Do we get it? No.
Do we want it? Yeah.
This is the new shit,
Stand up and admit.
Marilyn Manson. This is the new shit

—¡Iantho! —rugió—. ¡Dile a ese hij… a Shura que estoy aquí!

Aioria maldijo entre dientes el poco tacto del doncel de Capricornio por hacerlo esperar a la puerta del templo y no salir a recibirlo. Apretó los puños y contuvo las ganas de darse la vuelta y buscar cobijo en Sagitario, pero se obligó a mantener la calma. El Patriarca le había ordenado visitar al guardián de la Décima Casa en calidad de paramédico. Aioria alegó todo tipo de objeciones, pero Dohko fue claro: si él no quería tratar a Shura, obligaría a Aiolos a hacerlo, y lo que menos deseaba el Leon era que su hermano se involucrara aún más con el hombre que le había quitado la vida. Lanzó un bufido y miró al cielo. Cumpliría la orden del Patriarca y ayudaría al español en su curación, por muy descabellada que fuera la idea.

—¡Iantho, joder! ¡Me voy a congelar si sigo aquí!

Se acarició los brazos y para su desgracia, varias chispas procedentes de sus dedos chocaron contra las piedras del pórtico. Sintió un escalofrío; su sentido del tacto continuaba interpretando el clima de forma errónea. A pesar de rozar los veintidós grados, estaba tiritando de frío, como si un daimon se dedicara a juguetear con su termostato interno girando la palanca de un lado a otro.

—Sé bienvenido, Aioria, a esta la Casa de Capricornio.

Se puso en guardia al reconocer la figura que apareció en la penumbra del pasillo. El hombre que en el pasado había sido un guerrero temible, de constitución fibrosa y capaz de hacer bailar a las piedras para luego partirlas en dos, ahora era un esperpento flaco y desgarbado, con la cara llena de heridas, el pelo cortado a trasquilones y una eterna oscuridad bajo los ojos.

—Déjate de bienvenidas —contestó con frialdad—. Quiero terminar este suplicio cuanto antes, así que empecemos de una maldita vez.

El español no replicó, cosa que Aioria agradeció en silencio. Caminaron con paso rápido por el corredor acolumnado, que sólo mantenía encendidas unas pocas antorchas y del que habían desaparecido todas las estatuas y tapices. Las paredes desnudas mostraban tajos en el enyesado, así como el marco y en la puerta del dormitorio del caballero.

—Por aquí —indicó Shura.

No hacía falta que le dijera dónde estaba su cuarto, Aioria ya lo sabía. De niño solía jugar a esconderse tras los pedestales y las columnas, para desesperación de su hermano.

—Desnúdate —ordenó con brusquedad—. Todo fuera, excepto la ropa interior. Eso te lo puedes dejar.

El guerrero obedeció. Se despojó de la casaca y la depositó sobre el escritorio, junto a la lamparilla que proyectaba más sombras que luces en las paredes de la habitación. Luego, se quitó los pantalones y los dejó doblados en el respaldo de la silla. Se cubrió con un albornoz deshilvanado, y aunque la penumbra lo hacía parecer aún más demacrado, no perdió la compostura.

—Antes de empezar, ¿me permites ofrecerte un poco de pan? ¿Vino? Tengo queso de ov…

—Si estoy aquí es porque el Patriarca me ha dado una orden directa y no me queda más remedio que obedecer, tú ya sabes a lo que me refiero —recalcó Aioria, haciendo alusión a lo sucedido entre Aiolos y Shura mucho tiempo atrás—. Así que no insistas —finalizó—. Tu hospitalidad me importa una mierda.

—Hubo un tiempo en que te gustaba estar en esta casa.

—Ese tiempo murió el mismo día que mataste a mi hermano.

El caballero de la Décima Morada desvió la mirada y encajó la negativa con un estoico silencio.

“Ni siquiera tienes cojones para contestarme. Qué patético eres”.

Dejó la bolsa de esencias sobre la mesa y la abrió, dividido entre el placer por humillar al hombre que había ejecutado a su hermano y la culpa por aprovecharse de la debilidad de una persona enferma. No le apetecía perpetuar el odio y la tristeza en su nueva vida pero, si lo perdonaba, ¿no estaría traicionando el juramento de venganza que hizo frente a la armadura de Sagitario? Shura ya no era el guerrero orgulloso que blandía la Espada de la Justicia, sino un despojo con el cosmos tan enloquecido como el suyo propio. Abrió varios botecitos y dejó incienso sobre un quemador. Su naturaleza le exigía mirar hacia delante y disfrutar del calor de su hermano. Vivir en la amargura no era propio de los regidos por Apolo.

—Colócate boca abajo —ordenó, dejando los pensamientos de lado—. Y separa las piernas.

Aioria se descalzó y abrió las contraventanas mientras Shura depositaba el albornoz encima de la silla y se tumbaba sobre el catre, cubierto únicamente por unos calzoncillos desgastados. Los rayos del sol revelaron el penoso estado del cuarto, que se había quedado sin pintura en las paredes y casi sin madera en el techo. El suelo mostraba cortes profundos pero imprecisos, señal de lo poco afinada que estaba Excalibur.

“Como si fuera lo único que está desafinado en este maldito lugar”.

—Prefiero… la oscuridad. La luz me hace daño —murmuró boca abajo.

—Pero yo prefiero ver donde pongo las manos, aunque no me guste lo que veo.

—Aioria, yo…

—Deja de parlotear —cortó el griego mientras estudiaba el mapa estelar de su paciente—. Voy a tratar de resincronizarte la estrella de la cadera.

Deneb Algedi, la Cola de la Cabra, no estaba precisamente en la cadera, sino muy cerca de los testículos, aunque ninguno de los dos quiso añadir más a la localización de la delta capricornii. Era de vital importancia que Aioria limpiara y recalibrara las estrellas principales y a la postre, puntos vitales del español, para que el caballero de Sagitario pudiera trabajar a nivel cósmico en el aura enferma y restaurarla. Esa era la habilidad que destacaba a los guerreros de fuego del resto de la orden: su capacidad para reparar cosmos, piel y metal.

“Menudo puto sitio donde tengo que inyectarte el Fluido”.

El ateniense no quería pensar en que estaba a punto de hacerle un masaje erótico a uno de los hombres que más detestaba, aunque tampoco supiera de dónde nacía ese odio tan visceral. Ambos eran, a fin de cuentas, víctimas del Puño Diabólico de Saga, la técnica de manipulación y control mental de la Casa de Géminis. Aioria tenía la sospecha de que había sucedido algo entre ellos y Saga cuando se encontraron frente al Muro de los Lamentos.

Algo que tenía que ver con él y con Aiolos pero que no era capaz de recordar.

“Mi memoria no está fina. Ni ella, ni mis poderes… ni yo mismo”.

Extendió sobre la piel escamosa y cuarteada del caballero de Capricornio una mezcla de aceite de bergamota y jazmín. Masajeó con cuidado, poniendo especial atención en desentramar los nudos de los músculos, que aunque maltrechos, reaccionaban a las descargas que se escapaban por las puntas de sus dedos. El español guardaba un silencio tenso, y contraía las manos cuando las de Aioria se acercaban a los cortes entre las piernas. Al principio no imaginaba a qué podían deberse; luego descubrió que, al igual que Eduardo Manostijeras, echar una meada se convertía en un acto similar a jugar a la ruleta rusa.

“Pobre hombre”.

Elevó su cosmos lo suficiente para invocar el Fluido. Las piedras del templo sisearon y varias partículas de yeso y pintura cayeron sobre ambos. Se sacudió e impuso las manos abiertas sobre la herida producida por la flecha de Aiolos, y le aplicó una descarga eléctrica para neutralizar el pulso oscuro que emanaba de su interior. El caballero de Capricornio estranguló las sábanas hasta dejarlas hechas una bola, aunque en completo silencio.

—Menuda decoración le has hecho al templo —comentó Aioria para aliviar la tensión—. Atenea te va a contratar como interiorista, si no te despeña Penteo abajo.

—No consigo controlar mi poder —respondió su paciente—. Temo que Iantho termine herido, así que he despedido a mi doncel de forma temporal.

—Voy a aplicarte el Fluido —informó Aioria—. Necesito que estés quieto y callado —le contestó, más relajado.

Se estalló los nudillos y movió las manos con brusquedad. Abrió y cerró los puños para diluir el maná que corría por su torrente sanguíneo. En el proceso brotaron varios chispazos, aunque no eran tan virulentos como los días anteriores. Ya no llevaba el sello de contención, por lo que los accesos de ira eran mucho más llevaderos, pero su poder seguía desbordándose a pesar del cuidado que ponía al aplicarlo. Aún así, prefería ir dando calambrazos como un poste de alta tensión a alternar episodios de tristeza con otros de euforia. La bipolaridad le recordaba a Saga y por nada del mundo quería parecerse al caballero de Géminis.

—¿Listo?

—Adelante.

Al agarrar los tobillos del guerrero de la Décima Morada sintió cómo el exceso de energía se convertía en una gran cantidad de Fluido que recorría sus venas sin posibilidad de contenerlo. Trató de avisarle sobre lo que iba a experimentar, pero no le dio tiempo; Shura lanzó un fuerte gemido, movió las caderas contra el colchón de forma involuntaria y sus dedos dejaron las sábanas hechas jirones. La herida de la espalda se abrió, se cerró de inmediato y exhaló un hilillo de humo dorado hasta desaparecer por completo.

—¿Te duele? —preguntó Aioria, aunque ya se imaginaba la respuesta.

—No… precisamente —gimió el español.

Se separó de él como si le hubiera dado un calambre. Shura buscó algo con lo que taparse y escondió su rostro contra la almohada. La inyección de Fluido generaba un placer tan indescriptible que solía terminar en orgasmo.

—Es un efecto secundario normal. No tienes por qué avergonzarte —mintió mientras contenía la respiración. El olor a semen excitaba sus instintos primarios—. Voy a la cocina a lavarme las manos.

El caballero de Capriconio desapareció tras la puerta del baño cuando Aioria abandonó la habitación. Salió a los pocos minutos, ataviado con una camiseta raída, un pantalón lleno de cortes y con el pelo aún más enmarañado que cuando llegó al Santuario.

“Das asco. Y yo doy pena. Roshi es un genio al obligarnos a vernos cara a cara”.

—Ahora sí te aceptaré ese queso —dijo, cansado de tanta tensión.

Shura alzó las cejas y esbozó una sonrisa. Por un momento, volvió a ser el chaval que no entendía ni una palabra de griego moderno y se expresaba como Homero en La odisea. Se dirigió a la alacena y se enfrascó en preparar un delicioso aperitivo de su tierra: caldo de la Rioja, queso curado de cabra y pan de hogaza, mientras Aioria esperaba hambriento a que terminara de poner la mesa. El uso continuado del Fluido le abría el apetito.

—Que Atenea nos guarde y proteja en este día —dijo el español, mientras efectuaba las libaciones correspondientes.

—Que así sea.

Probó, por vez primera desde su accidentado reencuentro, el vino y el pan, aceptando la hospitalidad de Zeus Ático. Era su forma de firmar un armisticio y de obligarse a no matarlo, al menos en un futuro cercano.

—Buen apetito, Aioria, y que aproveche —musitó Shura, primero en griego y finalizando en castellano.

Tomó asiento a una distancia prudencial de su anfitrión. A plena luz y sin la vestidura negra, Shura aparentaba más de cincuenta años, y no los treinta y pico que tenía realmente. Las heridas en mejillas, mentón y cuello eran producto de su afeitado, y revelaban lo desafinado que tenía su poder.

—Quisiera que me explicaras una cosa, si no tienes inconveniente —bebió un trago de vino. El calor en su estómago le dio las fuerzas necesarias para acometer la conversación.

—Adelante —contestó Shura.

—Lo que dijiste… ¿era verdad? En Aries, quiero decir.

El español tensó los dedos y miró al suelo. Aioria comenzó a impacientarse, pero controló la estática lo mejor que pudo.

—Sí —reconoció—. Tenía fuertes sentimientos hacia tu hermano.

—Pero nunca le dijiste nada. No te declaraste.

—El mantenía una relación con Saga —explicó Shura, alejando su plato—. Luego, fue pareja de Shion, y por último estuvo con Perséfone. Yo no tenía cabida en su mundo.

—¿Y por eso lo mataste? ¿Estabas celoso?

Shura lo miró directamente a los ojos. En ellos había dolor y vergüenza.

—No —respondió el español—. Yo respetaba a Aiolos, aunque no comprendiera qué veía en determinadas personas.

—Habla, por Atenea —replicó el griego.

—Está bien —asintió—. Yo estaba aquí, en este Templo —rememoró—, y mi doncel me informó de que el Patriarca requería mis servicios y que debía portar Capricornio. No dude porque no era la primera vez que solicitaba mi presencia. Creí que sería algún asunto referente al Santuario Montañés, así que me presenté en sus aposentos, pero él estaba en los de Atenea, junto a la cunita.

Aioria lo escuchaba muy atento, sin perder detalle del relato.

—Balbuceaba fuera de sí —prosiguió—. Algo sobre un renegado que había intentado matar a la diosa. Inspeccioné el cuarto y me di cuenta de que la diosa no estaba.

—Continúa.

—Le pregunté qué había pasado para que Atenea no estuviera en su cunita, pero él sólo escupía el mismo nombre una y otra vez. Me negué a creerlo, era algo completamente descabellado, pero él lo repetía como un mantra: Aiolos. Aiolos. Aiolos…

—Tenías que haberle partido la cabeza a ese hijo de la gran puta —gruñó el ateniense.

—Apenas podía creerlo. Le dije que alguien como Aiolos jamás le pondría la mano encima a la diosa, ya que él adoraba a esa niñita. Pero el Patriarca insistía —crispó los dedos—, decía que tenía que salir a darle caza, que era un traidor.

—¿Y por qué cumpliste la orden? —gimió Aioria—. ¿Por qué no te negaste?

—¡No me quedaba otra opción! —alzó la voz—. A pesar de mis dudas, debía salir a buscarlo. Retrasé el momento todo lo que pude, porque en el fondo no quería enfrentarme a él; imaginar que alguien como tu hermano pudiera cometer tal atrocidad se escapaba a mi comprensión. Sin embargo, deseaba llegar al fondo de la cuestión, demostrarle al Patriarca que estaba equivocado, pero al encontrarnos en los riscos cercanos a la puerta sudoeste, la actitud de Aiolos me llenó de perplejidad. Llevaba a la niña en brazos, sí, pero Sagitario estaba en la caja, a su espalda.

—¿Ves? —Aioria se levantó y de dos pasos se plantó frente al español. Este no tardó en levantarse y quedarse de pie, visiblemente disminuido—. ¡Debiste confiar en él!

Shura tomó aire, lo contuvo en sus pulmones y lo expulsó a continuación.

—Aioria —lo miró a los ojos—. Todo apuntaba a que estaba huyendo con la diosa. Sabes que desertar está penado con la muerte —continuó—, y el Patriarca me había dado la orden directa de detenerlo. Si hacía oídos sordos y le permitía marcharse, ¿no sería yo igual de traidor que él? Mi casa es custodia de la Espada de la Justicia. Nos convocan a menudo para dirimir disputas o aportar el voto de calidad en un empate, tras valorar el dictado de Libra. ¿Cómo podría cumplir entonces con ese cometido?

El griego le respondió con un bufido.

—Intenté dialogar con él —prosiguió, mientras continuaba clavado en su sitio—. Le pedí que se entregara, pero no se avino a razones —sus propios dedos abrían heridas en las palmas de sus manos—. Me rogaba que lo dejara marchar.

Aioria apretó los puños y la estática le erizó el cabello. Los cubiertos chisporrotearon a su alrededor. Afianzó sus pies descalzos sobre el mármol para actuar como un pararrayos humano, en un esfuerzo titánico por no abalanzarse contra el español y romperle todos los huesos.

—La pelea fue… extraña. El sólo protegía la vida de la pequeña —le explicó mientras se movía, dando énfasis a sus palabras con sus manos—, pero repelía mis ataques a pecho descubierto, como si quisiera que lo cortase y terminase con todo. Le lancé dos estocadas pero él no se rindió. Corrió hacia los exteriores del recinto y se escondió tras las ruinas de los templos. Yo veía que todo se salía de control; debía terminar con la misión, cualquier civil podría encontrarnos y mi obligación era evitarlo a toda costa. Afilé mi espada, blandí Excalibur y… —se detuvo.

—Y lo mataste. Como si fuera un chucho sarnoso.

El español bajó la cabeza.

—Quiero saberlo todo. Continúa —le exigió.

Shura asintió sin mirarlo a los ojos.

—Aiolos desapareció desfiladero abajo —jadeó—, la niña gateaba y balbuceaba frente a mí. Alcé mi brazo con la espada desenvainada, pero no fui capaz de acabar con su vida. ¡Su cosmos era puro como la luz de la mañana! —exclamó mesándose los cabellos. Algunos cayeron al suelo, producto del filo de sus dedos—. La dejé allí, esperando que alguien la viera y se la llevara; estábamos muy cerca de las ruinas del teatro de Dionisos, y ese lugar está frecuentado por turistas todo el día. A medida que pasaban las horas, las dudas iban creciendo en mi interior, así que me presenté en los aposentos del Patriarca, porque no había sentido ni un ápice de cosmos maligno en el aura de Aiolos. Quería que me expusiera sus razones para decir que aquella pequeña era una impostora. No tardé en encontrarlo.

—¿Estaba en el cuarto del bebé?

—No —replicó Shura—. En la terma.

—Cada vez tengo más ganas de hacerlo picadillo —gruñó el León.

—Salió envuelto en un albornoz y se vistió en la penumbra de su cuarto, mientras yo esperaba a que terminase —continuó el español—. Las dudas me corroían, así que le exigí una explicación convincente. Él volvió a repetirme que Aiolos era un traidor y que la niña que iba con él, una usurpadora.

—Pero le interrogaste, ¿verdad? —inquirió—. Le sacaste la verdad, dime que lo hiciste —caminó como un león enjaulado.

—Le dije que el cosmos de Aiolos era puro y luminoso, y que no había rastro de maldad en él. Al oír esto, su voz cambió; al inicio hablaba en susurros, como si tuviera miedo que alguien nos escuchara, pero cuando le pregunté por Saga, el caballero al que hacía tiempo que no veía por el Santuario, prorrumpió a carcajadas. Era como un graznido inhumano, una risa tan maligna que me hizo ponerme en guardia.

La voz de Shura era apenas un gemido, quizás porque él también trataba de controlar su brazo, que temblaba preparándose para atacar. Aioria apagó su cosmos con un gran sacrificio. El juramento de hospitalidad lo obligaba a mantener la calma.

—Se quitó la máscara y no era Shion, sino Saga, Aioria. Se mofaba de todos nosotros, estúpidos caballeros, por habernos dejado engañar durante todo ese tiempo, y de mí, por haber matado a mi amad… a mi amigo. En ese momento me di cuenta del alcance de mi error —sudaba copiosamente—. Blandí mi espada, pero él ya estaba en guardia y me atacó sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo—. Shura se tapó la cara con la mano, como si la vergüenza fuera superior al miedo a rebanarse la piel—. Os falle, Aioria. Fallé a Atenea —gimió—, fallé a Aiolos… y te fallé a ti.

Aioria se quedó en un estado de shock durante unos minutos, hasta que la ira se esparció por su pecho y lo sacó de su embotamiento.

—¡Tenías que haberte resistido, maldito cabrón! —articuló por fin, apuntándolo con el dedo—. ¿Acaso no lo considerabas tu mejor amigo? ¿No fuimos nosotros los que te ayudamos a aprender nuestro idioma? ¿Por qué? —gimió, pidiéndole explicaciones—. ¿Por qué… nos devolviste nuestra hospitalidad de esta manera?

—¡Porque no pude evitarlo, por todos los dioses! —Aioria se puso en guardia al ver el halo de luz oscura que emitía el brazo de Shura un instante antes de lanzar su estocada. En ese momento, lo comprendió; alguien estaba utilizando al español para que atacara a sus compañeros a través de su cosmos enrarecido.

—¡Siempre se puede, joder! —se abalanzó sobre él y lo inmovilizó como haría un león con una cabra. Shura se debatía bajo su peso, y gruñía presa de un frenesí impropio de su persona. Aioria lo golpeó en el punto estrellado de su hombro, y durante un momento detuvo los temblores que anunciaban la invocación de Excalibur.

“¿Y si…?”.

Una idea se abrió paso en su mente. Si el brazo de Shura era controlado por fuerzas malignas, estas habrían dejado algún tipo de rastro en su cosmos. No parecía una idea descabellada; el Inframundo era enorme, y él no se había encontrado con su hermano hasta que llegaron al Muro de los Lamentos. Quizás Shura estuvo preso en algún círculo a expensas de los deseos del guardián de la cárcel de turno, y su armadura se había mimetizado con su condición de cautivo; los hilos negros eran todo un misterio incluso para Shion, el alquimista de la orden. Si utilizando una de sus habilidades lograba arrojar luz al asunto, lo haría. Sólo debía capturar las esencias que impregnaban cuerpo y cosmos del español, y si había entrado en contacto con algún espectro, Aioria lo sabría.

“Y entonces, destriparé a ese hijoputa por obligarme a curar a este tío todos los putos días”.

Minimizó sus otros sentidos para darle protagonismo al olfato, aspiró una gran cantidad de aire y buscó trazas de algún enemigo en su mapa cósmico.

“Huelo…”.

Detectó olor a semen, comida, sangre y el aroma inconfundible del fluido vaginal. Alzó las cejas, sorprendido por el hallazgo. ¡Fluido vaginal! La cólera de Aquiles palideció ante la de Aioria y las ganas de asesinar al maldito español crecieron de forma exponencial. ¡Qué cara más dura! ¡El muy cabrón había estado follando en vez de volver a ocupar su puesto en el Santuario, como habían hecho todos los demás! Aquello era más de lo que podía soportar; su cuerpo se iluminó preparado a dispararle una ráfaga de Lighting Plasma; pensaba darle su merecido por no respetar la memoria de su hermano, pero antes de estrellar su puño contra el rostro de Shura, sintió unos dedos que agarraban con fuerza su muñeca.

—Cachorro…

Se giró y lo vio, con la armadura puesta y la sonrisa rebosante de ternura en sus labios. Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras escuchaba los tosidos de Shura, que se retorcía en el suelo como una sabandija. Se abrazó a su hermano, y las alas de Sagitario lo acariciaron, curiosas, engullendo aquel exceso de energía que lo enloquecía como Hera enloqueció a Herakles para que terminara con sus propios hijos.

—Ya sé que es difícil —susurró Aiolos, mientras le acariciaba los rizos—. Pero estoy muy orgulloso de ti. No llores más —besó su frente y los males de Aioria comenzaron a disiparse—, porque ya estoy aquí y no voy a permitir que nadie te haga daño.