“Que mis ejércitos sean los árboles, las rocas y los pájaros del cielo… y las piedras de río”
Versión libre de una cita de Carlomagno.

I had a dream
when i was young
a dream of sweet illusion
a glimpse of hope and unity
and visions of one sweet union
but a cold wind blows
and a dark rain falls
and in my heart it shows
look what they’ve done to my dreams
One vision. Queen
El asesino esbozó una mueca a modo de sonrisa mientras afilaba su arma bajo la luz de la luna. El momento que tanto había esperado estaba a punto de llegar.

Llevaba oculto entre las sombras el tiempo suficiente para aprenderse de memoria las rutinas de aquella encantadora familia, a la que detestaba cada vez más. Ya estaba harto de besos, abrazos y cariños a la hora de dormir. Pronto se libraría de todos y cada uno de ellos.

No era la primera vez que el asesino realizaba labores de vigilancia, ya que era una práctica habitual en los albores de una Guerra Santa. El sello con el que Atenea mantenía cautivos a los ciento ocho Espectros en el Monte Maldito, más allá de los Cinco Picos de Rozan, se debilitaba a medida que se acercaba el nacimiento de Atenea, la divinidad que se oponía a los deseos de conquista del señor del Inframundo. Ese debilitamiento permitía a pequeños grupos de almas encerradas —y siempre de rangos inferiores—, huir en pos de una existencia efímera con una misión tan importante como macabra: la de asesinar a los niños que, en el futuro, estaban llamados a convertirse en la élite dorada al servicio de la diosa de la Guerra Justa.

Esos niños eran conocidos como los Doce Originales, pero para él sólo eran sus enemigos naturales.

El asesino contempló su rostro desfigurado en el acero de su arma. Le faltaba la nariz, la oreja derecha y el labio superior a causa del defensor de su anterior víctima, un niñito francés de aspecto delicado al que había estado a punto de cortarle el cuello. El espectro chasqueó la lengua. ¿Quién iba a imaginarse que el mocoso estaría protegido por un guardián capaz de invocar el poder de los Hielos Eternos sin apenas alzar su cosmos? La aparición de aquel hombre de cejas partidas había constituido toda una sorpresa para el asesino, ya que pocos de los Doce Originales tenían la posibilidad de disfrutar de la compañía paterna, y más aún, de que esos padres controlaran poderes tan exclusivos como el Polvo de Diamantes. El bastardo, de nombre Armand de Martignac, no había dudado en masacrarlo con finos virotes de hielo, que se clavaron en la cara y el cuerpo del asesino como alfileres imposibles de extraer.

¡Cómo odiaba aquel maldito elemento! Durante días, el hielo se encargó de destrozar piel y cartílago, sumiéndolo en un estado febril con episodios de delirio. Aquel percance lo separó de su misión unas tres semanas, aunque algo que podría haber matado a un humano jamás lograría terminar con un espectro. La única consecuencia negativa de todo aquel desastre fue la pérdida de su capacidad olfativa, y con ella, la de rastrear a los Originales por su olor cósmico. Ahora debía utilizar sus otras habilidades para localizar a sus presas, con un rango de error mucho más amplio.

“Pero esta vez lograré mi objetivo y me presentaré ante mi señor con la cabeza del mocoso. Las de los mocosos, más bien. El señor estará gratamente complacido”.

El asesino se vio obligado a utilizar las mariposas infernales para averiguar donde se escondían los Doce Originales. Las noticias no fueron halagüeñas: la gran mayoría ya habían sido reclutados y se encontraban concentrados en el Santuario dedicado a su diosa, una fortaleza inexpugnable que en sus condiciones era imposible acometer. Sin embargo, no todos tenían la edad suficiente para formar parte de las huestes de Atenea, por lo que centró su atención en la búsqueda de los más jóvenes.

No tardó en encontrar a su siguiente víctima. Se trataba de un niño de cinco años que poseía una grandísima carga cósmica. El asesino vio en él una fuente de maná idónea para restablecerse de sus heridas y lo habría conseguido de no ser por su hermano mayor, a la postre uno de los cadetes más fuertes de la Orden y el primero de los Doce. El muchacho, de nombre Aiolos, descubrió que el origen del malestar del pequeño Aioria residía en su mascota, una preciosa mariposa oscura que con cada movimiento de sus alas le extraía una porción de su cosmos vital.

El futuro caballero de oro puso su problema en conocimiento de su maestro Yolao de Sagitario, y entre los dos buscaron al asesino durante días, obligándolo a huir de Atenas. Cuando creía que todo estaba perdido, se encontró con un anuncio que le hizo recuperar la esperanza: la exposición de nuevas piezas de la época cicládica encontradas en Milos por el reputado arqueólogo Giorgios Alkaios.

“Alkaios… ”.

No podía ser una coincidencia. Sabía, por los susurros de los espectros cautivos en el Monte Maldito, que otro Alkaios le había dado a su señor una de las peleas más intensas de su vida. El asesino sonrió; el allanaría la vuelta del Dragón Heráldico masacrando al descendiente del Escorpión, y le entregaría su cabeza en una bandeja de plata.

Esbozó una macabra sonrisa repleta de dientes al imaginar el agradecimiento en los ojos severos de su señor y el más que merecido ascenso. Ya se veía luchando codo con codo junto a los Espectros de alto rango, a la diestra del Wyvern, venciendo donde otros habían fracasado. Sería recordado por los esbirros de su misma condición, sería…

El rastro apenas visible de una mariposa infernal desconocida devolvió al asesino al momento actual. Negó con la cabeza, incrédulo. El tiempo de las contemplaciones tocaba a su fin; estuviera o no preparado, había llegado el momento de actuar. Otros espectros le estaban pisando los talones.

“Malditos perros…”.

Se desplazó entre las sombras cruzando el patio delantero, plagado de juguetes. Desde su nueva posición pudo ver cómo la madre contemplaba a sus criaturas, pequeños embriones demandantes de amor, y los cuidaba con mimo. No había gran diferencia entre ellos. La niña, de unos siete años, sufría de terrores nocturnos y se despertaba en mitad de la noche bañada en sudor. El asesino sabía que ese tipo de actividad cerebral era el preludio del desarrollo de habilidades cognitivas superiores, y que con entrenamiento podría llegar a ser una psíquica de un poder considerable. El niño, sin embargo, era distinto. No soñaba, posiblemente porque no era capaz de hacerlo gracias a sus fortísimas defensas mentales. Además, poseía una extraña destreza que consistía en manipular imágenes dolorosas para utilizarlas como retroalimentación psicofísica, que se traducía en sentidos desarrollados, un gran control motriz, pero sobre todo, una constante necesidad de atención y calor de sus semejantes.

El asesino se desplazó hasta encontrar cobijo tras uno de los olivos del patio para tener mejor visión. La familia solía dormir con las ventanas abiertas, una costumbre adquirida en el interior de la península para paliar los efectos del calor de un verano bochornoso. Phylakopi era un lugar con apenas criminalidad, pero la casa que el Departamento Griego de Investigación y Conservación del Patrimonio había cedido a Giorgios Alkaios para su proyecto de investigación estaba bastante alejada del foco de población. No sería difícil cometer la masacre; nadie escucharía sus gritos.

La luna se escondió bajo un grupo de nubes, invitando al asesino a cometer su crimen. Aprovechó la oscuridad para saltar la pequeña valla blanca que rodeaba la casa y caminó por el sendero empedrado hacia el jardín trasero, que se había convertido en un improvisado almacén con palas, picos, lonas y gradillas procedentes de la excavación. La mariposa flotaba frente a la ventana de la cocina, pero las cortinas le impedían el paso al interior. El asesino la aplastó contra la pared tras extraerle su energía cósmica; un acto tan brutal delataría su posición para los otros asesinos, pero no le importó. Cuando el dueño de la mariposa llegara a Phylakopi, sólo encontraría un montón de cadáveres.

“Y la cabeza de los mocosos a los pies de mi señor, el Wyvern”.

Sujetó las contraventanas a la pared con cuidado de no hacer ruido. Melina las había dejado atadas con una cuerda para evitar que chocaran la una contra la otra en caso de brisa nocturna. Era una mujer previsora, aunque esa precaución no le fuera a servir de mucho ante un espectro.

El asesino sintió una excitación similar a la del gozo sexual ante la inminente masacre: adoraba los momentos previos, así como el instante en que sus garras penetraban bajo la piel y cercenaban la vida. Pronto paladearía la sangre de sus víctimas, pero debía ser cuidadoso y no anticiparse a los acontecimientos. En el cielo, la luna había vuelto a salir, así que debía darse prisa. Abrió la ventana con facilidad, apoyó los pies en el marco y se asentó sobre el fregadero, con cuidado de no tropezar con los platos de la cena. No le costó alcanzar el suelo arlequinado, sembrado de juguetes y de otras herramientas más propias de una laboratorio que de una cocina.

“Todo sea por mi señor”.

Alzó el rostro en busca de rastros de cosmos. En cuestión de segundos, el asesino supo con exactitud la localización exacta de los integrantes de la familia. Giorgios estaba en su despacho, estudiando legajos antiguos que el asesino se encargaría de hacer desaparecer. Melina, en el dormitorio de los niños, les contaba historias sobre dioses y héroes que los pequeños escuchaban con devoción. El pasillo, el cuarto de baño, tres habitaciones y un trastero separaban a ambos grupos; una distancia más que aceptable.

Tomó aire y lo expulsó muy lentamente. Le habría encantado violar a la mujer antes de matarla, pero el tiempo corría en su contra. Avanzó por el pasillo y cruzó la arcada en busca de la puerta que lo llevaría al cuarto de sus presas.

—Entonces, Perseo tomó la cabeza de la Medusa, con todas sus serpientes siseando y la metió en una bolsa. ¡Olía fatal!

El asesino maldijo entre dientes. Debía trabajar con rapidez, así que envió un pulso cósmico para detectar cuál de los niños tenía la capacidad innata para convertirse en caballero dorado. Alzó las cejas, o más bien lo que quedaba de ellas cuando detectó el poder latente del más pequeño. ¡Qué carga vital tan exquisita! El asesino elevó su velocidad cósmica hasta rozar la del sonido. Cuando terminase con el cachorro de Escorpión, sería reconocido por otra sapuri más poderosa y ella le concedería el poder que le estaba vedado con su rango y capacidades actuales. En sus sueños más locos se imaginaba vistiendo la armadura del Basilisco, uno de los monstruos más cercanos al Wyvern y compañero de la Harpía.

“Tú serás mi billete hacia la élite, mocoso”.

El sudor arrolló por su piel agrietada, mojando ojos y mejillas. Se secó con la manga tras lanzar el primero de sus ataques, Lamento de Temor. La técnica, lejos de ser letal era muy efectiva, ya que paralizaba el sistema simpático de sus víctimas, sumiéndolas en un leve estado de inconsciencia. Esa inmovilización le permitía terminar con ellas de una forma rápida y limpia con las garras de su armadura, que para esta misión había sustituido por un cuchillo afilado.

“… 3… 2… 1…”.

La puerta se abrió con un suspiro que dio paso a un festival de sangre y dolor. El espectro se abalanzó sobre sus desprevenidas víctimas con el filo de su arma abriéndose paso a través de la tela y de la carne.

“El Basilisco será para mí”.

Los ojos de Melina se abrieron de forma súbita cuando el asesino segó de un tajo limpio el cuello de la mujer. Sus brazos se movieron de forma espasmódica, buscando proteger a las criaturas que estaban tumbadas a ambos lados de su cuerpo. No le dio tiempo: su cabeza cayó hacia atrás, y el líquido bermellón brotó como un manantial de vida llenando de sangre el libro, las sábanas y la piel de los pequeños. No hubo gritos, sólo un miedo cerval que hizo sonreír de placer al asesino. ¡No había alimento más rico que un brutal asesinato para un espectro! Se giró para pegar su rostro al de la niña, que temblaba paralizada por el miedo. La cara del asesino representaba su peor pesadilla, sin apenas cejas, con los párpados hinchados y caídos, la boca deformada y un agujero en lugar de nariz. El monstruo se aseguró de que esa fuera la última imagen que sus jóvenes ojos vieran antes de morir, mientras clavaba su cuchillo en el corazón de Karissa una, otra y otra vez hasta rompérselo en pedazos. El cuerpo menudo de la niña convulsionó unos instantes hasta que la sangre terminó de manar con los últimos estertores y se quedó inerme, en un rictus de agonía eterna.

“Qué efímera es la vida humana”.

Alzó el arma una tercera vez para clavarla en el más joven de los Doce Originales, pero lo único que logró fue herir el colchón. Sorprendido, miró a su alrededor, pero lo único que encontró fue los dos cadáveres y la puerta abierta.

“¡Maldito mocoso!”

El asesino pateó los cuerpos de Melina y su hija en un ataque de ira. ¿Cómo había podido pasar? ¡Solo tenía cuatro años! Salió de la habitación y se asomó al pasillo, sopesando cuál debía ser su siguiente movimiento. La casa continuaba en silencio, pero la luz del despacho de Giorgios se había vuelto más intensa; posiblemente porque el crío, tras huir de la habitación, había encontrado refugio en los brazos de su padre. De ser así, el asesino se encargaría de que ese fuera su último error. Mataría al arqueólogo ante los ojos del niño y luego lo despellejaría por obligarlo a correr detrás de él.

“Hijo de una cabr…”

El mundo se volvió negro durante un instante. ¡el maldito arqueólogo, en un ataque de heroicidad, le había golpeado en la cabeza dejándolo a su merced! El asesino, que se alimentaba del terror y del dolor ajenos y que disfrutaba de las reacciones humanas en situaciones extremas conoció lo que era la perplejidad. ¿Acaso un humano, por muy padre que fuera de uno de los Doce Originales, iba a terminar con su existencia? El espectro esbozó una sonrisa; como soldado al servicio del Señor del Inframundo, tenía miles de vidas, y Giorgios, sólo una.

—¡Piedad! —gimió el asesino—. ¡Creí que la casa estaba vacía!

—¡Pues ya ves que no, bastardo! —Giorgios lo agarró de la ropa y lo alzó como un pelele, pero ese fue el error que el asesino estaba esperando, ya que le dio la oportunidad idónea para clavarle el cuchillo en el estómago. Aún así, el arqueólogo tuvo fuerza suficiente para espetarlo contra la pared antes de caer al suelo. El espectro tosió y se agarró la maltrecha cabeza mientras Giorgios se arrastraba en busca de la pala con la que lo había atacado. ¡Tenía la intención de seguir atacándolo! El asesino no pudo evitar lanzar una risotada que retumbó como un graznido gutural. Se inclinó sobre el arqueólogo y tras pisarle las manos, lo agarró del cuello para asestarle varias puñaladas mortales en diversas partes de su anatomía, disfrutando con el dolor en los ojos del hombre que se había atrevido a golpearlo. Al sacar el cuchillo del cuerpo sin vida de Giorgios, vio una nueva mariposa. Sus compañeros estaban muy, muy cerca.

—¿Dónde estás, pequeño? —el asesino engoló la voz y avanzó hacia el despacho del arqueólogo—. Sal, voy a llevarte con tu papá…

Caminó despacio, capturando cualquier esencia en movimiento, pero sus sentidos aún estaban embotados a causa del golpe. Además, la sangre enmascaraba gran parte de los aromas cósmicos, y el del niño parecía ser uno de ellos. Buscó bajo las camas, en los armarios, tras las puertas, pero no encontró nada. El pequeño había desaparecido.

—¿Milo? —el asesino se quedó quieto en el centro exacto de la casa—. Es así como te llamas, ¿verdad? —preguntó—. Tu madre, tu padre y tu hermana te están esperando. Están preocupados por ti.

El asesino oyó el conocido sonido de un sollozo infantil, y luego, el de unos pequeños pasos. La sombra magnificada del niño se estiraba desde el despacho, haciéndolo parecer mayor de lo que era; llevaba una espada griega en la mano encontrada en la última excavación, aunque era demasiado pequeño para blandirla. El espectro lanzó un gemido de satisfacción. ¡los asesinos se reconocían nada más verse, y aquel sería uno de los más grandes si alguien lo llevaba por el buen camino! Tras matarlo, reclamaría su alma para el ejército del Wyvern; su señor estaría orgulloso de su proeza y le concedería la sapuri del Basilisco.

—Suelta la espada, pequeño —el asesino blandió su cuchillo ensangrentado y sonrió—. Voy a ser muy cuidadoso contigo. Ven aquí.

Milo negó con la cabeza, lo que obligó al asesino a acercarse. El niño alzó la espada con sus bracitos, como un pequeño espartano a punto de entrar en combate contra su peor pesadilla.

—¡Maldito bastardo cabrón! —gritó el espectro mientras lo señalaba con su arma—. ¡Te voy a arrancar la piel a tiras!

El asesino lanzó un tajo contra Milo, pero este nunca llegó a cortar la carne trémula del niño. Giró la cabeza tratando de averiguar qué le impedía mover el brazo, cuando descubrió algo que lo dejó complemente atónito. Un hombre con un parche en el ojo había aparecido de la nada y lo mantenía firmemente sujeto mientras lo miraba divertido.

—¿Quién…?

El hombre del parche esbozó una sonrisa traviesa.

—El que te va a matar.

El asesino dejó a Milo en un segundo plano. Ya no le importaba la vida del chiquillo, sino la suya propia. Comprendió que aquella amenaza era real en el momento en que el desconocido invocó su cosmos y los objetos de la habitación comenzaron a levitar.

—Podemos… dividirnos el botín —gimió el asesino.

—Lo único que va a ser dividido aquí —dijo el desconocido— eres tú.

El espectro encajó un fuerte puñetazo en mitad del estómago. Todo su cuerpo tembló y una bocanada de sangre manchó su pecho, así como el brazo del hombre del parche. El desconocido, más alto que el espectro, no se conformó, así que lo agarró como un pelele y lanzó contra la pared sin esfuerzo. El asesino cayó como un fardo y se quedó en el suelo, tosiendo y jadeando sin entender de dónde había salido aquel enemigo tan formidable y por qué lo atacaba.

—¿Quién… eres? —balbuceó

—Me llamo Stephanos Svarakis —dijo el desconocido—. Pero los tuyos, tus jefes, tus dioses, me conocen como Céphisos.

El espectro lanzó un gemido de sorpresa. ¡Entonces, era cierto! ¡Los gemelos habían vuelto a la vida!

—Mi señor… te dará caza si te atreves a atacar… a los dioses gemelos —dijo entre espasmos.

Céphisos se acercó al asesino y se levantó el parche. Bajo este, se podía ver un intenso cielo estrellado.

—Dile que lo estaré esperando —El hombre del parche se dirigió hacia Milo, que lloraba en silencio con la espada a su lado. Acarició su cabecita morena y lo tapó con la chaqueta de su padre, que yacía en el pasillo en medio de un charco de sangre.

El niño lo miró con sus intensos ojos azules pero no había rastro de miedo en ellos. Céphisos asintió.

—Eres muy importante en mi línea vital, ¿lo sabías? —le dijo al pequeño—. Pero aún es pronto para hablar. Te prometo que pronto volveremos a vernos. Pero ahora, debes olvidar.

Céphisos dibujó en la frente del niño varios símbolos y este cayó sumido en un sueño profundo. El espectro aprovechó la circunstancia para reptar hacia la puerta de la entrada, pero no tuvo tiempo de huir al exterior. El antiguo enemigo de Thánatos e Hypnos lo atrapó por una pierna y tiró de él hacia el interior, lanzándolo de nuevo contra la pared, humillándolo como jamás nadie lo había hecho. La espalda del asesino se quebró, y el dolor fue tan intenso que el espectro gritó implorando la piedad de su verdugo. Su sangre, mezclada con la de la familia de Milo salpicaba los bajos de la túnica medieval que portaba el hombre del parche, pero este estaba más interesado en tocarla con la yema de los dedos que en hacer caso de gimoteos y plegarias.

—Ya sabes que todo poder conlleva una retribución —se acercó al espectro con una sonrisa de oreja a oreja; al quitarse el trozo de cuero que ocultaba su singularidad, que dejó caer sobre el cuerpo roto y dolorido, su rostro se convirtió en una mueca sádica—. Te voy a mostrar el mío gracias a este festival de sangre que has organizado.

Céphisos se colocó sobre él afianzando los pies a cada lado de su cuerpo. Extendió los brazos y con las manos abiertas, invocó la fuerza arcana de las estrellas, que respondieron a la llamada de su dueño con tanta intensidad que la noche se hizo día, brillante y luminosa. A medida que el poder se concentraba en sus manos, la luz se volvía más y más clara, hasta difuminar los contornos del asesino y del hombre que había salido de la nada. La sangre de los inocentes comenzó a correr por el suelo, convirtiéndose en un pequeño río carmesí que se dirigía hacia los pies del recién llegado, como si supiera que éste necesitaba maná humano para alimentarse. Era la manera en la que el universo compensaba sus errores, y la familia de Milo pagaba una retribución imaginaria al enemigo de los dioses gemelos por haber salvado al último de los suyos.

—Que se quiebren los soles bajo mis órdenes —susurró—. ¡Explosión de Galaxias!

Stéphanos rió cuando la luz se concentró en las palmas de sus manos y pudo dispararla sin restricciones sobre el cuerpo del asesino, que sintió la potencia de un millón de soles antes de desintegrarse por completo. Por eso, no pudo ver cómo se abría un portal dimensional tras Céphisos, y tampoco al hombre albino que atraía hacia la singularidad a su hermano gemelo para ser engullidos por él, como si jamás hubieran pisado la escena del crimen.

La policía llegaría una hora después alertada por el vecindario, encontrándose con un niño de cuatro años agarrado a una espada griega. No recordaba nada de lo sucedido.

Su caso aún sigue abierto.