In the midnight hour
darkness falls across the land
You tame the beast within,
turn the monster into man
Hypnogaja. Voodoo baby

—Si renuncio… ¿tendré que dejar de verle? —El joven se limpió el semen de los labios y se incorporó regalándole una sonrisa lasciva. Una de sus manos jugueteó con los rizos rubios, que nacían bajo su vientre como la espuma de un mar agitado. Aquella actitud lo provocaba más allá de los límites imaginables.

—Será un adiós definitivo —respondió Aiolos mientras lo sentaba sobre sus muslos. Le mordisqueó un pezón hasta dejarlo enrojecido, que arrancó del muchacho un quejido de dolor.

—Echaré de menos su lanza —se frotó como un gatito y ronroneó de placer—. Me encanta sentirla dentro.

El Arquero lo agarró de las caderas y caminó con su preciada carga hasta la cama. Lo tumbó boca abajo y se echó sobre él, consciente del deseo que había vuelto a aflorar entre sus piernas. El joven lo enloquecía; tenía una intensa mirada azulada y una boca capaz de arrancar gemidos al hombre más casto, y eso era lo que él necesitaba en aquellos momentos. El sexo se había convertido en su pasatiempo favorito, además de ayudarle a olvidar el problema que se enquistaba en su interior y al que no quería enfrentarse. Aún no estaba listo para esa batalla.

—Bien afilada —gruñó Aiolos mientras le mordía la nuca—. Toda para ti, erguida en tu honor.

Le empinó las nalgas mientras se untaba de lubricante. Lo deseaba de forma febril, y su cuerpo reaccionó con el fuego de los veinte años, a pesar de que su mente pasaba de los cuarenta. Metió la mano entre sus piernas y acarició con destreza; el aprendiz se puso en cuatro casi de inmediato y meneó las caderas en un innecesario intento de provocación.

—Dilo, Jarek. Pídemelo —ordenó Aiolos.

Adelphos —gimió el joven—, adelphos, clávame tu flecha hasta atrás. Hasta atrás, adelphos

Aiolos cerró los ojos y lo penetró hasta que no pudo avanzar más. El muchacho lanzó un grito desgarrado y asfixió las sábanas entre los dedos. Ya podía chillar hasta quedarse afónico: allí nadie le oiría. Estaban en la cabaña más alejada de los campos de entrenamiento y de las Doce Casas, el lugar perfecto para que el Arquero saciara la sed de sexo con la que había vuelto a la vida. Lo sujetó con fuerza de las caderas y lo taladró sin piedad, deleitándose con cada ruido que salía por su boca. Los gemidos derivaron en bufidos y gruñidos, para finalizar en quejas entrecortadas y súplicas. Habían llegado a un punto donde el dolor se mezclaba con el placer y el centauro dejaba atrás su humanidad y se comportaba como una bestia. A Jarek le gustaba jugar duro, y había encontrado el compañero perfecto en el ateniense.

—Ten cuidado con lo que pides —le advirtió mientras lo montaba—. Podrías conseguirlo.

Aiolos le colocó la erección en la boca y dejó que el muchacho le aliviara la tensión una última vez. La marea le llegó de forma súbita, y marcó los labios y las mejillas del joven para dejarse caer a su lado, lánguido y sudoroso. Aiolos se imaginó que en vez de con Jarek estaba con otro hombre, en otra cama y otro lugar, pero solo de pensarlo la herida de su pecho ardió como una tea. Ajeno a estos pensamientos, el escudero se acercó a él en busca de mimos, magullado y satisfecho. Aiolos lo cobijó entre sus brazos y lo acarició en silencio, disfrutando de los gimoteos agitados de su compañero.

—Debo ir a ver al Patriarca —murmuró el Arquero, tras un lapso de tiempo—. Deja tu renuncia sobre la mesa —se levantó y le limpió con cuidado. Adoraba ver sus marcas sobre la piel—. Y ten cuidado ahí fuera.

—Le echaré de menos, señor —contestó el joven, sincero.

—Yo también a ti, muchacho —mintió el griego—. Hasta la vista.

Salió en dirección a Aries sin mirar atrás. Cuando volviera a la cabaña, llevaría a otro subordinado para saciarse, aunque el vacío interno siguiera torturándolo sin cesar. Sabía lo que significaba y también cómo remediarlo, pero llevarlo a cabo era demasiado arriesgado y podía quedarse sin nada. Atrás habían quedado Saga, Perséfone y Shion. El presente y el futuro tenían otra cara y otro nombre.

Alcanzó el pórtico del Carnero Dorado a los pocos minutos. Un par de escuderos atendían las explicaciones del alquimista sobre transmutación y transmigración. Al notar la cercanía del Arquero, lo saludaron de forma marcial y emprendieron la subida con sus notas bajo el brazo, dejándolos a solas.

—Atenea nos conceda un día provechoso —lo saludó Shion—. ¿En qué puedo ayudarte?

Su aspecto representaba el de un hombre que rozaba la treintena, pero sus ojos reflejaban el peso de las experiencias acumuladas en sus más de doscientos años de vida. Aiolos le respondió con una sonrisa, mientras Shion lo miraba con interés y una pizca de nostalgia.

—Con tanto jaleo no tuve oportunidad de decírtelo —reconoció el ateniense—, pero estoy muy contento con que Atenea te haya traído de vuelta. Eres una inspiración para todos nosotros.

El caballero de Aries asintió mientras apilaba unos cuantos libros sobre la mesa.

—Mi corazón se alegra de verte tan animado, jovencito —contestó—. Aunque tu aura está distinta. ¿Un poco más oscura, quizás?

El Arquero carraspeó y se tensó. Shion era uno de los psíquicos más poderosos de la Orden y lo conocía mejor que nadie. No quería esconderle nada, pero tampoco le apetecía confesarle abiertamente que le encantaba follar con muchachitos rubios de ojos azules. Follar hasta hacerlos gritar. Follar hasta dejarlos marcarlos.

—He renacido con unas ganas incontenibles de probar cosas nuevas, incluso algunas en las que jamás…

—No es necesario que me des explicaciones —el ceño del alquimista se relajó, y sus ojos se volvieron ligeramente más claros—. Mereces experimentar y disfrutar de las novedades, expandir tus campos de exploración —le ofreció una taza de té, que Aiolos aceptó con gusto—. Por algo representas al centauro más sabio del firmamento.

El griego alzó una ceja. Nunca sabía si Shion le leía los pensamientos o simplemente, era transparente para él. Notó calor en sus mejillas; se había ruborizado como una doncella.

—Soy uno de los pocos que ha vuelto con los poderes afinados. Me preocupa el estado de los demás. Sobre todo el de mi hermano y… el de Shura.

El mentalista se apoyó en el respaldo de la silla y lo miró directamente. Aiolos jugueteó con la taza, sin saber cómo lidiar con las emociones que le evocaba el español.

—No debe ser fácil para ti enfrentarte al hombre que terminó con tu vida —le dio un sorbo a la bebida—. Su cercanía aviva recuerdos dolorosos, pero son esos recuerdos los que trazan, si me permites la expresión, nuestro mapa personal.

—No todo lo que pasó antes de la llegada de la diosa estuvo mal —reconoció el Arquero—. Algunos momentos fueron… inolvidables —le dijo, refiriéndose a su relación sentimental.

—En eso tengo que darte la razón. Lo que hubo entre nosotros fue especial y único, Aiolos —contestó Shion con tranquilidad. El Arquero contempló sus hombros anchos y su perfil elegante, disfrutando de la cadencia grave de su voz—. Eras un muchacho delicioso y yo un viejo que se agarraba a la vida desesperadamente. Permaneces en mi memoria, con tu mirada inocente y el calor de tu cosmos, pero soy consciente que nuestro paso por el Inframundo nos cambió completamente.

“Nos cambió demasiado. A ti te condenó y a mí me llevó al puto Elíseo. Me separaron de todos vosotros. De mi hermano. De mi amante. Y de mi asesino”.

—No merecías terminar en el Cócito —respondió, azorado por la sinceridad del caballero de Aries.

—Jovencito —la sonrisa del alquimista se convirtió en una mueca de tristeza—. No soy tan luminoso como piensas. Hice cosas al final de mi vida de las que no me siento orgulloso. El Cócito era el lugar perfecto para nosotros. Para Saga, para Shura —enumeró—. Y para mí.

Aiolos tragó saliva al sentir cómo ardía la herida de su pecho. Era el aviso de lo que vendría a continuación: el filo de Excalibur rebanándolo de lado a lado, la sangre sobre la mantita con la que llevaba arropada a la pequeña Atenea, y el frío de la piedra contra su espalda mientras se quedaba agazapado en el suelo como un ratón asustado. El dios le había ofrecido el agua de la Cascada del Olvido para que Aiolos mitigara su dolor, pero el Arquero quería mantener todos sus recuerdos intactos, incluido el del día en el que su amigo, compañero, puso fin a su existencia atacándolo en el acantilado.

—Las heridas psíquicas también pueden curarse —el griego captó el aroma del cuerpo de Shion, mezclado con el de los materiales utilizados para reparar las armaduras—. Pero el descanso es importante. Casi primordial.

—Antes necesito que mi hermano se recupere —replicó, mientras buscaba un poco de espacio para sí mismo. Su renacimiento había borrado todo interés sentimental en cualquiera que no fuera su amado, aunque nunca rechazaría un buen revolcón. Y Shion tenía una imaginación en asuntos de alcoba de lo más excitante—. Además —se centró en el pensamiento inicial, no era buena idea seguir pensando en sexo delante de un psíquico—, quiero ir a ver a Shura. Y a…

—Saga. El hombre con más amigos del Santuario —bromeó.

—El hombre que te asesinó, sí. Ese mismo. Creo que podemos hablar con propiedad —contestó, asqueado—. Los dos —recalcó.

—Yo lo provoqué —Shion tomó otro sorbo de su té y acarició el borde de la taza—. Yo le obligué a sacar a la bestia.

—¿De qué…? —Aiolos alzó las cejas, estupefacto. No daba crédito a lo que acababa de escuchar—. ¿De qué estás hablando?

El caballero de Aries carraspeó y tomó aire. Aiolos lo miró impaciente. Su parsimonia conseguía que le dieran ganas de abofetearlo.

—Hablo de que me aproveché de su enfermedad —respondió al fin—. Bloqueé sus defensas mentales, excité al monstruo que llevaba dentro y me limité a esperar.

El Arquero se quedó mudo mientras buscaba en el rostro impasible de su antiguo amante un indicio de que estaba mintiendo. No lo encontró.

“Él me lo enseñó en el pozo de la Nostalgia, pero no quise creerle”.

—No, no, no —negó Aiolos con una sonrisa incrédula—. No es verdad. Dime que no sabías que estaba poseído, o enfermo, o lo que quiera que le pasase. Dímelo —exigió.

El alquimista se centró en el contenido de su taza, como si buscara la respuesta en los posos del té. Luego alzó la mirada y la clavó en el ateniense, que continuaba esperando una respuesta distinta, algo que no le hiciera perder la fe en Shion, en la Orden y en la diosa.

—Los dos éramos conscientes del problema de Saga. Lo supimos en el momento en el que Solaria murió entre sus brazos.

—Por los dos te refieres a Dohko y a ti, ¿no es así? —replicó, sintiendo cómo el corazón le palpitaba a toda velocidad. Oírlo de la boca del hombre con el que se había acostado le dolía más de lo imaginable.

“No está aquí porque no es como tú. Eras su peón, no su amigo. El peón con el que follaba cuando tenía ganas de sentirse humano”.

Las palabras del dios retumbaban en su cabeza sin cesar, y Aiolos se sintió cada vez más furioso.

—Era parte del plan —Shion hizo ademán de acercarse a él pero Aiolos lo fulminó con la mirada—. Necesitábamos que Arlés tomara el control y actuase como lo que es, un asesino.

—¿Aunque eso supusiera que el Santuario fuera masacrado? ¿Qué mi hermano creciera amargado y solo?

—La historia está tejida en el tapiz del Destino —le respondió, con una autoridad que no dejaba lugar a las dudas—. Ni los dioses pueden escapar del Último Designio.

—¡Palabrería barata! —bufó—. Ese discurso cuéntaselo a los otros, no a mí. ¡Yo iba a ocupar tu puto cargo!

—¡Aiolos, déjame explicarte! —bramó Shion—. ¡Mi obligación era cumplir con mi parte del plan! Había demasiado en juego, aunque eso me llevara a lo más hondo del Inframundo. Lo acepté porque ese era mi destino, así que deberías dejar tus prejuicios de lado, y seguir nuestro ejemplo.

El Arquero esbozó una sonrisa agria mientras su compañero recogía las tazas y las depositaba junto a la tetera. Esos dioses de los que Shion hablaba con tanta ligereza habían sido sus compañeros de juegos en el Elíseo, tras su juicio en el Tribunal Silencioso. Recordaba perfectamente todo el periplo desde que abandonó el mundo de los vivos hasta la Isla de los Bienaventurados: la procesión junto a los otros caídos, los guardias empujándolo dentro de la barca, el olor apestoso que emanaba del Estigia. Siempre creyó que el Infierno era tétrico, pero lo que jamás imaginó fue el hedor, la pestilencia que provenía de los cuerpos, de los guardianes, de la misma tierra, y de las salas donde, hacinados, esperaban su turno para ser encausados.

“No me impresiona que seas un caballero de Atenea. Aquí eres un cadáver andante más. Veamos cuáles son tus pecados”.

Bajo la cicatriz que había dejado Excalibur Aiolos tenía una incisión apenas visible al ojo humano, que le escocía cuando se duchaba. Se la había infligido un individuo con un instrumento musical, al sacarle el corazón de la caja torácica para pesarlo en una balanza.

“Te llamas Aiolos Athanassakis. Naciste…”.

Se llevó la mano al pecho y jadeó. En su cabeza resonaban los ecos de los lamentos de sus compañeros de sala, los que por nacimiento debían ser juzgados por Eaco, uno de los tres jueces del Inframundo. Había hombres, mujeres y niños, ateridos de frío y de miedo, esperando el momento en el que pudieran alzarse al Elíseo o pudrirse en el Tártaro.

“… y decidiste combatir sin protección porque temías matar a la niña si llamabas a tu armadura. Solo se puede esperar esto de un caballero de Atenea. Vuestra entrega me da asco”.

Cerró los párpados con fuerza y tosió. Cada palabra lo anclaba al pasado donde sólo estaban Saga, Perséfone y Shion, con sus amores enfermizos, desesperados y decadentes. El dios lo había moldeado como Hefesto moldeó a Pandora, a partir de barro y agua, dotándolo de la sinceridad de las bestias y minimizándole los prejuicios que Aiolos había ido adquiriendo a lo largo de su vida, por educación, por entorno y por arraigo cultural.

“Ven a mi morada, Aiolos —la voz de Hypnos era tan cristalina como el color de sus ojos; si se concentraba incluso podía rememorar el peso de su cuerpo y la fuerza de sus embestidas, que aún eran capaces de hacerlo estremecerse de placer—. Serás mi invitado especial”.

—Acepté mi destino —escupió el Arquero, dejando los recuerdos a un lado—. Lo abracé con todas mis malditas fuerzas, hasta que la vida se me escapó por la boca. No me vengas con moralidades, porque te las pasabas por la polla cuando follábamos sobre la silla patriarcal.

Fue la primera vez que vio a Shion echando chispas por los ojos, y gran parte de las herramientas celestes flotaron a su alrededor. Una parte de él disfrutó con el espectáculo; lo había conocido viejo y cansado, con demasiados secretos que ahora empezaba a comprender. La bestia que vivía en su interior rugió y el deseo de sacar el arco para apuntarlo con su flecha dorada y obligarlo a que la lamiera se volvió casi insoportable, pero bloqueó sus instintos de inmediato. Si el caballero de Aries era reservado con él, Aiolos no pensaba darle más información de la necesaria.

—Comprendo tu ira mejor de lo que crees, pero hice lo que debía y cumplí con mis obligaciones —le contestó una mirada ardiente y llena de ira—. Me debo a la Orden y a la diosa.

—Y terminaste en el Cócito —añadió el griego—. ¿Fue Eaco el que te juzgó? ¿Minos? Por tu ascendencia… debería ser el de Creta, ¿me equivoco?

—En realidad, ni uno ni el otro. Aquel día presidía el juzgado Lune, un viejo conocido —replicó—. Ya hablaremos de eso en otra ocasión, si te place.

Aiolos recordaba al joven, de larga cabellera y pálido como una estatua, que asistía a los jueces en épocas de gran afluencia de almas. Solía vestir una túnica oscura con ribetes bordados y portaba un libro que leía en silencio, con grabados e imágenes lóbregas, idénticos a los de las paredes de la sala del Juzgado donde trabajaba. En ocasiones, alzaba la vista y miraba al acusado, como si sopesara sus palabras y las comparara con las que estaban escritas en su manuscrito.

“En mi palacio del Sueño estás a salvo —le había dicho el dios tras reparar en él—.Lejos de Lune y de Valentine. Lejos de la inmundicia humana”.

Sintió cómo las fuerzas le abandonaban, al comprender la dimensión de lo que Shion le había confesado. El alquimista también parecía afectado, y guardó un silencio incómodo que Aiolos necesitaba romper.

—Cuéntamelo todo. Si llego a saber que habíais maquinado este montón de mierda entre los dos, jamás le habría dado el voto de confianza a Dohko.

—Necesitaremos otro par de tazas de té —El antiguo caballero de Aries se fue hacia la cocina para preparar una tetera—. Dohko es un buen Patriarca —añadió—, no es justo juzgarlo por una única acción.

—Dame las respuestas que necesito y ya decidiré yo —gruñó.

Se quedó sentado mientras su antiguo amante preparaba la infusión. Le sudaban las manos, tenía la boca seca, y unas insoportables ganas de gritar. Gracias a tantos secretos lo había perdido todo: a su primer amor, abandonado a su suerte por sus compañeros, presa de una enfermedad mental. A su mejor amiga, cuando decidió ser algo más y el sexo lo destruyó todo entre ambos. Y a su vecino y compañero de entrenamiento, el muchacho que había hecho tan buenas migas con su hermano, y que a la postre, se convirtió en su asesino.

“Todo esto lo imaginaba pero, ¿por qué me duele tanto ahora?”.

El dios le advirtió del peligro que suponía rechazar la inmortalidad y abandonar el Elíseo, sobre todo porque su cuerpo humano llevaba años en el mundo de las sombras, pero Aiolos quiso seguir adelante. Volver a estar frente a su amado, aunque no pudiera tenerlo entre sus brazos, merecía pagar un precio, era lo único que le importaba.

“Qué forma tan bonita de mentirme a mi mismo. Ardo en deseos de entrar en él y que él entre en mí. No me alimento de sonrisas. Necesito algo físico”.

El propio Hefesto le proporcionó a Hypnos los ingredientes con los que se forjaron los primeros centauros y le indicó el procedimiento para crear un recipiente digno del alma de un caballero de Atenea. El segundo, por sus palabras.

“¿Es este? ¡Vaya! Es mucho más bello que el otro —había exclamado el Divino Cojo mientras daba vueltas alrededor del alma de Aiolos—. ¿Cómo se llamaba aquel desgraciado? Ah, sí. Belisario. Fue una lástima que saliera tan mal”.

“Podría haber tenido un lugar de honor en las huestes de Hades —pensó Aiolos, de nuevo en el presente—. Pero lo dejé todo por amor”.

—¿Estás preparado? —Shion le ofreció una taza de té y dejó una caja de madera con cigarros liados a mano sobre la mesita, ajeno a la marejada de recuerdos que habían inundado la mente del griego. Al olerlos, se percató de que se trataba de marihuana—. Te voy a mostrar algo que cambiará tu concepto del Santuario para siempre.

—¿Por eso has traído las hierbas mágicas?—señaló la caja del tabaco—. Ya no soy un crío. Suéltalo ya.

El alquimista tomó aire y lo miró directamente, dispuesto a obedecer.

—Supongo que ya te habrás dado cuenta que cada Casa tiene sus leyes y sus costumbres. La de Aries tiene en su haber varias generaciones de alquimistas, pero no ha sido la única. Cáncer también contribuyó a la…

—Por favor —gruñó el griego—. Cuéntame la versión reducida, o cuando lleguemos a Piscis me habré muerto de viejo.

Shion lanzó un bufido pero asintió. Aiolos sabía que no le gustaba que le llevaran la contraria.

—La casa de Géminis siempre ha estado marcada por el estigma de la locura. Desde los tiempos mitológicos, solo un gemelo podía portar la armadura, y se elegía en juicio por combate.

—Si mencionas los tiempos mitológicos, sabrás que Castor y Polydeukes no tuvieron la obligación de matarse entre ellos —tomó un cigarro y lo encendió—. Uno murió porque su rival lo mató, y el otro decidió acompañarlo al Inframundo. Esa —enfatizó— es la historia.

—Esa es la historia que el pueblo conoce. La gente no necesita saber más de lo necesario —tomó un sorbo de té. Luego dejó la taza y le dio una larga calada al suyo—. Pero no quiero desviarme del tema —retomó el hilo y miró a Aiolos a los ojos—. Castor y Polydeukes eran más que gemelos.

—¿Siameses? —bromeó el Arquero.

—No —cortó el alquimista—. Incestuosos.

Aiolos alzó las cejas, estupefacto.

—¡No digas tonterías. He estudiado las bitácoras de los antiguos caballeros de Sagitario y nadie, en ninguna parte, menciona tal atrocidad —se levantó, furioso—. Creí que te dedicabas a interpretar los movimientos de las estrellas, no a inventarte mentiras.

—Siéntate y escúchame, Aiolos —le imploró—. Tengo pruebas de que las leyendas de héroes y dioses estaban destinadas a conducir al inconsciente colectivo hacia determinadas prácticas que, de otra manera, no aceptaría de buen grado.

La boca del Arquero se curvó en una mueca amarga.

—¿Y crees que no hay incestos en la historia mitológica? —gruñó—. Sin ir más lejos, Zeus y Hera eran gemelos y también esposos, y nadie puso el grito en el cielo. ¿Afrodita y Ares? Esos también eran hermanos. Perséfone era hija de Zeus con su hermana Demeter. Casi todos los hijos de Zeus con las diosas principales eran producto de amores incestuosos.

Se retorció las manos y se separó el justillo de tela de la piel. De repente, sentía demasiado calor.

—Has cambiado mucho, Aiolos —murmuró el antiguo Patriarca—. Cuando eras más joven, hacías más concesiones a la fe pero ahora te lo cuestionas todo.

—Me abrieron los ojos —replicó el Arquero—. Prosigue, por los dioses.

El alquimista llenó las tazas de té. Aiolos encendió un segundo cigarro.

—Dame tu palabra de que vas a mantener en secreto todo lo que te voy a enseñar.

El caballero de la Novena Morada alzó las cejas y sintió auténticas ganas de estrangularlo con su cinta roja.

—Terminemos con esta tontería de una puta vez, porque estoy llegando a mi lí…

Shion se levantó sin mediar palabra y le colocó un legajo tan antiguo como pesado sobre las piernas que, al abrirlo, le llenó el pantalón de ceniza de papiro y de polvo. Estaba escrito en griego arcaico, aunque se conservaba en muy buen estado. Acarició las páginas rugosas y se quedó helado al ver el símbolo grabado en las esquina superior de cada una de las hojas.

—¿De… donde lo has sacado? —lo miró, atónito, mientras comprobaba que era uno de los libros de la Casa de Sagitario—. Este tomo… nunca lo había visto en mi templo.

—Ese libro, como la mayoría que tengo guardados en un lugar seguro, pertenece a la historia secreta del Santuario. Los llaman los Libros Apócrifos, ya que no fueron escritos por los caballeros dorados, sino por los maestres que dirigieron la Orden en las sombras.

—¿Tienes pruebas de que son auténticos? —preguntó Aiolos, ansioso—. La historia apócrifa es una leyenda que ha corrido por el Santuario, pero no tenemos constancia de que este tomo en concreto sea parte de….

—Ve al capítulo nueve, sección dos, versículo veinticinco, Aiolos.

—¿Tiene… numeración latina? —El griego pasó cada pieza de papel con cuidado, inclinándose a contemplar los dibujos y las ilustraciones que decoraban los márgenes. Cuando llegó a la página, se encontró con que saltaba a la siguiente.

—Lo que llaman Sagradas Escrituras… nosotros también tenemos algo que ver en ellas —comentó el alquimista.

—No está —lo miró, inquisitivo—. La página no está.

—Alguien la arrancó de ese libro y la cosió en la historia de Géminis. Justo en la parte donde se habla de Alpheus y Céphisos.

—¿A qué caballero corresponde esta entrada? —preguntó Aiolos.

—A Belisario.

El caballero de Sagitario guardó silencio. Hefesto lo había comparado con él, y su cuerpo estaba hecho de la misma materia que la del hombre que una vez ocupó su templo. Ambos habían sido amantes de Hypnos.

Y ambos habían vuelto a Atenas por amor.

—¿Dónde está eso de los Dioskóuros de lo que me has hablado? —cambió radicalmente de tema—. Quiero ver ese secreto del que tanto te escandalizas.

Shion lo miró de forma grave, hizo ademán de añadir algo pero asintió antes de pronunciar palabra. Aiolos se secó el sudor de las manos limpiándoselas en el justillo.

—En este párrafo se habla de su nacimiento —señaló el guerrero de Aries—. De los huevos que parió Leda, fecundada por Zeus metamorfoseado en cisne, de la inmortalidad de uno y la mortalidad del otro, de lo que se esperaba de ambos.

Aiolos afirmó con la cabeza. El calor empezaba a ser asfixiante. Se secó las manos en el pantalón, llenándoselas de restos de papiro. Las miró con ansiedad; no dejaban de sudar.

“Tsk. Tsk, tsk. Te enseñaré a controlar ese instinto, Aiolos. Tu cuerpo de bestia desea gobernar tu alma humana. Ten cuidado, o lo siguiente será relinchar y montar a toda yegua que tengas a tu alcance. O a todo potro. ¿Sabías que Eolo aceptaba el incesto en su propio palacio?”.

El eco de la voz del dios, justo en ese momento, lo dejó perplejo. ¿Por qué, en los momentos de tensión, recordaba con tanta claridad su vida en el Elíseo? Miró a Shion, que proseguía con el relato, ajeno a la marejada mental del ateniense. No le importaba si los gemelos habían follado de pie o tumbados, y tampoco si el amor que se profesaban era tan profundo como la laguna Estigia. Todo aquello eran estupideces que lo hacían perder el tiempo, sobre todo cuando había otros caballeros que necesitan su ayuda.

—Una historia de amor preciosa, y la demostración palpable de que los héroes eran una banda de maricones degenerados —gruñó—. Supongo que esto no vendrá a colación por lo que ha sucedido con Saga, ¿verdad? —despegó las nalgas de la silla—. Porque si estás insinuando que Saga se acostaba con su gemelo… ¿cómo se llamaba? —rememoró—. Kanon, sí, se llamaba Kanon —se retorció las manos de nuevo—, no puedo darte una respuesta, ya que no tengo ni idea del tipo de relación que mantenían después de que Solaria se encargara de separarlos. Lo único que puedo recordar es referente a una noche en que llegó hecho un mar de lágrimas, diciéndome que Kanon se había acostado con ella. Lo tomé como un delirio, no como algo real —confesó con amargura—. Creo que… me estaba pidiendo ayuda, pero yo no supe comprenderle, y lo dejé solo con su problema. Perdido dentro de sí mismo.

El alquimista clavó su enigmática mirada en él, pero el ateniense sonrió con tristeza y tomó otro cigarro.

—Era tan brillante, tan capaz. Tan… apasionado —continuó Aiolos—, que lo creí invencible. Espero que sepa perdonarme.

Shion asintió y sonrió, como si le estuviera dando la razón en silencio.

—Estoy seguro que no te guarda rencor —apostilló el tibetano—. Fuiste el amor de su vida.

—Por eso sé que jamás le habría puesto encima las manos a su gemelo —replicó, y supo donde quería llegar Shion con toda aquella pantomima.

“Me quemo”.

El ambiente se había vuelto asfixiante, y Aiolos se sentía arder. Se miró las manos y las vio calcinarse poco a poco, como si alguien las estuviera cocinando sobre una plancha invisible. Las piernas y los pies crepitaban, y pequeñas lenguas de fuego lamían sus sandalias y pantalones. Se levantó de un brinco en busca de algo con lo que apagarse, pero todo ardió a su alrededor. De repente, Shion había desaparecido, dejándolo completamente solo. ¿Dónde se había metido, y más aún, por qué no lo ayudaba? El lugar donde había estado el alquimista se diluyó frente a sus ojos, dando paso a la figura de un hombre de pelo largo y rostro angustiado que lo miraba con desesperación.

Ayúdame.

Aiolos lo escuchó con claridad, aunque el desconocido mantuviera su boca cerrada. El hombre permanecía en mitad del taller, rodeado por un aura rojiza y violenta. El ateniense retrocedió en busca de la puerta; el fuego le había alcanzado las entrañas y necesitaba buscar un lugar donde apagar el ardor. Si salía del taller, en pocos minutos podría alcanzar la arena y revolcarse en ella, pero no era capaz de encontrar la puerta. ¿Quién la había cambiado de sitio? Pateó la pared desesperado, pero nadie hizo caso a sus súplicas, que emergieron de su garganta como jadeos roncos. La piel se había caído a trozos y los huesos relucían.

Necesito que me ayudes. Por favor.

Se giró en busca de otra salida, pero la sala ya no era el lugar acogedor en el que Shion pasaba largas horas reparando las armaduras, sino un cuarto lóbrego y oscuro, con miles de tarros de cristal llenos de sustancias y de seres de naturaleza desconocida, y con una mesa cubierta de sangre y de vísceras humanas.

Quiero enseñarte algo. Observa.

Los sentidos de Aiolos se quedaron embotados a causa de la secuencia de imágenes que desfilaron ante sus ojos, y el fuego pasó a un segundo lugar. Veía con toda claridad al hombre de pelo blanco y a su gemelo, mientras trabajaban en algún proceso alquímico desconocido para Aiolos. Uno recitaba un mantra mientras el otro dibujaba símbolos sobre un círculo alquímico con figuras que el Arquero ya había visto en el palacio del Sueño. A sus pies yacía una cabra, cuyo pelaje y cuernos se habían teñido de dorado, balando con una desesperación que le estaba rompiendo los tímpanos.

Lo hemos conseguido. Stephanos, lo hemos conseguido.

El hombre de cabello oscuro, ajeno a la mirada de Aiolos, sonrió de satisfacción. El cordero se había levantado y caminaba por el taller en busca de comida. El albino se agachó y le dejó un platito con leche, acarició el vellón dorado y se giró hacia su gemelo, que lo miraba con intensidad. Se unieron en un beso apasionado y alzaron un brazo a la vez. Los dedos buscaron a sus idénticos y se unieron en un agarre indestructible.

Tómame, Stephanos.

El griego sintió asco y fascinación al descubrir cómo dejaban de lado los prejuicios y se entregaban a un sexo primitivo y arcano, a una comunión más allá de los cuerpos y de las mentes. Quería salir de allí y gritar hasta romperse las cuerdas vocales, lleno de envidia y de frustración. Él no era peor que ellos, ya que estaba enamorado de alguien al que también lo unían los sagrados lazos de la sangre. Se agarró a la pared al sentir cómo desaparecía todo ante sus ojos: la mesa, los tarros, la cabra, los hombres fornicando. Cayó de rodillas, incapaz de controlar la desesperación y se tapó los oídos con las manos, aunque seguía escuchando sus voces con total claridad.

Tú traerás el equilibrio, Sagitario. No confíes en la Bestia. Mátalo o él te matará.

“Atenea… Atenea… por todo lo sagrado…”.

Los gritos se transformaron en aullidos y éstos en alaridos guturales que removieron las entrañas del Arquero. Se encontraban de nuevo en el taller, y sobre sus cabezas brillaban dos pequeños soles que rotaban uno alrededor del otro, semejante a una estrella binaria perfecta. Pero la luz se volvió oscuridad cuando el albino salió disparado hacia atrás, con el rostro desfigurado y lleno de sangre. Su gemelo, Stephanos, gritaba un mantra mientras le sellaba la herida con una técnica alquímica que no parecía surtir efecto. El otro hombre se movió de forma espasmódica hasta que el último aliento de vida se escapó de su boca, dejándolo inerte. Su hermano, presa de la desesperación, degolló a la cabra y se untó de su sangre, aplicó un nuevo sello y lo tomó entre los brazos, mientras el animal moría entre estertores, y se reducía a polvo.

¡No me dejes! ¡No puedo vivir sin ti!

Los tarros cayeron al suelo, y la reacción fue tan fuerte que se generó un Agujero de Vacío y el taller se vio reducido a escombros. Sin embargo, Stephanos parecía ajeno a todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, centrado en insuflarle la vida a su moribundo hermano. Aiolos puso especial atención en el fenómeno y se percató de que el fondo que se veía tras los dos gemelos era distinto al de la devastación de Aries. Habían conseguido elevar una burbuja espacio temporal, donde el tiempo parecía ir hacia atrás, ya que el rostro herido del hombre albino volvía a recomponerse, a excepción de uno de sus ojos.

Cuerpo por cuerpo. Sangre por sangre. Vida por vida.

Aiolos no daba crédito a lo que estaba viendo: el rostro del hombre herido volvió a reconstruirse, mientras que el del Stephanos comenzaba a despellejarse y a sangrar de forma abundante, como si la herida de uno estuviera trasmutándose en el otro. Tras ellos, el vellón del carnero comenzó a expulsar humo y el dorado de su lana se convirtió en una madeja de hilos negros que lo cubrieron por completo. Los dos gemelos, de espaldas al fenómeno, eran ajenos al peligro que corrían, ya que el animal se había convertido en un monstruo con miles de tentáculos que avanzaba hacia su desprevenida presa.

Si nadie los ayudaba, el ser los atraparía y asfixiaría.

“No es real, no está sucediendo pero tengo que ayudarlos. ¡Tengo que ayudarlos!”.

Aiolos llamó a su armadura y el centauro acudió raudo, con la flecha preparada para clavarse en la injusticia y la maldad. Inmerso en la visión e ignorante de lo que estaba sucediendo en el presente, tensó la cuerda del arco incapaz de escuchar los gritos de su antiguo amante, que elevaba un muro de cristal y le suplicaba que dejara de apuntarle. Para Aiolos, Shion había dejado de existir, ya que tanto él como su armadura estaban encadenados al sufrimiento de los gemelos. Su vestidura era como él, puro fuego, y las llamas emergían de sus botas y terminaban en sus alas, dándole un aspecto similar a un fénix a punto de despegar.

Disparó la flecha hacia el monstruo que amenazaba con agarrarse a las piernas del hombre de su visión, alcanzando el vértice del Agujero de Vacío que, a causa de la gran cantidad de energía cósmica acumulada, era cada vez más grande y había engullido gran parte de los escombros de lo que una vez fue el templo de Aries.

¡AYÚDANOOOOOOOOOOOS!

El agujero se cerró cuando la flecha penetró en él como si jamás hubiera existido. El alarido flotó en el aire hasta convertirse en el eco del viento a través de la ventana. Aiolos se desplomó en la silla y jadeó; su armadura estaba ardiendo.

—Los… he visto —dijo, presa de la agitación.

Shion estaba completamente empapado en sudor, con los cristales del muro defensivo cayendo en jirones.

—Casi… me matas, Aiolos —gimió—. ¿Tuviste… una visión?

El griego lo miró con los ojos enrojecidos.

—Sí. Los he visto.

—¿A quiénes? —preguntó mientras se secaba el sudor. Tenía la melena empapada.

—¿Al hombre del parche? —logró articular—. Y a su hermano gemelo.

Shion alzó las marquitas de su frente, sorprendido.

—¿A los dos? ¿Estás seguro?

—Como que estaban aquí mismo, Shion —replicó el Arquero—. Pero los muebles eran distintos, y ellos… iban vestidos de una forma diferente. Con túnicas. Con túnicas de patriarca —continuó, mientras se agachaba junto a la puerta y comprobaba que el Agujero de Vacío se había sellado por completo—. Algo fue mal y uno de ellos perdió la vida. Estaban muy unidos —prosiguió—. Los ví… —pero no apuntó qué estaban haciendo.

“Los envidio. Quiero amarle como se aman ellos. Quiero que sea mío”.

—¿Te encuentras bien, Aiolos? —se acercó a él con preocupación. El ateniense se apartó de forma instintiva.

—¿Cephisos llegó a tener algún cargo importante en la Orden? —la cabeza le bullía de ideas—. ¿Por qué iba vestido con una túnica papal?

—Cephisos no fue patriarca, sino Belisario —apostilló Shion, sentándose de nuevo—. De alguna manera, Alpheus no fue separado de él al llegar, violando la sagrada regla que se iniciaba con el propio Zeus, que para evitar que uno de los gemelos tuviera más poder que el otro, dividió las estrellas de la constelación de Géminis. Así, se veían obligados a resonar en la misma frecuencia para ocupar su lugar en el Olimpo.

—Y gracias a esa “sagrada regla”, la Casa los obliga a combatir por la armadura, convirtiendo a uno de ellos en la sombra de su hermano —finalizó Aiolos.

—En efecto. El resto de los dioses no vieron con buenos ojos que Zeus beneficiara a los primeros Géminis, así que en una asamblea decidieron castigarlos y los obligaron, a partir de ese momento, a mantener una lucha fraticida para instaurar el mito del descenso a los Infiernos y su posterior reencuentro.

—Y nosotros fuimos tan estúpidos como para continuar perpetuando generación tras generación ese exterminio controlado, todo para mayor tranquilidad de los dioses.

El alquimista tomó otro legajo y lo extendió sobre la mesa. Leyó en alto parte de la historia mitológica de Géminis, de los inconvenientes de permitirles estar juntos, de la obligatoriedad de ser separados a causa de la relación de Alpheus y Céphisos.

—Una pareja de Géminis unidos por los lazos del amor pusieron en jaque no solo a la Orden, sino al universo tal y como lo conocemos —terminó de recitar el caballero de Aries.

—¿Y por eso separamos a Kanon de Saga? —escupió Aiolos—. Los obligamos a vivir bajo unas reglas escritas hace miles de años. ¿Dónde está el pasaje en el que el Patriarca debía hurgar en la cabeza de Saga para que se convirtiera en Arlés y diezmara a medio santuario? —manoteó, desesperado—. ¿Dónde está escrito que tú y yo debíamos caer por sus maquinaciones? ¿Esta es la historia que quieres perpetuar? —apuntó al legajo con el dedo—. ¿Este es el Santuario que querías dirigir? ¿El que yo debía dirigir si no hubiera muerto? —apretó los puños y lo miró con el odio inyectado en los ojos.

—Yo tenía que comandar una insurrección en el Inframundo —contestó Shion con una calma ficticia. Parecía tan cansado como el propio Aiolos—. Debía ir preparándolo todo para la llegada de los demás, y tenía que asegurarme que mi pecado fuera lo suficientemente grave como para ser condenado sin posibilidad de…

—¡No pienso quedarme de brazos cruzados, Shion! No pude ayudarlo cuando era un cadete, así que voy a hacerlo ahora— le interrumpió—. Y te aconsejo que no trates de detenerme.

Pasó las hojas del libro con cuidado, buscando alguna ilustración que le diera más información sobre los gemelos. La visión había sido demasiado intensa y aún le ardían los nervios oculares, así que prefirió buscar indicios que le ayudaran a fijar los detalles en su memoria. Encontró una ilustración donde aparecían los dos hombres, con la adolescencia aún a la vuelta de la esquina.

—Apenas dos críos —murmuró.

—¿Has visto cómo se llaman?

Aiolos le tendió el papiro con cuidado de no quemar sus hojas. La armadura aún estaba caliente.

—K… ¿Khristophoros? —preguntó—. Y Stephanos… dos nombres griegos. Lo habitual.

—Así es, pero, ¿te has fijado en sus apellidos?

El ateniense frunció el ceño. ¿Qué importaba como se apellidaran?

—S… v… —tragó saliva—. Svarakis.

Miró a Shion, estupefacto. El rostro del alquimista revelaba la gravedad de lo que acababan de descubrir.

—Khristophoros y Stephanos Svarakis, los guerreros Alpheus y Cephisos de Géminis, son ascendientes de Kanon y de Saga. Así que, si no he interpretado mal toda esta información —prosiguió Shion—, ya sabemos donde están los dos caballeros que desaparecieron en el siglo XV.

—¿Y qué puede significar? —le preguntó el Arquero.

—Que las guerras sagradas que suceden cada 263 años, quizás hayan llegado a su fin.

Aiolos volvió la vista a la mesa donde Alpheus recibía las embestidas de Cephisos y apretó el puño. Luego, volvió a mirar a Shion con determinación.

—Ni una palabra de esto a Saga. No quiero que esa cosa que lleva dentro vuelva a tomar control de su voluntad. ¿Sabemos algo de su gemelo?

—Solo lo que él nos ha dicho. Pero si alguien puede encontrarlo, es Milo. Por eso lo enviamos a Atlantis.

—Creí —Aiolos frunció el ceño, extrañado— que era una misión diplomática.

—Y lo es —certificó el otro—. Pero Milo y Kanon se enfrentaron ante la diosa cuando nosotros empezamos el asalto al Santuario. Según lo que ella misma me explicó, llegaron a unirse a través de Antares. Y luego, Kanon debió buscarlo por el Inframundo, con resultados nulos, por lo que pude entender.

—¿Cómo puedes saber todo eso? Los informes de la batalla son inconclusos.

—Arreglé Géminis —le confesó con una sonrisa enigmática—. Y siempre se me ha dado muy bien leer la impronta de las armaduras. De todas, incluida la tuya.

El griego tragó saliva. La mirada del alquimista dejaba claro que conocía el secreto por el que Aiolos había vuelto a la vida, y lo que estaba dispuesto a sacrificar por un amor no correspondido. Se puso de pie y suspiró con gravedad.

—Tu secreto está a salvo conmigo.

Aiolos lanzó un suspiro de hastío, harto de fingir que sus sentimientos eran fraternales, y no de índole más íntima.

—Iré a por él. Y lo amaré como jamás lo han amado.

—No soy nadie para cuestionar tu vida privada, Aiolos. No sólo Zeus era incestuoso. Los hijos de Eolo, el dios del que llevas el nombre, estaban casados entre ellos. Algo debe significar.

Se quedó quieto y callado, como si alguien estuviera caminando sobre su tumba. Esa era la manera de verbalizar sus corazonadas, el instinto que se adelantaba a cualquier pensamiento racional. No le hizo falta girarse, porque sabía quién estaba allí, con una mirada llena de desconfianza y de tristeza.

“Una mirada llena de dolor. Un dolor que no supe interpretar”.

—Noté cómo se cerraba un portal —no se dirigió a nadie en concreto; Saga mantuvo los ojos clavados en un punto indeterminado, más allá de Shion y de él. Más allá de las estrellas—. Y he venido para saber si os encontrabais bien.

—Estamos bien, Saga. Si quieres pasar, tengo una taza de té para ti. Aiolos ya se iba.

El ateniense se irguió y plegó las alas, que ya se habían enfriado. Saludó a Shion con una reverencia, recogió el legajo que pertenecía a la casa de Sagitario y caminó hasta llegar a la altura de Saga, que llevaba una venda antiquemaduras alrededor de la muñeca.

“Llevas oculto el mismo punto que los gemelos unían cuando se hacían el amor”.

—Que Atenea te proteja en este día —susurró cerca de su oído—. Creo que deberíamos mantener una conversación, en privado, si te parece bien.

—¿Hay algo que tengamos que decirnos, Arquero? —espetó Saga con sequedad.

—Pedirme perdón por haber dado la orden de asesinarme podría ser un buen comienzo. ¿No te parece?

Se alejó con una sonrisa mientras Saga lo miraba atónito. Era la primera vez que se sentía cómodo consigo mismo desde su vuelta a la vida, y ni los dioses ni los hombres iban a evitar que amara en silencio al joven por el que había abandonado la eternidad.

El muchacho, su León dorado, lo merecía.