Just take my hand and
I’ll make sure to show you everything
We’ll trace these lines.
Of empathy and
Self destruction to avoid responsibility
Allister – Waiting

No tardaron en llegar a la falda de la Acrópolis, una colina situada en plena ciudad que destacaba entre los edificios como un resquicio indeleble del glorioso pasado griego. La muchedumbre se apelotonaba en las taquillas para entrar en el recinto turístico que albergaba el Erecteón, la casa del primer rey de Atenas, con su corredor de cariátides, y el Partenón, el templo erigido en honor a la diosa patrona de la ciudad. Milo los observó con detenimiento: hombres, mujeres y niños hablando mil lenguas distintas pero igualmente impresionados por la belleza de las ruinas. Sintió lástima por ellos, ya que jamás podrían contemplar la verdadera ciudadela fortificada, oculta bajo el sello de protección de la diosa de la Guerra Justa.

Perséfone se adelantó y buscó en su bolsa de viaje la documentación necesaria para franquear el propileo. Le hizo una seña con la cabeza y ambos se alejaron de la cola formada por los turistas para dirigirse, bajo un sol abrasador, hacia la ladera que bordeaba el Teatro de Dionissos. Al fondo, junto a un grupo de cipreses y a la sombra del Partenón, encontraron una garita destartalada. Un guardia con cara de pocos amigos vigilaba con ojos entornados que nadie husmeara por los alrededores. Maestra y discípulo se acercaron con paso rápido al hombre, que se cuadró cuando la dorada le enseñó el distintivo con el emblema de la diosa.

—Caballero de oro Perséfone de Escorpio —dijo ella con el rostro cubierto—. Me acompaña Milo Alkaios, mi discípulo. Deseamos franquear el sagrado propileo para presentar nuestros respetos a la diosa Atenea y a su voz en la Tierra, el Patriarca.

El hombre se giró y desactivó el sello de protección que protegía de miradas curiosas el lugar. El continuo espaciotemporal se rasgó con un leve siseo ante la atenta mirada de Milo, que sonrió de puro nerviosismo.

—Sean bienvenidos a esta, la casa de Atenea. Y que la diosa les conceda un día provechoso.

—Que así sea —musitó Perséfone—. Vamos, Milo.

El muchacho siguió a su mentora con paso firme. Aprendices y caballeros de rangos inferiores saludaron a la caballero de Escorpio, cuadrándose ante ella con respeto y devoción. Perséfone respondía de la misma manera, aunque no se detuvo con ninguno; su silencio aumentaba a medida que se acercaban al promontorio donde estaban situadas las Doce Casas.

—¿A dónde vamos, Maestra? —la voz de Milo sonó ahogada. Carraspeó y tomó aire. De repente, la bolsa pesaba una barbaridad.

—Al Templo de Escorpio. Dejaremos todas nuestras cosas allí y luego acudiremos a presentar nuestros respetos ante el Patriarca.

—¿Vamos… a vivir en Escorpio? —preguntó atónito.

Ella giró la cabeza y lo miró a través de la máscara.

—Soy el guardián de ese templo y tú mi pupilo —respondió ella de forma serena—. Es el lugar que debemos proteger mientras estemos en Atenas. Con nuestra vida, si es necesario.

El espartano tragó saliva cuando, tras el último de los campos de entrenamiento, se encontró con la escalinata milenaria que cruzaba los Doce Templos Zodiacales. Estaba excavada en la propia piedra, y brillaba bajo los rayos del sol como si hubiese sido cincelada y pulida con diamantes. Milo recordó la prohibición de acercarse al lugar durante su periodo de instrucción, hacía siete años.

—Maestra —susurró mientras subían—. ¿Soy el único que postula por una armadura dorada?

—Hay otros dos —respondió Perséfone, tras adelantarse y alzar su cosmos frente al propileo de Aries—. Los conoces —añadió cuando la casa reverberó a modo de saludo, al sentir la presencia de la dorada frente a ella. Silke, la alquimista que se encargaba el mantenimiento del Primer Recinto los invitó a cruzar el lugar.

—Bienvenida, señora Perséfone —dijo la muchacha con una reverencia—. Que Atenea la proteja en este día y la colme de bienes.

—Bienhallada, Silke. Que así sea —respondió ella—. Él es mi aprendiz, Milo. Lo verás a menudo.

La doncella alzó la mirada y se encontró con la del espartano, que la observaba con curiosidad. La muchacha llevaba el rostro descubierto y su rasgo distintivo era, como todos los de su raza, la carencia de cejas. En su lugar brillaban unos puntos azulados que se remarcaron cuando sus ojos se encontraron. Milo esbozó una sonrisa a modo de despedida y continuó su camino tras su maestra, que ya había empezado a ascender hacia Tauro. Se sentía gratamente impresionado con todo lo que estaba viendo.

—Es una descendiente de lemurianos —Perséfone interrumpió los pensamientos de su pupilo—. Excelentes alquimistas y guerreros. El Patriarca también pertenece a esa raza.

—Tengo muchas ganas de conocerlo —musitó el joven, que no dejaba de observar a cada uno de los mayordomos que salían a su encuentro—. En el entrenamiento decían que era una especie de hechicero, que movía las cosas con la mente y que aparecía y desaparecía a voluntad.

Perséfone soltó una carcajada ya en las puertas de Escorpio.

—El señor Shion es uno de los psíquicos más fuertes de la Orden, eso es cierto. También domina la teleportación, pero no es el único. Ya irás conociendo a todos los demás.

No tardaron en alcanzar el Templo de Escorpio, que relucía bajo los rayos del sol primaveral. El viejo mayordomo los esperaba en la puerta, vestido con su mejor uniforme.

—Mi señora Perséfone —Balio tenía un torrente de voz similar al de un barítono, acorde con el resto de su cuerpo—. La casa de Escorpio le da la bienvenida y yo, su jefe de personal, le devuelvo el bastón de mando y me pongo bajo sus órdenes. Que Atenea la colme de bendiciones.

Milo contempló al hombretón y sonrió.

—Usted debe ser el joven Milo —dijo Balio—. ¡Ha crecido una barbaridad! —Lo tomó por los hombros y lo estudió con detenimiento—. Deben estar agotados. Les ruego que me sigan —ordenó—. Sus aposentos están preparados.

Perséfone se acercó al mayordomo y le entregó una cara botella de ouzo de Creta, con diversos grabados. El hombre se emocionó con el regalo.

—Por todos estos años de servicio a la Casa, amigo mío. Te echaré mucho de menos —reconoció—. Que Atenea te guarde.

—Es usted muy generosa, mi señora Perséfone —Balio los acompañó por el pasillo de Escorpio—. Les deseo mucha suerte. A ambos.

El hombre se marchó escaleras abajo tras mostrarle los aposentos a la dorada y a su discípulo. Milo eligió el ala derecha del Templo, posición de honor en la falange, y contempló el lugar con interés. Frente a la cama se alzaba una librería desde el suelo al techo repleta de volúmenes de todo tipo y temática; a la derecha, frente a la ventana, había un armario de madera, una mesa de estudio con lámpara y silla, y a los pies de la cama, un arcón.

“Esto es Escorpio. Mi nuevo hogar”.

Sacó la espada de su bolsa pero al ir a colgarla, sintió un ardor ingobernable en sus venas. Se despojó de la ropa tras tomar asiento en la cama, pero la sensación de vértigo se acrecentó y la cabeza comenzó a darle vueltas. Sabía a qué se debía su malestar: la Casa estaba bañada, al igual que la armadura de Escorpio, por la sangre de los anteriores escorpiones.

Como animal territorial que era, estaba tratando de expulsar al intruso.

—Ma…estra…

Perséfone acudió casi al instante, con la máscara en la mano y preparada para lo que venía a continuación.

—La Casa te reconoce como uno de los suyos, pero necesita probarte, Milo. A esto me refería cuando te hablaba de frecuencias y vibraciones —lo tumbó en la cama para buscar sus puntos estrellados y activarlos. No tardó en conseguirlo: sus estrellas brillaban como pequeñas bombillas, bajo los músculos agarrotados—. Ya sabes lo que viene a continuación. Si aguantas las Quince, habremos hecho de ti todo un escorpioncito —sonrió.

—Este escorpioncito se siente hecho mierda, Maestra —le temblaban las manos y la lengua se le trabó varias veces—. Es…toy listo. Por Atenea… y por Escorpio.

La caballero de Escorpio inflamó su cosmos hasta el paroxismo y la Casa la saludó como si hubiera vuelto la hija pródiga. Los crujidos y las vibraciones aumentaron cuando la Aguja Escarlata emergió de la uña de su mano derecha y alcanzaron su clímax en el momento en que Perséfone clavó la primera en Acrab, el punto estrellado situado en el hombro de su alumno. Milo sintió un calor asfixiante cuando el veneno penetró en su torrente sanguíneo, pero aguantó el castigo de forma estoica, sin pronunciar palabra. Aquella técnica, la de aguantar el ataque de su constelación, era lo que lo convertiría en el sucesor natural de Perséfone, y estaba dispuesto a todo para conseguirlo.

—Sargas. Lesath.

Las dos siguientes no fueron problema para Milo, que continuaba sin pronunciar palabra. Era espartano y lo llevaba hasta sus últimas consecuencias.

—Deschubba. Al Niyat…

La cuarta, quinta y sexta lo obligaron a apretar los puños. Le rechinaron los dientes y la boca le supo a sangre.

—… Grafias…

La séptima, octava y novena lo obligaron a boquear a causa de la intensidad a la que ardía el veneno, pero se mantuvo firme. Había perdido el sentido del olfato y el del gusto. La boca le temblaba y las encías supuraban sangre, pero no pensaba claudicar. Quería ir más allá; nunca había llegado tan lejos

—Shaula.

Las piernas le temblaron y el corazón latió desbocado. La estrella de su tobillo formaba parte de su arsenal de ataque; cada una de ellas concedía al caballero una técnica. Comprender, dominar y alterar la emisión de su frecuencia significaba alcanzar la victoria en combate.

—Sarkis.

Milo lanzó un gemido apagado cuando Perséfone tocó la estrella con su Aguja. Su cuerpo comenzó a moverse de forma espasmódica, el corazón alteró su ritmo cardíaco y varios moratones oscuros aparecieron bajo su piel. Muchos de los aprendices abandonaban el entrenamiento antes de soportar el castigo de las Quince, algunos morían por paros cardíacos en la quinta o sexta, y otros quedaban lisiados de por vida. Pero Milo no sería uno más en la lista; llegaría al final.

—Tengo que detenerme, Milo. Tu vida corre peligro —la preocupación de Perséfone se hizo palpable.

—Una… más —el cuerpo de Milo temblaba como una hoja y el dolor era indescriptible.

—Una más.

La decimotercera impactó en Wêi, la estrella que tenía alojada muy cerquita de los testículos y que conectaba con la arteria femoral. Milo escupió un gruñido gutural y sintió cómo el mundo desaparecía bajo sus pies. Se agarró a la muñeca de su mentora para detenerla. Ya no podía soportar el ardor en sus venas, el calor que emanaba desde lo más hondo de su cuerpo y que corría como un torrente de lava por debajo de su piel.

—Te has portado como un valiente, Milo —los ojos de Perséfone reflejaban la tensión del momento—. A la próxima llegaremos a Antares.

—Antares… —bromeó el muchacho—. Si… la alcanzo y tú… sigues… mostrándome la cara… vas a tener… que casarte conmigo —balbuceó.

—¿Tan atractivo te crees que no valoras la posibilidad de que te mate? —la dorada se levantó y corrió las cortinas. La luz se hizo más tenue—. Eres un pequeño engreído.

El espartano se acurrucó bajo las sábanas pero no sin antes dedicarle una sonrisa.

—Tuve muchas admiradoras… y algún admirador —susurró casi en un hilo de voz. No pensaba demostrarle lo dolorido que estaba.

—Lo sé, discípulo. Pero ahora, descansa —contestó ella encajándose la máscara.

No le costó cumplir la orden. En pocos minutos Milo ya se había dormido.