Someone told me love will all save us.
But how can that be, look what love gave us.
A world full of killing, and blood-spilling
That world never came.
Chad Kroeger & Josey Scott — Hero

—¡Estuviste follando, hijo de la gran puta! —Aioria se abalanzó hacia su víctima, presa de una furia renovada. Gritaba y movía los puños enfebrecido, y sólo la providencial actuación de Aiolos logró separar a ambos caballeros. Shura tosió y se llevó las manos a la garganta, en un acto reflejo que no tenía base fisiológica real—. ¡Soy un idiota, por apiadarme de ti!

El griego siguió lanzando improperios de una forma desmesurada y amenazó a Shura con el puño bajo la atenta mirada del Arquero, que suspiraba y meneaba la cabeza.

—Aioria, déjame ex… —El español hizo el intento de mantener un diálogo, con nulo resultado.

—Apestas a coño —cortó el ateniense con una mueca de asco—. Eres un puto pervertido.

Shura enmudeció frente a la acusación de su compañero. Se incorporó y se sacudió la ropa, en un acto desesperado por recuperar la compostura, aunque su aspecto de indigente no ayudaba demasiado. Deseaba relatarles su periplo desde su regreso al mundo de los vivos, pero el León estaba más ocupado en gruñir y mantener su cosmos a raya que en atender a razones. No podía reprochárselo: algunos objetos metálicos danzaban animados por el campo eléctrico que se había generado a su alrededor.

—No seas tan duro con él, Cachorro —le susurró el Arquero en tono conciliador—. Es un hombre con necesidades, y las mujeres son una opción tan válida como cualquier otra.

Shura desvió la mirada ante la intervención de Aiolos. Debía aprovechar la ocasión para hablar con él, ya que era la segunda vez que lo veía desde su llegada a Atenas y esperaba que el encuentro no fuera tan violento como el que tuvo lugar en el Templo de Aries, donde había terminado atravesado por su Flecha Dorada. Lejos de guardarle rencor por el ataque, el español aún se sentía culpable por haberlo asesinado, y más después de conocer por boca del propio Saga los motivos reales que propiciaron un crimen tan atroz.

—No significó nada, Aioria —se excusó.

—¿Y qué cojones quieres decir con eso? —replicó el Felino—. ¡Me importa una mierda si significó algo para ti o no! —volvió a señalarlo con el dedo—. ¡El hecho es que mientras tú te dedicabas a follar, nosotros ya estábamos acuartelados en el Santuario!.

—¿Por qué no dejas que se explique? —Aiolos se plantó delante de su hermano, atrayendo toda la atención del caballero de Leo—. Mientras tanto, yo te recalibraré a Algieba. Exudas energía, Cachorro.

A pesar de su tono apaciguador, el Arquero agarró el hombro de Aioria y lo obligó a sentarse y a mantenerse quieto, haciendo gala de su fuerza. El cosmos inestable del Felino respondió a la amenaza con un fuerte chispazo; la energía ascendió en forma de zarcillos por el guantelete de Aiolos como serpientes doradas reptando por el metal. Shura trató de mediar, pero las alas de Sagitario se extendieron creando un parapeto que lo obligó a mantenerse apartado. Deseaba ayudar al ateniense más que nunca, así que se hizo la firme promesa de protegerlo, aún a costa de su vida.

—A… Aiolos… —se quejó el muchacho—. Mírate… ¿no te das cuenta? He vuelto maldito… —gimió—. Ya no… ya no soy digno… no soy digno de portar Leo.

Las alas emitieron un zumbido que pusieron al español en guardia. Los cajones de la alacena se abrieron y los cubiertos de metal, así como otros utensilios de cocina se convirtieron en saetas excitadas por el campo eléctrico y se dirigieron hacia ellos a toda velocidad. Shura empujó al Arquero y lanzó un par de cortes al aire para desviar la trayectoria de los proyectiles; algunos se estrellaron contra el techo pero otros lograron impactar contra Aiolos, que se había tirado sobre su hermano y lo cubría con su propio cuerpo. Las placas de Sagitario sisearon, vibraron y gimieron mientras expelían jirones de humo blanquecino. Aiolos se levantó, sacudió las alas y dejó que el menaje se despegara de las plumas. Los cacharros más pesados cayeron al suelo armando un gran estruendo pero los más livianos se mantenían adheridos a él.

—Tapaos los oídos.

El Arquero inflamó su cosmos para purgar el metal de la armadura del exceso de energía. Lanzó un pulso sónico de alta frecuencia que retumbó contra las paredes como mil graznidos distorsionados. Shura sintió que la vibración removía algo oscuro en lo más hondo de su cosmos; su brazo se movió contra su voluntand y enfiló hacia el Arquero con intención de atacarlo, pero Aioria lo detuvo antes de que Excalibur lo rebanara a la mitad.

—¡Por la puta madre, español de mierda! —rugió—. ¡Si vuelves a atacar a mi hermano con tu puta Excalibur de los cojones, te reviento a hostias, joder!

La mano enguantada del Arquero se cerró sobre la muñeca del León, volvió a absorber el exceso de energía que emanaba del joven y chirrió hasta quedarse opacada por el sonido de las respiraciones agitadas de los tres hombres. Aiolos soltó el agarre y acarició el dorso de la mano del Felino con cuidado.

—No te preocupes tanto por mí, Cachorro. Yo estoy bien —musitó mientras volvía a separarlo de Shura—. Quirón me protege. Es el centauro más sabio del firmamento. Entrenó a Aquiles, ¿lo recuerdas?

—Lo… siento mucho —gimió avergonzado—. No quiero perder el control pero…

—Recojamos este desastre —replicó Aiolos—. ¿Qué pensará el anfitrión de Capricornio de nosotros?

El Arquero le acarició el cabello encrespado por la estática y éste reaccionó enroscándose alrededor de sus dedos mientras recuperaba el brillo y la forma habitual. El español no podía quitarles los ojos de encima, sobrecogido y fascinado. Eran los hombres más bellos de Atenas, y estaban allí, en su casa, con unos problemas tan graves como los suyos. Habría dado cualquier cosa por volver al tiempo en el que Aioria le enseñaba a leer y a hablar griego moderno, a través de cómics de superhéroes que tenían a Aiolos como protagonista. De aquella, el Felino contaba con muy pocos años, pero su curiosidad rivalizaba con la naturaleza del elemento que lo regía.

“Quiero recuperar vuestra amistad. Haré cualquier cosa por vosotros”.

Decidió que aquel era el mejor momento para brindarle a Aiolos la hospitalidad de su Casa y limar asperezas con él. Si tenía que abrazarse a sus rodillas a la manera arcaica para suplicar su perdón, lo haría; el Arquero merecía eso y mucho más, al igual que su hermano. Les pidió que dejaran aquel desastre y se sentaran, pero ambos se negaron. Mientras los dos hermanos recogían el estropicio, Shura buscó su mejor vino, lo descorchó y colocó nuevos cubiertos en la mesa. Cortó trozos de jamón y varias rebanadas de pan, que untó con aceite de oliva. Los repartió y se acercó al que había sido su amigo, con el corazón en un puño.

—Quiero decirte, Aiolos, que eres bienvenido a esta tu casa —dijo con solemnidad, mientras lo invitaba a degustar su comida.

El griego lo miró con tal intensidad que Shura se imaginó sus mejillas del color de la cinta del Arquero.

—Sé bienhallado entre estos tus hermanos, Ricardo. Y disculpa el desastre.

No pudo contestarle porque el ruido de la sangre en sus oídos le impedía poner en orden sus pensamientos. ¿Lo había llamado por su nombre civil? Esbozó una sonrisa y asintió. A pesar de su incapacidad para notar el calor, sabía que sus orejas estaban ardiendo.

—Es cierto —añadió Aioria, que apiló las cacerolas sobre la cocina de carbón—. Te llamabas Ricardo. Como el tipo que al que apodaban Corazón de León.

—La tradición nos obliga a abandonar nuestro nombre cuando vestimos Capricornio —sonrió ante la apreciación del Felino y se mostró más tranquilo al ver cómo Aiolos mordisqueaba un trozo de queso y lo acompañaba con un trago de vino. Cortó jamón serrano y lo dispuso en un larguero sobre la mesa—. Y elegí ser conocido como Shura.

—¿Por qué un concepto islamista? —preguntó el caballero de Leo, que imitó el gesto de su hermano.

—Porque Shura significa “asamblea”, Aioria —le explicó—. Y la Justicia debe emanar de ese órgano. De la voluntad del pueblo.

—Recuerdo que me lo explicaste, hace casi mil años —Aioria sonrió por vez primera desde su reencuentro—. Otros caballeros de Capricornio eligieron nombres de personajes españoles, ¿verdad? —preguntó—. O de estrellas —añadió.

—Así es. Mi maestro se llamaba Melkart, y el caballero de la anterior guerra sagrada fue conocido por El Cid —les relató mientras degustaban los fiambres—. Mi caso es distinto. Conocí en Logroño a un hombre que era un miembro importante de la comunidad islamista de la Rioja. Él me ayudó con mi dolencia —explicó, refiriéndose a su enfermedad, una extraña variante del Trastorno de Insensibilidad Congénita—, y no vi mejor manera para darle las gracias.

Llenó las copas una vez más y aprovechó para servir un poco de embutido.

—No he visto a Amaltea en la entrada —señaló el Arquero—. ¿La has dejado en Aries?.

—Roshi la mantiene sellada en Libra. No quiere tenerla cerca del taller, no sea que se excite por culpa del accidente del otro día. Supongo que intenta averiguar por qué se ha vuelto oscura.

—El motivo te lo voy a decir yo —gruñó el caballero de Leo—. Eso te pasa por andar follando con mujeres.

—¡Por los cielos estrellados, Aioria! — El Arquero lanzó una carcajada y acarició los rizos de su hermano—. ¡Pareces una doncella celosa!.

—Una doncella con rabo, ¡no te jode! —lejos de lanzar un rugido, la expresión del custodio de la Quinta Casa se dulcificó. Bebió un sorbo de vino y sonrió ante la ocurrencia de Aiolos, pero Shura pudo ver una profunda tristeza en unos ojos que siempre lo habían mirado con curiosidad—. Venga, cuenta —preguntó por fin—. ¿Tenía buenas tetas?.

—Un caballero no debería revelar sus secretos de alcoba —replicó Aiolos, aunque parecía muy interesado en el relato.

El español apuró su copa y descorchó una nueva botella. Su piel, normalmente cuarteada, había recuperado parte de su elasticidad y con ella el sentido del tacto. Apretó el puño y trató de poner en orden sus pensamientos. Su cuerpo siempre había respondido a la cercanía de ambos caballeros, aunque el efecto duraba unos pocos segundos. Aiolos solía bromear sobre su problema diciéndole que las piedras aguantaban bien el fuego, sobre todo aquellas que, afiladas como segures, cortaban hasta los pelos de los huevos de los dioses.

No dejaba de pensar en lo sucedido en su catre unas pocas horas antes. Aioria lo odiaba y no podía culparlo por ello, así que imaginar que pudiera utilizar las manos u otra parte de su deseable cuerpo para darle placer era un sueño imposible.

Carraspeó y tomó aire. Los dos dorados esperaban su relato.

—Me desperté desnudo, en mitad de un paraje solitario en España. No recordaba nada, ni la batalla, ni el Muro de los Lamentos… robé algo de ropa y caminé hasta llegar a Elciego, en la Rioja, donde vive parte de mi familia. Una de mis primas —se detuvo al llegar a este punto, lo que hizo que los hermanos lo alentaran a seguir hablando— me alojó en su casa.

—¿Te follaste a tu prima? —Aioria alzó las cejas; se le erizaron los pelos de los brazos y las chispas no tardaron en emerger de sus dedos para morir en el mantel—. ¡Cojones con la cabra!.

—No… —intentó explicar —. No ocurrió así, precisamente.

—Anda, no te hagas de rogar —lo animó Aiolos—. Yo cortaré el pan mientras sacas más embutido. ¡Esto está muy rico!.

—Lucía siempre había dicho que se casaría conmigo, desde que teníamos… tres o cuatro años —continuó su relato tras llenar de nuevo el plato de ibéricos—. Pero sus sueños se quedaron en el olvido, ya que cuando tenía ocho años Hiram, el hombre del que os hablé antes, me presentó a Melkart y a los catorce ya era postulante a la armadura de Capricornio. Ahora, al verme, fue cuando ella creyó que podría cumplir su deseo, y al alojarme en su casa….

—Te la follaste —resumió el León.

—¿Por qué tienes esa retorcida curiosidad, Aioria? —Aiolos se inclinó hacia delante para atrapar el último pedazo de queso y miró con extrañeza a su hermano.

—¿Curiosidad? —rió con amargura—. ¡Ya me gustaría que solo fuera curiosidad! —se agarró los brazos presa de un repentino ataque de frío—. Escuchar cómo follan otros es lo más cerca que voy a estar de catar el sexo, Aiolos. ¿O no te das cuenta? —los vellos volvieron a encrespársele—. ¡Estoy maldito, joder! —Se mesó el cabello, desesperado—. ¡Si los dioses querían castigarme, esta vez se han superado! ¿No fue suficiente estar en el puto monolito de los cojones, expuesto a la vergüenza pública, a pesar de que dimos la vida por nuestra señora? Pues ya ves que no —los miró, furibundo—. Ahora, me encierran en este cuerpo y me impiden el contacto físico —bajó la mirada—. No puedo tocar a nadie por miedo a achicharrarlo. Puta suerte la mía.

—A mí siempre podrás tocarme, Cachorro —respondió Aiolos.

—Y a mí, también —se aventuró a decir Shura, categórico.

Aioria se quedó callado, como si estuviera sopesando lo que los otros dos hombres le acababan de confesar. El español sintió cómo le hervía la sangre a la altura de la entrepierna; aún no podía creerse que hubiera reunido el valor suficiente para hacer una declaración de intenciones tan rotunda. Había vuelto distinto del Inframundo, eso era evidente, puesto que tenía los dos brazos y una somera capacidad para sentir.

“Y no solo eso. Mi cuerpo ha descubierto que le gusta el contacto con otros cuerpos y reacciona ante una mujer desnuda y ante las manos de este hombre tan bello que tengo frente a mí… Malditos dioses vengativos, que me hacen probar la miel para luego quitármela de la boca”.

Se levantó con la excusa de servir más vino, pero un sonido metálico que provenía del pasillo lo obligó a asomarse para averiguar de qué se trataba. Los fuegos de la entrada se habían casi consumido y la penumbra magnificaba las sombras de las pilastras y los pedestales vacíos.

—¿Iantho?

Shura se quedó sin palabras cuando el desconocido salió de la oscuridad del corredor y las antorchas lo iluminaron por completo. Medía más de dos metros de altura, iba cubierto de cintura para arriba por una armadura oscura y portaba una lanza del mismo color en su mano.

“Por el Monte Sacro. Debo estar soñando”.

El recién llegado se detuvo junto al marco de la puerta y mantuvo su expresión agria. Clavó la lanza en el suelo, y el metal de su extremo reverberó junto al de los cascos de sus patas delanteras.

—La puta madre… ¿eso que estoy viendo es lo que creo que es?.

Aioria se había situado a su lado con la clara intención de atacar antes de preguntar, pero Shura lo detuvo. A fin de cuentas, era su casa y los hermanos, sus invitados. La seguridad corría de su cuenta.

—Tiene toda la pinta de ser un centauro —contestó el español.

—¿Y se puede saber qué cojones hace un centauro en mitad de tu pasillo?.

Aiolos se colocó a la derecha de su hermano con su arco listo para ser utilizado. Las láminas de su armadura habían empezado a vibrar, como si Sagitario estuviera presentando sus respetos a la desconocida.

—Pregúntale qué quiere, Ricardo —dijo, sin dejar de mirar al recién llegado.

El caballero de Capricornio se adelantó y encaró al hombre-bestia con la misma arrogancia que había exhibido antaño. No permitiría que nadie les amargara la velada.

—Se bienvenido, extranjero, a ésta la casa de la Cabra Montesa, Manifiesta tu nombre y tus intenciones, y que Atenea guíe tus pasos —dijo sin rastro de duda en su voz en un más que aceptable griego.

El centauro avanzó hacia ellos lentamente, apoyando el extremo de la dory en el suelo. Sus patas iban cubiertas por glebas ricamente labradas con símbolos que Shura no fue capaz de identificar. A su alrededor, la luz desaparecía, dando paso a una oscuridad tan densa como impenetrable.

“Tengo un mal presentimiento”.

—Detente —gruñó—-. No des un paso más.

La bestia se detuvo a escasos metros, esbozó una sonrisa cargada de desprecio y se alzó sobre sus cuartos traseros moviendo sus patas frente a los perplejos caballeros. El estruendo de sus cascos al estrellarse contra el suelo retumbó por todo el templo; una densa bruma inundó el pasillo y se extendió sobre las baldosas a gran velocidad. El fuego de las antorchas se apagó y sumió el lugar en una penumbra desconcertante y amenazadora.

—¡No os separéis! —gritó el Arquero.

Shura y Aioria incrementaron la velocidad de su cosmos mientras Aiolos cargaba su arco y disparaba una flecha dorada contra el centauro. El monstruo repelió el ataque con facilidad: enfocó la punta de su lanza hacia la fuente de energía y una miríada de hilos negros la envolvieron y la devoraron al instante, moviendo sus bocas como una jauría de lobos hambrientos.

—¿Pero qué cojones? —gruñó Aioria—. ¿No son la misma mierda de hilos que cubren tu armadura?.

La bestia estrelló sus cascos delanteros contra las baldosas por segunda vez. La bruma se convirtió en un océano de alquitrán que atrapó las piernas de los tres caballeros y ascendió lentamente por sus cuerpos mientras les succionaba su pulso vital. Shura ardió de ira al oír los gritos de dolor de los dos griegos; como seres de fuego, eran maná en estado puro listo para ser consumido. No había tiempo para la duda: dirigió la punta de sus dedos hacia sus piernas y se disparó sus Cuchillas Milenarias, logrando así arrancarse los hilos negros, que como sanguijuelas cósmicas, se retorcieron en el suelo en busca de alimento. Por desgracia para ellas, lo único que encontraron fue el pie de un furioso Shura, que las aplastó sin piedad. Asqueado, se giró y buscó a su enemigo, pero éste había desaparecido.

“Maldito monstruo del Averno”.

Aioria no dejaba de disparar su Plasma Relámpago contra la masa gelatinosa, que avanzaba sobre su cuerpo y lo convertía en una Eurídice de ébano. Cada ataque excitaba más y más a la marea de hebras negras que, como bocas sin rostro, engullían cualquier átomo de cosmos que tuvieran a su alcance. Shura corrió hacia ellos y utilizó sus Cuchillas Milenarias hasta que logró liberar al caballero de Leo; el Arquero lo había conseguido segundos antes, usando su arco como arma disuasoria.

—¿Dónde se ha metido ese cabrón? —preguntó mientras colocaba una nueva flecha—. Tengo la armadura llena de esas cosas apestosas.

—No siento su presencia cósmica —murmuró Aioria, que se había quedado sin la mitad de su uniforme.

—No bajéis la guardia —replicó el español—. Está cerca.

—¿Cómo lo sabes? —Aiolos se afianzó el arnés que encajaba las alas en el peto y dejó que las plumas purgaran los restos de sanguijuelas.

—Porque Excalibur está vibrando. ¡Agachaos!.

El centauro reapareció en el pasillo a pleno galope. Lo seguía una gigantesca ola de brazos y bocas que nacían de sus patas, abriéndose y cerrándose en una sinfonía carente de sonido. El monstruo pateó las baldosas como un potro encabritado mientras la bruma se aproximaba hacia los tres caballeros a una velocidad vertiginosa. Shura supo que era el momento de equilibrar la balanza y le lanzó su ataque más poderoso, Excalibur, que impactó en el pecho de la bestia y lo obligó a retroceder. Aiolos aprovechó la oportunidad para disparar una flecha dorada, y Aioria lo acompañó con su Plasma Relámpago. Aunque herido, con el peto de su armadura resquebrajado a causa del filo sagrado, su enemigo se mantuvo en pie y los miró con una mueca de desprecio.

—Pronto estará aquí toda la élite del Santuario —le dijo Shura señalándolo con el dedo—. Te recomiendo que vuelvas por donde has venido, o no tendremos piedad.

—Eseís prépei na pethánoun, Hieros Xyphos —respondió el centauro y clavó su lanza muy cerca del español.

—-¡Ricardo!.

Shura se dio cuenta de que había caído en la trampa demasiado tarde: el suelo desapareció bajo sus pies y se transformó en un espeso caldo negro que lo rodeaba por todas partes. Estiró los brazos buscando un lugar donde agarrarse, algún saliente, pero las cuerdas cósmicas que tiraban hacia abajo de su cuerpo lo hacían con tanta fuerza que no tardaron en hundirlo casi por completo.

“Me va a ahogar”.

Aioria lanzó un rugido que hizo temblar los pilares de Capricornio. El centauro, creyendo que Shura estaba fuera de combate, se ensañaba con el guerrero de Leo, al que había derribado y pateaba en el suelo, mientras las sanguijuelas cósmicas lo envolvían convirtiéndolo en una crisálida humana. Aiolos se abalanzó contra la bestia pero terminó con sus alas cubiertas de lodo negro y la armadura casi inservible. Shura sintió entonces su brazo derecho vibrar, y la Excalibur mitológica volvió a revelarse más brillante que nunca.

“Ya has dictado sentencia, y yo la ejecutaré con gusto”.

Lanzó su ataque contra la oscuridad que lo rodeaba; Excalibur se abrió camino entre las serpientes negras y alumbró con una ráfaga de luz deslumbrante el océano tenebroso en el que se encontraba sumido. Supo, entonces, que no había fuerza más imparable que la del amor. Por amor había vuelto a sentir y su espada, que creía mellada, retornaba a su brazo más afilada y dispuesta que nunca.

Los gusanos negros que se alimentaban de energía se retiraron de su cuerpo cegados por la intensidad de su ataque, y esperaron temblorosos el regreso de la oscuridad.

“No pienso darte tregua, monstruo. Los protegeré o moriré en el intento”.

La segunda Excalibur terminó el trabajo que había empezado la primera. La marea de sanguijuelas cósmicas explotó y una lluvia de seres mutilados tiñeron el templo de la Cabra Montesa en una sinfonía de sangre y tinieblas. Shura cayó entonces víctima de la gravedad, y estrelló sus huesos contra el suelo pavimentado del salón de Capricornio, cubierto por los restos de las hebras que acababa de descuartizar.

—¡Ricardo! —Aiolos disparó sus últimas saetas a su adversario, pero no logró impactarlo ni una sola vez. La bestia se movía con rapidez, hundiéndose en un punto del fango oscuro y emergiendo en otro distinto—. ¿Estás bien?.

“¡El maldito bastardo usa portales!”.

—Perfectamente —gruñó. Se levantó de un salto y se preparó para atacar a su escurridizo enemigo. Su brazo temblaba, excitado ante el hecho de entrar de nuevo en combate—. Voy a destripar a este cabrón.

Observó el desastre a su alrededor y buscó algún punto débil en su rival. El centauro jadeaba con la mano en su pecho y se mantenía a una distancia prudencial de los dorados. Posiblemente, aquellas sanguijuelas formaban parte de sus poderes y el haberlas masacrado lo había dejado indefenso. Shura pensó que ese era el momento perfecto para rematarlo, pero su espada necesitaba unos segundos para volver a recargarse, y Aiolos mantenía toda su atención en liberar a su hermano, que reptaba por el suelo como un gusano más.

“Si esas cosas tienen alergia a mi espada y se alimentan de cosmos, ¿qué pasaría sí…?”.

Se concentró en buscar algún rastro entre los restos alquitranados y descubrió con cierta sorpresa que bajo aquella oscuridad latía un pulso en una frecuencia similar a la de las armaduras de oro. Se tocó el brazo derecho mientras trazaba en su mente la ruta de desplazamiento más lógica y calculó el punto de entrada y de salida que tomaría su enemigo si quería derrotarlos lo más rápido posible.

—¡Prepárate, Aiolos! —gritó.

El centauro desapareció engullido por la bruma que serpenteaba bajo sus patas y reapareció tras los dos caballeros de fuego con la lanza lista para empalarlos. El español lanzó un ataque fulgurante que, aunque se perdió en la negrura del pasillo, logró apartar al monstruo de sus presas.

—¡Ricardo! —el Arquero consiguió invocar una nueva flecha y apuntó a la cabeza de la bestia—. ¡Libera a mi hermano antes de que se ahogue!.

Aiolos volvía a llamarlo por su nombre real, y quizás por eso Excalibur se reveló brillante en su brazo, una espada perfecta de luz dorada capaz de tallar hasta el diamante.

Seccionó de forma limpia las sanguijuelas que asfixiaban a Aioria y lo liberó de su cautiverio. El caballero de Leo tosió y se arrastró por el suelo; al levantarse su cuerpo emitió tal descarga de energía que el menaje de la cocina salió disparado como una marea de proyectiles y encontraron en su hermano la diana perfecta. Tras un fortísimo estruendo, Aiolos yacía tumbado de bruces con toda la cacharrería pegada a las alas.

—¡Aioria, cálmate, por los dioses! —gritó Shura.

—¡Anda y que te den por el culo! —replicó el griego, escupiendo gusanos negros y sacudiéndoselos de la piel—. ¡No pienso calmarme hasta hacerme un abrigo con la piel de ese hijoputa de cuatro patas!.

El centauro volvió a mover su dory y la sopa oscura se extendió por las baldosas hasta llegar a los pies del español. No pensaba caer dos veces en la misma trampa, así que retrocedió hasta tropezar contra la mesa de la sala; buscó con la mirada a su enemigo pero cuando logró localizarlo, éste ya le había clavado la lanza en el brazo derecho y las serpientes corrían por su piel en busca del maná cósmico que provenía de su espada sagrada.

—¡Ricardo!

El contacto con la dory reactivó su sentido del tacto y con él la capacidad de experimentar dolor en su estado más primitivo. La pica de la lanza había traspasado músculo y nervio hasta llegar al hueso, dejándolo desarmado en una situación donde su capacidad ofensiva era más que necesaria. Un gemido se ahogó en su garganta y descubrió que le fallaba la voz, le temblaban los dedos y las rodillas no podían soportar su propio peso. Ver a los dos hermanos pelear contra el centauro le dió la fuerza suficiente para dejar a un lado el sentimiento de derrota. La espada legendaria vivía en él, y podía manifestarla en cualquiera de sus extremidades; Aiolos y Aioria merecían ese esfuerzo y mucho más.

“Por el Monte Sacro, no puedo fallar”.

Las sanguijuelas negras penetraron por la herida y se alimentaron del maná de la Excalibur mitológica. En cada drenaje el dolor se multiplicaba punzante y descarnado, como cuando Valentine clavaba sus dientes en sus carnes y la desgarraba para comérsela. Consciente de lo desesperado del momento, Shura explosionó su aura hasta alcanzar el séptimo sentido; el Patriarca sentiría la perturbación cósmica y acudiría en su ayuda contra aquella bestia asesina.

—¡Aiolos, apúntalo con tu Trueno Atómico! —rugió Aioria—. ¡Yo le voy a meter mi Relámpago de Voltaje hasta que cague dientes!

Shura aprovechó la violencia de los ataques de ambos hermanos para concentrar su capacidad ofensiva en el brazo izquierdo. Las Cuchillas Milenarias alcanzaron la lanza del enemigo y la hicieron rodar por el suelo. La energía desplegada por los dos dorados calcinó gran parte de la sopa negra que nacía de los cascos del centauro y la obligó a replegarse mientras su dueño se hundía en ella y se perdía en la oscuridad.

—¿Veis algo? —jadeó el León.

La armadura de Sagitario palpitaba como si tuviera vida propia; Shura sangraba por el brazo y Aioria por el pecho, pero la determinación de los tres guerreros les impedía ver la gravedad de sus heridas. Ahora que volvían a estar solos, era el momento de planear el siguiente movimiento.

—Debemos informar al Patriarca de este ataque y dar la alarma —les dijo Shura mientras Aiolos se adelantaba con su flecha alumbrando la oscuridad del pasillo—. Me parece muy raro que no se hayan presentado para pedirnos explicaciones sobre por qué hemos explosionado nuestros cosmos.

—¿Y si en los otros templos está ocurriendo lo mismo? —preguntó Aioria—. ¡Debemos salir inmediatamente y averiguarlo!
—Me parece una buena idea —replicó Aiolos—. Vosotros estáis heridos, y mi armadura me impide detectarlo porque no deja de temblar, así que, Ricardo, llévate a mi hermano mientras yo os cubro la salida —se giró para mirarlos, con la flecha aún en su arco.

—Ni de coña —replicó el Felino—. No pienso permitir que te expongas a que ese hijo de puta cuadrúpedo te llene de gusanos o te haga algo peor —los miró a los ojos con determinación—. El Fluido me curará, sólo necesito descanso.

—Estoy de acuerdo —apostilló Shura—. Mi brazo poco importa si tú…

No le dio tiempo a terminar la frase. El centauro emergió del suelo con la lanza en la mano y se la clavó a Aiolos en mitad de la espalda. El griego se arqueó al sentir el impacto, escupió una bocanada de sangre y cayó como un fardo sobre su hermano. El monstruo partió el mástil de su arma y lanzó una risotada, mientras el caballero de Sagitario temblaba de forma espasmódica sobre un Aioria que no dejaba de rugir de desesperación. Shura sintió como todo su ser ardía de odio y exigía venganza; sin control alguno y con el cosmos desatado, invocó a Excalibur y descargó toda su furia contra aquel monstruo que se jactaba de la desgracia de los tres caballeros.

—Aio…ria —el ateniense se agarró a su hermano pequeño y le susurró algo al oído que Shura no pudo percibir. Las lágrimas del Felino eran como ríos de dolor que surcaban su rostro y que la mano enguantada del Arquero limpiaba, mientras su propia sangre mezclada con las sanguijuelas que nacían de la pica de la lanza manaban sin cesar. El español retrocedió hasta situarse al lado del León, que intentaba invocar su Fluido Dorado con poco éxito. Le puso la mano sana sobre su hombro y apretó. Aioria le lanzó una fuerte descarga que logró que Régulus se recalibrara y junto a ella, la vuelta de su poder curativo. Shura se mantuvo a su lado, dispuesto a protegerlos aunque le costase la vida.

—Ai…oria —gimió el Arquero—. Usa… el Colmillo y deja… que Ricardo… te proteja.

—¡Te vas a poner bien! —replicó el griego, que le inyectaba el Fluido a borbotones mezclado con sus propias lágrimas—. ¡No me hables como si fueras a dejarme de nuevo! ¡Te necesito! ¡No me dejes solo, Aiolos! ¡No puedo vivir sin ti!.

El Arquero acarició los rizos de su hermano una vez más y sonrió, a pesar de la gravedad de su herida.

—Hazme… caso, Cachorro. Puedes… hacerlo.

Aioria besó la mano de su hermano y con una mirada le indicó a Shura que se hiciera cargo mientras él se ponía en pie. El español se arrodilló y taponó la herida del griego con parte de su maltrecho uniforme, que unido a una última inyección de Fluido, sirvió para que la sangre dejara de brotar. Luego se preocuparían de cómo extraer aquel metal extraño del cuerpo del griego y averiguarían su procedencia.

—Ricar…do —musitó el griego, con un hilo de voz.

—Te pondrás bien, Aiolos —el contacto con la piel del Arquero le aumentó el sentido del tacto y con él, una miriada de sensaciones amplificadas por la intensidad del momento.

—Te… perdono. Y él… también lo hará.

Aioria se había alejado unos pasos de ambos dorados y caminaba con una determinación asombrosa. Explosiónó su aura con tal violencia que los sillares de Capricornio sisearon y lo reconocieron como uno de los doce más poderosos de las huestes de Atenea. Todo el suelo tembló y entró en erupción; volutas de pura energía lamieron las piernas de su señor, intensas llamaradas cósmicas lo rodearon y el rey del firmamento miró a su enemigo de igual a igual por primera vez en toda la contienda.

Shura apoyó a Aiolos contra su pecho y buscó cobijo entre los restos de los muebles de la sala, permitiéndole a Aioria que expresara con sus actos la frustración y la ira acumuladas desde su vuelta a la vida. La estática excitó los restos de menaje que se amontonaban en el suelo, y el calor los convirtió en lava fundida que el joven ateniense manejó a voluntad y que convirtió en un proyectil de plasma para dispararlo contra el pecho de su enemigo.

—¡Esto es… por Aiolos! ¡Muere, hijo de la gran puta! ¡MUERE!

La lava incandescente voló como un torrente de fuego hacia el centauro que ya no tenía la punta de su lanza para evitar el ataque. Alzó sus patas delanteras y las estrelló contra el suelo, pero la bruma oscura que emergió de las baldosas no fue suficiente para bloquear la lluvia ardiente que cayó sobre él. Su armadura negra se derritió en su mayor parte al contacto con el plasma, y las hebras oscuras que la cubrían gritaron de dolor, en una sinfonía de chillidos agudos y penetrantes que anunciaron el fin de la batalla.

Aioria se agarró a la pared y se dejó resbalar contra ella, mientras el monstruo desaparecía engullido por los restos de la neblina y la casa de Capricornio volvía a su silencio habitual. Shura se acercó con su preciosa carga hasta el caballero de Leo y lo depositó en el suelo, a su lado. Aiolos esbozó una sonrisa llena de sangre y caldo negro. Las sanguijuelas se habían introducido en su torrente sanguíneo y se alimentaban de su pulso vital.

—Iré a buscar ayuda, Aiolos. Volveré enseguida.

—Ri..cardo —susurró Aiolos—, nunca… te he pedido nada, pero esta vez es diferente —agarró la mano del español, que sentía sus ojos arder a causa de las lágrimas—. Man…tenlo bajo… tus emblemas —tosió y de su boca salieron varios gusanos negros—. Proté…gelo y ámalo por mí… Ricardo, ya que yo…

—Te pondrás bien, Aiolos —acarició el rostro del Arquero—. Iré a buscar a Telémaco y…

La mano del griego resbaló inerte hasta caer en el suelo. Aioria se abrazó al cuerpo de Aiolos y sollozó inconsolable, mientras Shura se apartaba de ambos para darles intimidad. Si haberlo ejecutado hacía ya veinte años lo sumió en la más profunda tristeza, verlo tendido en el suelo era más de lo que podía soportar. Caminó hacia el exterior de su templo y se encontró con que la noche había caído pero no había estrellas en el firmamento. Eso, y el hecho de no sentir nada extraño en los alrededores, le dieron fuerzas para bajar las escaleras, primero paso a paso y luego a saltos, como cuando solía correr por los montes astures, tierra de su maestro Melkart.

Cruzó Sagitario y Escorpio, vacías, y en Libra se encontró con Polixena, que reordenaba la caótica biblioteca del Patriarca. Al verlo, la muchacha emitió un gritito de sorpresa y corrió rauda en busca de Dohko para informarlo de la situación. La única baza que le quedaba a Shura estaba unas casas más abajo, y aunque el hombre que moraba en aquel templo era la última persona a la que quería pedirle ayuda, se tragó su orgullo y se presentó en Géminis con toda la rapidez que le dieron sus piernas.

—Saga —se anunció—, ya sé que entre tú y yo las cosas no están bien, pero se trata de Aiolos, nos han atacado y…

El ático se acercó a él completamente fuera de sí.

—Shura —logró articular. Su cara era la viva muestra del espanto—. Mi armadura. Mi armadura.

—¡Te estoy diciendo que han atacado a Aiolos y que…

El griego lo zarandeó sin importarle el estado de su brazo, ni la sangre en su ropa y en su rostro.

—¡Tenemos un problema de magnitud cósmica! —gritó el griego. En todo el tiempo que lo conocía, jamás lo había visto levantar la voz—. ¡Mi armadura ha abierto un portal dimensional… y se ha ido!