Corrección y estilos: Heiko

El santuario se había despertado bajo un cielo sin nubes, y en cuestión de minutos, los barracones se poblaron de jóvenes que devoraron el desayuno y luego se dispersaron hacia sus quehaceres habituales. Un buen número se dirigió hacia los campos de entrenamiento, donde los gritos de los instructores llenaron de vida los tranquilos parajes colindantes a los Doce Templos Zodiacales. Aquella mañana, los primeros en llegar al coliseo fueron los aspirantes a la armadura de Sagitario. Sísifo se unió a su grupo minutos después, tomó asiento en una de las gradas más cercanas a las escaleras y se dispuso a dibujar en una tablilla un nuevo tipo de ataque que serviría para las clases teóricas del día.

Se dejó envolver por el entusiasmo de sus discípulos. No hacía tanto tiempo que él había estado en la misma situación, aprendiendo nuevas técnicas y combatiendo contra sus compañeros para ser el merecedor de la armadura de Sagitario. Por eso le gustaba sentir el ambiente de camaradería, el sonido de los pies golpear la arena, las gargantas jadeando a causa del esfuerzo. Era una música que lo seducía hasta sumergirlo por completo en su trabajo. Estuvo un buen rato definiendo la velocidad y dificultad del ataque que iba a ser el tema principal de la clase cuando reparó en que el murmullo ambiental había cesado. Levantó la cabeza y descubrió que sus pupilos estaban agrupados en mitad de la arena y miraban hacia un lugar en concreto. Curioso, se incorporó para averiguar qué estaba pasando, y cuando se encontró con el motivo de tanta expectación, sintió cómo su boca se secaba: los aprendices del caballero de Escorpio estaban situados al fondo de la arena, junto a los cipreses. En silencio, se untaban el cuerpo con aceites y algunos habían comenzado a calentar los músculos.

Sísifo buscó con la mirada al artífice de aquel disparate, pero no encontró rastro alguno del caballero dorado. Los jóvenes a cargo del guerrero de Escorpio estaban completamente solos.

—Esto es inaceptable.

Sintió el impulso de correr escaleras arriba para presentarse ante el Patriarca y relatarle todo lo que estaba viendo, pero se contuvo. Quizás, sólo quizás, Yolcos de Escorpio tendría una poderosa razón para ordenar a sus aprendices a cometer un atentando contra la dignidad como aquel, así que dejó el buril y la tablilla sobre el asiento de piedra y se sentó a esperarle. Escucharía todo lo que el otro quisiera decirle, Sísifo expondría su punto de vista y llegarían a un acuerdo de forma civilizada, porque para algo, ambos eran caballeros al servicio de Atenea. Había esbozado incluso una sonrisa al imaginarse a Yolcos dándole la razón cuando la estruendosa voz del hombre que tenía la capacidad de sacarlo de quicio retumbó a su espalda.

—¡Buenos días, amigo Sísifo! —Yolcos de Escorpio bajó las escaleras con parsimonia, vestido con una túnica blanca de hilo, demasiado corta, que revelaba más partes de su cuerpo de las que Sísifo deseaba contemplar—. ¡Atenea nos guarde y nos conceda un día provechoso!

Se sentó a su lado con las piernas ligeramente abiertas, cosa que a Sísifo le generaba una profunda repulsión, y dejó un pellejo con agua a la sombra.

—¡Menelao! —rugió—. ¡Pentesilea! —movió el brazo, señalando a las muchachas—. ¡A trote de dos en dos!

El caballero de Sagitario no pudo articular palabra. Su grupo había dejado los combates para dedicarse a contemplar a los recién llegados, y no daban crédito a lo que estaban viendo. Empezaron a reírse de forma nerviosa, a darse codazos, y algunos señalaban a las discípulas de Yolcos, y más que a las discípulas, a determinadas partes de ellas.

Sísifo apretó los puños y todos los deseos de conversación civilizada se evaporaron como el agua en el desierto. Agarró el buril y la tablilla y se plantó ante el Escorpión, no sin antes darle órdenes precisas al más aventajado de los jóvenes a su cargo. Quería evitar a toda costa que babearan como una banda de pervertidos y se comportaran como futuros caballeros de Atenea.

—¿Se puede saber qué tienes en la cabeza? —le espetó con rabia—. ¡Están desnudos!

Yolcos alzó la mirada y asintió. Le mostró una sonrisa aprobatoria, como si fuera un maestro ante su discípulo aventajado.

—Tengo que corregirte, amigo Sísifo —le restó importancia—. Llevan puestos taparrabos. Unos taparrabos muy pequeños, eso sí, pero tienen sus vergüenzas ocultas —la sonrisa casi se convirtió en carcajada—. ¿A qué viene tanto pudor? Son gimnastas. Y la gimnasia se realiza con el cuerpo cubierto por aceite. Sólo por aceite.

—¡No son gimnastas! —elevó la voz—. ¡Son aprendices! —el Arquero se envaró al chocar contra la tranquilidad del otro, que ni siquiera se había dignado levantarse. Le dieron ganas de borrarle la sonrisa a golpes, para luego obligarle a que se vistiera con más decoro.

—Cálmate, amigo Sísifo, que no vas a llegar a viejo como sigas así —replicó Yolcos—. No hay nada malo en que entrenen desnudos. Al poner a la luz lo oculto, se pierde el ansia por descubrirlo.

—Las muchachas, sus pechos, ¡sus pechos! —Sísifo tartamudeó. De forma instintiva, aseguró el lazo de la cinta que llevaba en su frente.

—Sus pechos, sus pechos —repitió el otro, divertido—. Todos hemos mamado de unos pechos. Son la fuente de la vida, Sísifo —hizo un ademán con los dedos, como si estuviera pellizcando un pezón—. Si lamieras alguno de vez en cuando, seguro que no te escandalizarías tanto. Tienes madera de santurrón.

El caballero de Sagitario se sonrojó de rabia y se retiró hasta alcanzar la escalinata de piedra. Comenzó a subir las escaleras sin despedirse, indignado hasta el infinito.

—Cuando vayas a entrevistarte con Sage y a contarle mi nueva hazaña —Yolcos giró su cabeza para hablarle, pero no se levantó—, trata de no retratarme como si fuera un sátiro —su voz se volvió dura, y sus ojos brillaron como si fueran un par de brasas ardientes—. Sólo me he limitado a rememorar los entrenamientos de nuestros antepasados. No hay ningún interés oculto en molestarte.

—¡Esta no es la Grecia de Pericles! —bramó Sísifo—. ¡Y deja de juzgarme, por Atenea! —replicó—. Hago lo que debo hacer, lo que se espera de mí. Ya deberías saberlo.

—Siempre haces lo que debes. Sí —contestó mientras volvía la mirada a sus pupilos—. Ya lo sé.

Yolcos supo que Sísifo ya había terminado de contarle al Patriarca todo el incidente porque vio a seis guardias bajar por la escalinata de piedra del coliseo en perfecta formación y dirigirse hacia él. Antes de que llegaran a su altura, se levantó y llamó a Eumolpo para darle instrucciones precisas sobre la técnica a realizar por el grupo y lo dejó al frente de ellos. No comprendía por qué el Arquero se tomaba todos sus actos como un ataque personal, pero en el fondo, le encantaba organizar travesuras y esperar la reacción del otro. Cuando el soldado de mayor graduación le pidió que los acompañara, Yolcos se colocó entre ellos, ascendió por la escalera y se deleitó con los vítores y silbidos que le dedicaron sus discípulos. Giró la cabeza y sonrió de forma triunfal, y su sonrisa, traviesa como el resto de su expresión, chocó contra la seriedad del rostro de Sísifo, que lo vigilaba desde el otro extremo de la arena.