Take me away over to somewhere
Where the fire reigns and where nothing else remains
Poisonblack – Nothing else remains

Guardó la cajita en la bolsa y cerró la cremallera de un tirón. El ansia por volver al Santuario se acentuó, así como los nervios por ver a aquellos a los que había conocido hacía siete años, cuando pisó el recinto sagrado por primera vez. Se echó el equipaje al hombro, aseguró las ventanas y contempló su cuarto por última vez, con la certeza de que si volvía a poner los pies en aquel lugar, ya sería como caballero, y no como aprendiz.

“En varias horas estaré en Atenas. ¿Cuántos de nosotros lo habremos logrado?”.

Salió de la cabaña en busca de su maestra; la actividad portuaria, con el ruido habitual del tráfico marítimo le recordó el día en que, junto a trescientos niños más, fue admitido como infante en la Orden de Caballería Ateniense. Durante cuatro meses vivió en un barracón similar al que estaba a punto de abandonar, tiempo en el que logró destacar en carrera pedestre y que sirvió para que la caballero de Escorpio se fijara en él y lo eligiera, junto a cuatro niños más, para ser su sucesor.

“Pietro y Egon se fueron el primer año. Asteria el segundo. La pelea contra Anteo fue la más difícil, pero aquella victoria me supo a gloria”.

Perséfone lo esperaba en la puerta del recinto, acompañada por los dos guardias que charlaban con ella de forma distendida. La caja de Pandora brillaba con furia a los pies de su dueña bajo el intenso sol griego.

—Señora Perséfone —Zetes la saludó con una reverencia mientras Caláis asentía—. Mi hermano y yo queremos desearles a usted y a su pupilo un buen viaje y decirle que ha sido un honor estar a sus órdenes. Nos sentimos muy honrados por haberla conocido.

—Caláis, Zetes —a pesar de medir algo más de metro sesenta y de tener una apariencia más bien frágil, su tono de voz revelaba una fuerte personalidad, acostumbrada a ser obedecida—, soy yo la que se siente honrada por haber sido servida por personas tan generosas como vosotros, que habéis cuidado de mis discípulos y de mí durante todos estos años. Que Atenea guíe vuestros pasos y os conceda una larga vida en paz.

Los guardias sonrieron y se cuadraron ante la única dorada de la Orden. Ella los saludó de forma marcial, ataviada con la habitual ropa de combate, su inseparable clámide roja y la máscara. Milo se acercó en silencio y sonrió a los dos soldados, pero ambos estaban ocupados en cubrir con una tela basta la caja de Pandora, a fin de que no se vieran los labrados y filigranas realizados en materiales preciosos. Perséfone se la colgó de los hombros y emprendió el camino seguida por Milo; en el puerto los esperaba un ferry que los llevaría directamente al Pireo, el puerto principal de Atenas.

—Estás demasiado callado —musitó la dorada tras embarcar. Llevaba la máscara en la mano, que sostuvo a modo de visera mientras oteaba la isla de Creta, cada vez más lejana—. ¿Nervioso?

Milo la contempló antes de contestar. Le encantaba que ella tuviera la costumbre de descubrir su rostro a la hora de viajar. La convertía en una mujer normal, en vez de la maestra temible que no dudaba en castigarlo con severidad cuando fallaba en sus ejercicios.

—Más que eso. Ansioso por pisar Tierra Sagrada, Maestra.

—Me gusta que seas sincero, y espero que mantengas esa frescura durante toda tu vida —sonrió—. No debes olvidar lo que dice Virgilio en La Eneida: “La fortuna sonríe a los audaces” —se apoyó en la barandilla para contemplar la estela de espuma que dejaba el ferry tras de sí—. Siempre hay que actuar para lograr un fin, Milo —suspiró—. Así que te propongo un juego mientras dure la travesía —lo miró a los ojos con una sonrisa amplia. El espartano se estremeció al reconocer el brillo febril en sus pupilas—. Imagínate que en este ferry, entre el pasaje, viaja un asesino. ¿Qué sería lo primero que harías?

—Buscar entre los pasajeros a alguien que tenga aspecto sospechoso, por supuesto —contestó él mientras observaba la gente que iba y venía en la cubierta del piso inferior. Se habían parapetado en la zona más alta del barco, y mantenían el equipaje en uno de los compartimentos sobre los asientos.

—¿De qué manera lo harías, Milo? —Ella se apoyó en la barandilla de espaldas al mar, mirándolo con interés. La brisa marina hizo bailar el cabello de ambos—. ¿Los interrogarías?

—¡Claro que no! —exclamó—. Si algún civil averiguara que un asesino anda suelto, cundiría el pánico y sería peor el remedio que la enfermedad —respondió él—. Usaría mi cosmos. Si el asesino fuera un caballero, sería capaz de detectarlo mediante un pulso de baja frecuencia. Si fuera un civil, mi Rest…

Perséfone se subió a la barandilla y se quedó de pie en ella, mirando a Milo con una mueca de desafío. Inflamó su cosmos frente a su atónito discípulo, más ocupado en impresionarla con su capacidad deductiva que en mantener la guardia alta. De un salto se arrojó al vacío y desapareció sin dejar rastro entre las filas de asientos vacíos de la cubierta de popa.

“Qué idiota soy”.

Milo comprendió la naturaleza del ejercicio de forma inmediata. Imprimió velocidad a su cosmos hasta alcanzar una frecuencia idónea para el rastreo, la krypteia que tantas veces había llevado a cabo en Creta. Sin embargo, Perséfone no era un esclavo asustado, ni él un espartano ávido de sangre y venganza. Se agazapó entre los botes salvavidas en busca de algún indicio que revelara la posición de su Maestra, pero no logró resultados positivos.

“¿Dónde cojones se habrá metido?”.

Recordó la noche en la que Zetes lo dejó en Spinalonga, un islote perdido en la mitad de la nada que había albergado siglos atrás una colonia de leprosos. Su misión consistía en llegar en menos de seis horas a un punto de encuentro situado a cincuenta kilómetros al noroeste. Lo que a priori parecía un sencillo ejercicio de supervivencia se convirtió en una intensa caza al hombre, que se saldó con tres noches sin comer ni dormir y varios aguijonazos en su cuerpo. Milo meneó la cabeza con fastidio; lo peor no fue el descubrir que ella era más rápida, silenciosa y que adoraba agotar al enemigo antes de abatirlo, sino ver su sonrisa de superioridad cuando, ya en el recinto, le aplicaba los ungüentos en las nalgas, lugar donde había impactado porque “era lo que más reflejaba el sol”.

“Pero esta vez tú serás la que reflejes el sol. ¡Por Artemisa y sus trenzas!”.

Proyectó una sonda psíquica de corto alcance y guardó silencio. Su técnica distaba mucho de estar afinada, pero quiso echar suertes y probar su efectividad. La onda se expandió lentamente hasta extinguirse, chocando contra varios obstáculos por el camino. Los resultados fueron más que reveladores.

“Civil. Mascota. Civil. Banca. Civil…. Cosmos. Ya te tengo”

Invocó la Aguja Escarlata, el ataque que llevaba perfeccionando desde hacía ya más de ocho meses y salió de su escondite en busca de su objetivo. Decidió ir por encima de los tejadillos aledaños a los mástiles de telecomunicaciones, ya que era la forma más rápida y discreta de acortar distancias entre ambos. Ella siempre le recalcaba que debía ser invisible, que ese era uno de los principios de la supervivencia. Con estos pensamientos subió por las escalerillas, se deslizó como una sombra hasta dejar a su derecha la antena de radio del barco y se dejó caer sobre la lona que cubría el bote salvavidas alojado en la cubierta más alta del ferry.

“Te voy a demostrar lo mucho que he crecido”.

Permaneció allí unos segundos mientras triangulaba la posición del pulso, que seguía latiendo como el corazón de un gigante. Tras comprobar que no había nadie a su alrededor, corrió a hurtadillas entre los botes salvavidas y se escondió entre varios pertrechos esperando el momento idóneo para atacar. Perséfone se mantenía quieta, así que Milo decidió pasar a la acción: afianzó los pies en el suelo de madera, cargó el brazo hacia atrás y disparó la Aguja Escarlata hacia la emisión de cosmos. Esperó unos interminables segundos, confiando en que ella saliera de su escondite con los brazos en alto y el orgullo completamente herido, pero se equivocó.

“Algo no va bien”.

El pulso continuaba lanzando su emisión sin ningún tipo de variación. Extrañado, decidió salir en busca de respuestas. Su sorpresa fue mayúscula cuando, al asomarse en el hueco donde creía que estaba su maestra, se encontró con la armadura de Escorpio en su lugar.

“Por los cojones de Pericles. Lo único que he sentido todo este tiempo es el pulso de Escorpio, que ella debió alimentar desde la distancia. Parezco un novato, joder”.

Perplejo, miró a los lados para cerciorarse de que Perséfone no estaba en los alrededores. Al fondo de la cabina de pasaje se veía a un nutrido grupo de turistas escuchando las explicaciones de su guía, ignorantes de la caza que se estaba desarrollando a su alrededor. Salió de nuevo a la cubierta y se agarró a la barandilla con fastidio; su disparo había revelado su propia posición, así que debía buscar cobijo lo más rápido posible.

—Sigues siendo muy confiado, discípulo.

Sintió unas manos agarrándolo de los tobillos y luego, la brisa azotando todo su ser. ¡Lo había lanzado por la borda! Se tensó en un acto desesperado para tratar de girar en el aire; la velocidad de su cosmos se incrementó exponencialmente por lo que pudo recalibrar la posición de su cuerpo y evitar así dar con sus huesos en el agua. Se reprendió mentalmente cuando sus pies aterrizaron sobre los asientos en la cubierta de popa: no debía bajar nunca la guardia, y menos con una mujer que le demostraba en cada momento que su rango no era fruto de la casualidad. Se agarró a la baranda de seguridad y gateó hasta alcanzar unas escalerillas que lo llevarían a una amplia zona cubierta donde había varias filas de butacas vacías. Una vez allí corrió por el pasillo y se deslizó por las escalerillas hasta alcanzar la zona de carga.

“¿Qué haría ella?”

La panza del barco estaba repleta de coches, motos, camiones y contenedores. Milo ahogó un gemido y buscó dónde esconderse. Su cosmos era una herramienta inútil ya que Perséfone mantenía el suyo en una frecuencia muchísimo más baja de la que él era capaz de percibir, por lo que se mantuvo agazapado entre dos automóviles esperando su momento.

“No voy a quedarme quieto. Esto no será otro Spinalonga”.

Inflamó su cosmos con violencia para apagarlo a continuación. Los escorpiones permanecían en sus escondites hasta que se veían obligados a salir, así que decidió hacerle caso a su naturaleza y atraer a su maestra hacia su posición. Volcó todos sus sentidos en el del oído, prestando atención a todo lo que le rodeaba. Tras desechar los sonidos típicos del barco, el mar y el pasaje detectó una vibración única, que no podía ser de nadie más que de Perséfone.

“Molon labé…”.

Inflamó la Aguja Escarlata, apuntó hacia la izquierda y disparó, pero el cambio de sentido predominante requería un importante esfuerzo físico, y el cansancio le provocó un desfallecimiento. Se agarró a la portezuela de un Alfa Romeo y volvió a apuntar.

—Buen intento, discípulo —dijo ella, en cuclillas sobre el capó del coche como el gato de Alicia.

—Nunca acierto a la primera —gimió Milo—. ¿Me vas a volver a tirar por la borda?

—Esta vez, no —descabalgó y le tendió la mano—. Me has impactado. Justo aquí, mira —le enseñó el agujerito en su manto.

Milo alzó las cejas.

—¿Informarás al Patriarca de este avance?

—¿Quieres que le diga qué hemos expuesto al pasaje a la violencia de nuestros poderes en el ferry que nos llevaba a Atenas? —Perséfone soltó una carcajada—. Por supuesto que no. Pero…

Le abrió la mano y depositó una pequeña figurilla en la palma. Era el propio Milo, vestido con la armadura y disparando la Aguja Escarlata.

—Por… Clearco…

—Y por las bragas de Artemisa —respondió ella—. Vamos a por la caja y las bolsas. Ha sido una buena caza.

—Gracias, Maestra —contestó el espartano, con el rostro iluminado de felicidad.

—De nada, discípulo.