Could it be that it’s just an illusion
putting me back in all this confusion?
Just an illusion. Imagination

—¿Quién es vuestro líder? —gritó, con el rostro oculto por su casco—. ¿Quién os va a llevar a la gloria? ¡Vamos! ¡No os oigo!

—¡El Dragón Marino! ¡Kanon! ¡Kanon! ¡KANON!

—¡La amenaza ha llegado a Atlantis, pero no temáis! ¡Esos débiles caballeros no son rivales para nosotros! —su voz retumbó contra el pilar—. ¡Los aplastaremos sin piedad! —el viento ondeaba su capa desde lo alto de la escalinata—. Y cuando los hayamos exterminado, ¿qué queréis que hagamos? —los arengó—. ¡Hablad! —Levantó el puño frente a su ejército—. ¡No os oigo!

—¡Tomar la Tierra! —Gritaron al unísono—. ¡Por la gloria de Poseidón!

—¡Entonces, la Tierra será vuestra! —rugió frente a su tropa—. ¡Yo os la daré! ¡Por la gloria de Atlantis!

—¡Por Atlantis! ¡Por el Dragón Marino! —contestaron enloquecidos, ardiendo de pasión—. ¡Kanon! ¡KANON!

Suspiró con nostalgia al revivir el clamor de las gargantas coreando su nombre. Ese momento, justo antes de la caída de Atlantis, fue uno de los pocos donde Kanon sintió que había encontrado un lugar a dónde pertenecer, a pesar de su cuestionable manera de lograr la escama y el rango en el ejército de Poseidón. La dicha duró muy poco: los tritones y sirenas que combatieron contra los caballeros de Atenea estaban muertos, aunque lo hicieron con la idea de haber servido a uno de los guerreros más valerosos de la historia del Templo Marino.

—General, póngase junto a la pared. Vamos a entrar.

Un cambio en la iluminación de la celda, seguido por la orden del tritón responsable de la seguridad del Pilar Principal lo sacó de sus recuerdos. Se levantó del camastro en el que pasaba gran parte del tiempo y se dirigió hacia la pared más alejada de la puerta estanca con las manos enlazadas detrás de la cabeza. Cuatro días antes cometió el error de acercarse mientras desactivaban el mecanismo de contención del calabozo, pero lo único que consiguió fue una Serenata Mortal, sus huesos doloridos y dos jornadas enteras a pan y agua.

—Deja de llamarlo general, Lisímaco. Sólo es un maldito traidor.

La puerta se abrió con un sonoro chirrido y la luz de las antorchas del corredor tiñeron el lugar de naranjas y ocres. Kanon se encontró con el rostro severo de Sorrento, que se acercaba a él con paso marcial. Iba vestido con su ridícula armadura alada y llevaba la flauta en la mano, dispuesto a recordarle quién mandaba en Atlantis. A su lado, Lisímaco portaba una bandeja con alimentos que depositó en el extremo de la cama con sumo cuidado, ya que la celda carecía de mesa. En el pasillo esperaban seis tritones más.

—Date la vuelta. Y no hagas ninguna tontería —ordenó el general del Atlántico Sur.

Kanon mostró una sonrisa socarrona. Se giró y, tras separar las piernas, pegó las palmas a la pared. El mármol siseó al captar el cosmos residual en la piel del griego y las vetas de oricalco duplicaron la silueta de la mano hasta el infinito, en una serie de planos idénticos que convergieron unos dentro de otros hasta que se difuminaron por completo. Sorrento, ajeno al fenómeno, palpaba cada centímetro del cuerpo de su enemigo con precisión quirúrgica, bajo la atenta mirada del minipelotón que esperaba fuera de la celda.

“Qué ganas tengo de hacerte una cara nueva a hostias, Sorrentito…”.

Cuando Sorrento terminó de cachearlo, se separó de él y caminó por el cubículo en busca de algún objeto sospechoso. Utilizó la flauta para mover el colchón y la ropa de cama, mientras el antiguo Dragón Marino lo observaba en silencio. El austríaco se movía despacio, con la espalda contraída y el cuello rígido, poniendo en evidencia lo mucho que le disgustaba la tarea. Kanon rió para sus adentros: disfrutaba al saber que, a pesar de estar confinado en lo más hondo de las mazmorras del Pilar Central, aún tenía la capacidad de infundir respeto a sus contrincantes.

—Reconoce que jugar al policía y al cautivo te pone cachondo, Sorrento —no quería dejar escapar la oportunidad de sacar al marina de sus casillas—. En el fondo, lo que te apetece es echarme un buen polvo, pero no has encontrado la forma de decírmelo.

—Cierra la bocaza, Kanon —gruñó el general del Atlántico Sur. Lisímaco los miraba con una mezcla de fascinación y de miedo.

—¿Qué tiene en mente el Emperador para mí? —insistió el ático mientras vigilaba los movimientos de la Sirena—. Mantenerme en esta celda tan especial debe ser muy costoso. Además, con la visita de Atenea en persona y de…

—Escúchame bien, genocida —el músico lo apuntó con la flauta con los ojos rebosantes de ira—. No te voy a permitir que te entrometas en los planes de nuestro señor Poseidón. Me importa una mierda si el Dragón Marino te ha perdonado o no. Para mí sigues siendo un asqueroso traidor, y no voy a dudar en interpretar la más dulce de mis sinfonías si pones un pie fuera de este lugar.

—Lo he entendido, Sorrento —Kanon se estremeció al ver la flauta tan cerca de la boca del austríaco—. Me quedaré quietecito y guardaré silencio. Palabrita de honor.

—No tienes otra opción —finalizó Sorrento—, ya que no hemos escatimado en gastos para que te sientas cómodo en tu nuevo destino —sonrió triunfal, y Kanon comprendió la dimensión de sus palabras: Lisímaco, al igual que el resto de los tritones, llevaba sobre su casco un pequeño sello de papel de alga con el dibujo de un tridente—. Sí, Kanon. Como puedes comprobar, nuestro señor te tiene en muy alta estima —ironizó—. Disfruta de tu comida.

“Le han puesto sellos a los tritones. Adiós a mi capacidad de manipulación mental”.

Sorrento salió henchido de gozo, no sin antes mirarlo a los ojos con una mezcla de diversión y de victoria. Kanon no respondió a la provocación; se sentó en el camastro y contempló las paredes, buscando alguna forma de darle la vuelta a la situación. La celda estaba excavada en la roca sobre la que se sostenía el Pilar Central, cubierta por paneles de mármol veteados y con incrustaciones de oricalco y adamantio, aleaciones que eran consideradas la sangre de los dioses.

“Maldito seas, Sorrento”.

El general de la Sirena se quedó quieto frente al ojo de buey mientras Lisímaco dedicaba varios minutos a activar el mecanismo de contención de la puerta estanca. Kanon sintió cómo le ardía la sangre pero sabía que aquel no era el momento idóneo para ajustar cuentas con Sorrento. Se llevó los dedos a la escarificación de la nuca y delineó el contorno del signo bajo el que había nacido hacía más de cuarenta años, en busca de una calma que no fue capaz de encontrar. No tenía ni idea de por qué había vuelto a la vida con aquella marca en concreto, puesto que tanto el Wyvern como él habían quedado reducidos a átomos en su última confrontación. Sin embargo, allí estaban las cicatrices de sus últimas batallas, como huellas indelebles de un pasado que no quería desaparecer.

“Estoy bien jodido”.

Se plantó delante de la pared hastiado de la situación. Estaba confinado en un lugar se comportaba como una jaula de Faraday cósmica, pero Kanon sabía que si había forma de escapar, él la encontraría.

“Si el puto Egeo no consiguió detenerme, esta mierda de sitio tampoco lo hará”.

Pegó la mano a la pared y alzó su cosmos de forma súbita. El mármol emitió una vibración al contacto con el aura del griego y la mantuvo en una frecuencia muy baja, similar a un siseo grave y apenas perceptible. Kanon observó entonces la reacción del oricalco, la aleación utilizada para la construcción de las escamas de los guerreros marinos. El metal incrustado en el mármol captó la frecuencia de la energía cósmica del antiguo Dragón Marino y la absorbió, almacenándola y distribuyéndola a través de las vetas de la pared, suelo y techo.

El panel de la pared cambió entonces de color, tiñéndose de un dorado intenso y luminoso, copia exacta del aura del que una vez fue caballero de Géminis. Fue en ese instante cuando el adamantio entró en funcionamiento y generó la misma cantidad de materia cósmica con una polaridad inversa, por lo que, por mucho que Kanon alzara la velocidad de su cosmos, el panel neutralizaba todo el poder desplegado.

“Estaba en lo cierto, maldita sea mi suerte”.

Apartó la mano con una mueca de desesperación. El mármol, liberado del contacto, volvió a mutar de color y del dorado luminoso pasó a un verdeazulado intenso, en un calco del cosmos del Emperador de los Mares. Kanon se habría reído si su situación no fuera tan preocupante: Poseidón lo vigilaba a través de la estructura como un enorme cíclope de piedra, mientras él alimentaba con su cosmos el Pilar Central, al igual que hizo Atenea en la anterior guerra sagrada.

“Menos mal que no tengo que llevar vestido. Me quedaría fatal”.

Sus dedos buscaron de nuevo la escarificación de la nuca, pero ni siquiera ese acto obsesivo fue capaz de tranquilizarlo. El descubrir que podía invocar todas sus técnicas a la vez o explotar su cosmos hasta arder por completo, y que la jaula neutralizaría cualquier mota de aura que naciera en su interior lo sacaba de quicio. La simple idea de estar cautivo hasta que el Emperador decidiera qué hacer con su persona se le antojó penosa.

“Nacido del huevo de un dragón… y encerrado como si fuera la sorpresa de un huevo de Pascua. Cómo me toca los huevos el asunto”.

Un rugido proveniente de su estómago lo sacó de sus cavilaciones. Levantó la tapa de la bandeja que le había dejado Lisímaco y el vapor proveniente de la comida logró que la boca se le hiciera agua. El cocinero le había preparado domastolata de primer plato, souvlaki de segundo y yogur. Devoró la ensalada en un santiamén y dio buena cuenta de la brocheta mientras estudiaba el lugar una vez más. Según sus cálculos, la celda tenía unos cinco metros de ancho por nueve de largo y una altura de cuatro metros. Era cámara aséptica y sin vida; las piedras de la pared emitían una luz tenue y tranquilizadora, idónea para realizar tareas como ducharse o ejercitar sus músculos pero carecían de improntas cósmicas. Por lo demás, el calabozo no tenía ninguna comodidad, sólo el camastro donde dormía, el retrete donde hacía sus necesidades y la ducha donde se aseaba.

“Y de esta forma pueden retenerme aquí hasta que cumpla mil años”.

La taza del váter estaba encajada en la pared y se vaciaba de forma automática, gracias a algún tipo de sensor que Kanon no había sido capaz de localizar. La ducha solía activarse cuando el griego se colocaba debajo del grifo, y dejaba de funcionar en el momento en que salía del radio de acción del agua. No le faltaba ni papel higiénico ni jabón, así como mudas, toallas y mantas, que el austríaco le proporcionaba cada tres días. Kanon esperaba con impaciencia el momento en que Sorrento abría la puerta estanca; en su nueva situación, el general del Atlántico Sur era su vínculo con el exterior, y su única fuente de noticias.

“No veo a un enemigo, sino a un compañero. Kanon de Géminis”.

Se llevó la mano al pecho donde había impactado Antares, y dibujó la cicatriz sobre la ropa de la misma forma que lo hacía con su escarificación: con devoción y mimo, repasando el contorno endurecido con las puntas de los dedos.

“Vete ahora si no quieres morir”.

Las yemas fueron bajando hasta las costillas, y de ahí hacia el elástico de su uniforme de entrenamiento. Debió irse del Templo del Patriarca, sí, pero no lo hizo. Quería demostrarle a Solaria y a Saga que él era tan Géminis como ellos, y que merecía portar la armadura, ahora que la Casa se había quedado sin custodio. Quería demostrarle al mundo que él no era la parte inservible del signo, que podía —y había logrado— ser tan buen guerrero como cualquiera de los hombres y mujeres de los que hablaban los libros sacros de la historia de los Gemelos.

“Kanon, tu destino está en Atenas”.

Esbozó una sonrisa amarga al recordar su periplo tras la caída de Atlantis. Dohko lo había localizado escondido en una isla del Dodecaneso, malviviendo entre los pescadores del lugar. A pesar de su oposición inicial, Roshi le convenció de que su lugar estaba en el Templo de Géminis, y su obligación, la de portar la armadura dorada. El Viejo Maestro le aseguró que, si aceptaba ser el último bastión de protección de la diosa, él y Mu lo ayudarían a entrar en el Santuario.

“El templo de Géminis necesita un Polydeukes, ahora que Cástor ha caído”.

Alcanzar el recinto patriarcal no fue difícil: Mu utilizó su capacidad psíquica para camuflar el cosmos de Kanon y ocultarlo a la percepción de los otros caballeros dorados. El antiguo Dragón Marino corrió entonces por los pasadizos subterráneos hasta llegar a las estribaciones del último de los templos y morada de la diosa. Relevó a las dos amazonas de plata asignadas a su custodia, Marin y Shaina, y esperó a que llegaran los espectros con la intención de mandarlos a todos a la Otra Dimensión.

“Elige. Muerte o locura”.

Su gemelo se había encargado —hacía muchos años ya— de prepararlo para la batalla definitiva, adaptando su entrenamiento para derrotar a enemigos mucho más poderosos y sanguinarios que los niños de bronce. Quizás no fuera un guerrero invicto, ya que Ikki del Fénix le había hecho morder el polvo en la batalla de Atlantis, pero en su descargo podía alegar que el muchacho japonés conocía las técnicas de Saga, y que sólo ese nimio detalle le había dado la ventaja necesaria para derrotarlo. Aún así, se consideraba buen soldado, mejor que algunos dorados de la Orden de Atenea, y estaba seguro que su actuación sería la que equilibraría la balanza hacia su bando.

“Levántate, Kanon. Me hace muy feliz que hayas elegido pelear a nuestro lado”.

Esperó paciente junto a la diosa a que llegaran las primeras hordas de enemigos, que no tardaron en hacer acto de presencia en el primero de los recintos. Sin embargo, su percepción le anticipó un combate a muerte con el peor rival imaginable: su propio hermano. Listo para la confrontación, inflamó su cosmos dispuesto a manipular la armadura dorada desde la distancia y retrasar a Saga el mayor tiempo posible en Géminis. Lo que jamás imaginó fue que, en mitad de la refriega, Milo de Escorpio se decidiera a abandonar el Octavo Templo para presentarse en los aposentos de Atenea con la macabra intención de juzgarlo y condenarlo en nombre de los otros caballeros dorados.

—Locura.

Se mordió los labios al bajarse el pantalón hasta las caderas, recordando el momento en que Milo le asestaba su golpe mortal. ¿qué clase de Casa era la de Escorpio, que permitía a su víctima elegir entre dos opciones absurdas? Con Saga en el Tercer Templo, morir frente a la diosa por la que por fin podía luchar le pareció una idea estúpida, así que no le quedó más remedio que abrazar la locura sin pensar en las consecuencias.

—Lo… cura.

Ensortijó su vello púbico entre los dedos; quería comprender qué había ocurrido desde que Milo lo aguijoneara en el Templo Patriarcal para que no pudiera sacárselo de la cabeza, pero su cuerpo reclamaba desesperado una dosis de placer. ¿Sería ese el ataque real del Escorpión? ¿Una variante del síndrome de Estocolmo, que rendía de deseo a sus víctimas, dejándolas así fuera de combate? Sólo algo como eso explicaría que Kanon, un hombre que se consideraba inmune a la belleza física, hubiera gritado a los cuatro vientos que Milo era suyo.

“Vergonzoso. El puto crío aparece en mis pensamientos y me pongo duro como el mármol que me rodea”.

Metió la mano bajo la ropa interior y acarició su incipiente erección con lentitud. Masturbarse era su único entretenimiento en aquella psicodélica celda, y al que se entregaba cada vez que podía para descargar la tensión de su mente. Se tanteó hasta rodearse, imaginando que su cuerpo era el recinto del Atlántico Norte y su sexo, el pináculo que sujetaba el océano. Cerró los ojos y se asfixió, en claro castigo por permitir que sus deseos inundaran su mente analítica, completamente confundida ante la magnitud de su reacción física. La condena duró unos pocos segundos; su imaginación era un poderoso aliado para la tarea que estaba a punto de acometer. Se liberó y estranguló en intervalos regulares, con una cadencia extremadamente lenta y placentera, que no tardó en inundar de lujuria todo su ser. Justo antes de alcanzar el clímax, apoyó la palma abierta en la pared, bajó sus defensas mentales y se ahogó en gemidos mientras su mano izquierda continuaba con su placentera labor sin descanso.

“Elige. Muerte o locura”.

El oricalco se activó de inmediato y los paneles respondieron al exceso de cosmos mutando de color. En apenas un instante barrieron toda la gama de azules y verdes para derivar al violáceo y de éste, al dorado carmesí en un sinfín de figuras aleatorias, reflejo de todo lo que sentía el Dragón Marino en ese preciso momento. Kanon arañó la superficie pulida cuando se escapaban de su boca un sinfín de jadeos y de palabras entrecortadas. Mantuvo los ojos cerrados, aunque sabía perfectamente que aquel despliegue de color y de luz estaba tomando una forma y que esa forma era, una vez más, la de un hombre vestido con una armadura de oro de intensa mirada azul y melena ensortijada que lo atacaba entre las piernas con fuerza desmedida, asesinándolo de placer.

—Lo… cura…

El pulso cósmico se mantuvo hasta que el adamantio entró en funcionamiento y neutralizó la imagen, congelándola en el instante en que Kanon moría en su propia mano y emitía un último quejido antes de enmudecer. El mural palpitó unos segundos; los colores, perfectamente definidos, se mezclaron hasta alcanzar un doradorojizo similar al del cosmos de Milo, que se fue apagando lentamente hasta desaparecer como una estrella cada vez más lejana e inalcanzable.

—Locura.

Abrió los ojos, aún mareado por la secuencia de imágenes que, de nuevo, había vuelto a reproducir dentro y fuera de su cabeza. Debía ponerse a trabajar en un plan, así que se estiró para alcanzar una toalla con la que limpiarse. La pared chispeó, neutralizando unos últimos reductos de cosmos y mostró su color habitual, devolviendo a la realidad al Dragón Marino. Kanon miró la ducha de soslayo y barajó darse un buen baño, pero desechó la idea de forma inmediata. La satisfacción de imaginarse a Sorrento arrugando la nariz le hizo esbozar una sonrisa de oreja a oreja. ¡Maldito maricón vengativo! Lo primero que haría tras fugarse sería agarrarlo contra una pared y metérsela bien adentro, para que experimentara en toda su dimensión el significado de la frase “estar bien jodido”.

“A ese no lo toco yo ni con un palo. Menudo hijo de puta está hecho el cabrón”.

Los paneles de mármol volvieron a lanzar pequeños destellos, en una secuencia de colores distintos a los que solía mostrar. Los instintos guerreros de Kanon lo pusieron en guardia, así que se subió el pantalón a toda velocidad y se situó lo más cerca que pudo de la puerta para tratar de averiguar qué estaba sucediendo. Cualquier variación cósmica en el pasillo alteraba el adamantio, y esa alteración se reflejaba en el cambio de color de la pared. Miró de reojo el panel a su derecha: la tonalidad amarillenta se había intensificado, por lo que el visitante debía tener un rango muy alto.

“Quizás es Milo para terminar con su polla lo que yo empecé con la mano”.

Apretó los puños, reprendiéndose a sí mismo. Debía sacarse al dorado de la cabeza o pronto la tendría tan llena de escorpiones que parecería un terrario. Se refugió en la secuencia de números primos exceptuando el dos, y una vez alcanzada la armonía psíquica, esperó a que la puerta estanca emitiera el familiar siseo antes de abrirse. Tras unos minutos sin moverse y sin casi respirar, se sintió tan ridículo que decidió asomarse al ojo de buey para averiguar la identidad del visitante.

El pasillo estaba desierto.

Miró a ambos lados con resultado negativo. El corredor estaba tan solo como el propio Kanon. Sin embargo, el panel continuaba con su fiesta de fluctuaciones con una intensidad creciente. Extrañado, decidió apoyar la palma abierta en mitad del mármol. Kanon barajaba la posibilidad de que el oricalco podría haberse quedado colapsado gracias a todo el despliegue pornográfico ocurrido momentos antes; con una pequeña cantidad de pulso vital la aleación se purgaría y todo volvería a la normalidad.

Se equivocó.

—¿Qué, por el Tritón, está…?

Apartó la mano, desconcertado. La piedra había rechazado el contacto lanzando un pulso de idéntica magnitud contra el griego. Además, el suelo se había contagiado de la pared y estaba cambiando de tonalidad sin obedecer a ninguna lógica aparente. Kanon necesitaba una explicación coherente a lo que estaba sucediendo, así que desobedeció la orden expresa de no tocar la puerta estanca y la aporreó con fuerza, con el deseo de encontrarse con el rostro afeminado de Sorrento riéndose de su ataque de estupidez.

—¿Sorrento? —lo llamó—. ¿Estás encabronado conmigo por lo que te dije sobre follarme? —alzó la voz, pero nadie contestó al otro lado—. ¡Ya sabes que me encanta gastar bromas! —mintió—. Pero te aseguro que esa fue la última. Eres el general en jefe, lo que querías. Te trataré con respe….

Un zumbido lo obligó a ponerse en guardia. Concentró su atención en mantener una posición de defensa perfecta, con las piernas separadas y las rodillas ligeramente flexionadas, mientras su mano derecha se colocaba cerca del lugar donde Poseidón le había clavado el tridente, protegiendo la estrella que le daba acceso a la invocación del Triángulo Dorado. Como géminis, podía ejecutar las técnicas de la Casa, pero como Kanon, había desarrollado de forma individual un ataque distinto a los que Saga le había enseñado.

“La comida estaba drogada y estoy alucinando. Eso debe ser”.

La pared y el suelo habían dejado de chisporrotear y mostraban la misma tonalidad de dorado que el totem de Géminis, la última cosa que esperaba ver en su recién estrenada vida. Meneó la cabeza, en un acto pueril y desesperado, pero la armadura siguió plantada en mitad de la celda, con su rostro velado y los brazos ligeramente alzados.

—Si esto es una broma, Sorrento, no me voy a contener la próxima vez que entres en la c….

Kanon tragó saliva al ver cómo Khigalla adoptaba la postura de invocación de la Explosión de Galaxias. Sólo entonces fue consciente de la inocencia de Sorrento, y que otra persona, a la que más temía, estaba detrás del misterio.

—¿Por qué me haces esto? —se preparó para el enfrentamiento—. ¡Te envié la armadura! ¡Maté al enemigo! ¡Custodié la Casa! —gritó, y su voz fue mutando del reproche a la frustración—. ¡FUI EL GÉMINIS QUE TÚ ENTRENASTE! ¡CONTÉSTAME!

No hubo respuesta. El ataque fue tan fulgurante que Kanon sintió que en aquella reducida celda y con Saga como contrincante, tenía muchas opciones de morir.

Pero no estaba dispuesto a hacerlo. No sin luchar.