We’re hunted by the past,
Dark prodigies of gloom
We’re never meant to last, forever
Gothminister. Darkside

—¡Maestro Dohko! ¡Necesitamos su ayuda en Aries! ¡Maestro Dohko!

—¡Deja de berrear, alelado! ¡El maestro está descansando!

No hay nada más eficiente que el instinto de supervivencia de un guerrero: un sistema perfecto que lo mantiene siempre alerta, preparado para atajar cualquier contingencia en los momentos más insospechados. Cuando el de Dohko de Libra detectó los gritos, activó todas las alertas corporales y en pocos segundos cruzaba su despacho para averiguar quién estaba armando tanto alboroto en el pasillo del Séptimo Templo. Tras abrir la puerta, el recién nombrado Patriarca se encontró con un joven que, por el uniforme, pertenecía a la casa de la Cabra Montesa. Polixena, su jefa de personal, estaba a su lado, con cara de pocos amigos.

—Lo siento mucho, maestro —se excusó la chica—. No pude detenerle.

—No importa, Polixena —Dohko se centró en el recién llegado—. ¿En qué puedo ayudarte, jovencito?

—M—maestro… me disculpo por la forma de presentarme en su Templo —tartamudeó el muchacho, cuadrándose ante el caballero de oro—. Mi nombre es Iantho, y soy el doncel de la Casa de Capricornio —tenía la mirada clavada en la pared, por encima del hombro del chino—. El señor Shion requiere su presencia en el taller de Aries, ¡y me recalcó que era muy urgente!

—¡Guarda la compostura, Iantho! —le reprochó ella—. Tus gritos retumban por todo el pasillo.

—Vamos, vamos, un poco de calma —Dohko apretó con suavidad el brazo del joven. Una pequeña onda cósmica penetró a gran velocidad a través de los nervios hasta llegar a su córtex cerebral, y desentramó por el camino varios nudos que aliviaron su desasosiego. Iantho soltó el aire contenido y carraspeó. Ahora sería mucho más sencillo hablar con él.

—Se trata de mi señor Shura, maestro —las palabras fluyeron con libertad. Dohko observó con detenimiento las expresiones del rostro del español, afilado como el del aludido. Prefería eso a colarse en su mente y bucear en sus emociones buscando el motivo real de su angustia. Sus ojos, oscuros, reflejaban preocupación y miedo, y todo su cuerpo estaba en tensión, preparado para atacar… o para huir.

—Acompáñame al taller, Iantho.

Un viento repentino apagó las velas y removió el mar de papeles que asediaban la mesa de su despacho y parte del sofá, producto de una larga noche de estudio. El cielo se volvió gris, como si augurara un mal presagio. Polixena le dio a Dohko ropa limpia y adecuada para su rango de Patriarca. El caballero de la Séptima Casa sonrió con ternura a la muchacha, que por fin se había atrevido a abandonar la máscara. Ese era otro punto que debía tratar con la diosa cuando volviera de Atlantis: la ley Amazona.

“Con calma, Dohko. Aunque parezcas un muchacho, sigues siendo un viejo. Y las leyes van despacio, sobre todo, ésta”.

—Maestro, no habrá vuelto a quedarse dormido con la ventana abierta, ¿verdad? —preguntó ella mientras lo ayudaba a vestirse. Su rostro poseía una armonía tal que Dohko se maldijo por no haber tratado de derogar algo tan absurdo como arcaico.

—Aristarco perdonará mi descuido, querida —le contestó él, tranquilizándola—. Si me permites decírtelo, hoy estás especialmente bella.

—Ordenaré este desastre —replicó la amazona, ruborizada—. Y por favor, tenga mucho cuidado, Maestro. Tengo un mal presentimiento.

—Voy bien acompañado, descuida.

El caballero de Libra se acercó al tótem del Armero y se decantó por el escudo y la lanza. Los extrajo y salió del Templo con paso decidido, mientras Iantho lo seguía hecho un manojo de nervios. Si Shion necesitaba verlo con urgencia y no había establecido una conexión mental, sólo podía significar una cosa: que lo que había visto en el examen realizado al caballero de Capricornio desaconsejaba cualquier interferencia cósmica. Imprimió velocidad a sus pasos, y cuando llegaron a las escaleras de la entrada, giró a la izquierda, buscó el paso oculto y se adentró en la montaña, siguiendo uno de los túneles que servían de atajo para cruzar el Santuario y que morían en los campos de entrenamiento.

—Cuéntame qué ha sucedido, muchacho.

—Yo —la voz de Iantho retumbó contra la roca, fuerte y varonil, mientras miraba impresionado los famosos corredores que sólo unos pocos conocían. El fuego crepitaba en las antorchas, alumbrando el pasillo tallado en la piedra—, estaba en Aries, ayudando a los alquimistas a ordenar el nuevo taller, cuando hubo una fuerte explosión.

Dohko se puso en guardia.

—¿Explosión? —enfocó la antorcha al rostro del joven—. No puede ser. Yo no sentí… nada

—No fue una explosión normal, Maestro —puntualizó Iantho—. Una de las baldas cedió, y gran parte de las herramientas celestes se cayeron al suelo. Al chocar unas contra las otras…

—Se generó un Agujero de Vacío, propiciado por la colisión de los restos de las armaduras que se habían quedado fijadas en las herramientas —interrumpió el caballero de Libra, explicándole lo que había sucedido—, el polvo de estrellas y el cosmos impregnado en las piedras del Templo de Aries. Sí, conozco el fenómeno —añadió con preocupación—. Y no, no es la primera vez que ocurre algo así.

“Esto no pinta bien. Aún recuerdo la historia que me contó mi maestro sobre el alquimista maldito Céphisos y lo que le sucedió a su ojo. Todavía hoy se me ponen los pelos de punta”.

Serpentearon bajo la montaña sagrada hasta que llegaron a las escaleritas de la entrada a Aries. El templo estaba completamente terminado, con piedras idénticas a las utilizadas por los primeros constructores para erigir la casa del Carnero Blanco, muchos siglos atrás. Aparentemente todo estaba tranquilo, quizás en exceso. El único rastro cósmico que percibió fue el de los restos de su confrontación con Shion, en la última guerra santa.

“Debo buscar una manera de limpiarle el aura a estas rocas. A veces gritan tanto que me resulta insoportable pasar por aquí”.

Alzó su cosmos y envió un pulso contra la estructura del templo en una frecuencia adecuada para avisar a Shion de su presencia. Al no recibir respuesta, se encajó el escudo y colocó el tridente sobre él tal y como lo haría un hoplita preparado para cargar contra el enemigo.

—Ponte detrás de mí. A mi orden, irás al Templo de Leo y despertarás a Aioria. Cuando lo hagas, que se ponga la armadura.

—Aioria. Armadura —repitió Iantho.

—Tendrás que arrancarle el sello que tiene sobre el pecho. Aioria rugirá de dolor, pero no te preocupes. Aún no se ha comido a nadie. —Bromeó.

—Sello. Entendido, maestro. Estoy listo.

Entró en el templo con los sentidos alerta y el cuerpo completamente en tensión. El pasillo estaba en penumbra, aunque había luz suficiente para pasar sin tropezar con los andamios y los restos de las obras de acondicionamiento. El doncel —título que sólo ostentaban los mayordomos de la casa de Capricornio— lo seguía con cautela.

—¿Shion? Iantho me ha dicho que necesitabas verme —dijo en voz alta.

Al no recibir contestación avanzó siguiendo el sendero que dibujaban las grecas del suelo. Pensó en Saga y en cómo se las había ingeniado para crearse sus propios caminos sin dejarse llevar por la oscuridad de su dolencia. Era el vivo ejemplo de la superación.

—¿Shion?

Se detuvo ante el pórtico labrado del taller de alquimia. El repujado estaba intacto, así como las bisagras y gran parte de los grabados de la madera.

—¿Soy merecedor de cobijo en ésta tu morada, custodio del Primer Templo?

La puerta se abrió con un sonoro chirrido y la imponente presencia del antiguo caballero de Aries dejó sumido a Dohko y a su acompañante en un eclipse parcial. El guerrero de Libra se irguió pero no fue suficiente. No podía competir en estatura con Shion.

“Cómo me jode que seas tan alto. Soy el Rey Mono intentando colgarse de las pelotas de Buda”.

—Sed bienvenidos a la Casa del Carnero Sagrado —contestó aceptando la fórmula moderna de asilo—. Pasad. Tenemos un gran problema entre manos.

El tono de su voz y su aspecto cansado reflejaban lo grave de la situación. Las reverberaciones negativas de su cosmos, siempre cálido, dejaron muy preocupado al portador del Armero Sagrado. La imaginación de Dohko se disparó y en su mente se sucedieron una serie de recuerdos dolorosos: Saga con la túnica papal, Kanon y él descendiendo al Inframundo, el cosmos de Shion apagándose lentamente… a duras penas consiguió contener las emociones y apartarlas de su mente. Necesitaba su juicio sereno, no nublado por sucesos imposibles de cambiar.

—Deja de pensar en cosas raras, que me levantas dolor de cabeza —murmuró el alquimista; el chino solía olvidar la capacidad de su amigo para percibir sus marejadas mentales—. Saga está descansando, gracias a Atenea, y respecto a sus túnicas, las hemos subastado en Ebay.

El caballero de Libra se relajó al escuchar la ocurrencia, plegó el tridente y lo encajó en el escudo. Incluso en situaciones extremas, Shion era capaz de arrancarle una sonrisa.

—No tienes remedio.

—Tú tampoco. Y ten cuidado dónde pones tus delicados pies.

Frente a ellos, justo en medio de la estancia, un pequeño cráter palpitaba en el suelo como una herida en la piedra. El olor que despedía era nauseabundo, así como los pulsos de cosmos negativo que devoraban lentamente los restos de polvo de estrellas que flotaban alrededor. Dohko meneó la cabeza, incrédulo.

—¿Cómo permitiste que sucediera eso? ¡Ya sabes lo que pasó con el Agujero de Vacío de hace cuatrocientos años!

—No hace falta que me des lecciones de historia, Armero, que yo era tu compañero de pupitre. Además, lo que te voy a enseñar es mucho más importante. ¡Iantho, quédate en la puerta! —gritó al doncel.

Sortearon el desastre del taller y entraron en la antecámara situada frente a los aposentos de Aries. Las ganas de discutir con Shion se diluyeron cuando reparó en lo que había encima de la mesa: una caja de Pandora.

—¿Esto… es lo que creo que es? —preguntó con perplejidad.

Aristarco salió del cuartito adyacente con rostro preocupado. Aún llevaba el vendaje en la cabeza, producto del encontronazo con el caballero de Géminis en el hospital. Se quitó los guantes y los metió en el bolsillo de su mandil. Dohko esperaba impaciente.

—¿Os importaría explicarme?

—Llegó al Templo hace cosa de una hora, con esa caja a la espalda —relató el viejo sanador mientras se lavaba las manos—. Está malnutrido, lleno de heridas y muestra un discurso inconexo. Me gustaría que le echaras un vistazo. Yo estaré preparado por si tengo que ayudarte a sedarle.

Shion preparó dos sellos de contención y se los pasó a Aristarco para utilizarlos en caso de necesidad. Se había recogido el pelo en una coleta como solía hacer su discípulo, Mü de Aries, lo que lo hacía parecer más joven.

—¿Has sabido algo de tu pupilo?

—Sigue con su búsqueda —le contestó el antiguo Patriarca, refiriéndose a los legajos que ordenó esconder cuando fue consciente de la locura de Saga—. De momento, nada.

—Mantenme informado, ¿de acuerdo?

—Lo haré, descuida. Te haré saber cualquier novedad —asintió con gravedad—. Sea como sea, todo esto me preocupa tanto como a ti. Si hemos vuelto a cuentagotas, alguna razón habrá. Lo único que nos queda es confiar en las decisiones de nuestra señora Atenea —suspiró—. Ahí tienes a tu paciente —señaló la puerta y se apartó.

Dohko lo miró antes de entrar y buscó respuestas en su enigmática mirada. Shion era su mejor amigo desde hacía más de doscientos años, y se había convertido en el refugio donde Libra recuperaba fuerzas para que su fiel interno apuntara siempre hacia la Justicia. Estar a su lado constituía toda una aventura.

—Allá voy.

Cruzó el umbral del cuarto, casi a oscuras. Recordaba el lugar de sus primeros años en el Santuario, cuando entraba a buscar a Régulus y a su compañero, que solían esconderse en aquella habitación para dar rienda suelta al fuego que corría por sus cuerpos. Eran otros tiempos, y otras circunstancias.

—Atenea nos conceda un día productivo, hermano.

La figura, espigada y completamente vestida de negro, se tensó cuando escuchó la voz del armero. Giró la cabeza hacia la luz que provenía de la puerta, pero no dijo absolutamente nada.

—¿Puedo acercarme, hermano?

Al no recibir respuesta, Dohko se aventuró a sentarse a los pies de la cama, lo bastante cerca del hombre como para distinguir sus rasgos, ocultos bajo una barba espesa y enmarañada, pero a la distancia adecuada para que no se sintiera presionado.

—Ma… estro Dohko…

—Bienhallado, Shura de Capricornio.

La sonrisa franca del armero chocó con la tristeza que destilaban los ojos del guerrero de la Décima Casa. Su pelo, siempre cuidado, le caía por la espalda revuelto y sucio, tan negro como el azabache. Jamás lo había visto en aquel estado.

—No… sabía donde ir.

—Esta es tu casa, Shura. ¿Dónde vas a estar mejor que entre nosotros?

El hombre miró más allá del hombro de Dohko, para encontrarse con Shion, que los observaba desde la puerta. El español bajó la cabeza y apretó los puños, salpicados de heridas recientes. A su señal, Aristarco se acercó con un cuenco con agua, desinfectante y vendas.

—Yo… no debería estar aquí. No soy digno.

El médico había sido generoso al hablar del aspecto del recién llegado. No sólo tenía profundos cortes en los brazos; había sangre seca por toda la ropa, sucia y gastada, que olía a sudor y pobreza, posiblemente por haber dormido en las calles antes de llegar al Santuario.

—Eres el más digno de todos nosotros, Shura —musitó el patriarca, repitiendo su nombre.

El español volvió a negar y se retorció los dedos, sin despegar la vista del suelo. Cuando se animó a hablar, Dohko se percató de las ojeras, pronunciadas y oscuras, que adornaban unos ojos sin rastro de la altanería del pasado.

—Mis manos… mis manos están manchadas, están manchadas…

El pelirrojo se inclinó y las tomó entre las suyas. Shura no se apartó.

—Cuéntame tu periplo. Solamente a mí, si lo deseas. Ya sabes que soy bueno guardando secretos.

El caballero de Capricornio negó por tercera vez.

—No puedo. Debería marcharme lejos pero… sentí que debía venir, que él, que él…

—Permíteme el atrevimiento, entonces —Dohko acarició su muñeca y notó el calor que emanaba de la piel del español. Tenía una fiebre altísima; quizás había contraído alguna infección durante su trayecto hasta Atenas. Inflamó con suavidad su cosmos dispuesto a averiguar el origen de su enfermedad, pero no tardó en arrepentirse. Al colocar la mano en la sien de Shura recibió una descarga tan intensa que salió disparado contra la pared.

—¡DOHKO!

La voz de Shion sonó como un rugido, más propio de un león que de un carnero. Se abalanzó sobre el recién llegado que temblaba en el suelo de forma errática. La armadura de Capricornio, negra como la noche, se había ensamblado sobre su escuálido cuerpo y se opacaba por momentos al sentir la cercanía del antiguo guerrero de la Primera Casa. Dohko se levantó aturdido y sacudió la cabeza; si la sapuri había acudido a proteger a Shura, era cuestión de tiempo que empezara a considerarlos como sus enemigos naturales.

“Vamos, Armero Sagrado. Haz que la sangre de la Casa de Aries brille en tus láminas y todo el mundo vea el buen trabajo de restauración que han hecho contigo”.

Se retiró a una distancia prudencial y dejó que la armadura lo cubriera completamente. La luz que emergió del metal dorado excitó la oscuridad de la otra, y la sapuri comenzó a centellear bajo el cuerpo del alquimista.

—¡Nos va a atacar —gritó el Patriarca—. ¡Poneos a cubierto!

Aristarco salió por la puerta a la misma velocidad a la que había entrado, aunque tuvo tiempo suficiente para dejar la caja de los sellos cerca del guerrero de Libra. Shion explosionó su cosmos y se preparó para invocar el Muro de Cristal.

—¡Si ejecutas tu ataque, os mataréis! —gritó el pelirrojo—. ¡Séllale los brazos y ponte la armadura!

—No puedo invocar a Hamal —contestó entre jadeos—. No soy el gu…

El primero de los cortes no se hizo esperar. Emergió del hombro del portador de Excalibur, recorrió su brazo y segó el suelo, la pared y parte del techo de la habitación. Dohko se lanzó sobre Shion y ambos rodaron hasta chocar contra la cama.

—¡Iantho! ¡Ve a buscar a Aioria y quítale el inhibidor de su pecho! —gritó el Patriarca, entre furioso y desesperado—. ¡Rápido!

El doncel corrió escaleras arriba mientras Shion y él se abalanzaban sobre Shura con los sellos de contención preparados para inmovilizarle los brazos. El tibetano se colocó sobre el izquierdo mientras el chino lo hacía sobre el derecho, realizando la invocación al unísono, en una sincronización perfecta de movimientos y voces. El caballero de Capricornio temblaba bajo sus cuerpos, con los ojos perdidos entre el dolor y la vergüenza.

—Esperemos que aguanten —musitó Dohko.

Se levantó lentamente, sin perder de vista las armas mortíferas del guerrero de la Décima Casa, cuando comprobó que algo no iba bien. Los caracteres griegos escritos en el papel de arroz comenzaron a marchitarse, y el metal negro de la armadura se encargó de devorar todo el cosmos concentrado en ambos sellos, liberando los brazos del renegado.

—¡Ponte a cubierto, Shion!

El segundo ataque fue tan inesperado como fulgurante. Segó parte del suelo, atravesó el marco de la puerta hasta perderse en el pasillo y se llevó con él un mechón de la melena del alquimista, que aún vestía un ligero uniforme de lino blanco y morado. Dohko sintió una ira ingobernable; sólo era cuestión de tiempo que alguno de los cortes los alcanzara, y aunque ambos eran caballeros del rango más alto, una herida de esas características podría dejarlos malheridos o incluso matarlos.

—¡Ponte la armadura, maldita sea! —gritó el chino, furioso—. ¡Si los sellos no funcionan, tendremos que reducirlo a la fuerza!

—¡No puedo vestirla! —replicó el otro—. ¡Yo no soy el guardián de Aries!

Shion se movió con la suficiente rapidez como para que el tercer ataque de Shura sólo le rasgara parte de la ropa, que flotó en el aire hasta que otro corte la desintegró de inmediato. Dohko estaba inundado de cólera; no sólo estaba respondiendo a los ataques con pasividad. Además, la espada del armero se había encajado en el escudo y no era capaz de soltarla.

El tercer ataque le dio de pleno en el pecho y lo lanzó contra la pared.

—¡Dohko!

—¡Deja de balar como una oveja lastimera, por Atenea! —se levantó con el cosmos en plena ebullición—. ¡Soy tu Patriarca, y te ordeno que invoques a Aries! ¡Hazlo de una maldita vez o te meto en el calabozo hasta que el pelo te cambie de color!

A Shion no le quedó más remedio que obedecer, y el taller reverberó cuando el Carnero Dorado se transportó desde Jamir y revistió a su antiguo portador. Las piedras ronronearon y el entablado del techo gimió y chisporroteó, bañándolo de pequeñas perlas doradas que explotaron contra el metal de la armadura. Sin embargo, la sapuri se defendió con idéntica violencia: la caja de Pandora que estaba en la mesa se abrió y miles de hilos negros acudieron a proteger al guerrero de la Décima Casa, pegándose a las láminas negras y y dejándolas completamente opacas.

—Esto no es una sapuri —jadeó Shion sin apartar la vista de su atacante—. Y lo que lo cubre, sea lo que sea, está vivo y le gusta comer sellos y cosmos —gruñó—. ¿Alguna idea de cómo lo vamos a neutralizar?

Shura ya se había puesto en pie. Tenía los ojos en blanco y el brazo preparado para blandir su ataque más mortífero: Excalibur. Shion inflamó su cosmos para elevar el Muro de Cristal, pero se detuvo; las piedras del taller volvieron a vibrar, producto de la explosión de poder que provenía de la Quinta Casa. Aioria ya estaba despierto y el León rugía, libre del sello de contención que Dohko ordenó ponerle como medida desesperada tras su renacimiento. El español giró el cabeza, desorientado.

—¿Aio…los? ¿E…res tú, Aio… los?

La armadura se ennegreció completamente cuando los ojos del caballero de Capricornio empezaron a llorar sangre. Dohko se quedó mudo al reparar en el fenómeno.

—Es su alma —Shion sabía lo que significaba—. Todavía hay esperanza para él.

El cosmos explosivo de Aioria se acercaba a gran velocidad, así que Shura lanzó un ataque doble contra la pared y abrió un tajo en la piedra por el que cabía un hombre, pero no fue lo suficientemente rápido para escabullirse.

“Quiere irse pero, ¿por qué?”.

—¿A dónde pretendes ir, hijo de la gran puta? ¡PLASMA RELÁMPAGO!

El español se cubrió la cabeza con las manos, y de no haber sido por Shion y su Muro de Cristal, Aioria lo habría dejado fundido contra la pared. Dohko ya no tenía un problema, sino dos: Un león enloquecido que echaba espuma por la boca, con el pelo tieso por la estática y los ojos ahogados en odio, y el hombre que le había arrebatado a su hermano.

—¡Aioria! ¡CÁLMATE! —gritó el Armero—. ¡Necesito tu poder curativo, no tu capacidad destructora!

—¡NO voy a ayudarle! —el griego lanzó un segundo ataque contra el Muro de Cristal y lo reventó en mil pedazos—. ¡Yo ayudo a los caballeros que tienen honor, no a los traidores! ¡Cabrón! ¡ASESINO!

—¡Atenea no acepta las peleas entre iguales, por todos los Infiernos! —Dohko logró desencajar por fin la espada y se giró hacia Aioria mientras Shion levantaba otro Muro de Cristal. Shura temblaba, en completo silencio—. Si te veo, SI TE VEO atacar a alguien o tratar de aniquilarlo a distancia como pensabas hacer con Saga, tomaré medidas contra ti, Aioria, ¡y no serán simples sellos de contención! —lo apuntó con el dedo sin ocultar su indignación—. ¿Qué dirá tu hermano cuando se entere de tu comportamiento?

Aioria no solo no recapituló, sino que incrementó la energía de su cosmos para ejecutar una de sus técnicas más devastadoras. No quedaba tiempo para dialogar con él, así que Dohko le pidió perdón a Atenea por lo que pensaba hacer y le propinó un golpe con el escudo lo suficientemente fuerte como para tirarlo al suelo. El arma sagrada recibió una terrible descarga, pero la atención de Dohko no estaba en el dolor de su antebrazo, sino en la otra presencia cósmica que se aproximaba como una horda de bárbaros dispuesta a la conquista.

“¿Qué más puede ir a peor?”.

Se agachó en el instante en que Shion se separaba del español y usaba la cama como parapeto. Shura volvía a tener su arma lista para atacar, pero no le dio tiempo a lanzar otro corte porque un haz de luz lo atravesó con una potencia capaz de fundir un millón de soles. Los gritos de la armadura de Capricornio los obligaron a taparse los oídos, y las miles de hebras negras que la recubrían movían sus bocas, abriéndolas y cerrándolas, como un pez fuera del agua. Era un espectáculo dantesco, un hombre de la categoría de Shura ensartado en la pared como un cristo de ébano, con los brazos inclinados y la cabeza cayendo de medio lado.

—¡Pero qué…!

Abrió los ojos como platos al ver cómo Aiolos sostenía a su hermano entre los brazos, que balbuceaba a causa del golpe. Quizás fueron imaginaciones suyas, pero las láminas de Sagitario se tiñeron durante unos instantes de un negro brillante para volver a su color original. Su dueño sonreía con la sinceridad habitual.

—¿Estáis todos bien? —preguntó mientras guardaba el arco, que aún humeaba. Shion se levantó y caminó hacia el recién llegado, sin detenerse a comprobar el estado del hombre que colgaba de la pared.

—¡De todas las cosas que podrían habérsete ocurrido, Aiolos, esta ha sido la más estúpida!

—Yo también estoy muy contento de verte, Shion —la sonrisa se hizo más amplia—. Muy contento.

Dohko tomó el escudo y lo encajó en su armadura para evaluar el alcance del desastre. Tardarían días en limpiar, ordenar y etiquetar los productos del laboratorio, pero cualquier cosa era mejor que ver cómo dos antiguos amantes se reencontraban tras años de separación. Aiolos había acaparado toda la atención de su amigo y no era para menos. Con la armadura dorada y el león en sus brazos parecía un ángel exterminador.

“¿Por qué me siento tan mal?”.

Examinó a Shura, aún desmayado, intentando olvidar que Aiolos había pasado por la cama de Shion cuando la locura de Saga eclosionaba en Arlés. Sabía que su compañero desarrolló algo más que deseo por el griego, y al verlo tan joven y lleno de vida se sintió mezquino y ruin.

“Estoy celoso. Lo que me faltaba”.

—Maestro, le agradezco sus cuidados y su paciencia —oyó a su espalda—. Ya le debo dos.

—No me debes nada, jovencito —contestó sin darse la vuelta. No podía mostrarle a Aiolos esa faceta suya, tan humana y a la vez tan deplorable. Estaba igual que recordaba, con sus ojos azules llenos de vida, aunque algo más cautos. Ya no era el muchacho que iba a comerse el mundo, ni el escudero recién ascendido a caballero dorado que perseguía a su hermano pequeño por todo el Santuario. Era un hombre que había vivido en los Elíseos, y que cambió su inmortalidad por una misión suicida que podría haberlo condenado a la tortura eterna.

—De no ser por usted, aún continuaría tocando el arpa, ya me entiende —bromeó el Arquero mientras dejaba a su hermano sobre lo que quedaba de la cama—. Va a dormir durante un rato, así que tenemos tiempo para descolgar a este infeliz y sellar a Aioria para que deje de pegar descargas. Aún no me puedo creer que intentara asesi…

—De Aioria ya me encargo yo, si no os importa.

La aparición de Saga fue una sorpresa para todos, que se quedaron mudos al verlo asomarse por la maltrecha puerta. Transmitía una seguridad en sí mismo arrolladora, incluso cuando era presa de un ataque de pánico. El uniforme oscuro realzaba aún más su altura y elegancia naturales, y las gafas le daban un aire intelectual y atractivo.

—No —contestó Aiolos con los sellos en la mano—. De Aioria me encargo yo. Gracias por ofrecerte, pero no eres necesario aquí.

Dohko apretó el brazo del Arquero con suavidad, sólo para encontrarse con una fuerte sensación de vacío. La mente del griego era un muro perfecto y sin fisuras, alzado con la intención de evitar que sus secretos fueran accesibles a caballeros con poderes psíquicos. Lo miró sorprendido, aunque el guerrero de Sagitario tenía puesta su atención en el recién llegado, ignorando lo que ocurría en su mente.

—Aioria debe estar en su Casa, descansando —finalizó el Patriarca—. Telémaco puede ocuparse.

—Yo solo quería ayudar, Maestro —replicó el caballero de Géminis, con un halo de santidad que daba escalofríos.

—¡Pues yo no quiero tu puta ayuda! ¡Cabrón! ¡CABRÓN!

—¡No! —gritó Dohko— ¡Aioria!

Cuando Saga fue consciente de lo que se le venía encima ya tenía el puño del León estampado en pleno plexo solar. El golpe lo dejó en el suelo, boqueando y tosiendo bajo la atenta mirada del ateniense, que comenzaba a recargar su cosmos con intención de rematarlo. Dohko corrió hacia él pero no fue tan rápido como Shion; el tibetano lo agarró por debajo de los brazos y lo teleportó varias veces dentro de la propia casa. La energía acumulada reaccionó junto al Agujero de Vacío del taller y abrió una brecha espacial que se estiró desde el suelo hasta el techo. Las motas de cosmos en suspensión comenzaron a fluctuar a su alrededor como si estuvieran vivas.

—¡Maestro! —gritó Iantho—. ¡Tenemos otro problema!

La abertura palpitaba tan enfurecida que Dohko temió por la integridad del Santuario. Otro Agujero de Vacío había sido el causante del desastre del siglo XVI, cuando tres caballeros desaparecieron sin dejar rastro alguno.

—¡Todos fuera! ¡Tenemos que sellar esta maldita cosa!

La Caja de Pandora volvió a gemir y una oleada de hilos negros salió de su interior para precipitarse hacia los bordes de la hendidura espaciotemporal. La energía que se desprendía de la fricción de las partículas había formado una singularidad lo suficientemente grande como para engullir a un hombre, aunque el continuo espaciotiempo parecía estabilizado. Las hebras se cosieron a la grieta y la afianzaron al suelo. Shion se acercó con cautela; había empezado a sangrar por la nariz.

—Estás…

Dohko estiró la mano para limpiarle las gotas de sangre, que ya formaban un pequeño hilo.

—No te preocupes, solo es la tensión. Vamos a desalojar el lugar. Ocúpate de Shura.

El chino lo observó con pesar. Shion sonrió, restándole importancia.

—Anda, quita esa cara de funeral. Y hazme caso.

Volvió al cuarto para encontrarse con Aiolos, que miraba al español con una intensa mezcla de compasión y de rabia. Las alas de Sagitario oscilaron como si estuvieran vivas, y el roce de las láminas hizo que su compañera oscura rechinara. ¿Se estarían comunicando? No era algo tan descabellado; las armaduras habían sido forjadas en la época mitológica por el primero de los herreros humanos y esparcidas por todo el planeta. Cada vez que se reencontraban buscaban una frecuencia similar para vibrar en consonancia.

—Voy a descolgarlo. Y échele un ojo a mi hermano, no sea que le de por tratar de matar a este pobre desgraciado —murmuró Aiolos—. Menuda idea, la de avisarlo —le recriminó—. Lo que me extraña es que no haya fundido a nadie todavía.

Aiolos agarró la flecha dorada y tiró de ella con fuerza. Las placas del pecho crujieron y se defendieron de la agresión con chispazos y chasquidos, mientras que los hilos oscuros trataban de unirse para cubrir el agujero.

—¿Habías visto algo así antes? —le preguntó el Patriarca.

—No lo sé, Maestro. Jamás vestí una sapuri. Pero esto no es una aleación de metales que conozcamos. Ni adamantio ni oricalco, y menos obsídium —sus ojos buscaron los de Dohko—. Esto es otra cosa.

El boquete no tardó en cerrarse, y las armaduras doradas gimieron a la vez, como si se estuvieran despidiendo una de la otra. Las alas del Arquero volvieron a cambiar de color, así como el escudo y el peto del caballero de Libra.

—Están intentando comunicarse, pero Capricornio no les contesta —apuntó.

—A la mía le está pasando lo mismo —murmuró Saga—. Está más sibilante de lo normal.

Shura abrió los ojos, completamente desorientado, mientras Aiolos ignoraba al griego y tomaba a su hermano en brazos. El caballero de Géminis le tendió la mano a su antiguo compañero y amante, pero no recibió respuesta.

“Qué complicadas son las relaciones humanas”.

Dohko apretó el hombro de Saga y le transmitió todo su apoyo. Sabía que estaba haciendo auténticos esfuerzos para compensar todo el daño que había sembrado en su vida anterior, pero no era un camino fácil. Al odio de Aioria se sumaba el desprecio de Aiolos, y todo apuntaba que con Shura las cosas no irían mejor. Pero Saga no se rendía, y por eso merecía una segunda oportunidad.

—Ya sé que es difícil, pero no fuerces la situación —susurró el pelirrojo—. Se paciente.

—Entonces iré a ayudar a Sh…

—Estás vivo…. Aiolos, estás… vivo… vivo…

El caballero de Capricornio estiró la mano para tocar las alas de Sagitario, que se oscurecieron inmediatamente. Saga salió sin mediar palabra, dispuesto a echarle una mano al guerrero de Aries, que intentaba averiguar cómo cerrar aquella singularidad.

—Sí. Aquí estoy, Shura.

—No sé cómo he llegado… —miró hacia la puerta, justo donde se había quedado el ático—. ¿Él… él también está aquí?

—Atenea es misericordiosa, amigo mío —cortó Dohko al sentir cómo cambiaba el tono de voz del español—. Nos da una segunda oportunidad para enmendar nuestros errores.

La mirada de Shura destelló embebida de odio y soberbia para clavarse en el perfil de Saga.

—Ese va a necesitar varias vidas para enmendarse —masculló, en un aceptable griego. Nunca se le habían dado demasiado bien los idiomas—. A no ser, claro, que el francés haya vuelto también.

—Camus está de permiso —replicó el chino—. ¿Por qué dices eso?

—Porque se ha reído de todos nosotros. Desde que consiguió Géminis hasta ahora —gimió Shura—. Hizo de mí un desgraciado. ¡Ya no tengo nada que perder!

El guerrero de Capricornio cargó el brazo para disparar contra Saga pero Aiolos se lo impidió agarrándole por la muñeca. Las hebras trataron de saltar desde el metal de una armadura hacia la otra, pero no llegaron a mancillarla porque Dohko se lanzó a cortarlas con la espada del Armero. Aiolos estaba atónito y jadeaba de la impresión, mientras ambos observaban como las hebras que no había quedado volatilizadas se arrastraban como gusanos hacia el otro cuarto, buscando un lugar donde anclarse. Eligieron las piernas del caballero de la Tercera Casa, pero por alguna razón no se quedaron pegadas a él, sino que cayeron nuevamente para disolverse en las baldosas.

—¡No vuelvas… a cometer otra gilipollez, cojones! —gruñó el Arquero—. ¡Ahora sí tienes mucho que perder!

Shura lo miraba con una mueca de dolor tan palpable que Dohko sintió cómo se le encogía el corazón. La vergüenza y la culpa escondían algo mucho más fuerte, que incluso en aquellas circunstancias, se abría paso como un río desbordado.

“Estás enamorado. Desde hace mucho tiempo”.

—Shura, tenemos mucho de… lo que hablar —el ático se giró y lo miró sin darse cuenta de lo que había sucedido a la altura de sus tobillos. Además, empezaba a sangrar por la nariz.

—No te perdono que me jodieras la vida —escupió Shura en una mezcla de griego y castellano—. Ni que me usaras como una marioneta con tus malditos poderes mentales para cumplir tu degenerada voluntad. ¡Y vaya cómo me lo pagaste! ¡Abandonándome a mi suerte en el Cócito porque querías ser el héroe de tu príncipe troyano! ¿Qué soy yo, Saga? ¿Un caballero de segunda clase? ¡Pues era yo el que te secundaba templo a templo! ¡Fui yo el que te ayudó a terminar con Shaka! ¿O es que sólo te importa el maldito Camus?

El aludido se quedó de pie, con el rostro grave y la mirada clavada en el español, que había revelado una información comprometedora. Aiolos lanzó un suspiro y se dispuso a abandonar el lugar, mientras Dohko trataba de imponer calma, sin suerte.

—Ya hablaréis más tarde. Con un conciliador, si lo considero necesario —les indicó a ambos.

—Ya no tengo nada que decirle —masculló Shura—. Espero que todo su sacrificio por Camus, todo ese afán de protección y ese complejo de salvador le sirva para aliviar su conciencia. Bien poco me importa.

—Estás… siendo un poco injusto conmigo —contestó el ático.

—¿Injusto, dices? —le señaló con el dedo—. ¿Yo, que soy el portador la espada de la Justicia, y que ahora está mellada por tu culpa? ¡Me ordenaste matar a un inocente, que era mi mejor amigo y al que quería como a nadie, y cuando te fui a pedir explicaciones, usaste tus malditos poderes para obligarme a seguirte en tu locura! ¡No sé cómo no se te cae la cara de vergüenza! ¡Eres un…!

No terminó de decir la frase porque Saga desapareció de su campo de visión. Shion lanzó un grito desesperado, tan intenso como para que Dohko decidiera salir corriendo y arrastrar a Shura en el proceso. Cuando entró en la sala contigua, la escena le puso los pelos de punta: Los hilos que sujetaban los bordes de la brecha espaciotemporal se habían convertido en una suerte de tentáculos y se movían enloquecidos mientras un ruido insoportable les martilleaba los oídos. Shion cayó de rodillas, pero consiguió taparse las orejas con papel de arroz, tan resistente como para bloquear parte del cántico que retumbaba por todo el taller. Se los lanzó a Dohko y a Aiolos, pero el ruido cesó tan súbito como había comenzado.

—¡Tenemos que liberarlo! ¡Rápido!

Saga intentaba agarrarse a cualquier cosa que impidiera que aquella singularidad se lo tragara, pero la sangre que se escapaba de su nariz parecía enloquecerla y tiraba de su cuerpo con más fuerza. Aiolos cargó su arco con una nueva flecha, mientras Dohko se preparaba para protegerlo si las cosas se ponían aún más difíciles.

—¡Sacad a Shion de aquí! —aulló—. Shura, prepara tu filo, ¡ahora!

El español acató la orden con la misma entrega que lo había llevado a convertirse en el paradigma de la justicia. Invocó a la Espada Sagrada, y la Excalibur mitológica, la esencia de todas las espadas, apareció en su brazo como una imagen redentora, tan brillante y pura que hacía daño a los ojos. El chino sonrió. Sabía que aún había esperanzas para el joven.

—¿Listos? —preguntó.

Ambos hombres, amigos de adolescencia, asintieron.

—Yo también quiero ayudar. Si alguien tiene que partirle la cara a ese hijoputa, que se ponga a la cola —gruñó el Felino—. En el sorteo, me ha tocado la pajita más larga.

Por primera vez desde su vuelta, el cosmos de Aioria se mostraba tan luminoso y cálido como Dohko recordaba. La luz dorada que emitía su cuerpo hacía que la armadura de Shura gimiera de dolor, pero su dueño no flaqueó. Al contrario, se colocó junto al León en el momento Aiolos tensaba su flecha y disparaba al corazón de la singularidad, mientras Saga pateaba intentando no ser devorado por el agujero que se expandía y contraía a causa de toda la energía que lo rodeaba. Shura cortó los lazos negros del cuerpo del caballero de Géminis con facilidad, y Aioria tiró de las piernas del griego hasta sacarlo de la influencia de los hilos oscuros y del Agujero de Vacío. El griego tiritaba de frío y castañeteaba los dientes, aunque no tenía ninguna herida a la vista.

—A ti no hay un dios que te mate, ¿eh, cabrón?

Aioria lo cubrió con su aura protectora y comenzó a usar el Fluido Dorado, mientras los demás dividían su atención entre el agujero, que se mantenía activo, y los dos dorados.

Al ver la escena, el chino comprendió el origen del problema de Aioria: los puntos estrellados desde donde emanaba todo su poder emitía lo que Aristarco denominaba una frecuencia sucia, como si al expandir los pulsos armónicos de energía, esta se encontrara con obstáculos que repartían la potencia cósmica por su cuerpo de forma aleatoria e irregular. Cada región de su cosmos se encontraba entonces con una carencia o exceso de energía, por lo que sus poderes estaban completamente desequilibrados. Tenía una idea de cómo ayudarle. El problema sería ponerlo en práctica.

Las hebras oscuras trataron de envolver las lanzas de Libra una y otra vez, pero la espada de Capricornio era mucho más rápida y cortaba de raíz todas aquellas que alcanzaron las armas sagradas. Aiolos cargó una flecha en su arco y disparó contra la brecha, mientras Dohko utilizaba su escudo para proteger al grupo, que actuó sincronizado, en auténtica formación de combate.

“Esto es para lo que hemos nacido. Nos guste o no, sólo nos unimos cuando se trata de matar”.

El agujero gimió y expulsó una gran cantidad de material que se desintegró en el momento en que tocó el suelo, despidiendo un fuerte olor a podredumbre. Saga tiritaba y balbuceaba bajo la atenta mirada del León Estelar, que estaba haciendo auténticos esfuerzos por no dejarse llevar por su incipiente violencia y dirigía su capacidad sanadora hacia el hombre que le había hecho tanto daño en su vida anterior.

“Al menos Milo está en Atlantis. Ya me ocuparé de ese problema cuando ponga los pies en Atenas”.

—Ma… estro… —gimió el griego, que seguía ovillado en el suelo—. Me… estaba mirando. Me estaba mirando y sonreía —repitió—. Maestro… Ma… estro…

El chino miró a Aioria y entre los dos alejaron a Saga aún más de la influencia de la singularidad, que tras los flechazos se había plegado hasta convertirse en una fina herida cósmica que se extendía desde el suelo hasta el techo. El cuerpo del ático estaba cubierto de escarcha, gran parte de su melena había desaparecido y tenía los ojos tan abiertos que parecía un maníaco escapado de un sanatorio mental.

—Descansa, Saga —Dohko le pasó la mano por la frente, retirándole el flequillo. Buscó los dos sellitos de contención mental; se habían congelado.

—Estaba… allí, Maestro. Lo… he visto. Allí. Y me miraba. Me estaba mirando.

—¿A quién has visto? ¿Quién te miraba? —preguntó Dohko mientras Aiolos apartaba con suavidad a su hermano de Saga; Shura salió del cuarto para reunirse con Shion y Aristarco.

—El… hombre del parche, el de las leyendas.

Dohko tragó saliva y buscó con la mirada a su amigo y camarada. Lo encontró apoyado en la puerta, con un apósito en la nariz y cara de preocupación y cansancio.

—Es un milagro que estés vivo. El vacío del aguj…

—¡No está vacío! —Saga se incorporó de forma súbita, aunque no tardó en arrepentirse. Se agarró las sienes y gimió de dolor, producto del intenso esfuerzo psíquico al que había estado sometido. Meneó la cabeza cuando noto la falta de la trenza y la sacudió, como si quisiera espantar sus propios pensamientos—. ¡Es un paso! ¡Ella tenía razón! ¡Tenía razón! ¡Es un maldito paso! ¡Es…!

—Suficiente —cortó Aiolos—. Vas a ir a tu templo a tomar un buen desayuno, a calmarte y a descansar. Le diré a Menelao que no te deje salir bajo ningún concepto. Nosotros nos ocuparemos de este problema —continuó, refiriéndose al fenómeno, que parecía cualquier cosa menos un portal dimensional—. Habrá que buscar la manera de que los psíquicos se puedan acercar a Aries sin sangrar por todos los poros.

El ático agarró el brazo del Arquero y lo apretó. La armadura reverberó y se iluminó durante unos segundos, como si estuviera saludando al griego. Aiolos lo miró a los ojos y le prestó toda su atención.

—Si vuelves a encontrarte con Arlés —murmuró casi para sí mismo—, mátalo. Mátalo, Aiolos. Mátalo.

La mirada del caballero de Géminis era febril.

—Tenlo por seguro. Si vuelves a hacerle daño a alguien, seas Arlés o seas Saga, no dudaré.

Las alas de Sagitario se opacaron un instante, pero fue suficiente para que el agudo ojo del Armero se percatara de ello. Definitivamente, Aiolos ya no era el jovencito alegre y jovial que llegó al santuario con ganas de comerse el mundo, pero aún así seguía siendo uno de sus mejores efectivos.

—Vamos, vamos —se interpuso entre ambos y miró hacia arriba, ambos guerreros eran más altos que él—. Basta de confesiones terribles. Iantho, acompaña a Shura a su casa, y si hay algún problema en Capricornio, házmelo saber de inmediato —ordenó—. Aristarco, prepara papel de arroz. Necesitamos un poco de esa magia tuya.

Ambos hombres obedecieron de inmediato, y la Casa se quedó casi vacía en cuestión de minutos. Telémaco bajó desde Leo para acompañar a los hermanos de fuego de regreso a sus Templos, y Menelao se encargó de llamar a las brigadas de acondicionamiento para arreglar de nuevo el templo de Aries. El último que abandonó el taller fue Saga, del que se había apoderado una suerte de melancolía que lo mantuvo en silencio hasta que su mayordomo lo acompañó a Géminis.

Dohko se sentó frente al fenómeno y cruzó los dedos sobre su pecho.

—Tú dirás —no dejaba de darle vueltas a una idea que había surgido de pronto, como si fuera una señal.

—Estoy preocupado —Shion le ofreció una taza de té y se colocó a su lado—. Y no sé a qué darle más prioridad: a la armadura de Capricornio o al pelo de Saga.

—¿Desde cuándo te interesa su corte de pelo? —Preguntó con ironía—. La verdad es que el casco no es nada favorecedor y el joven siempre ha sido bastante coqueto —bebió un poco del té. Estaba caliente y eso le reconfortó—. Creo que no he conocido a ningún Géminis con el pelo corto, excepto a Solaria.

—No me refiero a eso, sino a lo que dijo cuando le sacasteis la cabeza de esa aberración.

—¿El qué, exactamente? ¿Lo de que el agujero era un paso o lo del hombre del parche? Parecía muy afectado con ambas cosas.

—Lo del hombre del parche —el tibetano se ató de nuevo la cabellera y masculló ante la falta de uno de sus mechones—. ¿Recuerdas su nombre?

—¿Cómo olvidarlo? Céphisos —pronunció el Patriarca, con una sombra de miedo en su voz—. Mi maestro me advertía que si no tenía cuidado podría terminar como él.

—El mío también me repetía lo mismo. Usaban su nombre como si fuera el del monstruo de un cuento, lo que se les dice a los niños para evitar que se dejen llevar por la curiosidad. Pero Céphisos fue uno de los Géminis más inteligentes y arrojados de su época. Dejó constancia de procedimientos alquímicos inimaginables hasta entonces.

—Buscaba el conocimiento supremo. Algo que sólo los dioses pueden poseer.

—Eso son tonterías, Dohko. ¿Qué me dices de nosotros, de nuestro papel en la historia? La Orden de Atenea ha sido custodia del saber humano durante siglos. Desde antes de la guerra de Troya, ya utilizábamos las tablillas como sistema contable. ¿No recuerdas que fuimos nosotros los que les ayudamos a desarrollar un alfabeto y a manejar conceptos e ideas? Necesitaban una guía para evitar que llegaran a estas o a aquellas deducciones. Estamos presentes en todas las grandes civilizaciones, como la mano que da, pero que se retira en las situaciones de conflicto. La mano que te abandona cuando llegan los problemas.

—Esta es una de mis discusiones filosofales preferidas, amigo mío —Dohko lanzó una sonrisa sagaz, atrevida—. Cuando Galileo entró en la orden, quería llenar el mundo de fórmulas matemáticas, ¡y mira cómo terminó! Y no digamos Da Vinci. La Humanidad estuvo a punto de volar en el siglo XV. Cambios para los que no estaba preparada.

—Por eso somos los enemigos naturales de todas las sociedades secretas del mundo.

—No de todas —replicó Dohko—. Algunas han firmado suculentos pactos con nosotros, pero únicamente ésta orden tiene como guía la encarnación de una diosa, Shion. No nos ciega el poder, o las riquezas. No sigas por ese camino.

—Está bien —claudicó el alquimista—. Volvamos al hombre del parche. Cephisos, caballero de oro del signo de Géminis.
Shion se levantó y buscó en uno de los estantes un poco de picadura y papel de liar. En unos segundos había preparado dos cigarros, que su compañero aceptó con gusto. Los encendieron y le dieron un par de caladas en silencio. Una sonrisa cómplice floreció en ambos rostros.

—Según tengo entendido, mantuvo una relación bastante… tormentosa con el caballero de Sagitario —Dohko aspiró el aire y lanzó bocanadas de humo hacia el techo. La singularidad se mantenía en reposo frente a las armas de Libra—. Mi maestro me contó que se habían fugado porque eran amantes y era algo que estaba mal visto en el Santuario.

—¿Y tú le creíste? —Shion lanzo un bufido—. No creí que fueras tan inocente como para tragarte esa estupidez —le reprochó—, porque si hay algo que está más que extendido en esta orden, y en cualquier ejército formado por personal de un solo sexo, es la homosexualidad.

El chino frunció el ceño, pero dejó que su amigo continuara hablando.

—El meollo de la cuestión no era que esos dos caballeros mantuvieran una relación. Lo interesante es que, junto a Céphisos y Belisario, desapareció el gemelo de Céphisos. Alpheus.

—¿Tenía un gemelo en el santuario? —preguntó Dohko, bastante sorprendido—. ¿Un gemelo reconocido y registrado en los anales?
Shion se levantó y volvió con un libro muy antiguo, con el signo de Géminis grabado en el cuero envejecido de la tapa.

—Esto es…

—Sí. La historia de la Tercera Casa. Pero no la conocida —sonrió de medio lado—. La apócrifa.

Los ojos del chino se abrieron como platos.

—¿Dónde lo has encontrado? —Dohko lo tomó entre los dedos y lo abrió por una página al azar. El pergamino crujió—. Casa de Géminis. Año de mil trescientos… —leyó por encima—. Habla de Hugo de Payns. De la quema de los templarios.

—Y si continúas, habla de muchos más, así como de formulaciones y de simbología que no he sido capaz de descifrar. Lo más interesante es esto, mira.

Shion pasó las páginas hasta encontrar la ilustración de varios caballeros. Por las armaduras y los años que figuraban en el pie podían saber de quién se trataba. Dohko los observó con cuidado.
—Belisario, Cephisos, Iskander —leyó en voz alta—. Grandes nombres que pasaron a la historia por su extraña desaparición. Un misterio sin resolver.

—Según estas anotaciones —Shion señaló unos garabatos en un pergamino adjunto—, las fluctuaciones estelares en Sagitario fueron muy fuertes en aquellos tiempos. Tanto, que la ignorancia achacó todas las guerras y desastres presentes y futuros a la falta de luz de esas estrellas. Hubo revueltas populares y la Orden vivió momentos críticos.

—La falta de alimento es la que propicia las revueltas, no las fluctuaciones estelares —Dohko no dejaba de mirar la imagen, tratando de averiguar qué significaba la simbología dibujada en el marco que la bordeaba.

—Como te veo muy interesado en todos esos símbolos, te diré que los estudios alquímicos de Céphisos versaban sobre metempsicosis. Algo prohibido en la Orden.

El chino alzó las cejas, indignado

—¿Me estás diciendo que Céphisos estaba investigando la manera de transmigrar el alma? Esto es inaudito, Shion. ¿Cuántos lo sabían en la Orden?

—No estoy seguro. Lo que cuenta en su diario es que mantenía una relación íntima con Belisario, como ha ocurrido desde tiempos mitológicos entre los caballeros dorados. ¿O es que nadie se ha percatado del lío que tenían Teseo y Minos? El sexo siempre ha sido algo imponderable para los griegos. Para los griegos y para los bárbaros —sonrió.

La cercanía de su amigo dejó visiblemente turbado al caballero de Libra, pero no dijo nada. Simplemente disfrutó del calor que emanaba de la blanca piel del tibetano.

—Que estuvieran liados no justifica que huyeran. Aunque las costumbres del Renacimiento no fueran iguales a las nuestras, o a las de los inicios de la Orden, el amor no convierte a los guerreros en prófugos, sino en soldados valerosos y arrojados, ya que pelearían junto a su amante.

—Tienes razón, pero aún así… —Shion se acercó a una de las estanterías que aún se mantenían en pie y apretó un resorte. El mueble se desplazó para revelar un pequeño compartimento, con varios legajos en su interior.

—¿Tienes otra teoría? —Dohko se levantó y lo ayudó a extender los pergaminos; resultaron ser varios mapas estelares con constelaciones desconocidas para él, pero con algo que no pudo pasar por alto: una numeración junto a cada estrella.

—¿Qué es eso?

—Las coordenadas de cada objeto estelar, aunque no he averiguado aún la posición del observador. Evidentemente, difieren de las que podemos ver en la actualidad.

—Aquí pone que está fechado a finales del mil quinientos —tomó una lupa y observó con cuidado—. Por K. S. ¿KS?

—El nombre real de Alpheus. Khristóphoros… Svarakis.

Dohko se quedó completamente mudo y con una fuerte sensación de vacío en el estómago.

—Y aún hay más. Creo que la relación entre Alpheus y Céphisos era la misma que entre Cástor y Polydeukes, tan fuerte y tan equilibrada que la obligación que se había impuesto a los gemelos de luchar entre ellos para que el mejor, o el más poderoso, fuera el que vistiera Géminis quedó en un segundo plano. Sospecho que estos gemelos no solo no eran enemigos, sino que se complementaron de tal manera que pusieron en jaque toda la estructura de la Orden y del universo, si me apuras.

—Por eso se les obliga a competir. Por eso se les separa y se les contamina con la semilla del odio entre ambos. Por eso uno siempre se torna oscuro y termina convirtiéndose en un genocida.

Shion no le contestó. No hacía falta.

—Solo tenemos un montón de conjeturas. Este libro puede ser falso, como todo su contenido.

—Tengo otra fuente, aparte del libro.

—¿A qué te ref…?

—A eso mismo que tú estás pensando —el alquimista sonrió con todos los dientes de una manera feroz—. Me lo ha dicho la propia armadura de Géminis.

—¡Maldita sea, Shion! —exclamó el Armero sin dejar de mirar a su amigo—. ¡No quiero que uses ese tipo de técnicas para reparar las armaduras, ya sabes lo peligroso que es! —lo apuntó con el dedo, furioso—. Los metales están impregnados con la sangre de los guerreros, y no todos ellos fueron puros de corazón —gruñó.

—Guarda tus riñas para más tarde, que no soy uno de tus discípulos —replicó Shion—. ¿No te das cuenta del alcance de lo que he descubierto? —preguntó de forma atropellada—. ¿Y si tenemos ante nosotros la llave para evitar que Atenea entre en guerra cada doscientos años?

Dohko lo miró a los ojos, tomó papel de fumar y lió un par de cigarros. No tardó en encenderlo y en ofrecerle otro a su compañero.

—No quiero sacar conclusiones precipitadas —reconoció tras dar una calada a su cigarro—. Pero supongo que tú tienes ya preparada una teoría de la conspiración sobre la coleta de Saga y la armadura de Capricornio. ¿Me equivoco, viejo chismoso?
La sonrisa del guerrero de Aries era amplia, potenciada por los efectos de la marihuana.

—Saga dijo que lo había visto. Al hombre del parche, al de las leyendas. Según este libro, Céphisos alcanzó un conocimiento enorme, pero perdió el ojo en uno de sus experimentos. Aquí está escrito: “Este conocimiento me exige un pago único e insustituible. ¿Por dónde percibiré el mundo y cómo lo experimentaré? ¿Podré algún día alcanzar la redención? ¿Es esto un acto de impiedad?”. Es como leer una obra de teatro clásico. Pura tragedia.

—Esa última frase… Es esto un acto de impiedad —Dohko aspiró el humo de su cigarro y lo expulsó lentamente—. Una muy similar apareció en unos documentos que se encontraron en la casa de Giorgios Alkaios, el padre de Milo, el caballero de Escorpio. Como recordarás, murieron todos menos él. Los asesinaron, Shion.

—Sí, algo trágico y terrible. Supongo que todos estos hechos tienen que ver con las profecías escritas —se encogió de hombros, restándole importancia al asunto—. Al final, me temo, somos nosotros mismos quienes, de una forma u otra, las hacemos realidad. Saga perpetuó el estigma de Géminis como antes lo habían hecho Solaria y Melpomenia, Devteros y Aspros y otros tantos antes que ellos.

—Dejemos esa conversación para luego. Mira —Dohko señaló una anotación en un recuadro, en la esquina superior de uno de los legajos—. Si ese supuesto conocimiento le exigía un pago único e insustituible, ¿qué crees que sería más querido para él?

—¿Entre su gemelo y su amante? Difícil me lo pones.

—Si dejo la mente volar, se me ocurre que Alpheus, gemelos de Céphisos, se entregó a los experimentos de su hermano para que éste trajera de vuelta a Belisario, caballero de Sagitario. Puedo imaginar que Belisario había muerto y que Céphisos, loco de dolor, obligó a su hermano a someterse a sus experimentos de transmigración. O, mejor aún, que Belisario fuera el objeto de experimentación puesto que Alpheus ya no estaba, o que…

—Divagas, viejo amigo —se apoyó sobre la mesa, ignorando casi por completo la singularidad que los había llevado al borde de la catástrofe—. Al final todo se resume en una cosa: el amor. Ese maldito sentimiento que hace que los hombres se comporten como monos.

—Sin amor, sin ese maldito sentimiento, como tú dices, no existiría el mundo. Nacimos por amor y por amor morimos.

—Nacimos por… —lo miró a los ojos y sonrió—. Ah, vuelves a mi otra discusión filosófica preferida. Tienes ganas de… ¿metempsicosis, dices?

No supo qué desencadenó que aquella nube de información se concentrara en una única pregunta, pero la deducción le pareció tan simple como lógica.

—Ya has visto la luz, ¿verdad?

Dohko volvió a repasar aquel mapa de constelaciones desconocidas, intentando ordenar sus pensamientos, hasta que se atrevió a formularla.

—¿Me estás diciendo que ese caballero de Géminis, que tiene ahora más de quinientos años, le ha cortado la trenza a Saga para hacer un cuerpo humano a la medida de su amante y transmigrar su alma en él?

—Piénsalo con detenimiento: si Alpheus y Céphisos alcanzaron una especie de punto de equilibrio óptimo lo suficientemente estable como para acceder a conocimientos incomprensibles para el ser humano, y si además, Cephisos conocía técnicas alquímicas capaces de poner en un brete las leyes de la naturaleza actuales, ¿qué no sería capaz de hacer por amor?

Un sonido ronco los hizo ponerse en guardia. Frente a ellos, la singularidad comenzó a palpitar y a expulsar materia, que caía y se diluía sobre las baldosas de piedra. El fenómeno duró unos instantes, tiempo suficiente para que ambos guerreros se prepararan para atacar, pero no fue necesario. Al igual que se abrió, volvió a cerrarse hasta desaparecer. Dohko se agachó y buscó indicios de actividad aunque fue en vano.

—Si esta singularidad era un paso, acabamos de perder el acceso —gruñó—. Shion, ¿puedes buscar en tus libros cómo se cerró el Agujero de Vacío del siglo XV?

—No se cerró —contestó Shion, completamente despejado de los efluvios de la marihuana—. Hizo desaparecer Aries. El templo se reconstruyó sobre los cimientos, igual que cuando nosotros…

El chino sintió la presencia de su amigo muy cerca, tanto como para que pudiera percibir la loción con la que se refrescaba tras el afeitado y el olor de su cabello. Un aroma a hombre que había estado a su lado durante mucho tiempo y en el que jamás se había fijado. Un hombre pacífico y tranquilo, pero fiero y apasionado cuando la ocasión lo requería. Un hombre atractivo, deseable. Un hombre…

—Deberías irte, Dohko. Ambos necesitamos descansar para ocuparnos de las tareas diarias.

Lo miró con un nudo en el estómago, y sus sentidos colapsados por imágenes de Shion en las más variadas posturas sexuales. Estaba seguro de que el caballero de Aries había captado su desazón emocional. Avergonzado, asintió y se inclinó; aún tenía algunas armas en el suelo.

—¿Te puedo preguntar algo? —se atrevió a decirle, evitando su mirada.

—No hay nada entre Aiolos y yo —respondió el alquimista sin dejarle hablar—. Lo hice porque me sentía solo. Porque tú estabas lejos. Y porque iba a morir.

Dohko de Libra siempre había actuado de acuerdo a un plan establecido, y pocas veces se salía del guión que alguien había trazado por él. No solía plantearse cambios ni modificaciones, ya que los cambios eran algo que no encajaban bien en sus sistemas mentales. Pero por una vez en su vida, deseó ser un hombre atrevido y besar aquella boca, tocar aquel cuerpo y disfrutar de aquel bulto que se intuía entre las piernas del impresionante caballero de Aries. La mayor parte de sus compañeros tenían relaciones complejas entre ellos, y él tenía necesidades como cualquier otro, pero decidió obedecer, tomar sus armas y dirigirse a la salida.

—Gracias por tu sinceridad. Luego…

—Te sigo esperando.

El pecho del guerrero de Libra se encogió. Los caballeros, desde los de oro hasta los aprendices, eran sus niños, los hijos que jamás podría engendrar. Pero Shion era diferente: era su amigo, su compañero. Su hermano de armas.

—Pero no voy a hacerlo eternamente.

Dohko barajó la posibilidad de besarlo, de asaltarlo, de arrancarle la ropa, de atarlo y castigarlo. De amarlo lentamente, de follarlo con toda la pasión contenida tras años de inactividad sexual… pero no hizo nada. Se giró con sus armas en la mano, el rostro sombrío y un millón de preguntas sin respuesta en su cabeza. No tenía tiempo para emprender una relación, a pesar de estar solo y de necesitar a Shion tanto como respirar. El Santuario estaba en peligro, y sus jóvenes compañeros tenían muchas heridas que sanar. Cuando todo terminara, se ocuparía de sí mismo. Hasta entonces, enfocaría todas sus fuerzas en ayudarles, porque para eso era el Patriarca.

Un Patriarca que no se percató de que la singuralidad que casi vuela por los aires el templo del Carnero Blanco se había anclado en la puerta de la entrada y que esperaba, como el caballo de Troya que era, el momento idóneo para atacar.