hastiado de la infidelidad de su esposa —Helios fue el encargado de informar al divino cojo de las aficiones de Afrodita en su ausencia—, diseñó una red que colocó en el lecho y que atrapó a ambos amantes cuando se entregaban a la pasión amorosa; Hefesto citó a todo el panteón olímpico pero sólo los dioses acudieron, mostrando las féminas una vergüenza absoluta. Tras las miradas de deseo y las bromas, fue Poseidón el que los libró de tan bochornosa situación. A buen seguro, deseaba cambiar su sitio por el del dios de la guerra.

Afrodita tuvo dos hijos del belicoso dios, con caracteres muy similares a su padre: Fobos (Pánico) y Deimos (Terror), gemelos a su vez, que acompañaban a la sanguinaria deidad en sus correrías por los campos de batalla. También de esa unión —pero esta vez heredada de su madre—, nació la preciosa Harmonía. Sobre la divinidad Enio, poco se sabe de la mujer que la engendró; lo único que se conoce es que acompaña a Ares como parte más de la comitiva espantosa, y que incluso uno de los epítetos del dios de la Guerra (y de su voluptuosa amante Afrodita) es enialio, atributo relacionado con la pasión fogosa (en sus diversas vertientes).

Aunque Afrodita siempre sintió predilección por el aguerrido y violento guerrero —es notable su afición a reflejarse en el bronce del escudo de Ares tras la batalla amorosa—, también tuvo que soportar sus celos cuando la diosa fijaba sus ojos en otros hombres. En el caso de Adonis, la beligerancia de Ares fue máxima: mató al joven a dentelladas, transformándose en un jabalí para realizar tan despreciable cometido. De este hecho, la diosa del ceñidor se vengó en la figura de Eos: al enterarse de los amoríos del tracio con ésta en el palacio de la Aurora, la maldijo; desde aquel día la divinidad de dedos rosados siempre tendría un especial interés por los hombres mortales.

Los vástagos engendrados por esta figura inmortal es casi innumerable: En la Iliada, Homero concede la ascendencia divina a una notable cantidad de reyes y capitanes que participaron en la contienda. Quinto de Esmirna, por su parte, nos presenta a las amazonas, mujeres guerreras lideradas por una de las hijas del dios, Pentesilea, la cual muere a manos de Aquiles, atravesada por una lanza. Otros nobles descendientes de esta activa divinidad que también participaron en el asedio —y defensa— de Troya fueron Ascálafo y Yálmeno (Orcómeno), Eléfenor (Eubea), Licimnio, Podarces (Fílace), Leonteo (Lagisa), Pileo (Larisa) y Hicetaón, entre otros.

El otro dios con el que Ares tiene una relación —más profesional que personal— es su tío Hades. El rey de los Infiernos ve nutrido de almas su dominio, y siempre agradece los contingentes de víctimas que el “funesto a los hombres” está dispuesto a enviar a las regiones del Tártaro.

Aunque es deidad con connotaciones negativas, uno de los hechos positivos que los griegos han concedido al dios de la batalla sangrienta concierne también a Hades. Sísifo, antepasado de Odiseo y de un ingenio mordaz y terrible, consiguió apresar al rey de los Infiernos con una treta tan astuta como arriesgada: lo encadenó con sus propias esposas, una vez Hades se presentó ante el mortal para llevarlo al Averno por orden de Zeus. Sólo el dios tracio, tras amenazar con torturar a Sísifo, logró que éste liberara al innombrable de sus ataduras.

Gustándole tanto la batalla, no es raro verlo en las contiendas de mortales aunque también ha participado, como un hoplita más, en la defensa del Olimpo. La historia a la que nos referimos y que con maestría nos resume Robert Graves, refiere el enfrentamiento entre los gigantes y los dioses olímpicos. Ares —blandiendo su lanza— y Zeus —haciendo lo propio con el rayo—, luchan contra ellos pero sólo la ayuda de Heracles (el hombre cubierto con una piel de león) y de su maza logra darles la victoria. Se comporta aquí la divinidad como se espera de un griego que ve peligrar su modo de vida ante la invasión bárbara: uniendo fuerzas incluso con las otras deidades, sin importar qué tipo de relaciones haya tenido con ellas.

Animales consagrados al dios

Aunque las fieras salvajes son consideradas patrimonio de Artemis, la diosa cazadora, el resto de divinidades suelen tener asociados diversos animales que encajan a la perfección con la imagen que los mortales perciben de los inmortales. Los animales asociados al dios de la Guerra son variados, y la mayor parte de ellos suelen custodiar tesoros o abatir a sus víctimas entre grandes sufrimientos.

La primera muestra la tenemos en las yeguas carnívoras de Diomedes, uno de los trabajos que el rey Euristeo encargó a Heracles. Estos animales, cuatro en total, eran carnívoros y fueron un regalo de la divinidad a su hijo, rey de Tirida y gobernante de los bistones, concebido (según diversos mitos) con la ninfa Cirene. Además de éstas, Ares también había regalado otro par de yeguas —engendradas por el propio Viento— al rey Enómao, que gobernaba Pisa y Élide. el padre de Hipodamía las utilizaba para retar a los pretendientes de la muchacha y matarlos si perdían en la carrera. Sólo la intervención de Poseidón —entregando otros caballos más veloces a su amante—, evitó que Pélope muriera tras la competición.

Las aves de Estínfalo eran seres parecidos a Ibis que tenían pico, garras y alas de bronce. Estos animales, consagrados a la divinidad —y por tanto, carnívoros—, se dedicaban a asolar los sembrados con sus excrementos, además de atacar a los sufridos viajeros que cruzaran por la región, en el corazón del Peloponeso. Heracles, armado con unas castañuelas de bronce, las espantó y estas emprendieron el vuelo hasta la Isla de Ares, en pleno Mar Negro.

El jabalí es un animal en el que Ares se suele transformar, o bien para atacar —como es el caso anteriormente referido de Adonis—, o para escabullirse —huyendo de los gigantes que trataron de conquistar el Olimpo. En gallo convirtió Ares a Alectrión, el hombre que vigilaba en el exterior del palacio de Hefesto mientras el dios de la guerra disfrutaba de los encantos de Afrodita, perpetuando así el hecho de que sea este animal el que anuncie la llegada de la mañana. (Homero, la Odisea)

Dragones y hombres sembrados

El dragón acuático es un animal consagrado a este dios, y de dos dragones —serpientes acuáticas o serpientes azuladas según el mitógrafo— nace la raza de guerreros más implacable de todos los tiempos: los Spartoi.

Cadmo, procedente de la lejana Fenicia, seguía el rastro de su hermana Europa, que había desaparecido tras subirse a lomos de un toro blanco. El oráculo de Delfos fue claro en su contestación: el extranjero debía seguir los pasos de una vaca y, cuando ésta se tumbara, fundara allí una ciudad. Sin dilación, obedeció las palabras de la pitia, y sacrificó al animal a la diosa Atenea una vez se detuvo a descansar. Al tomar agua de un manantial cercano, se encontró con un dragón acuático que mató, con consecuencias funestas: éste custodiaba las aguas consagradas al dios de la guerra, y como condena por el sacrílego acto, el fenicio tuvo que pasar ocho años a las órdenes de la belicosa deidad, ayudándolo en varias de sus sangrientas campañas.

Sin embargo, la muerte del dragón no fue en vano. Cadmo tomó los dientes de la bestia y los sembró en la tierra. Por orden de la diosa Atenea —cuando emergieron los guerreros armados de las entrañas de la propia Gea—, el fenicio lanzó una piedra entre ellos, y estos se mataron entre sí, quedando sólo cinco.

Eran los spartoi. Los hombres sembrados.

Tras los años de servidumbre a la divinidad, el rey de Tebas, cuya ciudad, Cadmea, había sido amurallada por el tracio, se casó con la hija de éste, Harmonía. Tras varios periplos, ambos son felices en la Isla de los bienaventurados, convertidos en un par de azuladas serpientes.

El dragón de la Cólquide

Así como la creación de Tebas y su población inicial tiene origen divino, el episodio de la siembra de hombres se repite, casi de la misma manera, en la Cólquide, patria de Medea. Se remonta la historia al sacrificio del carnero dorado que salva a Frixo y a Hele de la muerte a manos de su padre Atamante, rey de Tebas. Ambos hermanos viajan por el cielo hasta que la muchacha cae al mar (dando origen al nombre Helesponto), y su hermano, una vez a salvo más allá del mar Negro, sacrifica el animal a Zeus y lo deja a cargo de un dragón en el templo de Ares.

Medea fue la encargada de encantar al animal hasta hacerlo caer en un profundo sueño y Jasón el de sembrar hombres en el interior de Gea, con los dientes que Atenea le había dado. No obstante, esta aventura es una continuación (y quizás el epílogo) de la anterior en Tebas: Fue en esta región donde apareció el carnero dorado, y de nuevo terminó en Beocia, consagrado al dios que lo envió para salvar de la muerte a un inocente.

Santuarios dedicados al dios

Por ser natural de Tracia y estar ésta poblada de tribus guerreras, sabemos que existían lugares de culto destinados a la divinidad. Sin embargo, quedan muy pocos vestigios de templos erigidos a la gloria del sangriento dios. Como ya indicamos anteriormente, era una deidad con grandes connotaciones negativas, y sólo pueblos que se dedicaran a las labores de la guerra, tales como las amazonas, exhibían su estandarte y lanzaban gritos en honor a su inmortal progenitor.

Un caso especial lo protagonizaba Esparta. Al ser una ciudad-estado completamente dedicado a la guerra, se puede presumir que Ares es uno de los dioses principales. Sin embargo, era Artemisa Ortia la patrona del lugar, así como Cástor y Pollux, gemelos hijos de Tindareo y Zeus, respectivamente. Aunque los dos espartanos eran nativos de Laconia, y uno de los amantes de Apolo también era oriundo de dicha región, los temibles espartanos erigieron altares en honor de Enio y de Ares; mostraban imágenes de la diosa del furor guerrero encadenada, para demostrar que ni la guerra ni la victoria en ésta abandonarían jamás el espíritu de la ciudad, y al dios tracio sacrificaban gallos y perros negros, en sus tradicionales y oscuras prácticas de supervivencia en los alrededores del monte Taigeto.

En Atenas, como ya hemos comentado, el Areópago o “lugar de Ares” es la colina donde impartía justicia, y tanto en esta ciudad como en Olimpia existía un templo para cada una de las doce divinidades. Bien es cierto que no son las mismas doce divinidades, ya que en Olimpia se incorpora a Atlante como deidad mayor, en detrimento de Hestia, Ares sí tiene su lugar en el panteón Olimpico principal, a pesar de los odios y desprecios que sienten el resto de inmortales hacia su belicosa, sanguinolenta y, por qué no, impresionante persona.

La influencia de Ares en Saint Seiya

Aunque la casa de Géminis no tiene a Ares como dios regente, Masami Kurumada focalizó la maldad en los gemelos que habían nacido bajo este signo. Eligió a Saga como parte dual, y en la mayor parte de los capítulos habla consigo mismo como un hombre que ha desarrollado una doble personalidad y que está en constante conflicto. El nombre no está elegido al azar: Saga, en la mitología escandinava es la divinidad a la que se le atribuye la historia. En la mitología hebrea, la connotación que implica el sustantivo “sagan” es la del lugateniente del soberano pontifice que hacía las veces de éste en su ausencia o en caso de enfermedad. Y por si fuera poco, tanto Saga y Kanon como Eris y Ares son también gemelos, dioses poderosos y combativos. En el doblaje en castellano de la serie, siempre se nombra a “Arlés” en lugar de a “Ares”, sin embargo, en el manga publicado por Glènat, sugiere el nombre de Ares cada vez que se refieren al asesino del Patriarca.

Aunque Kanon no está poseído por la deidad, para el espectador representa a la parte más corrupta de los gemelos, más Eiris que Ares, en este caso. Si Saga tiene dudas sobre lo bondadoso o maléfico de sus acciones, Kanon no muestra pudor alguno al hablar sobre dominación, humillación y genocidio. La gran parte de la Saga de Poseidón lo mantiene como hilo conductor, y como Dragón de los Mares, Kanon es aquí un digno heredero del dios de la Guerra Sangrienta. Además, revelador es el color de su ropa, ojos y cabello: en las Metamorfosis de Ovidio se nos muestra el azul de la serpiente/dragón que custodia los lugares sagrados del dios, y siempre es ese color el que utilizan los autores para divinizar al animal. Para su nombre, Kurumada tampoco tuvo dudas: es una divinidad budista que, al trasladarse el mito a la cultura china y japonesa se transformó en una deidad femenina de la compasión, y una deidad masculina de la guerra, respectivamente. Al igual que la armadura de Géminis, Kwannon tendría 1000 brazos, y sólo se le podría vencer despistándole. Por tanto, el Dragón Marino es el animal del que nacieron los Hombres Sembrados, a pesar de las influencias chino-japonesas de su nombre.

Respecto a la OVA titulada “Saint Seiya Gekijôban”, que narra la historia de la reencarnación de la diosa de la Discordia Eris en una amiga de Hyoga, es la más respetuosa con la mitología griega, ya que recrea, aunque libremente, el episodio de la manzana que dio origen a la guerra de Troya. Su nombre se tradujo como Ellis; su piel es blanquecina, luce larga melena e insufla el ansia combativa a sus guerreros.

Por tanto, y visto todo lo anterior, Masami Kurumada utiliza la mitología europea y la retuerce, tamizándola a través de su visión oriental, y tocando temas tan desconocidos para los helenos como la reencarnación, el eterno ciclo de caida, perdón y por último, sacrificio que conducen a un estadio superior, muy en la línea del espíritu japonés, (recordemos que el ciclo tebano tiene también un componente de caida y de perdón pero no se resuelve de la misma manera), que nos deja en la boca un cierto regusto arcaico, épico y, muy en el fondo, griego.

Fuentes bibliográficas

  • Todos los dioses de Grecia. Richard Buxton. Oberón, 2004
  • Introducción a la mitología griega. Carlos García Gual. Alianza Editorial, 2005
  • Los mitos griegos. Robert Graves. Ariel, 2001
  • Enciclopedia Temática Multimedia, Mitología Universal, Editorial F&G, República de Ecuador, 1996
  • La Iliada. Homero. Editorial Losada, 1998
  • La Odisea. Homero. Editorial Planeta, colección Biblioteca La Nación, Argentina, 2001
  • Teogonía. Hesíodo. Editorial Losada. Argentina 1996
  • Los Trabajos y los Días. Hesíodo. Editorial Losada. Argentina 1996
  • El escudo de Heracles. Hesíodo.
  • Diccionario de Mitología Universal, J.M.F. Noel. Versión revisada de 1991