Come on hold my hand,
I wanna contact the living.
Not sure I understand,
This role I’ve been given.
Robbie Williams. Feel

La mañana se había despertado luminosa y el sol lo saludó al separar las cortinas de la suite. Se asomó a la terraza y se encontró con la eterna Torre Eiffel, que emergía como una gran punta de flecha desde el corazón de una ciudad que se le antojaba lejana y desconocida. Estuvo un rato observando el paisaje, imaginándose que era un hombre común y corriente, sin importarle nada más que su propio presente. En la plaza, Juana de Arco destacaba vestida de oro, con la bandera de la libertad enarbolada. Camus sintió pena por ella, ya que los transeúntes que pasaban a su lado ni siquiera la miraban. Los que lo hacían, sólo se fijaban en su aspecto y no en las hazañas que la consagraron como heroína francesa.

“Nos parecemos más de lo que quiero reconocer. Un par de doncellas abandonadas”.

En el interior, el teléfono móvil reclamó su atención. Camus cerró el ventanal y se dirigió hacia el escritorio; quizás Air France había encontrado por fin su equipaje.

Slushayu —se reprendió al instante. Estaba en Francia. Debía contestar en francés—. ¿Allô?

¿Monsieur Martignac?

La voz le resultó familiar. Miró el número de teléfono que aparecía en la pantalla: lo reconoció al instante.

—¿Quién pregunta por él?

—Soy Bernard Brochard, monsieur. ¡No me cuelgue, por favor! ¡Es necesario que nos veamos! Tengo información import…

El caballero de Acuario entornó los ojos y carraspeó. El tal Brochard era más persistente de lo que había imaginado.

—¿Cómo ha conseguido este número? —preguntó malhumorado.

—Oh, eso no tiene importancia. Lo que quiero comentarles es que…

—Escúcheme bien —gruñó el francés—. Ese monsieur Martignac por el que usted pregunta está muerto y no podrá atenderle a no ser que vaya a buscarlo al infierno. Que tenga un buen día.

Apagó el móvil y lo dejó caer sobre las sábanas. Ya le había dado esquinazo en Marsella; lo único que debía hacer era firmar los malditos papeles y volver a Atenas. ¿Por qué aquel hombre se estaba dedicando a perseguirle por toda Francia?

“Acuario debe mantenerse firme. Debe…”.

Sacudió la cabeza, como si de esa manera fuera a olvidar el Código, una serie de frases que Aristeo le obligó a memorizar hasta grabárselas a fuego. Echó un vistazo a toda la suite y se decidió por el cuarto de baño. Una ducha le vendría bien para aclarar su mal humor. Ya pensaría qué ropa ponerse para la entrevista.

“Debes ir a París, m’petit . Se trata de tu padre. De tu padre y de tu madre. Hazlo por mí.”.

Las palabras de su nodriza, madame Laptinek, retumbaban en su cabeza. Repasó la línea de acontecimientos mientras se relajaba bajo el chorro del agua: su padre había fallecido en España y Camus debía reunirse con su madre en París para la lectura del testamento, la transmisión del título nobiliario a su hermano mayor y el traspaso de poderes para ejecutar los derechos de sucesión. Al principio, se negó. Él era un caballero dorado, y como tal, no necesitaba ni propiedades ni bienes materiales, pero la política de apertura al exterior que había iniciado el Santuario lo hizo reflexionar. Atlantis y Atenas estaban forjando nuevos lazos y pronto tendrían la obligación de asistir a eventos públicos, por lo que debía poner en orden sus asuntos personales. Incluso si eso implicaba volver a ver a su familia.

Estiró la mano y se encontró con un arsenal de productos para la higiene personal. Gel, champú, sales de baño, esencias y varios botecitos más cuya utilidad ignoraba. Se aventuró a abrir uno, y un denso olor a jazmín le inundó las fosas nasales. Lo reconoció al instante: era el mismo olor que despedía Milo, el de su melena ondulada. El de las sábanas de la casa de Escorpio.

Govnó…

Su mano había sido más rápida que sus pensamientos, porque antes de ser consciente de que estaba excitado, ya la tenía entre las piernas. Cerró los ojos y se imaginó al Escorpión de rodillas frente a él, con su boca ávida lamiendo cada recoveco de su piel mientras lo provocaba con pellizcos, con gemidos y con sus malditos ojos de fuego, que jamás dejaban de arder. Jugueteó con la longitud de su erección y se apoyó contra la pared para ponerse cómodo. Ya no había Aristeo que lo tirara en la nieve si lo sorprendía masturbándose, y tampoco voto de celibato, ya que lo había quebrantado a lo largo de su vida. Sólo quedaba él, Camus de Martignac, desnudo bajo la ducha, descubriéndose tras años de negaciones y frustración sexual.

—Mi… lo… más… más…

Lo que había empezado con lentitud alcanzó una velocidad considerable pasados unos minutos. Sus dedos reprodujeron con acierto escalofriante la forma que tenía el griego de tocarlo, su manera de apretar y soltar, de tirar y de romper el ritmo. Lanzó un gemido de satisfacción al eyacular y abrió los ojos. El agua arrastraba su pecado desagüe abajo.

—Impoluto. Como buen Acuario.

Se cubrió con el albornoz y se miró al espejo. Al apoyarse congeló parcialmente la superficie del lavabo, y sintió una nostalgia incontrolable. De repente, pensó en sus niños, Hyoga e Isaac, los hijos que jamás tendría, y se sintió herido, como si lo apuñalaran por la espalda. ¿Desde cuándo permitía que lo controlaran unos pensamientos tan terrenales? Él era Camus, el caballero de Acuario, el mago del Agua y del Hielo. El que había sido cagado por un glaciar.

Esbozó una sonrisa. Milo tenía unas ocurrencias terribles.

—¡Servicio de habitaciones!

Salió del cuarto de baño tras ponerse una toalla por los hombros. La camarera le sonrió cuando el francés abrió la puerta y avanzó con el carrito hasta la mitad de la suite. Dispuso la mesa y esperó a que Camus se sentara. Le sirvió con diligencia; primero el café, luego el zumo, las tostadas, el yogurt. El guerrero de la Undécima Morada la seguía con la mirada, curioso; al moverse la mujer despedía un agradable olor a violetas.

—¿Desea alguna cosa más, monsieur? ¿Prensa?

—Un traje —contestó con rapidez—. Me han perdido el equipaje en el aeropuerto y tengo una reunión.

—Llamaré al sastre —replicó ella mientras colocaba el centro de flores sobre una mesa auxiliar—. ¿Puedo ayudarle en algo más?

—No, muchas gracias. Está todo perfecto.

—A su servicio, monsieur.

La camarera se retiró y Camus se dispuso a desayunar. Al ver aquella variedad de comida alzó las cejas, porque no sabía por donde empezar. Nunca había sido un hombre de apetito voraz, pero no pensaba desperdiciar la ocasión de disfrutar de la excelente bollería francesa. Abrió un croissant por la mitad, lo untó de mantequilla y mermelada y le dio un bocado. Luego, bebió un poco de café, acometió otro bollo con mantequilla y por último, devoró un plato de huevos revueltos con salchichas y bacon frito.

“Si continúo comiendo de esta manera, tendré que combatir sin armadura. Sí, el cínico cagado por un glaciar, mostrando sus pelotas de diamante”.

Además del apetito, Camus había descubierto que la Vasija albergaba en su interior un macabro sentido del humor. Pero no el del chiste fácil, sino el que se regodeaba con los pensamientos más retorcidos y soeces. Y no solo eso; también disfrutaba con las vivencias humanas más simples: le gustaba sentir el frescor de la brisa matutina en el rostro, dar cuenta de una buena comida, contemplar los colores del crepúsculo y escuchar música, sin importarle el estilo. Incluso ver correr el agua desde lo alto de un puente le parecía fascinante, porque hasta aquel momento no había tenido tiempo para sí mismo.

“Conozco tu historia. He leído el Libro de los Muertos”.

Se quedó quieto, tratando de apartar al dueño de aquella voz de su mente, pero sabía que era una tarea imposible. Su paso por el Cócito fue la peor experiencia de todas las que había vivido en su trayectoria como caballero. No era suficiente que lo condenaran al Infierno Helado por atentar contra los dioses sino que, además, Camus conocía al guardián del lugar. Y el guardián del lugar conocía a Camus.

“Estás en mis dominios. Ahora yo ordenaré y tú obedecerás”.

Apretó el mantel hasta estrangularlo entre los dedos. Konstantin Kalogiannis era un muchacho noble y un discípulo diligente, pero no tenía madera de guerrero. Podría haber sido un buen asistente, quizás un sanador o un investigador, pero le faltaba la conexión cósmica necesaria para reclamar a Cygnus, así que Camus se vio obligado a despedirlo y a quedarse únicamente con Isaac, el joven al que había elegido como próximo caballero de Acuario.

“Ven, Maestro. Te voy a demostrar lo mucho que he aprendido de ti”.

Isaac tampoco llegaría a vestir la armadura de Acuario. Se hundió en el océano para rescatar a su compañero Hyoga, y no volvió. Camus jamás se recuperó de la pérdida de su alumno favorito, al que más había amado. Trató de mantenerse firme, de no albergar sentimientos tan mundanos como la venganza y el odio hacia el Cisne pero fue tarea inútil. Quería castigarle por necio y por egoísta, por haber interpuesto a su madre muerta a todo lo que le rodeaba, y deseaba hacerlo de una manera ejemplar, quedando expuesto al bochorno público. Sus compañeros de armas, sobre todo Milo, no lo entenderían, pero Camus ya estaba acostumbrado a no dar explicación alguna de sus acciones. Le arrancaría su obsesión de Edipo aunque tuviera que esperar décadas para hacerlo, porque Hyoga era lo que él podría haber sido de no haber tenido un maestro como Aristeo: entregado, valeroso y con capacidad para exteriorizar sus sentimientos. Lo envidiaba y a la vez lo aborrecía, porque el Cisne había despertado en su interior unas emociones que lo obligaban a alejarlo de él, cuando sus deseos reales eran los de estrecharlo entre sus brazos y protegerlo. Quizás por eso Acuario tenía un voto, porque cuando amaban, lo daban todo, dejando sólo la muerte tras de sí.

Monsieur Martignac, soy Gastón, el sastre.

El francés se levantó de la mesa y abrió la puerta, agradecido de que lo sacaran de su tormenta de recuerdos. Se encontró con un joven de aspecto afable, que le sonreía con familiaridad.

—Creí que vendría monsieur Leblanch —le dijo Camus—. ¿Ya no trabaja aquí?

—Se ha jubilado. Es mi padre —le contestó con jovialidad—. ¡Por la Doncella, monsieur! ¿Ya no se acuerda de mí?

—¿Gastón? —la frase lo hizo recordar de golpe—. ¿P’tite bête?

Esa fue la primera vez que Camus sonrió de forma abierta desde que había vuelto a la vida. Frente a él se dibujaba un retazo de su infancia convertido en adulto.

—¡El mismo! —Gastón entró y dejó los trajes sobre la silla y el maletín en el suelo—. ¡Santo Dios! —exclamó, mirándolo de arriba a abajo—. ¡Es usted la viva estampa de monsieur Armand!

El joven se acercó a Camus y lo abrazó. El francés se puso tenso pero se obligó a responder al gesto de idéntica manera, aunque con menos efusividad. Así solían saludarse los griegos, con fuertes palmadas en la espalda, ladrando el nombre del otro y con alabanzas a los dioses. Así solía hacerlo Milo.

—Pues tú no te pareces en absoluto a tu padre, Gastón —se separó y apartó al espartano de su mente—. Aunque veo que has heredado su puesto. ¿Cuánto hace que no nos veíamos?

—Alrededor de unos… veinte años, monsieur. Nicoletta me ha dicho que necesita un traje. ¿Talla 44?

—¡Ah! —exclamó—. No lo sé con exactitud. Y tampoco tengo ropa interior. Está todo en el equipaje que Air France ha extraviado. Ya es la segunda vez.

—Déjelo de mi cuenta —Gastón llamó a la sastrería y dio varias órdenes. En pocos minutos, un botones les entregaba un par de mudas.

—Aquí tiene, monsieur. Y ahora, desnúdese. ¿A qué hora tiene la reunión?

—Por favor, Gastón —replicó Camus—. Tuteémonos. Sólo por haber quemado juntos las cortinas de la suite del ático, este reencuentro merece menos formalismos.

El joven sonrió de forma amplia. Eligió entre varios pantalones y le extendió un par. El francés se quitó el albornoz sin pensárselo; ya no sentía tanto pudor al desnudarse frente a otros hombres, y aunque se percató de que Gastón lo miraba de refilón, pensó que se debía a sus heridas. Al mover la cabeza, el pelo cayó hacia delante como una cortina.

“Tengo que hacer algo con esto. Parezco Rapunzel”.

—¿Te casaste? —le preguntó al percatarse de que no llevaba ningún anillo—. ¿Tienes hijos?

El sastre lo miró desde su posición, arrodillado ante él, y negó con la cabeza. Tenía el pelo ondulado, muy oscuro, pulcramente peinado hacia atrás. Se mantenía delgado, no tanto como el propio Camus, pero sí lo suficiente como para entender que dedicaba tiempo al cuidado personal. Sus rasgos y su voz eran masculinos, y le recordaban a alguien en quién no quería pensar.

—Pues no, Dios no me ha llamado por ese sendero. Me gusta demasiado la noche y la fiesta como para mantener una relación estable —le contestó mientras hilvanaba el bajo del pantalón—. ¿Qué me dices de ti? ¿Le robaste el corazón a alguna hermosa dama? Gabrielle, la hija de la cocinera, fantaseaba con que se casaría contigo.

Camus se quedó en silencio unos instantes. Sintió la necesidad de contarle su periplo, pero no estaba seguro si Gastón se creería que había muerto y resucitado dos veces, así que decidió hacer algo impropio de él: improvisar.

—Tomé los hábitos.

—No puedo creerlo —exclamó el otro—. ¿Eres monje?

—Lo fui, durante una buena temporada.

“Hasta que me di cuenta que el celibato no estaba hecho para mí”.

Gastón le indicó que se quitara los pantalones.

—Pues te seré sincero, Camus, ¡me parece un desperdicio que te vistas con sotana y no con estos trajes tan elegantes! —lanzó una carcajada y luego llamó a la sastrería. Un botones vino a recoger la prenda para coserla—. Mira esta camisa —le mostró una, pero el francés la rechazó—. Ah, no. Esta no —descartó otra—. Demasiado seria.

—Soy un hombre serio —replicó el caballero de Acuario.

—Solías ponerte muy serio cuando maquinabas alguna travesura, sí —bromeó el sastre—. ¿Te acuerdas cuando echamos los botes de especias en la sopa que sirvieron en la cena de los ministros? —le preguntó—. ¿Recuerdas cómo tosían?

—¡Cómo voy a olvidarlo! —Camus lanzó una carcajada y el sonido de su propia risa le resultó extraño, casi desconocido—. El chef nos persiguió por la cocina, gritando como si estuviera poseído, “¡Petit saloppe, petit saloppe!”, y corrió a contárselo a mi padre, que me castigó sin salir de la habitación durante dos días.

—Pero tu nana me llevó a escondidas a la suite y jugamos toda la tarde, hasta la hora de la cena —su voz vibró de nostalgia—. Yo adoraba a esa mujer.

Madame Laptinek trató de interceder por nosotros, pero mi padre estaba demasiado cabreado y no quiso escuchar sus explicaciones —susurró el francés.

—A ti te castigaron dos días, pero conmigo no fueron tan indulgentes. ¡Estas manitas, las que me llevarán a la cumbre de la alta costura —las agitó sin dejar de sonreír—, estuvieron fregando peroles durante meses! Cuando monsieur Dufaux se despidió del servicio de cocina, hace unos… ocho años, creo —hizo memoria—, me dijo que a mí me quedaba mucho mejor el apodo saloppe que a ti. El buen hombre no soportaba verme con mis amigos… especiales.

Camus alzó las cejas al escuchar aquella confesión, pero no dijo nada. Gastón le ayudó a abotonarse la camisa y luego le hizo el nudo de la corbata. Se había decantado por una oscura, salpicada con motivos dorados. Ambos se quedaron callados unos instantes.

—Espero que en tu orden no os dediquéis a perseguir a los homosexuales. No somos tan depravados como nos pintan.

El caballero de Acuario se quedó estupefacto. Ya no era una insinuación. Era una confesión real.

—¿Necesitas alzacuellos? —continuó hablando—. Puedo conseguirte uno.

—No somos frailes, en realidad —Camus observó a Gastón y descubrió a un hombre decidido y seguro de sí mismo, alejándose de la imagen del niño de pelo revuelto con quien tanto se había divertido en sus viajes a París. Además, para su sorpresa, la conversación le estaba resultando muy agradable, y no podía ignorar el secreto que le había revelado. Su sentido de la equivalencia le exigía devolverle el favor—. Somos una especie de… —¿Cómo podría explicar qué era en realidad? ¿Magos? ¿Alquimistas? ¿Asesinos de los dioses?—. Somos una especie de militares —finalizó.

—Oh, los asuntos del Vaticano. No me expliques más —El sastre le guiñó un ojo, cosa que solía hacer desde pequeño, y sonrió. Había asumido que Camus formaba parte de la elite cristiana—. El color púrpura debe sentarte estupendamente, aunque no sabía que los monjes militares pudieran llevar una melena tan larga.

—Estuve destacado en Rusia durante mucho tiempo —le contestó el francés mientras se probaba la chaqueta. Lo del pelo fue una prebenda que me concedieron. Y una cabezonería mía.

—Debes tener un montón de anécdotas interesantes para contar. Si vas a quedarte unos días en París, ¿qué te parecería tomar un café en el Barrio Latino? Supongo que no te prohibirán salir con un viejo amigo, ¿verdad?

La sonrisa de Gastón resultaba luminosa y cálida. Camus asintió en silencio, y el sastre le apretó el hombro como respuesta. No le cabía duda, era un hombre atractivo, deseable, no tanto como Milo, pero con quién se podría pasar un buen rato igualmente.

“No debería estar pensando en eso, pero me apetece. Me apetece mucho disfrutar de alguien sin tener que vomitar sangre después”.

Apartó la idea de la cabeza y se centró en elegir unos gemelos. El botones le entregó a Gastón los pantalones ya arreglados y varias cajas de zapatos. Tras echarles un vistazo, eligió unos de color negro.

—Si me permites mi opinión, este estilo es demasiado sobrio para ti. Con lo delgado que estás y lo alto que eres, podrías seguir otras tendencias, igualmente elegantes, pero más atrevidas.

—Quisiera pasar desapercibido —se abrochó los pantalones—. Aunque ya sé que con este aspecto es un poco complicado —se miró al espejo y asintió. Estaba conforme con lo que veía.

—El pelo no ayuda —bromeó el otro—. Si fueras más joven, Camus, serías el rey de las pasarelas.

Camus esbozó una sonrisa de complicidad mientras el otro le colocaba la chaqueta. Cuando sintió las manos de Gastón cerca del cuello, se estremeció. El recuerdo de Milo era demasiado intenso como para ignorarlo, y luchar contra el ardor que le producía el espartano era ya tarea imposible. Sabía que el sastre estaba actuando sin malicia, ignorante de la batalla campal que se estaba librando en su interior. Pero cuando consiguió poner un poco de orden en su cabeza, se percató de que el espacio entre ellos había crecido sustancialmente. El sastre estaba recogiendo sus cosas en silencio, como si fuera consciente de la barrera que Camus había proyectado sin darse cuenta. Se maldijo por ser tan trasparente, pero ya estaba harto de sentirse culpable por amar y desear. Era un hombre, y como tal tenía necesidades que necesitaba satisfacer. El espartano le enseñó a disfrutar de su cuerpo, abriendo una puerta que no se volvió a cerrar. Podía dar él el primer paso y besarlo, tocarlo, provocarlo como hacía con Milo y terminar en la cama, pero no se atrevió. No era eso lo que buscaba.

“¿Por qué tuviste que traicionarme?”.

No tenía la respuesta para la pregunta directa de Milo, o más bien, la tenía pero no estaba preparado para dársela. Por eso le pidió a Dohko unos días para visitar a su familia, porque sabía que si se encontraba con el Escorpión, terminaría encima de él y luego llegaría el festival de recriminaciones. El amor de Milo era como un incendio forestal, pero Camus no estaba hecho para arder, y eso era algo que había tardado mucho tiempo en comprender.

—Lo primero que debo hacer es encontrarme con mi… con lady Patrice y arreglar el asunto del título nobiliario —carraspeó, intentando retomar la conversación—. Mi hermano se trasladó a vivir a Marruecos, y le ha dejado a ella plenos poderes para que lo represente, cosa que no me extraña. Todo lo que tenga que ver con el marquesado siempre ha sido muy importante para lady Patrice. Más que para Bernard, que lleva años en la Legión Extranjera. Madame Laptinek me comentó que ahora era capitán. Y que tenía tres niños —finalizó.

—Bernard y tú no parecíais hermanos —añadió Gastón, guardando las corbatas en sus cajas correspondientes—. Será el marqués de Martignac perfecto, con el escudo de armas metido por el culo.

Camus lo miró y esbozó una sonrisa divertida. El sastre tenía unas ocurrencias demasiado disparatadas como para no reírse.

—La verdad es que tienes razón. Ni siquiera nos hemos criado juntos. Mi hermano siempre estaba con lady Patrice, y yo viajaba con mi padre, y cuando no estaba con él, estaba en el viñedo. El nexo entre ambos ha sido nuestra nodriza, que llevaba con la familia desde… que era una adolescente, más o menos.

—La dulce Madame Laptinek, con su bolso lleno de chucherías. Me gustaría hacerle una visita.

—Ella sigue viviendo en Aix les Glacés. Le encantará volver a verte.

Camus carraspeó y buscó su teléfono móvil y la cartera con la documentación. La melena volvió a desparramarse hacia delante. Sin pensárselo dos veces, se dirigió al cuarto de baño y tomó la cuchilla de afeitar. Quizás no era la herramienta más adecuada, pero era lo que tenía a mano y estaba decidido a utilizarlo. Gastón se asomó y lo miró horrorizado.

—¿Es que te has vuelto loco?

—Los grandes cambios comienzan con pasos pequeños. ¿Me ayudas a reparar este desastre? —le preguntó con un mechón en la mano. El sastre alzó las cejas, estupefacto. Camus se giró y lo encaró directamente.

—Te acepto ese café. O una copa. O lo que tú quieras.

Gastón asintió y le puso una toalla sobre los hombros.

—Arreglaré este estropicio. Anda, que te vas a llenar la chaqueta de pelos.

Se sentó sobre la taza del váter y sonrió con picardía. ¡Se había atrevido a cortarse el pelo! Se sintió liberado y satisfecho consigo mismo.

—Yo también soy homosexual.

Gastón terminó de igualar la largura de los mechones en silencio. Luego, buscó en su maletín y encontró un lazo que hacía juego con los motivos de la corbata y un pasador, que utilizó para recogerle lo que quedaba de melena en una coleta baja. Por último, cepilló la chaqueta, retiró los restos del crimen y le echó un vistazo final.

—Ay que joderse, que el cocinero supiera de qué pie cojeabas… Petit saloppe.

Se miraron hasta que estallaron en carcajadas. Camus notó que algo en su interior deseaba expandirse, pero no sabía cómo darle salida. Pensó en Zorba el griego, una de las primeras películas que había visto en Atenas, y se sintió como él, con todo perdido, y sin embargo, bailando sobre la arena cretense. Cuando ambos se calmaron, Gastón le apretó el hombro con suavidad, trasmitiéndole su apoyo. El caballero de Acuario tuvo el impulso casi incontrolable de morderle la boca, pero el teléfono los interrumpió.

—Discúlpame. ¿Slu… Allô?

—¿Monsieur Martignac?

Cerró los ojos y bufó. De nuevo, el incombustible Brochard.

—No voy a concederle ninguna entrevista, ¡así que olvídese de mí y de mi familia! ¿Le ha quedado claro?

—Estoy en la recepción del hotel —replicó el otro—. Aquí, en el Regina, es donde se hospedaba su padre, ¿verdad? ¡Monsieur! ¡No puede ir usted a esa reunión sin hablar conmigo ant…!

Camus le volvió a colgar y apagó el teléfono. Si Air France encontraba su equipaje, que se lo quedaran de recuerdo.

—¿Ya has hecho amigos parisinos? —le preguntó.

—Es un tipo que me viene siguiendo desde Marsella. Se apostó delante de la puerta de la mansión, y cada vez que me veía me hablaba sobre una entrevista o algo así, no lo sé. No quise entrar en detalles. Seguro que es un charlatán.

Miró la hora. Su madre ya debía estar esperándolo.

—Ha llegado el momento —susurró. Lo dijo en voz baja, como cuando él les ordenó seguir a Shion y a los otros hacia el Santuario. Le pareció curioso que no fuera capaz ni de pronunciar mentalmente su nombre—. Tengo que irme ya.

—Este es mi teléfono móvil —el sastre le entregó su tarjeta—. Llámame. Para lo que necesites.

—Lo haré.

Gastón tomó el maletín y franqueó la puerta, saludando a la camarera que esperaba fuera para limpiar la suite. Junto a ella, un hombre vestido completamente de negro y alto como una montaña se acercó con paso decidido.

—¿Monsieur Martignac?

—El mismo —Camus alzó la vista y lo miró a los ojos—. ¿Trabaja usted para lady Patrice?

—La señora me ha pedido que lo acompañe a su suite. Por favor, sígame.

Caminaron por el pasillo enmoquetado hasta llegar al ascensor. El hombre, de aspecto temible y mucho más corpulento que él, llevaba un aparato de comunicación en un oído, similar al de las agencias gubernamentales. Camus lo observó extrañado. Sabía que su madre era una paranoica respecto a su seguridad personal, pero, ¿un guardaespaldas? En Francia importaba muy poco quién sería el nuevo marqués de Martignac, y las agencias de paparazzis la perseguirían de todas maneras, como llevaba sucediendo desde hacía años. Toda esa parafernalia iba implícita si se formaba parte de la jet set. Y a ella eso le encantaba.

—Por favor, no se separe de mí.

—No se preocupe, me quedaré pegado a usted —contestó con sorna. Si aquel hombre supiera que era capaz de producir hielo con las manos, no lo trataría de forma tan protectora.

El guardaespaldas sacó su tarjeta y la pasó por el lector situado en la puerta. Se apartó para dejar paso a Camus, que franqueó la entrada con la misma marcialidad de siempre. Frente a él, el asistente y secretario personal de lady Patrice lo interceptó con una sonrisa y le estrechó la mano. El francés lo saludó con idéntica cordialidad.

—Bienvenido, querido.

Los años la habían tratado con generosidad, porque seguía manteniendo la misma belleza fría y distante que la consagró en el circuito de la jet set como La Doncella de Hielo. Lady Patrice avanzó hacia él con el paso firme de los que se saben poderosos, y cuando llegó a su altura estiró la mano. Camus la tomó con delicadeza y la acercó a sus labios, pero no la besó, cumpliendo con todos los actos protocolarios que ambos conocían. Ella sonrió satisfecha.

—Camus, querido…

Lady Patrice —susurró—. Estáis tan bella como siempre.

Los ojos grises de la mujer lo miraron sorprendidos, porque no esperaba que se dirigiera a ella por su título. Quizás, en otro tiempo, la habría llamado madre, pero ahora eran dos desconocidos que únicamente compartían apellido. El tiempo y la distancia eran verdugos implacables.

—Ah, querido, no me adules. Ya sabes que no soporto a los aduladores.

La mujer avanzó hacia la sala de reuniones de la suite. Otros dos guardaespaldas abrieron las puertas y se apartaron para dejarla pasar. Reconoció en cada movimiento la indolencia con la que lo castigaba siendo niño, impregnada en un aroma dulce firmado por Dior, de quien había sido imagen en sus años de modelo. Abandonó ese mundo para casarse con su padre y formar una familia, aunque jamás se comportó con él como una madre amorosa. No había instinto maternal en sus caricias, y su mirada era tan fría como el elemento que, de haber sido adiestrada, ambos controlarían. Camus no dudaba que él era una réplica en masculino de Patrice, y que había heredado de ella la soberbia, la arrogancia y el orgullo de ser diferente. De ser único.

—Bienvenido, monsieur Martignac —Jules Andronne, el avinagrado abogado de la familia, sorteó con torpeza una de las mesitas auxiliares y los invitó a tomar asiento en la sala de reuniones—. Nos alegra tenerle entre nosotros.

Camus asintió con una sonrisa. No hacía ni un año que había sido condenado al suplicio eterno en el Infierno de los Herejes y ahora vestía un traje impecable y se codeaba con la jet set francesa. Al llegar a la altura del abogado, escrutó con la mirada el lugar. En total, sumó seis personas sin contar con el hombre montaña que lo había llevado hasta la suite. Sabía quién era cada uno porque Madame Laptinek le habló de ellos durante su estancia en Marsella.

“Ventana al frente. Puerta detrás. Estancia auxiliar, seis pasos…”.

En pocos segundos, ya había encontrado tres vías de escape, que memorizó de forma automática. No podía olvidar que era un guerrero, y que como tal debía estar preparado para cualquier contingencia. Lady Patrice se había colocado en el lugar más estratégico de toda la habitación. Entornó los ojos y lo miró con perspicacia.

—¿Ocurre algo, querido? —preguntó.

—Sólo recordaba, milady. La suite no ha cambiado en absoluto.

La mujer tomó aire para replicar pero su asistente la detuvo.

Milady, monsieur Martignac, creo que deberían aplazar esta conversación para después. Monsieur Laplace es un hombre muy ocupado —señaló a uno de los presentes, un hombrecillo delgado y de nariz ganchuda que manejaba con soltura una tableta de datos—. Y el asunto que nos ocupa es de suma importancia. Si no tienen inconveniente, haré las presentaciones.

—Adelante, Didier—. Ella asintió y tomó asiento. El resto se quedó de pie.

—A mi derecha, lady Patrice, marquesa de Martignac —señaló a la mujer, que no perdía detalle—, a su lado, monsieur Andronne, abogado de la familia. A mi izquierda, monsieur Durand, administrador de los bienes de monsieur Armand de Martignac, y monsieur Laplace, notario y representante del Bureau du droit civil général, que dará fe de todo lo que aquí se acuerde y firme.

—Por favor, caballeros —lady Patrice no pedía. Se limitaba a ordenar—. Siéntense y comencemos. Camus, querido, una copa de brandy.

La petición no dejó al caballero de Acuario impasible, pero obedeció. Se levantó y se dirigió al mueble bar. Sirvió una copa a su madre y se la dejó al lado. Cuando iba a volver a su asiento, ella lo miró de forma inquisitiva.

—Si alguno de ustedes desea beber algo, Camus les servirá.

El francés se quedó atónito y la miró con los ojos entornados. ¿A qué estaba jugando? Ya no era un niño, y no le gustaba que lo trataran como tal, y menos delante de un montón de gente.

—Madre —recalcó mientras se sentaba—. Ciñámonos al asunto que nos ha traído hasta aquí.

Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. Su exquisito autocontrol parecía estar desapareciendo a pasos agigantados, y eso era algo que no se podía permitir. Aspiró, expiró y trató de calmarse. Los demás interlocutores cuchicheaban.

—Querido, no hay que olvidar las leyes de la hospitalidad —su sonrisa era falsa, y su voz, completamente modulada—. Te enviamos a una buena academia para que recibieras la mejor educación —le espetó ella, haciendo referencia a los caballero de Atenea—. Una de las más antiguas de Europa.

Camus se levantó por segunda vez. Se sintió herido y asqueado, pero no lo demostró. Al contrario, les obsequió con una mirada cargada de insolencia.

—Ya han escuchado a mi madre, señores. ¿Alguien quiere beber algo? ¿Brandy? ¿Cognac? ¿Champán? ¿No? —los ametralló a preguntas mientras les enseñaba todas las botellas, haciendo gala de su herencia como copero celestial—. ¿Todos están servidos? Procedamos entonces. No tengo todo el día.

—Relájate, querido —ella sonrió—. Pareces tenso. Pero tienes razón. Empecemos.

El abogado carraspeó de forma incómoda y retomó el hilo de la conversación.

—El tema que nos ocupa es el traspaso del título nobiliario del difunto marqués de Martignac, Armand, a su hijo primogénito Bernard. Hemos consultado los tratados y leyes de sucesión francesas y, a pesar de ser Francia una república donde los títulos nobiliarios han perdido casi todo su efecto, según lo establecido en el Código de Sucesiones y Derechos Reales, artículos 7.1 y 7.2, modificado en 1986, el marquesado de Martignac es uno de los pocos que aún continúa listado en el Real Decreto de Casas Reales Europeas, y como tal, para que este acto surta los efectos oportunos, es necesario que el traspaso se haga ante un representante del Bureau du droit civil général, en este caso, monsieur Laplace, que firmará y dará fe de todo el procedimiento. Aquí —abrió un sobre lacrado con el escudo de la Casa de los Martignac—, está el testamento firmado por el propio monsieur Armand donde lega los viñedos, la mansión y la empresa vinícola Marqués de Martignac a su hijo legítimo, y remarca esta última palabra exigiendo que se demuestre tal hecho. Estos documentos atestiguan la filiación de monsieur Bernard, y aquí figura el resto de la documentación que nos ha requerido el Bureau.

—Los he estudiado con minuciosidad —el notario se quitó las gafas y miró a los presentes— y ahora me gustaría escuchar a las partes. Lady Patrice, por favor —la invitó a hablar.

—Mi esposo, Armand de Martignac —la mujer comenzó su monólogo cambiando radicalmente de registro. Camus se quedó sorprendido al verla representar el papel de una viuda doliente—, amado por todos, ha fallecido recientemente y mi hijo Bernard de Martignac me ha otorgado plenos poderes para que represente y defienda sus intereses en cuanto al traspaso del título nobiliario. El poder notarial, y las copias de la documentación, debidamente compulsada, están en el sobre que le he enviado a la dirección que usted indicó a mi abogado. Espero que comprendan la gran pérdida que supone para mí, y que este trámite termine lo más pronto posible.

Monsieur Martignac era un hombre amado por todos, cierto, cierto, como dice lady Patrice —añadió el abogado imitando las palabras de su dueña—. No creo que vayan a encontrar problema alguno que impida que se celebre este…

Camus giró la cabeza cuando creyó ver una sombra cruzar por la terraza de la suite. No quiso darle mayor importancia porque sabía que sobre sus cabezas sólo se alzaba el tejado, pero su instinto de guerrero lo obligó a girarse para ubicar tanto a los guardaespaldas como al resto de asistentes a la reunión; todos ellos permanecían dentro de la estancia. Volvió el rostro hacia el ventanal y se quedó mudo: no sólo había alguien escondido tras una de las macetas que flanqueaban la puerta de cristal, sino que además, le estaba haciendo señas.

“¿Pero qué demonios?”.

Se levantó sin decir palabra y caminó con paso rápido. La terraza era inaccesible por otro medio que no fuera la puerta principal de la suite, y los escoltas de su madre estaban más atentos a complacer sus peticiones que a la seguridad del recinto. Abrió la puerta y las bisagras rechinaron. Cuando Camus descubrió la identidad del infiltrado, se quedó de piedra.

—Por favor, escúcheme. ¡Tengo información importantísima sobre la filiación de monsieur Martignac!

—¡Por los espectros de Hades, hombre de Dios! —exclamó el francés, tan indignado como molesto—. ¿Es que no me voy a librar de su presencia hasta que le conceda la maldita entrevista?

Brochard trató de avisarle de lo que se le venía encima pero no llegó a tiempo. Su cosmos permanecía apagado y aunque su cuerpo estaba acostumbrado a entrenamientos extremos, el golpe que recibió en la cabeza lo obligó a arrodillarse. La sangre manó de forma abundante y le inundó los ojos, impidiéndole la visión; durante un instante creyó que estaba de nuevo en Acuario frente a Hyoga, obligándolo a alcanzar el Cero Absoluto tras hundir a su madre en las profundidades del mar de Siberia Oriental. Gritos de pánico retumbaban en su cabeza, pero no se parecían a los de los caídos en el Cócito. Eran humanos y pedían ayuda. Al limpiarse la sangre de la cara, vio que el periodista ya no estaba junto a él.

¡Monsieur! —suplicaba el pobre hombre desde algún lugar de la terraza—. ¡No puedo respirar!

Camus no entendía qué estaba sucediendo hasta que se levantó y se giró en redondo. Localizó a su madre, de pie en la puerta acristalada, observando cómo el hombre montaña zarandeaba al intruso mientras el otro escolta echaba a la fuerza al resto de invitados de la suite. Era posible que Brochard tenía información importante para él aunque, ¿qué podría ser? El gesto de la mujer era de repulsa, así que el secreto que guardaba el periodista le concernía directamente, puesto que estaba haciendo todo lo posible para que se quedara en eso, en secreto.

“¿Estás seguro que quieres ser condenado para toda la eternidad, Camus? La Exclamación de Atenea es una técnica prohibida, y tus herederos te recordarán como un traidor, no como un héroe. Yo ya no tengo nada que perder, puesto que mi maldad asesinó a mi otra mitad, pero tú… tú tienes a Hyoga”.

Pensar en él, en su capacidad de sacrificio y en su entrega a pesar de su locura le dio la fuerza necesaria para inflamar su cosmos y enfocarlo en una de sus manos. El guardaespaldas mantenía arrinconado a Brochard contra la balaustrada y le rodeaba el cuello con ambas manos. Camus rememoró su frase preferida del Código, el caballeresco “hemos nacido para proteger a la Humanidad”, y sin más dilación agarró al agresor del brazo y apretó; el simple contacto de los dedos helados del guerrero de Acuario hizo bramar de dolor al hombre montaña. Este se revolvió dando fuertes manotazos, y cuando consiguió alejarse del francés sacó su pistola y le apuntó a la cabeza.

“Las armas no son comparables a estar en el Cócito”.

Camus elevó la velocidad de su cosmos y disparó su Polvo de Diamante contra el escolta. Si había conseguido sobrevivir a Valentine, un matón asalariado no iba a darle mayores problemas. El ataque lo desarmó y lo hizo rodar por el suelo hasta chocar contra la balaustrada. Brochard gateó hacia el interior de la suite, pero no tardó en encontrarse con una lady Patrice rebosante de ira.

—¡Deja de decir mentiras, maldito insolente! —la mujer lo interceptó y le propinó varias patadas. El otro gimió y se acurrucó en el suelo—. ¡Basta de blasfemar sobre la paternidad de mi hijo!

Camus la sujetó por la muñeca para alejarla de su víctima, pero ella se soltó de un tirón. Tenía la mirada desencajada, impropia de una mujer fría y calculadora. El objeto de su ira tosió y se incorporó con dificultad. Las piernas aún le temblaban, al igual que el labio inferior.

—Quiero escuchar lo que tenga que decirme, monsieur. Y quiero escucharlo ahora —espetó.

—Se trata de su padre, monsieur Martignac —comenzó a relatar el hombre, acariciándose las magulladuras—. Cuando abandonó Francia, él…

El estruendo le impidió terminar la frase. Cayó hacia delante y sólo la pericia del francés impidió que se estrellara contra el suelo. Camus lo tomó en brazos, maldiciéndose por haberse olvidado del otro escolta, y lo depositó en una de las sillas de la terraza. Le habían disparado en el vientre, y si no actuaba con rapidez, el hombre se desangraría y la información que había tratado de comunicarle a toda costa se quedaría en el olvido. La sorpresa inicial se tornó en indignación y en furia cuando escuchó el segundo disparo, así que se abalanzó contra el agresor y contraatacó con una cantidad minúscula de Polvo de Diamante. Se oyó un aullido y luego un golpe seco. Lady Patrice continuaba en la puerta de la terraza, mirándolos con el desprecio tatuado en su rostro. La pistola estaba en su mano y estaba dispuesta a usarla.

—Desde el primer momento en que te vi supe que me ibas a dar problemas —gruñó la mujer.

Camus se quedó helado al escuchar su tono de voz. Ya no era la frialdad cortés y educada con la que solía tratarlo. Era odio palpable.

—Tengo que llevarlo al hospital —contestó Camus—. Está muy malherido.

—¡Él se lo ha buscado! —gritó lady Patrice, y la pistola osciló peligrosamente frente a ambos—. ¿Quién le mandaba inmiscuirse en mis asuntos? ¡Nadie! ¡Armand me dejó sola en Aix les Glacés, y se marchó para corretear tras una ramera!

Brochard cerró los ojos y tosió, pero no soltó el brazo de Camus. El francés lo miró; estaba empezando a tomarle afecto al periodista.

—Solo quería hacerme una entrevista —contestó el caballero de Acuario—. No me ha comentado nada de las andanzas de mi padre.

—¿Nada? —ella sonrió de forma macabra—. ¿No te ha dicho el por qué de su obstinación?

De haber esperado un segundo más, Brochard estaría muerto. Ella no dudó en apretar el gatillo aunque no contó con la velocidad cósmica del caballero de Acuario. La pistola terminó hecha un bloque de hielo en el suelo y lady Patrice, una de las mujeres más conocidas en el circuito de la jet set europea, perdía toda compostura al ladrar una gran variedad de insultos al hombre que la había desarmado.

—¡Bastardo! —le gritó ella—. ¡Jamás sabrás quién era la fulana de la que naciste! —trató de soltarse pero sin resultado—. ¡Eres tan despreciable como tu padre! ¡Aristeo tenía que haberte matado! ¡No debiste haber salido con vida de tu maldito entrenamiento!

Camus se acercó a ella y la agarró por las solapas de su carísima chaqueta hasta levantarla del suelo. Le pegó la espalda a la pared y la miró a los ojos, con el cosmos desatado.

—¿Qué has querido decir con esto? —bramó, encontrándose con el desprecio de ella—. ¿Qué sabes de la Orden de Atenea? —una fuerte tormenta se desató sobre sus cabezas—. ¡HABLA!

—Quítame las manos de encima —contestó lady Patrice—. Me alegra saber que Bernard jamás será como tú. No soportaría tener como hijo a un monstruo que controla el hielo.

Camus la soltó, hastiado y dolido. La tormenta arreció y se llevó consigo parte del toldo y las plantas que adornaban la terraza. En el pasillo, Jules Andronne aporreaba la puerta y exigía que lo dejasen entrar. Minutos después, los guardias de seguridad del hotel se encontraron con dos hombres inconscientes en el suelo, una mujer que balbuceaba insultos entre dientes y desperfectos valorados en unos miles de euros. Camus acompañó a Brochard en la ambulancia hasta el hospital, con la condición de volver a prestar declaración en la Gendarmería.

Monsieur, la señora Estela me pidió que lo buscara —el hombre, muy desmejorado, buscó en su chaqueta y sacó un lápiz USB, que le colocó a Camus en la mano—. Tiene usted los ojos de su padre.

El francés se quedó sorprendido por la aseveración.

—Y sus cejas, monsieur. El rasgo que más me llamó la atención.

—No se esfuerce —replicó—. Hablaremos cuando le hayan curado.

Tardaron varios minutos en llegar al hospital. Camus dejó que los enfermeros de urgencias hicieran su trabajo y vio como Brochard desaparecía pasillo adelante con los dos sanitarios, camino del quirófano. Fue entonces cuando reparó en su aspecto, en la sangre y los restos de hielo en su vestimenta. Se acercó a una cabina y sacó la tarjeta.

“Los grandes cambios…”.

Al otro lado de la línea, la voz parecía contenta.

¿Allô? ¿Vas a llevarme ante la Santa Inquisición por mi interpretación liberal del amor?

Apoyó la cabeza en el cristal de la cabina, hastiado de todo lo que le había tocado soportar ese día, pero tuvo fuerzas para sonreír.

—Directo al regazo de Hades —murmuró—. Necesito que vengas a buscarme, la entrevista fue un desastre y aún tengo que pasar por la Gendarmería.

—Algo me comentaron, sí. Dime dónde estás.

—En el Hospital de París, el que está en la mitad de la Avenida Victoria —miró hacia el cielo. Continuaba lloviendo.

—¿Estás herido? ¿Te encuentras bien? —la voz de Gastón mostraba una gran preocupación.

—Yo no. Es Brochard, el tipo que me perseguía. Le han pegado un tiro.

—Estaré ahí en veinte minutos. No te muevas.

Verlo llegar fue un alivio. Traía una bolsa con ropa informal, un aperitivo de la cocina del hotel y ganas de escuchar su periplo. Camus le relató toda la entrevista, la aparición del hombre en la terraza, la pelea con los escoltas y el disparo. Incluso, los insultos de la que pensaba que era su madre, y el lápiz USB.

—Y se ha caminado toda Francia para entregarme esto —le mostró el aparato—. Además, conocía a mi padre. Me dijo lo de mis cejas.

—Vamos a hacer una cosa —dijo Gastón, decidido—. Te llevaré a mi casa y allí podrás estudiar la información con tranquilidad. Tengo un portátil.

—No puedo aceptar —contestó, mientras cruzaban los Campos Elíseos.

—No era una sugerencia. Y ya sabes lo cabezota que puedo llegar a ser.

El caballero de Acuario apretó la mano de Gastón con suavidad.

—Gracias.

—De nada.

La sonrisa del sastre era como un soplo de aire fresco, y Camus descubrió que se sentía mejor si lo tenía cerca. El lápiz USB contenía información vital para su futuro, y un amigo a su lado era lo que más necesitaba.

—Tendré que avisar a mis superiores de este absurdo contratiempo —musitó—. Pero voy a llegar al fondo del asunto.

Lo observó mientras conducía por las calles de París y se imaginó qué habría sido de él si Aristeo no lo hubiera reclutado. Apretó los dientes al comprender que su madre, más bien aquella desconocida, le había robado su infancia y adolescencia y que a sus treinta y pico años no había vivido nada como hombre. Gastón lo miró de reojo y le sonrió.

Camus sintió un hormigueo en el estómago. Definitivamente, había pasado demasiado tiempo actuando como guerrero y no como hombre. Era hora de equilibrar las cosas.