“Had a dream I was born
To be naked in the eye of the storm
And now it’s standing right in front of me
What’s it going to do to me, who knows”
Roger Hodgson. Had a dream (sleeping with the enemy)

El Templo Marino bullía de actividad. Las escamas de los tritones se mezclaban con los uniformes azules de la brigada de demoliciones, llegadas desde Japón para realizar perforaciones y voladuras en los distintos Pilares. La última explosión había sido tan fuerte que el lecho marino vibró durante unos instantes, y una fina lluvia procedente del cielo acuoso empapó máquinas y hombres.

—¡Hemos terminado! —gritó el jefe de la brigada a sus subordinados—. ¡Apagadlo todo! ¡Nos vamos!

Julián Solo se quitó los protectores antirruido y se levantó de su silla. Un enjambre de trabajadores comenzó a desmantelar el campamento a la misma velocidad con la que lo habían armado días antes. Los camiones cargaron la maquinaria pesada y desfilaron en procesión bajo la atenta mirada del dios de los mares y del general del Atlántico Sur.

—¡Mi señor! —gritó el austríaco para hacerse oír entre el ruido de los motores—. ¡Si me permitís el decirlo, esto no me parece buena idea!

Julián se giró para encarar al general de la Sirena que permanecía junto a él, tan envarado como de costumbre.

—Ya hemos hablado de eso —contestó con calma. Se asomó por debajo de la pérgola levantada por orden de Sorrento y alzó la vista al cielo marino. Las pérdidas de agua habían cesado—. ¿A qué tienes miedo?

—A que revelen la existencia de Atlantis. A que el mundo sepa…

Julián levantó la mano y Sorrento guardó silencio. El jefe de la brigada se acercaba con paso firme, con el rostro sonriente y el símbolo del euro brillando en sus ojos.

—Señor Solo, ya hemos terminado de perforar en este sector. Tal y como habíamos imaginado, las vetas que encontramos —le mostró una porción de un plano en una pantalla electrónica— parecen extenderse hasta este punto —Julián asintió al ver la cruz que marcaba el lugar—. Montaremos el campamento y nos pondremos a trabajar inmediatamente.

—Excelente —dijo el dios de los Mares—. ¿Y respecto al forjado? ¿Cuánto tiempo tardarán en armar la estructura?

—Pues viendo las dimensiones de esta obra y el peso que va a soportar, calculo que unos cuatro días, señor Solo —el hombre se quitó el casco y se limpió el sudor de su calva—. ¡Pero no se preocupe! Mi equipo es el mejor en este campo y pondrán todo su esfuerzo a su servicio —contestó categórico.

Julián hizo un gesto con la mano para que Sorrento introdujera una serie de códigos en su tableta de datos. Luego, miró a los ojos al jefe de la brigada, que sonreía con franqueza.

—El dinero ya está ingresado en su cuenta —le indicó.

—Es un placer hacer negocios con ustedes —el hombre sudoroso hizo una reverencia—. Les avisaremos cuando hayamos levantado el campamento.

Sorrento se acercó al jefe de la brigada y le estrechó la mano.

—Ni una palabra de nuestra existencia —gruñó, muy cerca de su cara.

—La discreción forma parte de nuestra política, señor.

El dios de los Mares se alejó de ambos hombres y abandonó la protección de la pérgola. El inmenso vacío que había dejado el Pilar del Atlántico Norte lo inundó de nostalgia. A lo lejos, el jeep del jefe de la brigada se dirigía hacia la región del Antártico, escoltado por una docena de tritones.

—Ya se han ido, mi señor. Estamos solos.

El griego asintió y comenzó a caminar hacia la escalinata sin decir ni una sola palabra. Sorrento lo siguió con el corazón encogido; sortearon todo tipo de cascotes hasta llegar a la planicie que albergó la edificación principal del Pilar. De ésta, sólo quedaban los cimientos.

—Por todas las tretas de Odiseo…

La imagen era desesperanzadora. Los muebles, los tapices, las alfombras y la orfebrería que decoraban el lugar de reunión de los generales de Poseidón habían quedado completamente destruidos. Toda la riqueza del Pilar del Atlántico Norte era sólo un recuerdo.

Sorrento continuó avanzando entre los escombros. Sorteó parte del techo que se había desplomado sobre los muebles, ahora convertidos en un amasijo de bronce y madera. Julián continuaba imbuido en sus pensamientos, completamente quieto.

“Sería una lástima que os ensuciarais ese elegante atuendo, mi señor”.

Cuando llegó al punto central, miró hacia arriba y comprobó la magnitud de la catástrofe. La masa marina presentaba un abombamiento hacia abajo, lo que significaba que el nuevo pilar debería tener más puntos de apoyo que el anterior para sujetar y recoger aquella anomalía. Al intentar hacer una estimación de la cantidad de piedra, metal y hombres que necesitarían para levantar la construcción, imaginó una cifra astronómica. Unos mil o mil quinientos trabajadores. Quizás dos mil.

“No sé cómo vamos a costear esto”.

—Sorrento, déjame a mí las finanzas —susurró Julián. Había llegado a su altura y observaba el desastre, potenciado por las voladuras.

—No puedo evitar sentirme un poco… superado por la situación, mi señor —se excusó el general del Atlántico Sur—. Os ruego perdonéis mi franqueza.

El dios de los Mares apretó el hombro del austríaco. Este se estremeció.

—Tengo planes, grandes planes para el Templo Marino, al igual que para mi división de logística, mi fiel amigo —le participó—. Voy a firmar varios contratos que harán que nuestra cotización en bolsa suba como la espuma.

El general alzó las cejas. La noticia lo había dejado muy sorprendido.

—¿Con quién firmaréis, mi señor? ¿Con MartigTEC, la empresa francesa? ¿Con SilvanLOGIC?

—No es una empresa europea, pero sí puedo decirte que tienen una fuerte presencia en Atenas. Y dentro de un rato vendrá una delegación a cenar —el dios esbozó una sonrisa amplia, triunfal—. Así que prepara una buena partitura. Quiero que amenices la velada.

Sorrento se quedó mudo. ¿Qué empresa estaría haciendo tratos con ATLANLogic? Él supervisaba la mayor parte de los contratos de concesión y no recordaba que tuvieran ninguna entrevista en las próximas semanas. Además, ¿quién, por los tritones, merecía el honor de poner los pies en Atlantis para cenar con Poseidón en persona?

—¿Qué clase de música deseáis escuchar en la cena, mi señor?

—Lo dejo en tus manos —contestó el otro—. Estoy seguro que tu elección no me decepcionará.

Se alejó de Sorrento y avanzó hasta llegar ante una pila de madera oscura y metal. Se detuvo ante ella y carraspeó.

—Pero mira lo que tenemos aquí…

El general de la Sirena se recompuso y se acercó a su señor. Podía recordar todos y cada uno de los muebles del Pilar del Atlántico Norte, y no tuvo problema en reconocer los restos de la mesa de ébano donde, hacía ya más de cuatro años, se forjaron los planes de conquista mundial.

“El símbolo del Pilar del Atlántico Norte, hecho trizas. Como Atlantis”.

Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. Podría parecer un gesto muy femenino, pero Sorrento necesitaba un poco de dolor físico para ahuyentar su desazón mental. Julián estaba agachado junto a él, hurgando entre los restos. Se incorporó y se sacudió las manos. Su traje blanco había dejado de estar impoluto.

—Mi señor, su ropa…

—Tonterías. Ayúdame a apartar este tablón —señaló la plancha principal de la mesa.

El austriaco tiró de la tabla con fuerza, mientras Julián la empujaba con el pie. Ésta crujió como si estuviera herida, cedió, se deslizó sobre los cascotes y se partió en dos, levantando una polvareda al chocar contra el suelo. Cuando el ambiente se aclaró, el dios y su escolta se quedaron callados, sorprendidos por el descubrimiento.

—No puede ser cierto —susurró Sorrento al descubrir lo que habitaba bajo la madera. Al mirar a los ojos a Julián, vio que éste se encontraba en trance.

—¿Mi señor? —preguntó—. ¿Estáis bien?

El general del Atlántico Sur empezó a ponerse nervioso y decidió invocar a su escama. La sirena respondió a la llamada de su amo y lo cubrió al instante entre chasquidos y perturbaciones cósmicas. Al sentir la flauta entre sus dedos, le recorrió una gratificante sensación de seguridad.

“Poseidón podrá haber establecido un pacto con Julián, pero su cuerpo sigue siendo mortal. Mi deber es protegerlo. A toda costa”.

Esperó unos segundos para ver si el joven volvía en sí pero continuaba catatónico desde que había visto la viscosidad oculta bajo los escombros. Sorrento debía averiguar qué clase de engendro se escondía dentro de aquel cascarón membranoso, y si lo que palpitaba en su interior era peligroso para Julián.

“Si es lo que me temo, vamos a tener más problemas de los que podamos manejar”.

Estiró la mano para tocar el huevo que se asentaba sobre un montículo de deshechos pero el guantelete de la escama centelleó y vibró, como si se opusiera a entrar en contacto con la criatura. Receloso, se llevó la flauta a los labios para interpretar su melodía mortal, pero el cosmos de Poseidón lo detuvo: Julián había invocado su armadura, como si el dios de los Mares en persona quisiera contemplar aquella aberración con sus propios ojos.

“Dioses del Olimpo, eres tan hermoso…”.

El tridente, símbolo del poder de Poseidón, apareció en su mano y la escama lo cubrió, entre chasquidos y siseos. El pilar entero reverberó en asonancia con ambas vestiduras, como si quisiera saludarlos en el idioma arcano de la creación.

Julián apoyó el tridente en el suelo y se agachó. Apartó sin dificultad los restos de madera labrada y examinó el nido del monstruo que había encontrado cobijo bajo los restos de la mesa. ¿Serían ciertas las leyendas? El general de la Sirena recordaba todas las historias macabras que circulaban sobre la mesa de ébano, pero nunca les había hecho caso. Pero si eran verdad, si la madera de la mesa estaba ungida por la sangre del dragón marino que Cadmo había matado en Tebas, y que esa misma sangre sería la que alimentara al portador de la escama en caso de renacer, Sorrento tenía ante él a la persona que más había odiado en toda su vida.

—Mi señor, deberíais apartaros. Esto puede ser peligroso.

Poseidón ignoró el consejo. Palpó el caparazón que protegía a la criatura, rugoso, lleno de protuberancias y con unas dimensiones similares a las de un hombre en posición fetal. Sorrento tragó saliva al comprobar que, a medida que el dios de los mares pasaba la mano por la superficie, ésta brillaba, como si reconociera el poder que emanaba de la divinidad y lo absorbiera para alimentarse.

El general se agachó y trató de imaginar qué clase de monstruo saldría de aquella deformidad. Al tocarlo descubriría el pálpito de la vida abriéndose paso.

—Los otros están renaciendo en sus lugares de origen. Pero tú… tú nunca dejarás de sorprenderme —Poseidón sonrió. Se levantó y alzó su tridente.

— ¿Lo conocéis, mi señor? ¿Es…?

No pudo concluir la frase. El dios de los mares clavó con fuerza el tridente en el caparazón membranoso y lo dejó encajado en él. La corteza se resquebrajó y de la herida emergió un haz de luz tan intenso y luminoso como una nova, que se perdió en el cielo húmedo de Atlantis. Fue entonces cuando la cáscara del huevo estalló en una sinfonía de colores y sonidos, en una música ancestral, primigenia, la misma música que debió escucharse cuando los dioses forjaron la estructura del universo.

Sorrento no daba crédito a lo que estaba viendo, así que explosionó su cosmos a la vez que Poseidón. Quería desmembrar a la criatura, olvidar que una vez existió, pero no podía moverse. Estaba clavado en el suelo, totalmente rendido a la melodía que resonaba por todo el Pilar.

—¡Mi señor! —gritó—. ¡Debéis salir de aquí!

La música cesó de forma súbita y el azul del cielo se tornó gris. El general de Atlántico Sur aferró la flauta y se dispuso a tocar una sinfonía para generar una pantalla protectora, pero el dios de los mares lo detuvo.

—No ha terminado. Observa —y señaló hacia arriba con el dedo.

El recinto se oscureció por completo y la masa de agua se convirtió en un cielo jalonado de estrellas, planetas y galaxias. Poseidón lanzó una sonrisa de satisfacción y su cosmos reverberó alegre, mientras Sorrento se ahogaba, estrangulado por la sensación de vacío y de inmensidad que había inundado el Pilar del Atlántico Norte.

Las galaxias empezaron a girar alrededor de ellos a gran velocidad; el movimiento frenético de los cuerpos celestes generó una retícula que convergió en un punto frente a ellos, y los escombros de menor peso empezaron a temblar y a ser engullidos por éste.

Poseidón arrancó el tridente de la criatura que temblaba en el suelo espasmódicamente y apuntó hacia el vórtice del agujero espaciotemporal. La energía procedente del cosmos de la divinidad lo excitó hasta tal límite, que la materia se plegó sobre sí misma para definir un portal con forma de triángulo, que crecía de manera continuada y se tragaba los cascotes procedentes del Pilar. El viento arreció y su fuerza los empujaba hacia el interior de la singularidad, pero Poseidón compensó los campos gravitacionales lanzando un haz de energía desde su tridente contra el portal.

La brecha, completamente definida y estabilizada, palpitaba al igual que lo haría un corazón hecho de luz pura. El dios de los mares alzó entonces la mano y descargó un último golpe de energía contra la estructura, y ambos pudieron percibir con toda claridad un rugido que provenía del otro lado, más allá de las estrellas. El griego sonrió de forma amable, como si se hubiera encontrado con un viejo amigo. Cuando elevó el tridente y disparó por tercera vez, el Dragón Marino emergió del portal.

“No puede ser cierto. No puede ser cierto…”.

Sorrento se sintió ínfimo al tener frente a él a una bestia tan magnífica como aquella, que se desplazaba por el espacio como si lo hiciera por un medio acuático. El monstruo abrió su enorme boca y escupió fuego y cosmos sobre los restos del pilar, forjando de esta manera los materiales con los que habría que reconstruir el puesto de mando de la tropa de Poseidón. Sobrevoló las ruinas durante un buen rato hasta que se detuvo al cerca de la criatura que aún yacía en el suelo.

—¿En serio quieres hacer esto? —preguntó Poseidón.

El Dragón Marino ignoró a la divinidad, se colocó sobre su avatar humano y puso las patas en él. Agachó su enorme cabeza y vomitó la escama, que se ensambló sobre el cuerpo del hombre y brilló con la furia de un millón de soles idénticos. El monstruo elevó la cabeza hacia la masa abombada de agua y lanzó un bramido de cosmos tan fuerte que ésta se recogió sobre sí misma para volver a su estado primitivo. Luego, sus ojos buscaron a Poseidón y lo miraron con determinación y firmeza. El señor de los Mares asintió y sonrió.

—No voy a oponerme —le contestó—. Tus razones tendrás, y él es tu elegido.

El Dragón levantó el vuelo y surcó el cielo del pilar. Rugió y lanzó nuevas andanadas de cosmos, hasta que se dirigió a la abertura espaciotemporal y se coló por ella, volviendo a la realidad de la que había surgido.

Una sensación de tristeza y abandono inundó el lugar cuando la brecha se cerró.

—Es hora de irse, Sorrento.

El general no podía dejar de mirar el cuerpo inerte de su enemigo, que yacía en el suelo vestido con la escama y recubierto de baba dorada. No tenía manera de saber si estaba muerto o en estado vegetativo, así que no le quedó más remedio que obedecer a su señor. Se giró y comenzó a caminar hacia la escalera, pero el sonido de un tosido lo hizo detenerse.

—El hijo de puta está vivo.

La voz del general del Atlántico Sur era un gruñido de odio. Aferró la flauta y la llevó a su boca, pero Julián lo detuvo.

—El Dragón ha decidido devolverle la vida.

—¡Pero él nos traicionó!

En el suelo, el general del Atlántico Norte temblaba. La pátina, pura esencia de Dragón, había terminado por derretirse y flotaba a su alrededor. Julián se alejó del lugar pero Sorrento seguía mirándolo con desprecio, deseándole mil muertes. El general del Atlántico Norte había conseguido colocarse a cuatro patas y reptaba, no sin grandes esfuerzos, con la elegancia de una lagartija.

“Qué apropiado”.

—Ya puedes tener mil ojos y vigilar todos tus pasos, hijo de la gran puta —se agachó y susurró al oído de Kanon—. Me importa una mierda que el Dragón te haya perdonado o no, porque yo jamás voy a hacerlo. Si vuelves a joder al Templo Marino, te aseguro que voy a ser tu peor pesadilla —lo amenazó—. Hasta el fin de los tiempos, cabrón.

Se alejó hecho una furia, con la flauta estrangulada entre sus dedos. No había caminado ni diez metros cuando vio a un tritón acercarse peligrosamente a Julián, que ya había alcanzado el final de las escaleras. Bajó casi dando saltos sobre los cascotes y se colocó a la diestra de su señor. El joven se dirigió a ellos de forma directa, sin tratamiento alguno.

“Se nota que son novatos. Aún tienen mucho que aprender”.

—¿Qué ocurre, Etéocles? —preguntó Julián.

—¡Son los caballeros de Atenea! ¡Los caballeros de Atenea y la propia Atenea lo esperan en la entrada del Templo Marino!

Sorrento notó cómo la boca se le abría de pura estupefacción. ¡Esa era la empresa con la que ATLANLogic iba a firmar el contrato! Apretó los puños y bufó, sintiéndose un completo idiota. Julián le puso la mano sobre el hombro y apretó con suavidad.

—No son nuestros enemigos.

—Pero ver el Templo Marino en este estado es una vergüenza para mí. ¡No puedo perdonarlos!

—Nadie te pide que lo hagas. Ahora somos vulnerables y necesitamos que nos ayuden. Luego… quién sabe —esbozó su mejor sonrisa cuando llegó a la puerta de entrada del Templo Marino—.
¡Querida! —Abrió los brazos como lo haría Zorba el Griego—. ¡Estás estupenda! ¡Bienvenida a mi humilde morada!

La encarnación de Atenea iba vestida con la habitual túnica blanca ceñida a la cintura, y la capa carmesí le cubría desde los hombros hasta los pies. En su mano, el cetro que la distinguía como diosa de la Guerra Justa brillaba bajo los rayos artificiales del atardecer. Su escolta, que portaba una armadura tan dorada como el báculo de su señora, permanecía en silencio tras ella. Sólo sus ojos azules hablaban por sí mismos, buscando cualquier tipo de contingencia que pusiera en peligro la integridad de la diosa.

Julián besó la mano de la muchacha con galantería. El caballero de oro observó sin añadir ni una palabra.

—Bienhallado, Julián. Es un placer para mí volver a estar en este lugar, sobre todo en circunstancias más agradables.

—Oh, querida, ¡dejemos estas historias tristes para otro momento y centrémonos en el futuro! —replicó, ignorando el rapto del que había sido objeto Atenea y que desencadenó la caída del Templo Marino—. ¿Un poco de vino? No quiero que pienses que soy mal anfitrión.

Saori sonrió y se adelantó para observar cómo iban las obras. Luego, se giró y miró a Julián. El dorado los seguía de cerca, en un estricto silencio.

—El equipo de demoliciones…

—De lo mejorcito, querida. Han cumplido mis expectativas por completo.

—Me alegra serte de ayuda, ya que tú lo hiciste con nosotros.

Julián le tendió el brazo y ella lo aceptó. Caminaron por el sendero que unía ambos pilares, dirigiéndose a uno de los pocos edificios que había quedado en pie tras la batalla. Al llegar a lo que fue la escalinata del Pilar Central, el cielo se oscureció. Sorrento, situado a una distancia prudencial, se puso en guardia, y el dorado hizo lo mismo.

—He sentido diversas explosiones cósmicas desde que llegamos a Atlantis —comentó el guerrero griego—. ¿Han tenido algún tipo de problema?

—¡Por supuesto que no! —contestó el austriaco, indignado—. Está todo bajo control.

El caballero de oro miró fijamente a Sorrento. Sus ojos azules tenían el brillo de los depredadores ante su cena.

—No he puesto en duda la seguridad, general —replicó el dorado—. Pero esa señal áurea hizo que mi propia armadura reverberara. Sólo quería hacer esa punt…

La segunda explosión de cosmos fue mucho más fuerte, y ambos guerreros se colocaron en posición de defensa de forma instintiva. Sorrento aferró con fuerza la flauta y buscó con preocupación la mirada de Julián, pero éste estaba tranquilo, como si las variaciones cósmicas fueran parte de un plan maestro. Sin embargo, la reacción del caballero de oro fue diametralmente opuesta: su única misión consistía en proteger a su diosa, así que había explosionado su cosmos hasta alcanzar el Séptimo Sentido tras poner a cubierto a la mujer. Los gritos no habían servido de nada, puesto que él estaba más que dispuesto a disparar su arma mortal, la Aguja Escarlata, a cualquiera que tratara de acercarse.

—¡Milo, detente! —Saori intentó colocarse delante de él, sin conseguirlo—. ¡No es un enemigo!

El caballero de Escorpio no atendía a razones. Continuaba cubriendo a su diosa con su propio cuerpo, y no había bajado ni un solo punto la velocidad de su cosmos. Sorrento estaba indignado ante aquel comportamiento, porque ante todo, Atenea y su caballero eran huéspedes en Atlantis y estaban bajo la protección de Poseidón. Sin pensarlo dos veces, se llevó la flauta a los labios y comenzó a tocar una melodía inmovilizadora. De su instrumento nació una música triste, y en cuestión de segundos, Milo se quedó quieto y con la mirada perdida.

“Ahora comprenderás que con un general no se juega”.

Sin embargo, el griego había dejado su beligerancia de lado, no por la sinfonía mortal, sino porque había vislumbrado un haz dorado que se acercaba a gran velocidad desde el Pilar del Atlántico Norte. Sorrento no supo lo que se le venía encima hasta que oyó una voz conocida, dándole una orden directa. Una orden extraña.

—¡NO LO TOQUES! ¡ES MÍO!

El austriaco sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies. Bajó la mirada un instante y descubrió que lo que estaba pisando no era la piedra firme de Atlantis, sino un montón de serpientes que lamían sus botas. Sacudió los pies con fuerza, pero ellas seguían subiendo hasta llegar a su cintura. Una de ellas se coló por su armadura y salió por su casco, clavándole los colmillos en la nuca; Sorrento notó el calor de un clavo ardiendo traspasándole el cerebro de lado a lado. Oyó, muy lejos, los gritos de Poseidón y también los de Atenea, pero no pudo hacer nada: cayó al suelo como un fardo, sin elegancia alguna. La flauta rodó a los pies de su señor y el mundo se tornó completamente negro.

“¿Esto es estar muerto?”.

Cuando consiguió abrir los ojos de nuevo, Milo lo llevaba en brazos hacia el interior de la instalación. Trató de zafarse, pero el caballero dorado se negó en redondo.

— Te ha dado con el Puño Diabólico —le dijo, sin mirarlo—. No me lo puedo creer. El muy bastardo…

—¿Puño… Diabólico?

—Es uno de los ataque de los guerreros Gemelos —entraron en el edificio bajo la atónita mirada varios tritones—. Menos mal que tu señor lo ha reducido a golpe de tridente. Sinceramente, ha sido muy desagradable —dijo Milo con un deje de tristeza en su voz—, verle vestido con esa armadura.

Dejó al general de la Sirena en una silla y buscó agua. Abrió una botella y le puso el vaso en los labios. Sorrento agradeció el gesto.

—¿Conociste al Dragón Marino?

El espartano lo miró a los ojos con una mezcla de sentimientos que variaban de la repulsión a la admiración más profunda, aunque uno de ellos destacó sobre los demás: la vergüenza.

—Luchó con nosotros —confesó—. Lo llamé compañero.

El austriaco alzó las cejas. Sabía que los griegos tenían costumbres arcaicas, y por lo que conocía de la cultura del hombre que tenía enfrente, aquella palabra debía significar algo muy profundo para él. Quería preguntarle por Kanon, por los Gemelos. Por todo lo que hizo en Atenas cuando decidió traicionar al Templo Marino por segunda vez, pero Atenea los interrumpió. Susurró algo al oído de Milo y éste se alejó, dejándolo a solas con la divinidad. Ella lo impregnó de su cosmos cálido y la mejoría fue instantánea, pero su mente hervía por las dudas. Kanon era un misterio, la ecuación no resuelta. La singularidad en el espaciotiempo.

El adversario a derrotar.

Sorrento estaba dispuesto a vengar a Atlantis, lo deseara su señor o no. Desde que se había convertido en escolta y asistente personal de Julián, convertirse en general en jefe de las tropas del Templo Marinos estaba al alcance de su mano. Esta vez, no permitiría que Kanon desbaratara sus planes. Una humillación era más que suficiente.

“Prepárate, Dragón Marino. Vas a ver lo mortal que es el canto de la Sirena”.

Un sentimiento de paz le hizo sonreír. Tarde o temprano, Kanon cometería un error, él informaría a Poseidón y la ira de su señor caería sobre el Dragón Marino. ¿El castigo? La muerte. O la expulsión del Pilar del Atlántico Norte. Quizás, la condena eterna en las mazmorras del Pilar Central… cualquier resultado sería satisfactorio. Sólo era cuestión de esperar. Y brindar por ello.