Para el olmo que no sólo da peras, sino también manzanas.

Oh crazy you
Where’s the life that we once knew?
With your anger and your madness
All your laugh reveils your sadness
Gun — Crazy you

—Filo, montura, pala, lomo…

Milo sonrió satisfecho tras enumerar las partes de la antigua espada griega que ocupaba una de las paredes de su diminuto cuarto, retazo glorioso del pasado del pueblo sobre el que le encantaba hablar. La descolgó con cuidado y la aferró con fuerza, como harían sus ascendientes a la hora de clavarla en los cuerpos de sus rivales.

Molon labé… venid, venid a buscarlas.

No era la primera vez que se imaginaba vestido con una panoplia, el escudo en su brazo izquierdo y la lanza en su mano derecha, mientras el sol caía a plomo sobre el desfiladero y arrancaba destellos de su melena aceitada. Esparta, o más bien el orgullo de ser espartano, fue lo que más lo unió a Perséfone, caballero de Escorpio y mentora. Ella le enseñó a escenificar en la arena su sueño recurrente, donde tensaba su cuerpo para cargar contra el ejército enemigo y hendía con una estocada mortal las zonas vulnerables del rival que tenía enfrente. Perséfone le explicó a través de duros entrenamientos cómo debía colocarse para imprimir mayor velocidad y potencia a una carga espartana, además de localizar en pleno ataque los puntos débiles de sus adversarios.

—Venid a buscarlas… venid —gruñó como lo había hecho Leónidas en el desfiladero de las Termópilas—. Molon labé.

Milo recreó cada uno de los movimientos con precisión quirúrgica: la posición de los pies, el ángulo del hombro, el arco a dibujar con el brazo y la fuerza de la estocada. No pudo reprimir una carcajada de victoria cuando hirió a su enemigo imaginario, al que incluso vio caer al suelo entre gemidos de dolor. Envainó, jadeando, la espada al costado dando punto final al ejercicio; había llegado la hora de abandonar Creta y de volver a Atenas.
Depositó la espada sobre la cama con el mismo cuidado con que la había descolgado. El metal restalló bajo la luz del sol que entraba por la ventana; no representaba los más de dos mil años que tenía.

—Milo —la voz de Perséfone sonó a su espalda—. Alguien ha venido a verte.

El espartano se giró y abrió los brazos para recibir a la visita. El niño se arrojó contra su pecho con los ojos llenos de lágrimas y el rostro cubierto de barro.

—Nikias, ¿qué te pasa? —preguntó Milo, mientras le acariciaba la espalda. El pequeño no dejaba de temblar—. ¿Has vuelto a meterte en una pelea?

—En el pueblo… —balbuceó el niño.

—Me llaman asesino, ya lo sé.

Nikias no fue capaz de reprimir el llanto y sollozó tembloroso contra el pecho de Milo.

—Si yo no le doy importancia a los chismorreos —respondió el espartano con una sonrisa—. ¿Por qué tú sí?

—Porque no quiero que mueras —le espetó el pequeño.

—No voy a morir, Nikias. —Milo le limpió las lágrimas con una de las vendas que usaba para protegerse los nudillos. El barro se quedó pegado a la tela, dejándola inservible—. ¿De dónde has sacado esa idea?

—Ella te matará y dejará tu cadáver flotando en el agua, tras comerse tu corazón —contestó el muchacho con vehemencia—. Me lo ha dicho Anteo.

—No te voy a mentir, Nikias —contestó Milo, reprimiendo las ganas de salir a buscar a Anteo y darle una paliza, por meter el miedo en el cuerpo a un niño tan pequeño—. Tendré que combatir contra Perséfone si quiero conseguir la armadura de Escorpio —le pasó los dedos por el pelo encrespado—. Pero no será un combate a muerte.

—Anteo también dice que Perséfone es fea. Y que está loca.

—¿De verdad te dice esas cosas? —Milo alzó las cejas y sonrió—. Si Perséfone lo oyera hablar de ella a sus espaldas, le daría una buena lección y lo tiraría por los acantilados, para que se remojara un rato.

—Ayer dijo que ni tú ni ella tenéis alma, y que por eso os convertiréis en demonios del mar. —El niño volvió a estremecerse y se agarró al espartano.

Milo lanzó un bufido de hastío.

—Tu hermano es un idiota, Nikias. Aún está escocido por haber perdido el combate frente a mí y verse obligado a abandonar el recinto de entrenamiento. Su deseo era llegar a vestir Escorpio pero a lo único que puede aspirar ahora es a tenerse en pie, por la mala vida que lleva —respondió con una mueca de fastidio—. Además, si Perséfone fuera como dices, no te dejaría cruzar la arena ni mucho menos, visitarme en mi barracón. ¿Crees que un demonio del mar ayudaría a la gente del pueblo?

—Es que… no quiero que te vayas.

El griego cobijó al niño entre sus brazos. Sintió un nudo en el estómago al pensar que esa sería la última vez que lo vería como aprendiz, ya que en dos días debía presentarse ante el Patriarca para formalizar su solicitud de aspirante a la armadura de Escorpio. Acarició la cabecita morena y le dio un beso en la frente.

—Todos tenemos una misión en la vida. La tuya es ir al colegio, obedecer a Calíope y hacerte un hombre de provecho.

—Ella está muy atareada ahora —replicó el niño encogiéndose de hombros—, porque va a tener otro bebé y no le queda tiempo para mí.

Milo se quedó callado. La noticia lo había pillado por sorpresa.

—No me gusta vivir con ellos —prosiguió el muchacho—. Vassilis grita mucho y me dice cosas feas.

—¿Vassilis te ha puesto la mano encima? —Preguntó el griego—. ¿Te ha pegado?

—No —contestó el pequeño sin mirarlo a los ojos.

—No me mientas —Milo lo sentó en sobre su cama, al lado de su equipaje.

—A veces —Nikias estaba rojo de vergüenza.

—¿Y qué hace Calíope cuando eso ocurre, Nikias?

Milo reconoció en los ojos del niño el brillo del miedo mezclado con la culpa. Furioso, rebuscó en su bolsa de viaje hasta encontrar una cajita de madera labrada con un escorpión dorado en la tapa. En ella había papel con el emblema de la Casa del Escorpión, lacre y un sello con el mismo dibujo.

—Yo me iré dentro de una hora, pero te voy a dar algo que quiero que guardes para cuando lo necesites, ¿de acuerdo?

Garabateó en el papel con pulso firme a pesar de la ira que lo embargaba. Quería viajar a Heraklion y demostrarle a aquel gusano que las mujeres estaban hechas para ser amadas, no golpeadas. Sin embargo, ya no podía inmiscuirse, El sueño en el que Calíope y él formaban una familia con muchos hijos había quedado atrás cuando ella eligió a otro hombre, mucho mayor que Milo, y conocido por sus excesos.

—Si Calíope o tú os encontráis en peligro, busca al guardia del recinto y entrégale este papel. Te prometo que volveré y le arrancaré la cabeza a ese hijo de puta con mis propias manos.
Nikias sonrió, aliviado y feliz.

—Cuando sea mayor quiero entrar en la Orden de Atenea y ser un caballero como tú, Milo.

El joven acarició la rebelde pelambrera del pequeño con cuidado, ocultando su tristeza. Aquel no era lugar para un niño, así que haría cualquier cosa para impedirlo.

—Si entraras en la Orden, Nikias, tendrías que pelear contra mí —contestó—. ¿No lo habías pensado?

—Me… ganarías…

—Y tendría que matarte —apostilló Milo, serio.

—¿A pesar de ser… tu hermano adoptivo? —replicó casi sin fuerzas, con su labio inferior tembloroso—. A Anteo no lo mataste.

—Le perdoné la vida —finalizó Milo—. Porque Anteo no era rival para mí.

El espartano dejó que Nikias rumiara sus palabras y lo abrazó cuando el niño se echó a llorar.

—Por eso te digo que tienes que hacerle caso a Calíope, ir al colegio y sacar buenas notas.

Se separó de él y le limpió las lágrimas con los dedos. El pequeño lo miró con tristeza, como si supiera que no volverían a verse nunca más.

—Cuida de Calíope, y hazme saber si ella o tú tenéis problemas. ¿Lo harás por mí?

Nikias asintió en silencio.

—Cuando te conviertas en el caballero de Escorpio, mándame una foto con tus compañeros, Milo.

—Nikias… —la ocurrencia le hizo sonreír—. Calíope te estará buscando. Ve con ella.

Milo lo abrazó con fuerza y lo llenó de besos antes de dejarlo marchar. El pequeño griego franqueó la puerta, erguido y orgulloso, con el salvoconducto en la mano. Aquel niño era de lo poco puro que el espartano había conocido en años, pero el aprendiz del Escorpión sabía que si Nikias continuaba por aquella peligrosa senda, acabaría convirtiéndose en alguien como Perséfone y como él: en un asesino.