Para vosotras, que tanto os habéis reido con las partes pudendas de Kanon.

And the devil in black dress watches over
My guardian angel walks away
Life is short and love is always over in the morning
Black wind come carry me far away
Sisters of Mercy. Temple of Love

“Ya lo dijo Odiseo: las sirenas son tan mentirosas como hijas de puta”.

Milo apretó con fastidio la tiara de su armadura, que chisporroteó al contacto con las láminas de su faldilla. Sorrento les había asegurado que Poseidón los atendería en privado, pero llevaba más de una hora de pie en la tribuna situada a la sombra del Pilar Principal, rodeado de civiles y soportando el discurso más aburrido de la historia del Templo Marino.

Julián Solo, ataviado con un elegante traje blanco y custodiado por varios tritones vestidos de gala, hablaba de estadísticas, logros y objetivos desde un púlpito de madera con el emblema del tridente en el frontal. Su público, sin embargo, estaba más entretenido en observar las evoluciones del mar que tenían sobre sus cabezas que en escuchar al Emperador de los Océanos. Milo los comprendía perfectamente; para aquellos hombres, por muy acostumbrados que estuvieran a erigir construcciones faraónicas, el hecho de estar bajo una bolsa de agua marina que se sujetaba por una columna de hormigón debía ser cosa de magos.

“O de dioses, aunque sean tan bocazas como el que tengo enfrente. Pero reconozco un buen revolcón cuando lo veo y este tío tiene un par como mínimo”.

—Doy las gracias a la corporación KidoLOGIC y a su presidenta, —Julián señaló a su homóloga con una gran sonrisa— la señorita Kido. Con su ayuda, Atlantis volverá a ser…

Atenea, situada justo delante de él, escuchaba con atención cada palabra, ajena al hastío que distraía a su escolta. Milo se reprendió por mostrar tan poco respeto ante una divinidad viviente. En otro lugar y otra época, el espartano habría sido condenado a muerte por impiedad, aunque por suerte ese tiempo había quedado atrás y ahora se imponían las nuevas tecnologías frente a los rezos y ofrendas rituales.

“Si seguimos por este camino, los caballeros tal y como los conocemos estarán en peligro de extinción. Y yo me quedaré sin trabajo”.

Ahogó un suspiro y observó los accesos al Pilar Central, custodiados por soldados que atendían a la arenga del dios con el mismo interés que el propio Milo. El Escorpión contó un total de siete pelotones de veinticinco soldados cada uno que, sumados a los jefes de escuadra, suboficiales y capitanes, suponía una compañía de más de doscientos tritones, ubicados junto a los templos, estoas y construcciones que constituían el complejo donde tenía su residencia el Dios de los Mares. La flor y nata de todo el ejército atlante estaba allí presente, con la única excepción de los generales que aún no habían retornado a su puesto.

“Lo que me lleva a pensar que…”.

Barrió con la mirada los alrededores de la tribuna. Identificó a varios tritones de diferentes rangos y ubicaciones —según las insignias de su coraza—, pero no encontró al general de la Sirena, mano derecha de Julián Solo y comandante en jefe de su tropa. Frunció los labios, sorprendido. Estaba seguro de que lo había visto hacía menos de dos minutos.

“¿A dónde cojones puede haber ido el tipo del ataque musical?”.

No tardó en localizarlo. Sorrento apareció en lo alto de las escaleras del Pilar Principal seguido por media docena de soldados, que llevaban algo en las manos que Milo no fue capaz de distinguir. Sin embargo, en vez de dirigirse al lado de su señor, desapareció junto a su séquito por un lateral situado en la base de la gigantesca columna. Milo alzó las cejas. ¿Qué tarea mantenía al jefe militar de Atlantis tan ocupado como para dejar de lado el discurso más importante de la divinidad a la que servía?

Kanon”.

Los dedos se le crisparon alrededor de la tiara. No le gustaba la cara de Kanon, no le gustaba la actitud de Kanon y, sobre todo, no le gustaba que Kanon hubiera gritado a pleno pulmón que él, Milo Alkaios, era suyo. ¿Qué clase de delirio era ese? La primera y única vez que lo había visto en su vida fue en el Templo Patriarcal, justo cuando los tres renegados lanzaban un ataque a distancia desde la Casa de los Gemelos. La presencia del segundo Géminis en los aposentos de la diosa había constituido toda una sorpresa para Milo; no todos los días se encontraba cara a cara con un traidor de semejante calibre.

“Vete ahora o muere”.

Apretó los labios al recordar la escena. A pesar de haberle ofrecido la opción más fácil para ambos, Kanon decidió seguir adelante con la mascarada. El genocida permaneció de pie y no bajó los ojos en ningún momento. Incluso animaba a Milo a que le diera su mejor golpe. ¡Qué forma tan estoica de aguantar un castigo! El último que había recibido las Catorce fue Hyoga, pero la diferencia entre el ruso y el griego era abismal: mientras que el Cisne iba protegido por su armadura y utilizaba constantemente su cosmos para neutralizar el veneno, el hermano de Saga no alzó el suyo ni una sola vez, y su única protección era un ajustado uniforme de entrenamiento.

“Solo veo a un compañero. Kanon de Géminis”.

Jamás, en sus treinta y tantos años de vida, había sido tan sincero como aquel día. Pensar en la Tercera Casa le producía un asco atroz, pero el hecho de que Kanon aceptara las Catorce sin un atisbo de duda quebró, una vez más, la voluntad ejecutora de Milo. Kanon merecía ser considerado compañero, a pesar de las connotaciones íntimas que evocaba la palabra en el espartano, arraigado como estaba a las costumbres más arcaicas de su amada tierra helena. Para Milo, un compañero era más que un amante o un amado. Era el hombre que te trasladaba al Olimpo tanto en el campo de batalla como en el lecho. Era el Patroclo de Aquiles, el Piritoo de Teseo.

El Jacinto de Apolo.

“Necesitas a alguien que te inicie en la disciplina dórica y para mí sería un honor conducirte por esa senda”.

Desplazó su peso de un pie al otro, en un intento infantil de devolver las palabras de Saga a los confines de su memoria. ¿En qué demonios estaba pensando? No quería tener nada que ver con los gemelos. Saga se había portado con él como un bastardo lujurioso, y no podía ignorar que Kanon había renacido bajo la sombra de una bestia que no pertenecía a la Orden de Atenea, aunque el Juicio de Escorpio lo reconociera como el magnífico guerrero que era.

“No entiendo a Antares. No ent…”.

El general de la Sirena volvió a hacer acto de presencia y junto a él, su cohorte de tritones, mucho más ligeros de equipaje. Milo alzó la vista al cielo acuoso y comprobó que la sombra que proyectaba la inmensa columna sobre los templos adyacentes había desaparecido, lo que significaba que Kanon estaba encerrado en las mazmorras del Pilar Central y que Sorrento en persona le había llevado el almuerzo. Esa deducción arrojó datos valiosos a la situación actual del segundo Géminis: Kanon continuaba con vida a pesar de estar confinado en el lugar más inexpugnable del Templo Marino, y era un activo importante para Poseidón.

“Quizás el Emperador esté usando su pulso vital para alimentar cósmicamente la estructura”.

La mera idea de utilizar a Kanon como una Ifigenia cualquiera lo embargó de melancolía. No sólo era un guerrero excepcional; además había conseguido que su empatía y el Juicio de Escorpio latieran en consonancia en el instante en que clavó Antares en su corazón.

“Durante un segundo estuvimos enlazados a un nivel primitivo. No, no quiero pensar en eso”.

Perséfone le había prevenido sobre esa anomalía. La Casa de Escorpio, la denostada Casa de los Protectores a la que se la conocía vulgarmente como la de los Asesinos, estaba especializada en todo aquello que tuviera que ver con la acción armada. Auspiciados por Ares, el dios de la Guerra Sangrienta, los caballeros de Escorpio no sólo eran combatientes mortíferos, rápidos y eficientes, sino que además, tenían la capacidad de emitir un juicio último contra el adversario en el caso de que la bestia mitológica, aquella que les confería los poderes y su característico veneno, considerara que había sido un rival digno de los antiguos héroes.

“Como el primer Escorpión. Aquiles el mirmidón”.

Su maestra se lo había confesado una noche al abrigo de la hoguera: el error más grave que podía cometer un caballero de la Octava Casa era dedicar su vida a la búsqueda del enemigo que lo hiciera arder en batalla, porque el Juicio de Escorpio podía quedar anulado conduciendo al guerrero a una muerte segura.

“No te dejes obnubilar por la valentía del contrario. Invoca a Antares y Khartian decidirá. Tú sólo eres su brazo armado”.

Años después, Milo encontraría en la biblioteca de su Templo varios legajos escritos por Tiberio, uno de los Doce Originales de su tiempo. Él fue el que describió con detalle el Juicio de Escorpio, reflejando en sus rollos cómo Khartian, la piedra roja situada en mitad del peto de la armadura —y la que daba nombre a la vestidura dorada— no era un rubí, sino un fragmento de hierro meteórico impregnado con la sangre del monstruo mitológico. Esa energía cósmica era la que inspiraba a Antares, la técnica definitiva de los guerreros de la Casa de los Protectores, y era Antares y no el guerrero el que decidía si el adversario vivía o moría.

“Y el Juicio no sólo lo salvó, sino que al tocar su corazón, dejé de sentir esa violencia que me ahoga constantemente”.

—Tras este preámbulo —Julián cambió su tono de voz hacia un discurso más dinámico, devolviendo a Milo al tiempo y lugar actual—, les invito a participar de este momento histórico en el que Atlantis inicia su nueva andadura. ¡Acompáñenme!

El dios de los mares abandonó la tribuna y caminó con paso firme hacia la gigantesca base del Pilar Central, flanqueado por los dos tritones de mayor rango. Atenea emprendió la marcha en silencio, seguida por su escolta que sentía cómo aquella pantomima empezaba a sacarlo de sus casillas. La delegación japonesa, compuesta por representantes de la industria nipona y las brigadas de apuntalamiento y demolición pertenecientes a la Corporación Kido, se permitió el lujo de fotografiar con sus teléfonos móviles las evoluciones de las ballenas, como si fueran un grupo de colegiales.

—¡Adelante, tomen todas las fotos que quieran! —los animó Julián desde lo alto de la escalinata—. Están contemplando una visión única del océano.

Saori alcanzó la explanada de mármol blanco desde donde el Pilar se hendía en la bolsa marina y siguió el camino empedrado que la desviaba hacia la derecha, donde la esperaban una especie de tribuna con asientos cubiertos de terciopelo rojo. A los lados del asiento destinado a la diosa esperaban dos sirenas de aspecto grave. El griego aumentó la velocidad de sus pasos con el cosmos alerta e interrumpió la marcha de la muchacha.

—Mi señora —susurró Milo—. Como su protector, debo deciros que esto no me g…

—Milo —cortó ella, con la dulzura acostumbrada —confía en mí.

—Vuestra seguridad es mi prioridad. Ordenes del Patriarca —replicó él.

—Comprendo tus dudas, Milo, pero esto es algo que debo hacer —la diosa lo apartó sin dejar entrever emoción alguna en su rostro—. Se lo debo —finalizó, con la seguridad de aquellos que saben que ofrecen su vida por una causa justa.

Milo se guardó su indignación y se quedó de pie tras ella, en medio de las dos sirenas. No le quedaba más remedio que obedecer, puesto que ni estaban en el recinto Patriarcal, ni frente a un aspirante a Géminis, sino en los dominios de otra divinidad viviente.

—Quiero que sepáis, mi señora, que no estoy de acuerdo.

“Tengo un mal presentimiento”.

Julián esperó a que sus invitados tomaran asiento. Mientras lo hacían, clavó sus ojos azules en Saori con tal descaro que Milo sintió cómo le hervía la sangre. Trató de restarle importancia; si la mentalidad del empresario respondía a la del dios que representaba, el rechazo de Atenea el día de su cumpleaños era, a pesar del tiempo transcurrido, una espina que aún no se había podido quitar.

—¡Sorrento! —gritó Julián—. ¡Mi armadura!

El general de la Sirena apareció por el extremo opuesto del Pilar, caminando junto a varios tritones que empujaban un bloque de roca donde reposaba la más poderosa de las escamas. Milo alzó las cejas, atónito. ¡Tenía que armar un espectáculo hasta para presentar una armadura! Julián se situó frente al pedestal, alzó la vista al cielo acuoso y la invocó en un festival de luces y chisporroteos más propios de una estrella del rock que del avatar humano de un dios. Milo aferró la tiara con fuerza; el aura de Julián era tan poderosa que cegaba todo lo que tenía a su alrededor, y lo último que deseaba era que lo más representativo de su armadura terminara rodando escaleras abajo.

“¡Por el coño de la madre de Pericles! ¡Hijo de la grandísima puta! ¡MIS OJOS!”.

La delegación japonesa se retrajo ante aquel despliegue de poder, y se escucharon gemidos de sorpresa por todo el recinto. El espartano ahogó un quejido por respeto a su diosa; le habría encantado quitarle la armadura a aquel patán y doblegarlo a puñetazo limpio. Luego se pensaría si merecía la pena someterlo de una forma más satisfactoria.

—Milo —susurró Saori—. ¿Estás bien?

El griego se tensó al escuchar la voz de la muchacha. Las láminas de Khartian vibraban enloquecidas, y todo aquel ruido cósmico había mermado sus sentidos. Milo elevó la velocidad de su cosmos hasta rozar el séptimo sentido, en un intento desesperado por neutralizar la frecuencia de la escama del dios de los Mares. Se mantuvo inmóvil, con los ojos fijos en un punto indeterminado, mientras ejecutaba una variante de su ataque Restricción. Era una técnica peligrosa, pero necesitaba reajustar la vista y el oído para volver a estar operativo.

—¿Milo?

El caballero de Escorpio emitió un pulso cósmico que chocó contra el báculo de Atenea y el tridente de Poseidón. Las ondas, que se fueron dispersando de forma concéntrica, alcanzaron a capitanes, suboficiales, jefes de pelotón y tritones soldado, así como a los civiles invitados por ambos dioses. Milo etiquetó mentalmente cada aura y la contrarrestó; todos ellos emitían una frecuencia que los diferenciaba del resto haciéndolos únicos ante la percepción del espartano.

“Tu cosmos, dirigido en ondas, es capaz de detectar el espectro áureo de un enemigo y grabarlo a fuego en tu memoria, Milo. Tu poder es más complejo que la memoria fotográfica. Es memoria cósmica”.

La onda siguió expandiéndose y una vez identificado el contingente humano, Milo detectó objetos inanimados: restos de la construcción original del templo y de la escalinata, las zonas donde se habían librado batallas pasadas… Movió los pies al captar las piedras salpicadas por la sangre de los guerreros luchando por sus dioses. Si era capaz de leer esas improntas, es que sus sentidos estaban volviendo a la normalidad.

—Todo… bien, mi señora —mintió.

Abrió los ojos, consciente de su rostro desencajado y de sus nudillos estrangulando la tiara. Saori le ofreció una sonrisa tranquilizadora, aunque sus ojos y la vibración de su báculo no dijeran lo mismo.

—Ahora, quiero que te mantengas al margen, Milo. Es una orden.

El griego negó con la cabeza, haciéndole entender que no pensaba dejarla en manos de un hombre que la había utilizado como víctima propiciatoria en el pasado. Ella, sin embargo, se separó de su guardián y avanzó con paso decidido hacia Poseidón, que la esperaba muy cerca de la base del Pilar Central. Tras él, los tritones habían convertido el pedestal de la escama en una suerte de altar, idóneo para que una persona de la talla de Saori pudiera sentarse encima con la mayor de las comodidades.

“Por muy Atenea que seas, si veo que corres peligro le parto la cara al rey de los pescaditos. No voy a ver como mueres dos veces. ¡Ya estoy harto de cadáveres, joder!”.

El corazón le bombeó a toda velocidad, la furia excitó su adrenalina y con ella, la generación de veneno. Khartian respondió con un zumbido grave en el momento en que Julián tomaba su tridente y lo alzaba hacia el cielo acuoso.

—¡POR ATLANTIS!

El dios de los Mares hizo girar su arma sobre su cabeza mientras Atenea tomaba asiento sobre el altar. Milo, con sus sentidos a plena capacidad, se percató de una anomalía cósmica que procedía del propio pilar, o más concretamente, del zócalo donde estaba apoyado.

“¿Qué… cojones es eso?”.

No le dio tiempo a averiguar más. Poseidón disparó un potente chorro de energía hacia el centro de la columna bajo la atenta mirada de Sorrento, que le había proporcionado a Saori una daga ceremonial para que ella misma se cortara la muñeca e impregnase con su sangre los cimientos del pilar. Sin embargo, el tridente vibró en una frecuencia muchísimo más grave que la que emitía su armadura. Julián acarició las gemas engastadas bajo las puntas de su arma: estas habían perdido su brillo.

—Maldita sea —el dios de los Mares clavó el contrapeso de su tridente en el suelo y se acercó hacia su invitada, que había teñido de carmesí gran parte del pebetero ceremonial con su maná humano. Tomó el cuchillo y se cortó la muñeca; la sangre de Julián se unió a la de Saori en el fondo del cuenco, frente a un Templo Marino cada vez más tenso.

“Si avanzo un poco más… averiguaré qué ese cosmos desconocido”.

El pulso se había extinguido casi por completo, pero Milo logró aislar una anomalía que se negaba de desaparecer. Poseidón, por su parte, regresó junto a su tridente y pasó los dedos ensangrentados sobre las gemas. Éstas emitieron un siseo al contacto con el aura de ambos dioses. El espartano no podía ver su rostro, pero su lenguaje corporal indicaba que el señor de los Océanos no estaba en su mejor momento.

“Vuelvo a tener esta extraña sensación”.

Poseidón apuntó con su arma hacia el medio geométrico del pilar y disparó por segunda vez. El tridente lanzó un chorro de energía con tal estruendo que se estremecieron hasta los cielos marinos. Julián trastabilló, aturdido, con la sangre manchándole la armadura. Milo aguantó la respiración al ver al emperador de los Mares perder pie y caer al suelo mientras una fuerte lluvia empapaba al contingente que presenciaba la ceremonia. Los gemidos de admiración dieron paso a un sentimiento de preocupación que se extendió como la pólvora cuando, en la cara sur del pilar apareció una grieta de la que emanaba una luz cegadora.

—¡Mi señora!

Milo corrió con la idea de poner a Atenea a salvo. El mármol del pilar empezaba a resquebrajarse, y era cuestión de tiempo que las losas cayeran sobre ella o sobre alguno de los civiles que huían presa del pánico, buscando un lugar donde parapetarse.

—¡Milo! —gritó ella, mientras su cosmos aumentaba de velocidad—. ¡Los civiles!

—¡Antes debo poneros a salvo! —Milo la atrapó por la cintura, negándose a obedecer—. ¡Son órdenes del Patriarca!

La muchacha no replicó; se dejó llevar en silencio hasta el lugar más alejado del recinto. Milo notó su agitación, el temblor de su pequeño cuerpo, aunque su rostro sólo demostrara una voluntad férrea y la preocupación por todo lo que estaba sucediendo. Atenea, en un intento desesperado por frenar aquella locura, apuntó con su báculo hacia la grieta del pilar y proyectó su propio cosmos en ella.

—Milo —su voz reflejaba la inflexibilidad de la diosa de la Guerra Justa—. Poseidón está en peligro.

Un sonido desgarrador, similar al de miles de gargantas rompiéndose en pedazos, fue el preludio del desastre que estaba a punto de desencadenarse. El griego contempló, atónito, una curvatura pronunciada en el cielo, como si el la membrana estuviera cediendo bajo el peso del agua. La masa marina tembló y se expandió hacia abajo; el abombamiento engulló el pináculo de sujeción y gran parte del mármol del pilar se precipitó hacia abajo, cayendo como una marea de cascotes sobre la explanada y los sufridos tritones que aún quedaban en ella. Milo corrió hacia el lugar donde Sorrento cargaba con su señor, pero una enorme roca cayó entre ambos y lo obligó a detenerse.

“Por las bragas de Artemisa Cazadora”.

—Se… ñor —Milo sintió una mano agarrándole la bota. Un tritón cubierto de sangre se debatía bajo una pila de escombros.

—No te preocupes, muchacho. Te sacaré de aquí.

Apartó la roca y lo alzó en brazos, para emprender una carrera frenética hacia el extremo sureste del pilar Central, donde habían hecho acto de aparición los paramédicos de Atlantis. Dejó al herido en sus manos, pero el joven parecería no querer soltarlo.

—Estás en buenas manos —dijo el griego.

—El… dragón… marino —jadeó el joven—. Maz… morras.

“Kanon está en peligro”.

—¿Cómo puedo entrar? —le preguntó, más azorado de lo que desearía—. ¡Contesta!

El tritón negó con la cabeza antes de desmayarse. Milo lanzó un bufido desesperado: si quería sacar a Kanon de la mazmorra, tendría que pedirle ayuda a Sorrento, pero éste estaba más ocupado en poner a salvo a su señor que en pensar en la seguridad de un traidor.

“Puto manipulador de los cojones. Hasta preso eres capaz de dar por el culo”.

La grieta en el Pilar era profunda, pero el cosmos de Atenea la mantenía sellada. Milo volvió a su lado para poner en marcha el plan de evacuación, cuando presenciaron, asombrados, como gran parte de la base de la columna se volatilizaba a causa de una implosión cósmica.

—¡Mi señora! —gritó el espartano—. ¡Debemos irnos! —su cosmos ardía a causa de la excitación—. ¡Acabo de sentir el choque de dos cosmos muy poderosos y el pilar pronto desaparecerá!

—¡Milo! —Atenea generó una burbuja cósmica que cubrió también a su escolta—. ¡Allí! ¡Entre las rocas!

El espartano hizo un último esfuerzo y sorteó los pedazos de hierro y hormigón para dirigirse hacia donde le había ordenado su señora. Allí, protegido por una barrera cósmica, descansaba el cuerpo inerte del hombre que había gritado a los cuatro vientos que él era suyo, lleno de heridas y con el uniforme destrozado. Milo le echó un vistazo rápido, lo agarró de los brazos y tiró de él con fuerza. Utilizó su capa para cubrirlo; no pensaba presentarlo ante la diosa tal y como había vuelto a la vida.

—¡MILO!

El Pilar Central, sin el apoyo de sus cimientos, se cayó sobre los edificios adyacentes al recinto, sembrando el caos en el hogar del emperador de los Mares. La membrana que recubría la masa marina se abrió en dos y escupió todo su contenido sobre los escombros, formando un maremoto que avanzaba hacia el espartano y su carga, arrastrando todo lo que encontraba en su camino. Milo comprendió que estaba en una situación desesperada, con un peso muerto sobre su hombro que le impedía moverse con rapidez. Si se deshacía de Kanon, podría alcanzar un saliente y salvar su vida, pero no era una opción viable. Pertenecía a la Casa de los Protectores, y si tenía que morir protegiendo a alguien, por muy majadero que fuera, aceptaría su destino.

Despejó su mente de dudas, tomó aire y cerró los ojos. El agua era su elemento, a fin de cuentas.