Oh, before we start
We’re miles apart
And there’s a million reasons why
But I wake to find
You’re still on my mind
It’s stronger as the years go by.
Joan Osborne – Meet you in the middle

El sol ya había empezado su recorrido por el cielo cuando los moradores de Escorpio emprendieron camino hacia el Templo Patriarcal. Milo había elegido para la ocasión una túnica oscura con ribetes dorados, clámide roja sujeta en el hombro por una fíbula en forma de espiral y sandalias. Perséfone se brindó a peinarle la cabellera y a aceitársela con mimo, imitando los usos espartanos. Cuando contempló su reflejo en el espejo, se sintió tan pletórico que creyó que podría matar a los Inmortales de Jerjes con sus propias manos.

Perséfone acicaló su melena oscura en una trenza adornada con pequeñas perlas doradas y perfumó su piel con jacinto, en honor a su discípulo. Tras el ritual de purificación, se encajó la máscara con un golpe seco y se dirigió hacia el tótem de Escorpio, donde dio gracias a Atenea por tener el honor de ser una de los Doce.

Milo no dejaba de mirarla, con el estómago encogido. Apretó los puños bajo la clámide y aguantó la respiración. El momento era demasiado emotivo.

—Kharthian, Estrella Ancestral, llamada Satevis, conocida como Dharind, invocada como Kalb al Akrab, acude a mi llamada, y bajo el brillo de Antares hazme luz y fuerza de venganza y justicia, por la gloria de Atenea y de su pueblo.

Apuntó con su índice derecho al escorpión metálico y la armadura obedeció la orden de su dueña, en una sinfonía de chasquidos y siseos que tuvieron su culminación cuando las placas cubrieron el cuerpo menudo de la caballero. La explosión de color, que varió desde el rojizo más intenso al blanco más brillante, obligaron al joven a colocarse la mano ante los ojos. Era un espectáculo único que Milo contemplaba con fascinación.

—¿Nos vamos ya, Maestra? —preguntó el joven, nervioso.

—Sí. —Dijo ella caminando hacia la salida del Templo—. Pero antes pasaremos a saludar al custodio de Sagitario. Está en el recinto, acompañado por su aprendiz.

—¿Tiene aprendiz?

—Así es. Un chaval de tu edad.

—¿Lo conozco?

Perséfone inflamó su cosmos a modo de saludo y esperó en la puerta de la Casa del Centauro. Su guardián salió a recibirlos vestido con un ajustado uniforme de entrenamiento marrón y una cinta roja en el pelo. Se asemejaba al Diadúmenos, la famosa estatua cincelada por Polícleto, ya que la ropa le marcaba toda la musculatura y revelaba una virilidad de tamaño aceptable. El Arquero se acercó a Perséfone y estrechó sus manos a la antigua costumbre, aunque luego la cobijó entre sus brazos en una bienvenida más cálida e íntima. El joven escorpión se quedó ligeramente retrasado, a la espera de ser presentado como sucesor de la dorada.

—Bienvenidos a esta, vuestra Casa —dijo el caballero con una gran sonrisa—. Me alegro mucho que…

—¡Ya he terminado con mis ejercicios, Aiolos! —una voz juvenil interrumpió al dorado en su presentación—. ¿Tienes visita? —el muchacho avanzó desde la otra punta del pasillo hacia el Arquero y sus invitados—. ¿Quiénes son, hermano? ¿Los conozc…?

Milo se puso a la defensiva de forma instantánea; su corazón había empezado a latir a toda velocidad. Si Aiolos era el Diadúmenos, aquel muchacho podría haber sido modelo para Antinoo, con sus rizos rubios y un tono muscular que rayaba la perfección. El recién llegado tenía los ojos tan verdes como el campo en primavera y una sonrisa endiabladamente seductora.

—¡Por el Pequeño Rey, cómo has crecido! —el joven se acercó al discípulo de Perséfone, que continuaba clavado en el sitio—. ¿No te acuerdas de mí, espartanito cabrón?

—¿Eres… Aioria? —Mintió Milo. Por supuesto que lo recordaba. Lo que jamás imaginó era que aquel niñito inquieto se convertiría en un muchacho tan atractivo.

—¡El mismo que va a vestir Leo antes que tú Escorpio! —el discípulo de Aiolos esbozó una sonrisa que mostraba todos los dientes—. Yo ya sabía que tú estabas en Creta con la señora Perséfone, y que te impusiste a los otros aprendices —Milo sintió los ojos de Aioria recorrer su cuerpo con avidez—. Privilegios de tener un hermano que también es dor…

—¡Aioria! —el Arquero se acercó a él y le propinó un golpe en la nuca—. ¿Qué te he dicho sobre meter tu agudo sentido del olfato en los asuntos de los demás?

—¡Pero Aiolos! —se frotó la nuca con fastidio—. ¡Si fuiste tú el que corriste a sobornar al chambelán de su Excelencia para averiguar cuándo iba a volver la señora Perséfone!

—¡Por la lanza de Quirón! —gritó el caballero de Sagitario, con rostro congestionado de la vergüenza—. ¿Me estabas espiando?

El ateniense esbozó una sonrisa inocente y se acercó peligrosamente al espacio vital de su hermano, en una treta más que estudiada.

—Ya sabes cómo soy de curioso, Aiolos… —Rozó el brazo del Arquero y lo miró como un cachorro abandonado. El rostro de su hermano mutó de la severidad a la risa reprimida.

Perséfone prorrumpió en carcajadas.

—Ya veo quién lleva el peso del entrenamiento, Eolo —dijo ella.

—Pasad, por Atenea, y no hagáis caso de las palabras de este intrigante —finalizó el griego, invitándolos a entrar—. Compartamos el pan y el vino.

La caballero de Escorpio caminó tras Aiolos, mientras el aprendiz de Leo se colocaba al lado derecho de Milo. El espartano lo miró a los ojos, extrañado. ¿sabría Aioria que ese lugar en concreto era el que tomaba el hoplita en la falange para proteger a su compañero?

“Es ateniense. Quizás comparta mi amor por la Historia Clásica”.

—Tu ropa es impresionante, Milo —dijo el Felino rompiendo en silencio—. El señor Shion va a alucinar cuando te vea.

—Es parte de mi herencia —musitó el aprendiz de Escorpio—. Mi Maestra siempre dice que en ocasiones como ésta, se debe rendir tributo con nuestras mejores galas. ¿Tú ya te has presentado ante él?

—No, aún no. Mi hermano cree que aún estoy muy verde —musitó el joven con fastidio—. Disculpa, Milo. Tengo que preparar el rito del baño.

Aioria salió disparado, dejando al espartano con la palabra en la boca. Llenó una jofaina con agua y depositó en ella varias gotas de perfume, mientras Aiolos colocaba pan, queso, frutas y dulces en la mesa de la sala principal de Sagitario. Corrió hacia una puerta lateral y de allí sacó una crátera, que Aiolos utilizaría para vaciar una botella de su mejor vino.

—Yo, Aiolos de Sagitario, custodio de esta Casa, os doy la bienvenida y os ofrezco mi hospitalidad.

El griego, siguiendo las tradiciones ancestrales de la Orden, los invitó a sentarse, y ordenó a su hermano que se hiciera cargo del cuidado del aprendiz, mientras él lo hacía con la dorada.

—Como huéspedes, mi discípulo y yo agradecemos y honramos tu generosidad, Aiolos de Sagitario —contestó Perséfone.

Aiolos vertió el agua perfumada en un pequeño trípode y lavó con cuidado las manos de Perséfone mientras Aioria hacía lo mismo con las de Milo. El espartano sintió sus venas arder al notar la dedicación que empleó el futuro caballero de Leo con cada una de sus falanges.

—Estoy muy contento de que seas uno de los elegidos, Milo —musitó Aioria, mientras le secaba los dedos—. Por fin podré entrenar con alguien de mi nivel.

Aiolos realizó libaciones a los dioses tras rebajar el vino con agua y le extendió una copa a Perséfone. La mujer liberó su rostro de la máscara y apuró el contenido de un trago, para sorpresa de su discípulo. El aprendiz de Escorpio estaba acostumbrado a que ella se descubriera en su presencia pero el griego era un hombre de su rango, y conocía la ley Amazona.

“Eso quiere decir…”.

Aioria le ofreció la copa a Milo, aunque este la terminó con dificultad. Sentía un pinchazo en el pecho, una especie de dolor fino que se extendía como alquitrán líquido hasta el brazo izquierdo, similar al que experimentaba cuando ella dirigía su atención a otros aprendices menos cualificados que él. Movió los dedos con disimulo; el ardor pareció remitir.

—Cuéntame tus planes, Perséfone —Aiolos le ofreció un dulce y su mejor sonrisa a la dorada. Ella lo aceptó gustosa, ignorando la marejada mental de su aprendiz.

—Nos quedan aún algunos meses de entrenamiento, pero ya estamos en la recta final —dijo ella con seguridad—. Luego, cuando Milo alcance la dicha de vestir a Kharthian, pediré al nuevo Patriarca algún puesto secundario —bromeó— No me importaría formar parte de tu selecto grupo de lameculos cuando el señor Shion te nombre su sucesor.

—¿Crees que me elegirá a mí? —Aiolos esbozó una sonrisa tímida, como si no hubiera pensado en esa posibilidad—. Saga es un guerrero con muchos más recursos que yo. Me supera en capacidad para organización y mando, y en combate…

—Tú eres el más fuerte de todos nosotros, Aiolos —replicó ella—. Además, no todo es organizar y mandar. Ya sé que tú lo conoces mejor que yo pero… tiene algo que no me gusta. Me da mala espina.

—Lo ha pasado mal —lo defendió el Arquero, ofreciendo higos a los aprendices—. Su maestra era una mujer muy —se detuvo al pensar en la palabra— especial.

—Qué generoso eres, Eolo —ironizó—. Como si los demás hubiéramos tenido una historia llena de amor y cuidados maternales. —Perséfone giró el rostro y se encontró con que ambos discípulos los miraban con atención. La impaciencia de Milo era palpable.

—A pesar de todo, sigo siendo su amigo, y lo apoyaré —finalizó Aiolos.

—Lo sé —asintió ella, dando por finalizada la conversación—. Te agradezco la bienvenida, y te prometo un banquete en Escorpio. Para ambos —miró a Aioria, que le regaló una sonrisa de alegría.

—Será un placer, Perséfone —contestó Aiolos—. Que Atenea te guíe en este día.

La mujer se levantó y su discípulo lo hizo a continuación. Aioria se situó al lado de Milo, le colocó la clámide y le ajustó la fíbula.

—Mañana. A las seis y media —susurró en su oído.

—¿Mañana? —preguntó el espartano.

—En la arena.

—Allí estaré.