And I miss you when you’re not around,
I’m getting ready to leave the ground.
U2. City of blinding lights

El fuego de Leo comenzaba a apagarse en la Torre Luminosa cuando la lluvia sorprendió al caballero de Géminis asomado a la ventana. Frente a él, el mar de nubes negras que se extendía sobre la siempre bulliciosa Atenas había engullido el monte Pentélico, baluarte que separaba el Ática de la región de los tebanos. Cerró los ojos y dejó que el olor a tierra mojada y a sal lo transportarse a su infancia; su niñez era uno de los pocos reductos donde se sentía seguro, y saboreó cada imagen en el silencio de la noche, mientras el Santuario aún dormía. Además, la primavera había llegado temprana, ya no hacía tanto frío como en el mes anterior.

“Nada es tan frío como el Cócito”.

Apoyó las manos en el marco de la ventana y miró escaleras arriba. El templo de Cáncer ocultaba la silueta del de Leo, y aunque carecía de morador, Saga tenía la sensación de que aquella mole de piedra lo protegía de la mirada inquisitiva del caballero de la Quinta Casa. Habían pasado semanas desde que fue liberado de su prisión en el Monolito, pero aún no se sentía con fuerzas para abandonar la protección de Géminis. Los primeros días los dedicó a dormitar, ayudado por las pócimas y remedios de Aristarco y Dohko de Libra. Cuando se encontró más restablecido, decidió dejar de utilizar su antiguo cuarto y adecuar una de las torres gemelas como dormitorio. Los arquitectos de la Fundación Graude trataron de oponerse al proyecto, pero fue Atenea en persona quién dio luz verde a la obra. No tardó en instalarse en sus nuevos aposentos, y el estar lejos de la armadura y de la terma le proporcionó una cierta tranquilidad.

“Algún día tendré que encontrar el valor suficiente para salir del nido y empezar a pedir perdones a todos a los que Arlés les jodió la vida. Mañana. Lo haré mañana”.

Aioria se la tenía jurada desde que supo que había sido Saga el que ordenó ejecutar a su hermano Aiolos. No hacía falta preguntárselo, era algo que llevaba escrito en su cara desde que se encontraron frente a frente en Muro de los Lamentos. Estaba seguro que si trataba de acercarse a Sagitario, el caballero de Leo arremetería contra él como una bestia desbocada.

Necesitaba hablar con el Arquero, pero a solas, y para ello debía tener muy claro qué iba a decirle y, sobre todo, cómo hacerlo.

“¿Cómo voy a explicarte que estaba harto de que fueras perfecto? ¿Que quería hacerte daño? ¿Que no soportaba que tuvieras una vida más luminosa que la mía? Y lo peor de todo, ¿cómo vas a encajar toda esta mierda?”.

Un fogonazo iluminó el Santuario, pero Saga no se apartó de la ventana. Las tormentas ejercían en él una fascinación hipnótica, la devastación del agua y el viento formando una poderosa unidad. Quizás por eso sus ojos buscaron la Undécima Morada y se recrearon en su estructura, mientras su estómago bullía de agitación. Todo en Acuario: planta, estructura y custodio. A los once años le pidió a su maestra que le hablara de los templos circulares y de sus caballeros. Su contestación fue desmoralizadora.

“Mantienen el voto de celibato”, le dijo. “Si esperas abrirles el culo, vete olvidándote”.

Su mente bloqueó el recuerdo de Solaria, pero el dolor apareció de pronto, agudo y amenazador. Saga sabía que en cuestión de minutos todo volvería a la normalidad, pero aun así, la situación le exasperaba. Masajeó la región donde los Dioskouroi llevaban la estrella, el tatuaje que todos los gemelos de Géminis lucían sobre el pezón izquierdo, y respiró hondo. Uno, dos, tres, uno, dos, tres… el siseo del mantra terminó por poner las cosas en su sitio. Al cabo de un rato, se sentía mejor, más cabal. Más cuerdo.

El amanecer comenzó a pintar el cielo de tonos grises. Había dejado de llover.

“Demos gracias a Atenea por otro nuevo día sobre la tierra, en vez de debajo”.

Cerró la ventana y se dirigió hacia las escaleras, siguiendo la recta que formaban las uniones de las baldosas. Al llegar a los peldaños colocó primero el pie derecho y avanzó pegado a la pared hasta llegar al piso de abajo. Mantener el control sobre los pequeños detalles le hacía sentirse seguro. La sustitución de una megalomanía por una colección de obsesiones podía parecer un paso atrás en la curación de su enfermedad mental, pero Saga tenía la certeza de que respetando esos rituales, se aseguraba de no encontrarse un cadáver flotando en la terma, o que el casco de Géminis conservara sus caras laterales. Sabía lo que sucedería si Arlés emergía del Tártaro donde estaba condenado; se sentía un hombre nuevo y no quería tropezar dos veces contra la misma piedra.

Cruzó hacia el cuarto de baño y abrió el botiquín. Un ejército de botes y cajas lo saludaron en formación de a dos. Eligió uno y sacó un par de pastillas.

“Sigo sin poder dormir por miedo a despertarme siendo esa cosa”.

Llenó un vaso con agua y las engulló. Al dejarlo sobre el lavabo, se enfrentó al reflejo de un hombre cansado de no encontrar soluciones. A sus más de cuarenta años, el porte regio y la expresión soberbia de antaño continuaban intactos, pero en sus ojos se podía vislumbrar una profunda tristeza.

“Mis ojos son el espejo de mi alma. De mi perturbada y degenerada alma”.

Salió del cuarto de baño y se dirigió hacia la cocina siguiendo la junta de las baldosas. En el pasillo se detuvo; las antorchas se habían apagado. La armadura de Géminis estaba situada en su pedestal, con los cuatro brazos en alto, y la claridad que entraba por el frontal del templo proyectaba sombras alargadas en el suelo, similares a los cuerpos mutilados que se pudrían lentamente sobre las nieves del Cócito. Tomó aire y lo expulsó con lentitud. La asociación de imágenes lo asustaba pero no sucumbiría. Él era Saga de Géminis, el que había logrado morir y resucitar, como Lázaro.

“Puedo hacerlo. Quiero hacerlo”.

Buscó el camino imaginario que lo llevaría hasta la cocina y lo siguió con lentitud. Ya había cruzado la mitad del pasillo cuando reparó en que varias placas se habían fusionado y no había línea que las separara. Al dar la vuelta, algo sucedió: el suelo dejó de ser de piedra y se convirtió en una extensión blanca, llena de huesos y de restos de armaduras. Notó como se le secaba la boca y miró a los lados buscando ayuda; sabía que la sensación no era real, que era producto de su mente asustada, pero no tenía idea de cómo detener la sucesión de imágenes que pasaba ante sus ojos. Se pellizcó los muslos con fuerza, pero el dolor no impidió que la ilusión continuara. Trató de mover los pies, pero fue inútil. La risa de la Harpía se escuchaba cada vez más cerca y sus dientes castañetearon a causa del frío.

Un dos tres, un dos tres…

Quería gritar pero se había quedado sin boca, sin nariz, sin ojos; el mantra que le servía de protección se fusionó con sus propios miedos y retumbó como una letanía ancestral, mientras una voz igual a la suya pero que no era la suya hablaba a través de su mente.

Un dos tres, un dos tres…

—La armadura sisea que mate al Patriarca —escuchó.

Un dos tres, un dos tres…

—Kanon se pudre en Sounión por hacerme ver que en mi interior habita la maldad.

Un dos tres, un dos tres…

—Las nalgas de Aiolos huelen a otro hombre que no soy yo.

Un, dos tres, un dos tres…

—Valentine se está acercando y no puedo proteger a Camus.

Un dos tres… Soy tu guardián, y tú eres mío… eres mío… eres mío…

—¿Mi señor?

No lo había visto llegar, pero su presencia lo rescató de la agonía que se repetía en su cabeza. Se agarró al joven mientras ponía en orden las emociones que lo habían dejado en estado de shock. Arlés estaba allí, en su subconsciente, esperando su momento. El muchacho lo abrazó a su vez y acarició la espalda del caballero de la Tercera Casa, que estaba empapado en sudor frío. Tiró de él con suavidad y lo condujo hacia la cocina.

—El… pasillo. El… el pasillo, Menelao, el pasillo.

—Ayer di el aviso a la brigada, mi señor. El encargado me aseguró que lo pulirán esta semana.

Se sentó en la silla y sintió cómo le dolían todos y cada uno de sus músculos. Menelao le extendió la camisola del pijama que Saga utilizó para cubrirse.

—He traído bollos y mermelada de fresa. ¿Le apetece algo de comer? Está saliendo el sol. Espero que Atenea nos conceda un día provechoso.

Saga observó al muchacho, dispuesto a preparar el desayuno. Tenía el pelo similar al del caballero de Pegaso, oscuro y rebelde, con unos ojos grandes que no habían contemplado los estragos de la Época Oscura. Su progresión como guerrero era discreta, pero como asistente no tenía rival. Se dirigía a él con el respeto con el que se trata a las leyendas vivas, y lo veía como una especie de héroe que ha vuelto a casa coronado con los laureles de la victoria.

—Gracias.

—Es mi deber, mi señor.

Saga sonrió. La crisis había pasado, por fin.

—Déjate de “mi señor” y llámame Saga.

—Sí, mi señor Saga.

—Eres un caso perdido, Menelao.

El caballero de Géminis colocó de forma alineada el tenedor, la cuchara y el cuchillo para la mantequilla. Vertió yogurt en un bol y lo coronó con cereales formando una pirámide perfecta. Untó mermelada en la tostada desde arriba hacia abajo, tres pasadas. El joven le llenó la taza de café con leche.

—Desayuna conmigo. Por favor.

El muchacho se quedó sorprendido ante la petición.

—La comida es un ritual que se realiza entre pares. Tú también eres géminis, y valoras esto de la misma manera que yo, así que… coloca las posaderas en la silla.

Menelao se sentó sin abrir la boca y tenso como si se hubiera tragado el palo de una escoba. El ático le ofreció bollos y mermelada.

—¿Se puede saber qué te ronda por la cabeza? —le preguntó entre curioso y divertido—. Casi te oigo pensar.

—Se trata… de una petición muy especial, mi señor.

—Te escucho.

—Solicito formalmente que se convierta en mi erasta, señor.

El ático alzó las cejas. Menelao estaba rojo como la grana y concentrado en asesinar la servilleta. Tenía los arrestos suficientes para pedirle que se convirtiera en su amante pero no era capaz de mirarlo a los ojos.

“Por los espectros, muchacho. Menos mal que tu cosmos no está entrenado, o tendríamos el menaje flotando como si fuera un cinturón de asteroides”.

—¿Solicitas? —preguntó. Envió oleadas de calor y de paz a través de su cosmos, envolviendo a su jefe de personal. Menelao sonrió con timidez.

—Ya sé que es la tercera vez que se lo pido y que siempre se ha negado, señor —tomó aire—. Yo comprendo que se tome mi petición con recelo, porque sólo soy un asistente y no un caballero —siguió apretando los dedos hasta dejarse los nudillos blancos—. Pero el hecho es que me siento muy unido a usted, y cuando lo encuentro en el pasillo, quieto y callado… Yo, yo quiero que sepa que… yo movería el mundo si usted me lo pidiera.

Saga se levantó y rodeó la mesa para colocarse al lado del joven. Acarició su hombro, se inclinó y le elevó el mentón. Menelao tenía ojos inocentes, puros, ojos jóvenes y con un mundo por descubrir. No sabía nada del Cócito, de lo que era estar a merced de un degenerado. De lo que era alejar al compañero al que amaba por miedo a hacerle daño.

—Por Atenea, jovencito… te lo dije la última vez; ya no vivimos en la época de Pericles, yo no soy ningún filósofo que alterne los baños con el gimnasio ni tú un efebo que necesite ser patrocinado a cambio de revolcones. Es cierto que tengo edad para ser tu erasta, pero, deberías buscar a alguien más joven, en vez de fijarte en un vejestorio como yo.

Guardó silencio mientras lo miraba con una pizca de curiosidad. La constitución del ateniense era fibrosa y su piel lampiña estaba salpicada de pecas, que se marcaban cuando el joven se sentía amenazado, dolido o confuso. Arlés no habría dudado en llevárselo a la cama y tomarlo de todas las formas posibles, pero el Saga renacido era un hombre nuevo. No quería más dolor en su pecho ni más gritos en su cabeza.

Menelao se estiró el uniforme y carraspeó. Su mente era un caos.

—No diga eso. Usted no es un vejestorio.

—Tengo veinte años más que tú —tomó asiento y revolvió los cereales en el sentido de las agujas del reloj. Tres vueltas.

—Me gustan los hombres con experiencia.

El joven ya se había recompuesto de su ataque de ternura y volvía a ser la piedra fija en el océano agitado de Géminis. Quizás era hora de zanjar la situación porque sus avances lo volvían más osado.

—Mi respuesta sigue siendo la misma. ¿Por qué insistes?

—Porque es usted fascinante —replicó el otro con rapidez, como si tuviera la respuesta preparada.

—Y, sin embargo —Saga se limpió los labios con la servilleta que dobló con cuidado—, aunque eres capaz de pedirme sexo disfrazado de práctica arcaica y te insinúas cuando me ves flaquear, sigo siendo el señor Saga. Mi señor Saga.

“No creo que te gustara convertirte en un nuevo Milo para mí”.

—No… puedo evitar el pensar en usted como…

—Menelao —lo interrumpió—. Te agradezco todas las atenciones que me prestas, tu compañía y tu protección, pero soy un caballero dorado que se cayó de un monolito tras comandar una insurrección desde el Inframundo. Todo eso lleva implícito un erotismo que a veces… no se puede ignorar.

El joven lo miró a los ojos. Parecía confundido.

—Amas lo que represento, no lo que soy.

Menelao tomó aire, con la mente centrada en buscar las palabras precisas para argumentar su alegación. Saga lo sabía: ambos eran géminis, no aceptaban la derrota.

—Usted es la persona en la que quiero convertirme, señor.

El ático sonrió con tristeza. Cuando cerraba los ojos podía escuchar los gritos de su hermano diciéndole que jamás sería puro, que la semilla del mal había anidado en su interior. Eran tan nítidos que sentía al propio Kanon susurrándoselos al oído, aunque no tuviera idea de dónde se encontraba su hermano, si es que seguía con vida. La estrella de la conjunción de Géminis, la que se encendía cuando ambos gemelos alcanzaban la consonancia, no brillaba. La maldita seguía opacada. Oscura.

“Muerta”.

—No te conviertas en mí. Ya hay suficientes Sagas en el mundo, pero hay pocos Menelaos —bebió un sorbo de café y cambió de tema radicalmente—. Por cierto, ayer me encontré con Teseo. Mantuvimos una agradable charla en la puerta del templo, mientras tú ibas a por la intendencia semanal.

La pose del muchacho desapareció y se le incendiaron las orejas. Aún mantenía el control de los músculos faciales, pero las ondulaciones en su córtex eran como un libro abierto para Saga.

“No debería divertirme tanto con esto, pero…”.

Elevó sutilmente su cosmos y apoyó las manos en la mesa. Las piedras del Templo y la armadura sisearon en su lengua primigenia y lo invitaron a reclamar el poder real de Géminis, pero Saga no quiso escucharlas, al menos no en esa ocasión. Se dedicó a buscar alguna brecha en las defensas mentales del joven, que no tardó en encontrar: una membrana de protección que se replegaba sobre su región temporal, y que protegía como una serpiente celosa todos los recuerdos relacionados con Teseo.

“Pues sí que te gusta. Más de lo que quieres reconocer”.

—¿Vino a saludarle?

—La verdad es que no. Nos encontramos por casualidad, cuando él se dirigía a Acuario —untó mermelada en un trozo de pan. Le seguían gustando las fresas.

—Teseo es un hombre muy reservado.

—Yo soy psíquico —le recordó con una sonrisa—. Al principio le costó soltarse pero luego tuvimos… una conversación muy agradable.

Menelao se removió en su asiento.

—Incluso hablamos de ti —dijo, sin darle importancia.

—¿De… mí?

Saga lo miró a los ojos y mordisqueó la tostada.

—De ti y de tus… ¿cómo decirlo? —se preguntó— actividades. Le dije que buscabas un erasta, que tenías el anhelo de ser iniciado al estilo dorio, y que yo ocupaba un puesto destacado entre los candidatos.

El muchacho dejó la cuchara sobre la mesa y aferró la servilleta hasta estrangularla. Estaba pálido y había comenzado a sudar.

—Si tuviera que definir la reacción de Teseo, sólo me cabe decir una palabra, Menelao —continuó—. El mayordomo de Acuario estaba celoso. Muy celoso, diría.

—Por… Atenea

—Y para que no le quedara ningún género de dudas, le conté los pormenores de todos tus avances en ese tema. También le recalqué lo joven y ardiente que eres, lo apasionado y temperamental. Digamos que —tiró de las fibras mentales del joven, amplificando la desesperación—, tus oportunidades de entablar algo con el atractivo Teseo empiezan a desvanecerse.

Menelao no dijo nada. Simplemente se limitó a tragar saliva y a contener sus emociones, aunque ya era tarde para eso. Saga había excitado parte de la corteza cerebral cercana al su lóbulo temporal y su cuerpo reaccionaba ante un bombardeo de escenas de fuerte contenido sexual con Teseo como protagonista.

“Creo que ya es suficiente, al menos durante una temporada”.

Menelao lo miró a los ojos como un cachorro herido, y Saga lo liberó de su castigo.

—Pídele a él que te inicie, y déjale bien claro que si lo hace, no sea por una costumbre arcaica, sino por amor. Si te rechaza, entonces, te aceptaré.

El joven alzó las cejas, sorprendido.

—No pongas esa cara, por Atenea —replicó el griego—. No es propio de nuestra Casa el dejar las cosas sin finalizar.

—Teseo siempre ha sido un hombre muy distante —se atrevió a decir Menelao—. Yo lo veía bajar desde Acuario durante mis guardias, y aunque solía saludarme y hablar conmigo, me parecía inalcanzable.

“Todos ellos lo son”.

—Lo intenté con algunos compañeros, pero él estaba ahí, clavado en mi pensamiento —continuó—. Y es mayor que yo, cosa que a mí me gusta mucho, porque siempre me han atraído los hombres expertos, aunque no descarto a las mujeres —se le escapó una risilla nerviosa—, y además es ruso, ya sé que lleva aquí mucho tiempo, pero ese acento suyo…

—Te enloquece.

—Sí.

—Te entiendo muy bien —apostilló el griego.

El muchacho se removió en la silla. Saga volvió a llenarle la taza de café y le extendió el azucarero. Menelao le devolvió la mirada, avergonzado y temeroso.

—No quiero dejar esta Casa. Ni a usted, mi señor Saga. No soporto verlo perdido, quiero ayudarlo —se le notaba preocupado por la reacción del griego—. Quiero ayudarlo —repitió.

Saga se levantó y lo besó en la boca con un cuidado exquisito. Ya había recibido castigo suficiente.

—Ya lo haces, jovencito. Más de lo que crees.

—Su presencia me hace sentir a salvo.

El ático sonrió. Arlés se habría reído a carcajadas ante esa aseveración pero ahora era Saga quién llevaba las riendas. Caminó hacia el cuarto de baño y se encerró dentro.

“Tienes que ir a Siberia. Allí te espera un discípulo”.

Ignoró el espejo, temeroso; lo último que deseaba era encontrar en su rostro indicios del hombre que antepuso sus propios deseos a los del Santuario. No dejaba de recordar el día en que le entregó a Camus la orden de entrenar a un joven en la región más alejada de Atenas, y de la cara que puso el caballero de Acuario cuando la leyó. Camus alegó que era muy joven para ser maestro y que sus técnicas no estaban depuradas, pero a Arlés no le importó. Sólo buscaba separarlo de Milo, fuera como fuera. La distancia enfriaría la relación del francés con el Escorpión, y ese amor desesperado se convertiría en un mal sueño.

“¿Cómo voy a explicarte que no quería compartirte con ese individuo, y que te quería para mí solo? Me encantaría poder olvidarme de toda esta mierda pero mi memoria me fustiga una y otra vez”.

Abrió la ducha y dejó correr el agua durante tres minutos exactos. Se quitó el pijama y lanzó un suspiro. Debía volver a acostumbrarse a la disciplina habitual del Santuario, y ésta empezaba por el mantener el decoro.

“Espero no encontrarme ninguna túnica papal escondida por el Templo”.

Acarició la herida de su torso, la cicatriz que el báculo de Atenea había dejado sobre su piel. La forma le recordaba el signo de Sagitario, la flecha incandescente que se abría paso en la oscuridad.

“Lo siento mucho, Aiolos”.

El agua estaba templada, lo suficiente para darse una ducha rápida con la que comenzar el día. Tardó seis minutos en lavarse y aclararse la melena, y tres más en enjabonarse el cuerpo entero. Se cubrió con un albornoz y salió. Menelao le había dejado el uniforme de entrenamiento junto a la puerta.

—Acaba de llegar un mensajero, señor. Aristarco lo invita a pasarse por su nuevo despacho.

—¿Despacho? —Saga se vistió de forma ordenada: ropa interior, pantalones, casaca y tobilleras. Se ató los cordones con precisión geométrica—. ¿Ya no hace los exámenes médicos en el quinto barracón?

El joven le alargó una toalla para el cabello, aún húmedo. Se lo secó y peinó.

—Se ha trasladado. Ahora tiene una consulta con aparatos muy modernos. Cortesía de KidoMedics.

—No le haré esperar, entonces.

Tomó aire y miró al frente. El pasillo estaba completamente iluminado.

—Le acompaño hasta la puerta, señor.

—Muchas gracias, jovencito —le contestó con una sonrisa.

—Que Atenea le proteja y guíe sus pasos, mi señor Saga.

Se despidió de Menelao y bajó las escaleras despacio, comprobando los horrores que había dejado la última Guerra Sagrada. Los templos comenzaban a despertarse y el sol se asomó tras la silueta del Pentélico, de nuevo presente. Aspiró el aroma de la tierra mojada al cruzar Aries, que bullía de actividad. Los obreros se afanaban en adecentar la nueva Casa.

—¡Buenos días, señor!

—Buenos días —Saga los saludó de forma respetuosa y continuó su camino.

Cruzó los campos de entrenamiento y sorteó los andamiajes que sostendrían las estructuras de los nuevos edificios. Le pareció una excelente idea; la diosa se estaba empleando a fondo en sacar el Santuario a flote. Quizás era parte de su política de relaciones con el exterior y con otros panteones. Menelao le había dicho que estaba en Atlantis, en visita diplomática a uno de sus mayores enemigos, Poseidón.

“Tengo ganas de verte, Camus. Me gustaría verte, aunque sólo fuera una vez”.

No tardó en encontrar el nuevo hospital; lo que fue una pequeña enfermería con útiles para curar contusiones se había convertido en un complejo de edificios de corte clásico con más de cincuenta habitaciones, quirófanos, salas de rehabilitación y la tecnología médica más moderna. En la entrada principal estaba el emblema de Asclepio sobre el casco corintio que simbolizaba a la diosa de la guerra justa. Saga tragó saliva y se agarró la cabeza. Su psique no percibía ninguna reverberación de la mole de roca y mármol que tenía enfrente. Estaba silenciosa. Muda.

Muerta.

“El auténtico castigo no es morir. Es sentir cómo desapareces, poco a poco, sin poder hacer nada para evitarlo. Esto es el Cócito. Y aquí no eres Patriarca, ni caballero, ni hombre. Aquí no eres nada”.

Miró a los lados pero no vio ninguna cara conocida. Los ojos de los aprendices estaban velados, como si alguien los hubiera dejado ciegos a propósito. Apretó los puños y buscó una línea para caminar por ella. Se encontró con un suelo sin terminar de pavimentar, lleno de guijarros y de arena.

“Aquí viene otra vez… Que alguien me ayude”.

Su plegaria no recibió contestación. Elevó el cosmos y las piedras flotaron a su alrededor. Las lanzó hacia delante en una táctica desesperada y al caer formaron un pequeño pasillo por el que transitar. Agotado, respiró con alivio: había conseguido encontrar una solución sin quedarse en un estado catatónico. Subió el primero de los escalones tratando de controlar el temblor. En la puerta, lo esperaba un rostro conocido.

—No me extraña que digan que eres el caballero más cercano a los dioses.

Aparentaba poco más de veinte años, pero todos sabían que había rebasado los doscientos. Extendió la mano y tomó la de Saga con fuerza. El ático sintió un estremecimiento que lo calmó por completo.

—Que le pregunten a Hades por eso, Roshi. Seguro que le gustaría mandarme al Olimpo de una patada —bromeó.

—Sería una patada divina… o una divina patada. Poco conveniente para ese culo tuyo —rió el otro mientras sorteaba los plásticos que cubrían el mobiliario. Saga arrugó la nariz; todo el pasillo olía a pintura. El suelo era de mármol blanquecino, con dos listas de grecas a los lados. Perfectas para caminar entre ellas.

—A pesar de todo, no has perdido tu particular sentido del humor —murmuró el ático. Dohko abrió una puerta y ambos entraron en la nueva consulta de Aristarco, que los esperaba colocando sus manuales en los estantes de su biblioteca.

—Estoy contento con mi aspecto, no puedo negarlo —replicó el chino—. Hacía más de doscientos años que no me veía esto que ya sabes, ya sabes —hizo una mueca pícara que señalaba a su entrepierna—. ¡Así que tener poluciones a mi edad es como un milagro!

El sanador se giró y los miró para luego reírse a carcajadas. Se acercó a Saga y lo estrechó entre los brazos.

—Muchacho, bienvenido a mi nueva casa.

El griego sintió ganas de echarse a llorar. Tenía los nervios a flor de piel desde la crisis, así que se agarró a su espalda y lo abrazó con fuerza, como si estuviera aferrándose al tronco de un árbol. Dohko le puso la mano en el hombro y apretó. Fue suficiente para que se tranquilizara.

—Ya sé que es difícil —murmuró el chino.

—Me siento abrumado —respondió Saga cuando tomó asiento—. Esas pastillas hicieron efecto al principio, pero ahora…

—¿Cuántas crisis has sufrido hoy?

—Dos. Y ni siquiera son las diez de la mañana.

El médico y el caballero de Libra se miraron un instante y Dohko salió de la consulta sin mediar palabra. Aristarco lo invitó a que se sentara en la camilla.

—Cuéntame qué síntomas tienes. Y quítate la casaca. Vamos a ver cómo andan esos puntos estrellados.

Apretó el puño al escuchar las palabras, puntos estrellados. Todo lo relacionado con Géminis le recordaba a Kanon de una forma dolorosa y cruel, y hubiera dado cualquier cosa por tenerlo delante y abrazarlo. Por agradecerle lo que hizo por él, por la casa, por el Santuario. Por haber vestido la armadura dorada a pesar de los desprecios de Solaria y los suyos propios, al abandonarlo a su suerte en el Cabo Sounión. Por haber sido el niño alegre y despreocupado que siempre quería estar a su lado. Por haber adiestrado a Fidípides a dar la pata y a sentarse. Por conseguir que un día lluvioso se convirtiera en uno soleado y lleno de luz.

—No merezco estar vivo —susurró.

El médico sacó un estetoscopio de su maletín y luego conectó un ordenador portátil a un amasijo de cables bajo la mesa. Saga se quitó la ropa y la dejó doblada sobre la camilla. Sus ojos siguieron las líneas de las baldosas hasta llegar a la pared.

—Tienes muchos asuntos pendientes que debes solucionar —le comentó el sanador—. Atenea lo sabe.

El caballero de la Tercera Casa colocó las manos sobre sus rodillas y guardó silencio.

—Luego irás a la enfermería para que te extraigan sangre. La muestra de orina no es necesaria esta vez.

—¿Qué ocurrirá cuando él aparezca de nuevo y yo no tenga fuerza para hacerle frente? —Saga buscó la mirada del médico, que calibraba un medidor óptico de distancia.

—Que lo reduciremos a lo que es, algo que tú puedes mantener bajo control. Ten confianza.

—La pierdo cada día que pasa.

El médico se sentó en un taburete y comenzó a medir las distancias entre los puntos estrellados. Las introdujo en el ordenador y esperó. Saga alzó las cejas, asombrado.

—¿Desde cuando utilizamos este tipo de tecnología?

—Desde que la diosa a la que representamos tiene negocios en la industria informática, amigo mío—. En la pantalla, una imagen miniaturizada de Saga daba vueltas sobre su eje y mostraba los nódulos cósmicos en su cuerpo. La constelación de Géminis apareció superpuesta sobre el modelo y rotó en torno al caballero. Aristarco apretó un botón y meneó la cabeza al ver la hoja de datos impresa.

—Según mis apuntes, la actividad de tu estrella principal ha oscilado entre estos picos —le enseñó la hoja a Saga, que estudió en silencio—. Todo parece indicar que en cada variación espectrométrica, has sufrido un ataque, como si tus crisis siguieran un patrón.

El caballero de Géminis asintió.

—¿Y en esta parte? —preguntó—. No hay mediciones.

—Fue en la época en la que… no estabas en Atenas —contestó Aristarco.

—Estaba debajo de Atenas. Debajo del maldito mundo a donde no debí volver.

Sobre ellos cayó un silencio incómodo, interrumpido por el sonido de los clics del ratón. Saga sentía unas terribles ganas de llorar, pues no había encontrado a nadie que pudiera ayudarlo a soportar la terrible carga que llevaba sobre sus hombros. Se clavó los dedos en las rodillas hasta dejarse los nudillos blancos. Tenía que intentarlo, salir del agujero y levantarse, pero estaba perdido y no veía la salida. Al igual que hacía sólo unas horas, escuchó una voz idéntica a la suya pero que no era la suya, y se puso en guardia.

Un dos tres, un dos tres.

—La risa de la Harpía es cruel, y sus dientes cortan como cuchillas —escuchó.

Un dos tres, un dos tres.

—Tengo que correr pero me falta la mitad de la pierna —el eco de su propia voz le daba escalofríos.

Un dos tres, un dos tres… Me gusta el sabor de tu carne, Saga. Te voy a comer entero.

Su cosmos explosionó de forma violenta y la habitación se oscureció hasta volverse completamente negra. Alzó la vista al techo que ya no era techo, sino el tapiz sangriento del Cócito y corrió a esconderse. Valentine acababa de salir de Caína y se le notaba dispuesto a continuar con el juego macabro que empezó con Camus y que ahora tenía como estrella invitada a Saga. Tras rogarle al guerrero de Aries que protegiera al francés, él mismo se había ofrecido a ser el festín que calmara la voracidad de la Harpía. Se parapetó tras una roca y buscó algo con lo que defenderse, pero lo único que había a su alrededor eran huesos, piedras y nieve. Mucha nieve.

“¿Saga? ¿Puedes oírme, Saga?”

Se frotó los brazos, o más bien lo que le quedaba de ellos, para entrar en calor. Alguien lo estaba llamado, pero no sabía quién era. Se asomó y trató de localizar al espectro entre aquella masa blanca, pero no vio a nadie. Estaba completamente solo.

“¡Saga! ¡Por Atenea, Saga! ¡Contéstame!”

Estaba seguro que alguien lo llamaba, pero, ¿quién podía ser? Se giró y aferró un fémur a modo de garrote, listo para ofrecer resistencia. Si Valentine quería seguir devorándolo, se lo iba a poner difícil; Saga no era un hombre que estuviera acostumbrado a acatar órdenes sin más. Salió de su escondite y decidió enfrentarse al monstruo, con la esperanza de que lo pulverizara y terminara de una maldita vez con aquel suplicio. Corrió con el arma en alto y gritando como habrían gritado los Diez Mil, hasta que se encontró con una figura dorada que caminaba hacia su posición. Se frenó en seco y el hueso cayó a sus pies. Conocía al hombre que le sonreía en aquel paraje inhóspito.

“Ven conmigo. Yo soy tu mitad”.

El corazón le dio un vuelco al escuchar su voz. ¿Estaba delirando? Se mantuvo alerta, temeroso de que fuera una ilusión y que desapareciera al tocarlo, aunque sus sentidos y su cosmos le gritaban que era real. Portaba una armadura dorada que emitía un pulso de energía rítmico, similar al latido de un corazón. La capa parecía estar tejida por las hebras que formaban el continuo espaciotemporal y el casco bajo su brazo lo miraba con sus ojos rojos. Los ojos de una bestia.

“No hemos nacido para estar solos”.

El recién llegado extendió la mano y sus dedos acariciaron la piel de Saga, marchita y desgarrada. Se quitó la capa, se la colocó sobre los hombros maltrechos y le sonrió. El ático jadeó al mirarlo. ¡Apenas había cambiado! Quiso decirle mil cosas: que sentía haberse separado de él, que la locura lo había llevado por un sendero doloroso y cruel, que estaba orgulloso del hombre en el que se había convertido, pero no fue capaz de articular palabra. Los brazos de Kanon lo resguardaban del frío y de la hostilidad del mundo una vez más.

“Deja de llorar. Ya estamos juntos”.

La Harpía se acercó a ellos a gran velocidad, con las alas abiertas y una sonrisa sádica dibujada en el rostro. Saga buscó el fémur para lanzárselo, pero Kanon se colocó delante de él para protegerlo. Explosionó el cosmos de una forma salvaje y primigenia, ancló los pies en el suelo nevado y atacó.

Una andanada de nieve, huesos y piedras salieron disparados hacia el cuerpo del espectro, que se estrelló contra el suelo a causa de la violencia del impacto. El caballero de Géminis se separó de su hermano; su extraña armadura hervía de tal manera que temía abrasarse si continuaba pegado a él. Miró hacia arriba de forma instintiva, y se encontró con una sorpresa que no esperaba: en el cielo rojizo, la silueta de los gemelos dioskóuros estaba mutando en otra figura, en un círculo anaranjado que albergaba una brecha espacio temporal. Se frotó los ojos y sacudió la cabeza, convencido de que estaba sufriendo una alucinación cuando reparó en que sus propios puntos estrellados habían empezado a brillar en su cuerpo, ya restablecido. Su reacción fue instantánea. El poder de Géminis respondió a su llamada y la onda expansiva de la Explosión de Galaxias elevó a Valentine por los aires y lo lanzó hacia Caína, de donde nunca debió haber salido. El punto luminoso de su muñeca latía con tanta furia que creyó que se calcinaría, pero había valido la pena. Por fin le había pagado a la Harpía con su propia moneda.

“Déjame llevarte a casa”.

El círculo dorado, semejante a un sol radiante, latía sobre sus cabezas y amenazaba con tragarse el Cócito entero. Kanon extendió el brazo y enlazó los dedos junto a los de Saga, de tal manera que las estrellas de la muñeca quedaron una contra la otra. El caballero de Géminis lanzó un gemido cuando la frialdad del pasillo espacio temporal le mordió la piel. Casi no recordaba lo que se sentía al caminar entre las dimensiones, pero le pareció una experiencia sublime, porque notaba cómo la vida volvía a correr por sus venas. Cuando su gemelo fijó el portal de salida y lo depositó sobre una superficie blanda, supo que la despedida sería corta, ya que pronto regresaría a su lado.

—Vu… elve.

Estiró la mano y se encontró con otra mano, igualmente dorada, pero diferente a la de Kanon. Abrió los ojos y alzó las cejas al contemplar el desastre que reinaba a su alrededor. Aristarco tenía una brecha en la cabeza y Dohko llevaba puesta la armadura de Libra. Ambos lo miraban preocupados.

—Saga, ¿puedes oírme?

—Sí —susurró de forma casi inaudible—. Lo… he visto.

—¿A quién? —preguntó el chino.

—A… Kanon.

Le mostró la muñeca, con la estrella irradiando luz. Dohko se sentó en un taburete y la escrutó.

—Está vivo. Alabada sea Atenea. Aristarco, prepara la solución. Tres partes de aceite, recuérdalo. Los sellos llegarán pronto.

El médico sorteó los restos de su despacho y tomó una caja labrada entre las manos. Al abrirla, Saga percibió el poder que emanaba de ella.

—¿Sellos?

—Las pastillas ya no sirven para contener tus ataques, eso es obvio —señaló el mobiliario destrozado—, así que hemos recurrido a algo más tradicional. Aristarco, dame algo con qué sujetarlo.

El griego trató de levantarse pero el caballero de Libra se lo impidió.

—Es una técnica milenaria. La hemos ido desarrollando desde que supimos la existencia de Arlés.

—¿Conocías… mi problema? —El guerrero de la Tercera Casa tragó saliva—. ¿Lo sabías y aún así…?

—Confía en nosotros. Esta vez no estarás solo.

Dohko se dirigió a la puerta y apartó el biombo y los restos de un armario auxiliar para dejar paso al recién llegado. El hombre, vestido al estilo de los guerreros de Jamir traía un ánfora cubierta de letras griegas en su mano.

—Has tardado mucho —se quejó.

—La alquimia no es una ciencia a la que se le pueda meter prisa, caballero de la Balanza —el guerrero de Aries se dirigió hacia Saga, que lo miraba atónito—. Un poco de paciencia te vendría muy bien. Bienhallado, Saga —le sonrió de forma sincera—. Atenea te proteja en este día.

Saga lo agarró de la muñeca y alzó la mano para tocarle el rostro. Shion sonrió y se quedó quieto; los puntos que lo distinguían como custodio de la Primera Casa reaccionaron al contacto con un pulso lumínico.

—Estás… vivo. Estás…

—No te preocupes por nada. Estamos aquí para ayudarte. Ahora, tienes que relajarte. He traído unos sellos de contención cósmica que evitarán que sufras esas crisis tan fuertes.

—Shion —susurró el otro—. Perdóname. Per…

Rompió a llorar por primera vez en mucho tiempo, y sollozó entre los brazos del hombre que había sido su víctima, veinte años atrás. Cuando se separó, la losa que le oprimía el pecho había desaparecido. Sabía que el camino no sería fácil, que los otros caballeros le pondrían un sinfín de impedimentos, que incluso su hermano podría negarse a verle, pero él era Saga de Géminis, el hombre que no sabía rendirse.

Cerró los ojos y se dejó hacer. El mundo a su alrededor dejó de importarle, puesto que Dohko y Shion le habían aplicado sellos que lo hicieron caer en un letargo tranquilo y reparador. Y por primera vez desde que había vuelto a la vida, no tuvo ningún tipo de sueños.