LAS MÁSCARAS DE LA MUERTE DE CÁNCER

Estos rostros pertenecen a todas las personas que he matado. Sus almas jamás descansarán en paz y vagarán por toda la eternidad en la Casa del Cangrejo Gigante.
Death Mask. Capítulo 48

Eforos y aedos

¿Nunca te has preguntado qué son esas caras que Death Mask exhibe en su tétrico Templo? ¿A qué se debe que un guerrero de Atenea se enorgullezca de unos trofeos tan macabros? Sé bienvenido, viajero, porque en este artículo trataremos de desvelar el significado de los rostros encajados en la pared de la Casa del caballero de Cáncer y sus orígenes culturales.

El número 4 en la cultura asiática

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, una máscara, es, entre otros, una figura que representa un rostro humano, de animal o puramente imaginario, con la que una persona puede cubrirse la cara para no ser reconocida, tomar el aspecto de otra o practicar ciertas actividades escénicas o rituales. Visto de esta manera, no hay nada que asocie a Cáncer con las máscaras, si no fuera porque Masami Kurumada asoció a Cáncer, cuarta constelación zodiacal, todo lo referente con el mundo de los muertos.

Los japoneses, así como los chinos y coreanos (pueblos que mantienen lazos históricos y culturales), comparten mitos y también supersticiones. Un caso significativo es el del número cuatro, del que dicen que da mala suerte ya que en japonés, “cuatro”: Shi (四) y “muerte”: Shi (死) se pronuncian igual. Esta superstición llega hasta tal punto que en hoteles existen habitaciones con el número cuatro, que no se ofrecen a los huéspedes, así como en los ascensores, que pasan del piso tres al cinco sin pasar por el cuatro. Un nombre alternativo a shi para el número 4 es “yon”, utilizado tanto en la conversación común como en traducciones y escritos oficiales.

Masami Kurumada focalizó esta característica en Death Mask, o más bien, en su Casa. Los caballeros de Cáncer muestran habilidades relacionadas con el Otro Mundo, y el guerrero es capaz de transportarse y de enviar a sus enemigos al Mundo de los Muertos. Sin embargo, no es un Infierno cristiano, con un Juicio Final, ángeles y los Cuatro Jinetes; se trata del Yomutsu-hirasaka, (黄泉比良坂), un paso desde el mundo de los vivos al de los muertos, que desemboca en el Yomi (黄泉), el Inframundo japonés.

 

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Las máscaras de la muerte

Masami Kurumada ha intentado (con mayor o menor fortuna) adaptar el folklore japonés a su obra Saint Seiya, los caballeros del Zodiaco, y fusionarla con la mitología griega, que es la que nutre la mayor parte de la historia de las constelaciones que iluminan las armaduras de los caballeros y amazonas del Santuario. Sin embargo, nos tenemos que remontar al Neolítico, para descubrir máscaras funerarias que recreaban los rasgos de los difuntos con el claro fin del reconocimiento y de la perpetuación en la memoria de los vivos.

Otros dos ejemplos los encontramos en el Antiguo Egipto, con la máscara mortuoria de Tutankamón, y más cercano, la máscara de Agamenón, famosísimo relieve del rostro de un difunto realizado en oro y que se expone en el Museo Nacional Arqueológico de Atenas.

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Avanzando en el tiempo, los griegos solían dejar en sus cementerios figurillas o estelas mortuorias con el rostro del fallecido, bien en sus mejores momentos de batalla o familiares, o en compañía de divinidades. Los romanos tomaron prestada esta práctica y la añadieron a su vida tradicional; sin embargo, fueron ellos con sus Maiorum Imagines, de origen etrusco, los que impulsaron esta tradición que en la actualidad nos pondría los pelos de punta.

La técnica consistía en realizar un molde del rostro del fallecido que posteriormente se rellenaba con cera y que, al secarse, se pintaba buscando la mayor semejanza con el modelo original. Una vez terminado, se guardaba en el armario de madera instalado al efecto en el atrio de la casa, con el títulus en que figuraban su nombre, cargos, triunfos, conquistas y otros méritos. Este ritual estaba reservado a las familias aristocráticas, y de esta manera, al visitar el lugar donde el pasado se encontraba con el presente, inspiraba acciones heroicas a los miembros vivos del clan.

La máscara mortuoria tiene, sin embargo, su época de esplendor en el siglo XVIII y XIX, en la que se separan el mundo mágico y folklórico del mundo del arte, ya que las máscaras pierden su componente religioso para pasar a ser la inspiración de obras escultóricas tales como las de Emile-Antoine Bourdelle, (que representa la cabeza de Beethoven), Brancussi, (con su alegoría al Sueño, del mismo título y a las Musas, en su Musa Dormida), entre otros.

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Los rostros en la Casa de Cáncer

Aunque no sabemos las pretensiones de Kurumada al crear a Death Mask de Cáncer, se puede sacar en conclusión de que el mangaka japonés quiso asociar todo lo negativo del folklore de su tierra nipona en el caballero de la Cuarta Casa. Para ello, diseñó una armadura que tenía muchas similitudes con un crustáceo, y lo dotó de una personalidad arrogante, pretenciosa y violenta. Para Death Mask el fin justifica los medios, y no le importa hacer una exhibición de su poder frente a un caballero “lisiado”, como denomina a Shiryu. Sólo la presencia de Mu en Rozan evita una tragedia.

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Sus máscaras de la muerte las denomina “sus trofeos”. Se divierte viéndolos retorcerse de dolor y los mantiene en ese estado para nutrirse con su energía. Pelea de una forma deshonrosa, defiende la fuerza y la violencia ante la diplomacia y la justicia, y no duda en atacar a inocentes (Shunrei) para equilibrar la balanza en su favor.

Puede desplazarse entre las dimensiones de los vivos y de los muertos, aunque su poder palidece frente a Rhadamanthys, uno de los tres Jueces del Inframundo, que lo condena a padecer el castigo que él ha infligido a sus víctimas.

 

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Fuentes bibliográficas

  • http://www.japan-zone.com/index.shtml
  • http://www.artehistoria.jcyl.es/
  • http://geometriadeldesconcierto.com/
  • http://kuriositas.com

Fotografías tomadas de la Wikipedia y de la página Geometría del Desconcierto.